El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

 

En las poco más de veinte páginas de su relato El nadador, el escritor estadounidense John Cheever creó la más imborrable alegoría del fracaso que he leído nunca. Y lo hace por medio de un argumento en principio insólito. Una mañana de verano, Neddy Merrill, un hombre maduro pero todavía en buena forma, decide atravesar, marchando de piscina en piscina, los trece kilómetros que van desde la casa de unos amigos en la que se halla reponiéndose, junto a su esposa, del alcohol de la noche anterior, hasta la suya propia, donde probablemente sus cuatro hijas estén jugando en ese momento al tenis. Cheever articula su historia jugando con una resbaladiza y finalmente deletérea ambigüedad en torno a ese hombre que emprende lo que al principio parece una odisea juguetona, incluso fabulesca, destinada a servirle de himno a su propio esplendor. Sin embargo, de párrafo en párrafo, casi de renglón en renglón, diversos elementos van añadiendo sus dosis de inquietud a la aparente diafanidad de la historia, primero revelando lo que de absurdo hay en esa «hazaña», y luego, poco a poco, la verdad: ni es verano, ni ese hombre se halla en su plenitud, ni hay familia, ni una casa propia, al final del camino, a la que regresar. Es un modelo de relato engañosamente sencillo, cuya densidad es una cuestión de estilo, de saber medir la frase, de elegir unas palabras; un relato que plantea una intriga (¿qué sucede de verdad con ese hombre?), pero en el que no importa tanto la mera resolución del misterio como el análisis crítico de una realidad a partir de unas circunstancias progresivamente inquietantes.

Suele decirse que si una novela tiene todo el tiempo del mundo para conseguir que su lector entre en ella, el relato, construido para la brevedad, exige poner en situación desde el primer párrafo. En El nadador, Cheever lo hace desde el primer renglón: «Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuanto todos se sientan y comentan: “Ayer bebí demasiado”». La historia va a transcurrir entre esa fauna acomodada que en las películas y series estadounidenses hemos aprendido rápidamente a identificar por sus casas con jardín y piscina situadas en alguna bonita zona residencial con mucho, mucho espacio verde. De entrada, es un acierto convertir la piscina en el símbolo del triunfo de esa clase social, y que Neddy, ese hombre que «tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria», decida darse su baño hacia la gloria recorriendo esa corriente acuática que define como un «río» y al que incluso le da el nombre de su mujer: Lucinda.

La odisea, lo sabe, tiene algo de ridículo: debe atravesar bastante espacio, incluso una carretera de mucho tráfico, descalzo y ataviado tan solo con un exiguo bañador. Pero no le importa: exultante, Neddy va alcanzando cada uno de los puertos que jalonan el río Lucinda con gran exhibición gimnástica (pues siente «un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojan a la piscina»), charla de modo intrascendente con sus anfitriones (incluyendo a su antigua amante, que lo recibe glacialmente), acepta alguna copa y sigue su camino.

Sin embargo, paulatinamente van introduciéndose pequeños indicios de que no todo es tan gozoso y triunfal como parece. El narrador señala cómo el viento despeja las hojas rojas y amarillas de un arce, introduciendo un matiz otoñal en una atmósfera hasta entonces radiantemente estival (y señala cómo Ned siente una extraña tristeza ante ese signo); algunas de las paradas desprenden una sensación de abandono: una pista de equitación con la hierba alta y las cuadras cerradas, una piscina sin agua… Algunos de los vecinos cuyas propiedades atraviesa se conduelen de unas desgracias que a Neddy le resultan crípticas. Poco a poco, siente una progresiva sensación de frío en los huesos, como si «nunca volviera a sentir calor»; cuando llega la noche descubre en el cielo constelaciones que no se corresponden con la estación presente y se va agotando a cada nueva zambullida, de tal modo que en las últimas piscinas debe utilizar la escalerilla para entrar y salir del agua. Finalmente, llega a casa, pero los signos de degradación ya son incontestables: al empujar la verja, el óxido mancha sus manos, un canalón se balancea sobre la pared de la entrada y no hay nadie para abrirle la puerta, porque la casa está vacía y deshabitada.

Veinte páginas, veinte. John Cheever suspende al lector en una especie de ensoñación, como si se hubiera introducido en un cuento de hadas, y hace que la marcha de Neddy parezca la aventura de un heroico paladín que se va internando en un lugar misterioso y progresivamente peligroso. Pero no hay aventura ni paladín, y el único misterio es el de la mente humana capaz de transmutar la realidad para negar la fealdad de una existencia que hace mucho que ya no discurre por donde querríamos. Neddy no despierta simpatía: se intuye en él al hombre seguro de sí mismo acostumbrado a avanzar sin importarle dónde pisa (el narrador, como quien no quiere la cosa, se encarga de señalar el clasismo que es norma de conducta incluso en ese lujoso barrio: los nuevos ricos siempre cargarán con el desprecio). Pero no podemos evitar que acabe doliéndonos su progresivo desamparo. El secreto de la buena literatura está en la sugestiva combinación de matices: el ingenio argumental, la fábula ambigua, el espejismo que encubre la sórdida verdad, la compasión hacia un hombre que sin duda pocas veces sintió compasión. Todo eso hay en este maravilloso relato de Cheever.

El nadador fue publicado en el número del 18 de julio de 1964 del semanario The New Yorker y obtuvo repercusión inmediata. Cuatro años después, fue llevado a la pantalla por el curioso, y olvidado, director Frank Perry, uno de esos hombres que, de modo encomiable, quiso renovar el cine estadounidense clásico sin alcanzar la fortuna de un Scorsese o un Coppola, quizá porque el tránsito le pilló justo en medio de dos épocas. La película tuvo alguna repercusión, y aunque en general está olvidada, es objeto de devoción cariñosa por parte de muchos cinéfilos, entre los cuales me cuento.

Desde luego, la distancia entre el relato y la película es considerable, pero para aquellos que estamos enamorados de las relaciones entre el cine y la literatura, proporciona amplio espacio para nuestro juego favorito. Eso sí, ante todo, El nadador se justifica en su fabuloso acierto de casting: la elección del gran Burt Lancaster para interpretar a Neddy Merrill. No se me ocurre otro actor que diera mejor lo que pedía el personaje: tenía la edad (55 años en el momento del rodaje) y una envidiable forma física (la necesaria para un personaje que se pasa todo el tiempo en bañador), y que delata al hombre que había sido acróbata antes que actor y que aportó a inolvidables papeles del cine de aventuras (El halcón y la flecha, El temible burlón…) la frescura y el dinamismo de alguien que ejecutaba personalmente sus alardes gimnásticos. A esto hay que añadir, claro, el talento interpretativo de un actor mucho más versátil de lo que hubiera podido predecirse en sus inicios: recuérdese que tan solo unos pocos años atrás había sido capaz de encarnar toda la elegancia de la vieja nobleza europea en El Gatopardo. Lancaster está literalmente conmovedor en su interpretación de Neddy Merrill: le aporta, al inicio, el exultante carisma de quien se cree en su culminación, para ir poco a poco cargando su mirada de pequeños gestos de desconcierto, haciendo emerger una vulnerabilidad que estalla, de forma desgarradora, en toda la parte final.

El guion sigue en líneas generales el argumento central del cuento, pero, como es natural se toma su tiempo en relatar los diversos encuentros que éste tiene con los dueños de cada una de las casas visitadas (el mejor, su conversación con su antigua amante, donde brilla el desgarro sensual de Janice Rule) e inventa unos cuantos (el más significativo, su encuentro con una atractiva jovencita que le cuenta la fascinación romántica que tuvo por él en su adolescencia, y que empieza a desnudar la distorsión de la realidad que encubre su narcisista peripecia). Pero el mayor acierto de la película, y lo que le otorga su principal autonomía frente al cuento, es que el periplo de Neddy por ese inquietante universo de bosquecillos y piscinas acaba componiendo una suerte de variante, dulzonamente indolente al principio, trágicamente malsana al final, de la mismísima Alicia en el País de las Maravillas.

El nadador adolece de diversos defectos, achacables en general a la falta de personalidad del director: a su ingenuidad a la hora de querer alertar al espectador de que hay más de lo que estamos viendo (la sutileza de Cheever es la gran ausente de la película), a su sumisión al culto a la modernidad mediante la excesiva aplicación de los estereotipos visuales de la época, que hoy resultan antiguos e incluso a ratos bordean el puro kitsch. Ahora bien, fundamentalmente mantiene la desgarradora tensión de la historia original, su espíritu crítico —por ejemplo, es un buen detalle que su mirada reprobadora sobre las clases acomodadas se extienda sin embozo a las clases trabajadoras, cuyo latente resentimiento social las lleva a tratar sin piedad a ese hombre al que, cuando estaba de verdad en la cumbre, se esforzaban servilmente en complacer—, y su perspicacia psicológica al ir punteando poco a poco el sentimiento de derrota, de pérdida, que inunda ya toda la parte final. Y en cualquier caso, siempre nos quedará la estremecedora imagen de Burt Lancaster progresivamente dominado por el frío, sin fuerzas ya para lanzarse a la piscina, descubriendo por fin que ese verano de su vida desapareció hace mucho y que solo le quedan las hojas secas de un otoño que sabe a ceniza.

Leer más en Homonosapiens| El cuento más bello del mundo l0 escribió Ray Bradbury, La historia interminable o el cuento de nunca acabar

Categories: Culturalmente, Leer

About Author

José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

Comentarios

Write a Comment

Your e-mail address will not be published.
Required fields are marked*