Las cuatro de la tarde en casa de Gef

Las cuatro de la tarde en casa de Gef

Gef está en su casa y son las cuatro de la tarde. No hay ninguna parte de la casa en la que no sean las cuatro de la tarde. En otros entornos, los relojes marcan otras horas y es algo que inquieta a Gef. Él no forma parte de esos entornos en los que no son las cuatro de la tarde. No tiene ningún interés en formar parte de otros entornos, pero tener que aceptar un horario marcado por su condición geográfica lo mortifica. (Hay que saber que Gef no concibe la realidad de un modo geográfico).

Gef se compró un colirio de cien mililitros para aguantar el máximo tiempo posible sin pestañear y entender que en todo lo que ve son las cuatro de la tarde.

Cuando está nervioso, Gef se sienta delante del reloj. (A Gef le gustaría describir el reloj; su madera vieja, la pared que lo sujeta y sus formas tan poco obvias, pero prefiere no hacerlo porque su reloj no es nada de eso).

La repetición infinita de las agujas suele devolverle una cierta calma. Calma por el compromiso del ritmo que simula un baile constante para Gef.

El reloj le devuelve cierta calma, ese tipo de calma que le permite agarrarse a la vida con mayor firmeza. Sin embargo, no llega a alcanzar un tipo de calma absoluta.

No conoce la calma absoluta, confía en no ser el único, desea que nadie la conozca. Solo la deben conocer esos hombres y mujeres de piel dorada, en dos dimensiones, ordenadamente despeinados, que sujetan productos en las vallas publicitarias. Todos esos productos que Gef compra una vez al mes y los guarda en el cajón con llave para cuando la calma del reloj ya no sea suficiente.

Gef lleva días preguntándose qué le falta al reloj para no llegar a proporcionarle nada más que cierta calma. Nunca pretendería una calma absoluta fuera del cajón con llave, pero sí una calma considerable. A Gef le gusta el concepto de calma considerable, ya que quiere decir que es digna de consideración, y así podría pensar en la calma con mayúsculas: CALMA.

Y ha sido hoy a las cuatro de la tarde, que ha entendido algo que cree importante. Algo que, por supuesto, no cambiará el resto de su vida, pero sin duda cambiará su hoy de cuatro a cinco.

Gef ha entendido que en el recorrido entre cierta calma y calma considerable (o calma con mayúsculas: CALMA), se encuentra una arbitrariedad que no le permite relajarse hasta la consideración. ¿Por qué las cuatro y no las tres?

(Esta pregunta la murmura Gef). Cuando cree que piensa algo importante, murmura sus conclusiones, porque así quedan todas almacenadas dentro de casa y las puede atravesar cuando se va a dormir.

Gef es una persona informada y conoce el tema de Greenwich, los hemisferios, los grados, la posición del sol y puede incluso elaborar un discurso más o menos coherente mezclando todos estos conceptos. Por lo tanto, ¿Por qué las cuatro y no las tres? no es una consulta a la comunidad científica, ni un reto a los participantes de un concurso de cuestiones primarias; es un impulso, un grito mudo a la segmentación del tiempo.

Ya son las cuatro y veintitrés y Gef se siente estafado.

Las agujas han dejado descansar su duda, han elevado su concepto de la realidad, han musicalizado su espacio-tiempo, pero todo ha sido una seducción barata. Gef entiende que su ilusión de control era bonita solo cuando se conformaba con una cierta calma. Al querer resolver ese trecho que conduce a la calma considerable (o calma con mayúsculas: CALMA), se ha encontrado con el ansia de transformación.

No conoce personalmente a quien decidió que serían las cuatro y no las tres pero le encantaría encontrarse con esa persona y tomar un café con pastas, seguramente sin hablar. En realidad solo le gustaría observarle bien la cara, fijarse en cómo pasa el tiempo en ella y entender si es un rostro digno de sembrar tal arbitrariedad por el mundo.

Ya son las cuatro y treinta y ocho y Gef se siente a las tres y treinta y ocho.

Gef tiene tentaciones de protagonizar una escena que concluya su conflicto, que sea tan tierna como agresiva. Podría arrancar el reloj de la pared (el reloj que nunca ha sido descrito), descomponerlo a cámara lenta tras trepar por los armarios hasta encontrar el martillo, hacer saltar por los aires sus restos, que su vuelo por el espacio coincida con el halo solar proyectado desde la ventana y provocar sonidos secos y limpios, esos que anuncian un final.

A Gef le seduce la escena por su gesto épico. Quizás esta escena podría formar parte de una película de animación. Gef siempre ha querido ser el protagonista de una de ellas, siempre se ha visto a si mismo como un ser animado.

A Gef le fascina este cuadro concluyente, pero lo descarta enseguida. Para que cobrase toda esa fuerza y se transmitiese todo su monumental cliché, necesitaría un público consumidor de fuerzas y clichés. Y Gef está solo.

Se obliga a recordarse que su conclusión de cuatro a cinco no debe servir para escenificarse en soledad sino para producir una transformación práctica y directa en su reloj (nunca descrito).

Entonces, Gef coge el reloj (que jamás va a describir) con aires de cotidianidad y movimientos ligeros, abre el cajón con llave, vacía todo su contenido y guarda el reloj (sin descripción).

Cierra el cajón con llave, y por primera vez, suena lejano el compás de cuatro a cinco.

Gef extiende los productos sobre una mesa. No se atreve a tocarlos, son su última vía. Piensa en esos hombres y mujeres ordenadamente despeinados.

Se lanza encima de la mesa y los consume, poco a poco, persiguiendo una calma, ya sin adjetivos.

Gef está en su casa y son las cinco de la tarde.

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Imagen| Marta Juliana Abril

Categories: Literaria

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Cristina Juliana Abril

Cristina tiene necesidades narrativas desde 1991 (Barcelona).
Durante su infancia se desahogó escribiendo relatos entre los que destacan: “Cleo”, “Baralles inútils”, “Las sensaciones”, “La estatua parlante”, “El invierno en Roma” y “Es va cremar La Vanguardia”.
Su relectura la ha empujado a retomar la escritura.

Marta busca, pega, encuentra y monta cosas.
Marta hace collages desde lo que escribe Cristina o Cristina escribe desde los collages de Marta.
A Marta y a Cristina les mueve el com-partir.

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