La Curiana

La Curiana

Imagen | Lucía Naval

Todavía recuerdo aquel día de mediados de septiembre en el que María la Curiana fue a ver el nicho de su hija. Mejor dicho, cada cierto tiempo, cuando pienso en algún episodio de mi niñez, vuelvo a recrear aquel momento que da vueltas en mi cabeza como si fuera un sueño truncado o una mala resaca de vino.

Yo tendría sobre ocho años y me gustaba ir por las tardes al cementerio. Mi abuelo era el encargado de su mantenimiento y el que castraba, como un apicultor, aquellos nichos que blanqueaban los campos en medio de fanegas de olivos y trigales a las afueras del pueblo. Esa blancura en medio de la tierra de labranza criaba los mejores chumbos y los más bruñidos membrillos del término. Decían que el jugo de los muertos era excelente abono para aquellos frutos prohibidos. Mi abuelo lo desmentía, siempre hablaba de que aquella tierra era buena porque tenía corazón. El terreno del patio de atrás del cementerio, que fue cubierto antaño de jarrones rotos, escupitajos y flores secas, era limpiado cada semana por el viejo con una delicadeza y una templanza singulares, como hacía con los rosales al podarlos, procurando no picotearse las yemas de los dedos con cristales o espinas.

Y era porque debajo de esa tierra hay más de cien personas enterradas de la última guerra. No como en el patio de la entrada, con grandes cipreses y cándidas tumbas, en cuyas lápidas se leía «Fusilados por los sin Dios», pero yo, aprendiendo a leer por entonces, entendía «los indios». Mi abuelo, con el humor característico de una persona que ha estado años con la compañía de la muerte y su silencio, me empezaba a contar que allí hace años había indios y vaqueros, y que ambos bandos, mientras se peleaban, tiroteaban siempre a los caballos de los otros. A esos pobres caballos mansos que soportaban el peso de los generales y mandamases, lanzados a una guerra fratricida que no les conducía a nada, al menos a ellos, y que solo conocieron la vida tranquila de las labores del campo y que los domingos se tumbaban a descansar junto a los borricos.

—En la guerra perdieron todos, yo era pequeño, pero recuerdo que un guardia con su fusil de asalto le pegó un tiro a mi perro que estaba ladrando por el jaleo de las mujeres de los fusilados— me contaba mi abuelo sentado con su cigarro a medio liar.

Me lo creía, todavía me lo creo, y él se trasportaba: que si pasaba mucha hambre, que comía cáscaras de naranjas, que si los chiquillos perseguían a las cabras que descubrían los tiernos brotes de los cardos para robárselos, que también probaban los caliches de las paredes porque estaban salados y que, de vez en cuando, alguno de sus amigos moría de un atroje de almendras verdes y agua, se hinchaban y se ponían morados como los caballos putrefactos de la guerra.

—¿Usted se acuerda de la hija de María la Curiana?— le había preguntado yo.

Se callaba, como lo hacía al mirar las lápidas sustituyendo ya el apodo por los nombres y apellidos de los que se le iban olvidando.

—Yo tenía unos ocho años cuando la desenterró usted con mi padre. Porque aquella caja de cinc pesaba mucho, tanto que sospechó algo raro, ¿verdad? Y usted notó que seguía pesando aquel día de septiembre como si estuviese recién enterrada, ¿no?

—Era igual que su madre de joven. Muy morena y de muy buen talle, tenía diecisiete años. Era ya una mujer. Tenía los ojos negros, negros, negros, como una noche de julio o como el hambre de la posguerra. Y se fue a servir a la capital. Yo iba para cura, cura de los de sotana negra hasta el tobillo, porque la señorita Catalina me amparó en la guerra, cuando mi padre estaba en el frente. Éramos diez hermanos y ella me acogió, porque mi madre estuvo mucho tiempo de moza en su casa— divagaba él—. Y siempre me asomaba por el hueco de la chimenea de la cocina y me decía el acemilero, ¡cuidao con la mano negra que sale de ahí! Y mi padre en el frente, con los anarquistas de la capital. Y la chimenea era negra, tan negra como los ojos de la hija de la Curiana. Ella nació después de la guerra, cuando el marido de la Curiana vino del frente en aquel borrico que vivió mejor que todos sus hijos juntos y luego le dio mala muerte. Aquella noche con la tajada de anís que traía, después de dos años sin aparecer por el pueblo, se dejó caer y se abalanzó a su mujer para desfogar todo lo que traía retenido y enquistado. Al día siguiente la Curiana estaba amoratada, más negra que de costumbre y toda la calle sabía que estaba preñada, que la vergüenza de la noche se marcó en su único traje por falta de otro. Aquella mañana un hilo de sangre que asomaba por su entrepierna fue la señal del embarazo.

Y mientras me contaba todo esto, ya me parecía este viejo más pequeño, más blanco, como una pasa de aquellos racimos que él ponía a curar al final del otoño.

—Claro, que me acuerdo de la Curianita— concluyó.

Yo le recordé entonces que era un niño cuando él lo contó en el almuerzo mientras jugaba a su solitario con los naipes y se bebía el medio litro de vino correspondiente. La Curiana no sabía si ir o no al cementerio ese día. Había estado yendo veinte años desde que murió su hija, un día tras otro, con una conciencia ciega como el traje enlutado que nunca se quitaría. Yo almorzaba con mis abuelos en septiembre. La casa de mis padres me daba miedo en ese mes. Era antigua, de una tía de mi bisabuelo o no sé, y tenía un pozo del que también podía salir la mano negra. Una vecina nos dijo que allí se ahogó un niño. Yo lo escuché. No el comentario, sino al niño de verdad. Lo escuchaba por las noches de septiembre, en los días previos a la vuelta al colegio de nuevo. En las semanas que remataban el siempre corto verano. Lo escuchaba y mi padre decía que eran las ratas que había en el entrepiso de la planta alta. Pero parecía que lo conocía.

Igual que a la hija de la Curiana. Nunca la vi y parecía que la conocía. Solo la recuerdo que era morena por una foto o por lo que contaban. De niño, entramos una vez mi abuela, unas vecinas y yo a ver cómo estaba María la Curiana, porque en la noche de antes el marido solo supo dar voces y montar el borrico por la casa. Ya lo tuvo tres días trotando por los caminos. Había cobrado y se fue a la capital a comprar pasteles, camisas blancas y ratos con mujeres, decían. La noche que volvió al pueblo, entre el jaleo, reventó al animal, que, como una cacerola hirviendo, expulsó por la boca un montón de baba y espuma que llegaban al final de la calle. Y de paso, le partió el brazo a la Curiana, por lo visto. Ella empezó a perder el pelo esa noche y cada mechón lo llevaba a la tumba de su hija, que se fue a servir a la capital con aquella melena morena y esos ojos como el carbón que alimentaba la locomotora que la llevó a la casa de los señoritos.

Pero mi abuelo sí la conoció a la niña, a la casi mujer, a la Curianita.

-Las que servían en la casa de los señoritos de la capital tenían que tener dos requisitos indispensables: ser soltera y estar de buen ver. Por eso de los eventos sociales y de la presencia de la casa. Ella lo reunía todo. Muy callada y tímida, pero de ojos como la oscurana boca de una cueva, como los de una indiana, hija de sin Dios. Y la Curiana lloró por su niña, muchos años— contaba mi abuelo en aquel día antes de castrar el panal de la niña—. La gente moría por lo más mínimo, los niños de hambre, las mujeres en los partos, los hombres en la guerra, los jóvenes en el trabajo y las mozuelas aparecían en los ríos ensangrentadas y desnudas. Y sin rechistar, morir era morir y punto.

Pero mi abuelo nada más bebió un cuartillo de vino ese día grabado a fuego para mí. Lo vi con mis ojos. Él estaba nervioso. Presentía como una báscula que el ataúd de la mozuela iba a pesar lo mismo que cuando fue enterrada. Le pegó un fogonazo aquel día en que los señoritos mandaron una carta a la Curiana, dirigida a Doña María (teniéndole alguien esa consideración por primera vez en su vida), apuntándole que mandaban el cuerpo de su hija, ya fallecida, en una caja hermética de cinc y que no podía abrirla porque iba sellada y el protocolo decía que no se podía destapar por no sé qué del Ministerio de Salud Pública con firma de un juez muy importante. Que ella, la Curiana, no entendió nada. Solo lloró con los ojos secos, como dos escarabajos sin cabeza. Y el marido compró aguardiente para ahogar a su borrico tres veces y bebió hasta explotar como lo haría su pobre animal.

María la Curiana fue ese día al cementerio. Yo lloré porque mi padre me prohibió ese día escuchar historias de mi abuelo sobre indios. Sí, eran las tres de la tarde. El decreto de derribo de los nichos viejos hizo que el ataúd de su hija se trasladase a otro patio, en el de atrás, al lado del «Patio de los protestantes», donde se enterraban a los niños sin bautizar, a los que se suicidaban y a los que arrestaron en la sierra después de la guerra. Salieron del pueblo hacia la colmena blanca. Yo iba detrás en el camino sin que me advirtieran mucho. La Curiana tuvo la sensación de desmayo a la mediación. Mi abuela se sentó en una piedra con ella y mi abuelo, quizás para distraerme, me cazó una lagartija que se quedó sin rabo. Lo misterioso fue que el rabo seguía saltando. Porque es igual que el del demonio, nunca para de brincar; además, si una lagartija te escupía, te quedabas calvo para siempre. Yo pensaba que a la Curiana le habían escupido muchas lagartijas por lo de su cabeza pelona. La lagartija se me escapó de las manos y pensé en las moscas borriqueras que les picaban a los burros en los ojos. Yo tenía ocho años pero me entretenía jugar en el cementerio, tan blanco y solitario que mi abuelo lo rellenaba con el humo del cigarro que se fumaba a escondidas de mi abuela. Y mi padre otro a escondidas de mi abuelo.

—¿Te acuerdas abuelo de que mi padre y tú no podíais con la caja?—le recordé—.

—Pesaba lo mismo que hace veinte años—resonó su voz rota—. Ahora podía tener unos cuarenta años, la edad de tu padre. Pero un muerto con más de veinte años no pesa igual que cuando muere.

Yo jugaba esa tarde con los hormigueros de las tumbas de los que fueron matados por los «sin Dios» y las chicharras del final del verano dejaban en el aire un rechine, mientras la Curiana sollozaba y emitía un grito ahogado similar a un chirrido de puerta antigua. Mi abuelo sudaba y me mandaba a por agua con el botijo. Mi padre miró a mi abuelo como si conociera a la hija de la Curiana tan bien como él o como yo al niño muerto del pozo. Fui a por agua y cuando volví ya había abierto la tumba que parecía un diente picado en medio de tanta blancura.

La Curiana gritó como si le hubieran partido el otro brazo. Llevaba veinte años yendo al cementerio a limpiar las tumbas de los jóvenes de entre doce y veinte años. Otros días a maldecir la de su marido, la de aquel hombre que le hizo una niña con los ojos más oscuros que la aljibe del castillo árabe que se derrumbaba en lo alto del pueblo. Pero ese día toda la negrura de su mundo se había juntado para salir de su boca. Mi padre le hizo un gesto a mi abuelo para abrir el ataúd. La Curiana maldecía sentada en una tumba con aquellos ojos hundidos y secos. Efectivamente, los ataúdes de las niñas solteras y de buen ver seguían pesando lo mismo que hace veinte años. Yo tenía ocho años (casi para nueve) y sentí ese peso al ver caer a la Curiana al suelo.

—Aún me acuerdo, abuelo. ¿Tú no te acuerdas de que tú mismo sudabas igual que los bueyes al ser picados en la faena? ¿Te acuerdas de que me contabas que los bueyes sudaban por los ojos a punto de reventar por el esfuerzo y la agonía? ¿Sudaría el burro del marido de la Curiana?

—¿Quitamos la tapa, María?— le preguntó mi abuelo.

Y ella comenzó a repetir: mi niña, mi hija… tantas veces que me asusté. Como el niño del pozo cuando jugaba en el entresuelo de mi casa, la Curianita parecía que había salido de aquel diente picado para no borrarse de mi mente.

—Date una vuelta, niño— me dijo mi padre— que esto no tienen por qué verlo los niños.

Pero yo me escondí en una esquina y disimulé.

—Mi marido lo sabía. Los señoritos lo perdonaron en la guerra y él mandó a mi hija a que sirviera allí en su casa de la capital— confesó la Curiana llorando seco—. Yo lo sabía, yo la dejé ir.

Mi abuelo pensaba en la caja. Miraba esa lata en conserva como las de las peras en almíbar que le repartían de niño y pensó sin querer cómo a veces venían llenas de tierra porque los de Gobernación comerciaban con las peras en la posguerra y hacían sus negocios sucios.

De pronto, reaccionaron mis castradores de mieles muertas y trasladaron la lata de conserva a otro panal. Mi abuelo y mi padre tapiaron de nuevo a aquella morena de ojos negros para añadir más oscuridad a lo oscuro. La Curiana subió sin fuerzas el camino aquella tarde. El ánimo le flaqueó para seguir yendo todos los días al cementerio. Al irnos pasamos por el Patio principal y le dije a mi padre que si había visto que los «indios» mataron a los que allí estaban. Él me miró de reojo y me dictaminó que ya era grandecito como para saber leer bien y que los «sin Dios» eran los del patio de atrás y que no le contara a nadie nada de lo que había pasado.

Después de aquel día se vino el otoño de lleno. Empezó a llover sin parar. Yo empecé la escuela y ese año aprendimos el significado de palabras por separado, a rellenar mapas de países en blanco y negro y a distinguir entre buenos y malos, entre vaqueros y indios o indios y vaqueros, a clasificar insectos y equinos y a comprender que la materia se descompone con el tiempo.

—Abuelo, yo tenía ocho años y aún me acuerdo. No me lo quito de la memoria cada septiembre. ¿Por qué no me cuentas otra historia que me explique por qué las que iban a la capital a servir con ojos negros y regresaban muertas pesaban lo mismo después de veinte años?

 

Leer más en HomoNoSapiens |Retrato femenino

Categorías: Literaria

Sobre el autor

Rafael Herrera Ángel

Rafael Herrera Ángel (Teba, Málaga, 1988) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga (2006). Más tarde, cursó el Máster de Educación Secundaria (2011) con el fin de dedicarse a la enseñanza y el Máster de Gestión de Patrimonio Lingüístico y Literario (2016). Durante el primer semestre del año 2014 fue profesor adjunto en la universidad estadounidense de Salisbury (Maryland, EE.UU.) impartiendo la asignatura de Literatura Española. Ha participado como ponente y colaborador en las Jornadas de Literatura y Cine que se han realizado en la Universidad de Málaga hasta 2014. También ha publicado reseñas, artículos de crítica y creación literaria en revistas digitales como "AnMal Electrónica" y "Gibralfaro. Revista de Creación Literaria y Humanidades". Entre los premios literarios que ha obtenido se encuentran: Tercer premio en el XIII Certamen de Poesía “José Mª Campos Giles” celebrado en Campillos en 2012; y Primer Accésit del II Concurso Literario de Relatos y Poesía “Letras Cascabeleras” con la publicación del poemario "Calendario de un extraño" (2016). Actualmente ejerce como profesor de Lengua y Literatura en la enseñanza secundaria pública de Andalucía.

¿Qué estás pensando?

Tu dirección de correo no será publicada con tu comentario.
Los campos requeridos están marcados*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.