Retrato femenino

Retrato femenino

Imagen |Rebeca Madrid

Entre las moles inmensas del pasado y del futuro, ¿qué es eso que llamamos presente? ¿Un mero roce entre lo que ya no es y lo que aún no ha sido? ¿Algo tan frágil y huidizo como la oscuridad que, agazapada en el interior de un cofre cerrado, se desvanece cuando intentamos sorprenderla? No: el pasado y el futuro no se tocan el uno al otro en esa especie de caricia furtiva que es el instante, sino que ambos se funden sólidos (y, por así decir, conyugales) en el abrazo sin fin que son los muros de este Museo. El encuentro no es, pues, momentáneo; ni tampoco frágil. Y si no, que se lo pregunten a Martín, el encargado de mantenimiento, que conoce de sobra la anatomía maciza del edificio: su enrevesado sistema nervioso (por el que circula la electricidad a una velocidad incomprensible), su firme y sólida osamenta, y esa apretada musculatura que mantiene abiertas las distintas salas ante la mirada gozosa o aburrida de los visitantes.

Que se lo pregunten a Martín, sí, que lleva treinta años martilleando, taladrando, atornillando, engrasando, encolando, y que ahora –atravesado un instante por el lanzazo de su lumbalgia– se ha apoyado rígido sobre una columna del patio mientras, por distraer el dolor, mira aquel “Retrato femenino” y trata de imaginarse una vez más esa nariz que el tiempo ha devorado. Sostiene en la mano un rollo de cinta aislante, y se pregunta si será mejor sentarse un rato a tomar el bocadillo (y darle alivio así a la espalda) o sustituir las dos bombillas fundidas que le aguardan aún en la sala VI. Mientras el encargado se balancea sobre este dilema, Paulo mira el busto de Porcia y, de un modo especial, esa nariz algo respingona sobre la que parece gravitar todo el conjunto (y que en su día tanto hizo sufrir a Mario); observa también –unos metros más allá– a Porcia misma, que ultima con Casto los preparativos para la cena. El neto contraste que aprecia entre las mejillas tersas del retrato y esos pómulos surcados de arrugas arroja a Paulo –como un cruel lucernarium– contra las sombras borrosas de la melancolía. Lo que antes era un espejo en el que la belleza de Porcia se veía duplicada, se ha convertido ahora –este retrato– en áspero recordatorio de que el tiempo pasa sobre todo y sobre todos, también sobre Porcia, sus mejillas, y esa nariz donde el cincel de Mario repitió el milagro que era la nariz de Porcia cuando Porcia era joven y Paulo ardía a su lado. Porcia se decide al fin con Casto por el liquamen para las tórtolas. Pero no hay condimento que salve lo que la muerte corrompe, si eso que muere es el rostro amado de la esposa.

Y es la muerte también el buitre que desde hace días escarba en el corazón de Salgado, el arqueólogo que está a punto de descubrir el retrato roto de Porcia. La madre de Salgado muere, pero –al tiempo que se apaga– su mente enferma se desmorona; horrendas alucinaciones le asaltan de día y de noche: hormigas que se la comen viva, catafalcos por todas partes (en sepelios que anticipan el suyo), y una lluvia torrencial que le ahoga sin que nadie acuda a ayudarle. Soledad hermética que él no puede romper: la muerte. En esto piensa Salgado cuando Carlos, volcado literalmente sobre uno de los pozos de sondeo, ha creído distinguir allí abajo algo que sobresale: un trozo de piedra, dice, y parece que no está suelto. Salgado se acerca sombrío, tropieza con la zaranda, se asoma al pozo y dice que hay que desenterrar con mucho cuidado. ¿Un ánfora?, pregunta Carlos. No lo sé, responde Salgado. Parece mármol, tal vez una estela. O un retrato.

Un retrato al que Mario acaba de dar el último toque, tras el largo suplicio que le ha supuesto fijar en mármol una nariz que escapaba a todos los moldes conocidos. Lavinia, su esposa, se le acerca por detrás y le tapa los ojos con sus manos felices de recién casada. Tengo envidia de esa nariz, le dice. No sé por qué, sonríe Mario. Sí que lo sabes. Pero su risa –fresca como un racimo– desmiente aquella fingida preocupación. Tu nariz es la más bella a este lado del Betis. ¿Y al otro?, inquiere juguetona. Mario se vuelve hacia ella y recorre con un dedo el paisaje terso de sus mejillas, donde ni un poro queda aún por pulir. Luego se vuelve hacia su boca mientras Paulo, saliendo a duras penas de su ensimismamiento, se muestra conforme con las tórtolas, ya sabes lo que me gustan, querida. Procura no mirar el retrato, sepultarlo en el olvido, mientras las manos de Salgado lo exhuman de él poco a poco: el cabello undoso primero, luego la frente (bien conservada), el doble arco sobre los ojos, ¡la nariz!, exclama Carlos sin poder contener su decepción, ¿cómo sería esa nariz?, fantasea Martín al tiempo que mastica su bocadillo. ¿Tienes apetito?, pregunta Lavinia socarrona tras comprobar que Mario mordía sus labios con más fuerza que de costumbre. La verdad es que tenía hambre, piensa Martín. ¿Por qué me mirabas antes así?, se inquieta la anciana Porcia. No es nada, no es nada, responde Paulo. Nada, se dice Salgado. ¿Qué importa esa nariz, cuando todos nosotros desapareceremos algún día para siempre? Y piensa en su madre, en esa lluvia apócrifa (¡pero tan real para ella!) bajo la que se ahoga ahora allí, sola en el hospital, arrastrada por el desagüe de su propia muerte. Pero luego imagina ese trozo de piedra expuesto ya sobre su peana (“Retrato femenino”), rescatado por él de un olvido de siglos y pulcramente caligrafiado en ese códice vivo que es el Museo –y eso le alivia un poco: pero escarba, Carlos, escarba; qué puñetas.

 

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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