Inflamación celular; qué es y sus consecuencias

 

El término inflamación celular silenciosa  se refiere a la inflamación imperceptible de un órgano o tejido por un desequilibrio constante y está presente en el desarrollo de un gran número de enfermedades crónicas como la diabetes, el Alzheimer, el Parkinson, problemas cardiovasculares y ciertos cánceres como el de colon, pecho o garganta. También encontramos inflamación detrás de los casos de obesidad y síndrome metabólico, que pueden derivar en patologías como la Diabetes de tipo 2.

El control de éste proceso es vital para la longevidad de nuestros órganos y una buena salud tanto física como mental, por lo que es imprescindible conocer sus causas y cómo prevenir o revertir casos de inflamación silenciosa.

Esta alteración sucede cuando el organismo detecta una amenaza y pone en marcha mecanismos inflamatorios para acabar con el virus, las bacterias, el golpe o el deterioro de las células que ponen en riesgo nuestra salud. Se detecta la amenaza, se estimula la secreción de enzimas que atacarán y destruirán los tejidos sanos para deshacerse del problema, y se da paso a la regeneración.

Este proceso inflamatorio es bueno y necesario en los casos puntuales en los que aparece un agresor para nuestro organismo, pero si se vuelve crónico dañará el órgano o tejido en cuestión.

Las causas de una inflamación crónica van desde una mala alimentación al estrés, pasando por un descanso insuficiente, la contaminación, el tabaco, el exceso de sol y algunos químicos presentes en alimentos y cosméticos.

Se estima que 9 de cada 10 personas sufren inflamación silenciosa sin saberlo, y es que los síntomas no aparecen hasta que se desarrolla la enfermedad.

El Dr. Barry Sears, bioquímico y científico de la Universidad de Boston y el Instituto Tecnológico de Massachussets, es uno de los principales impulsores de un movimiento de acción contra éste problema. Para el Dr.Sears es la alimentación la mayor causante de estos desequilibrios hormonales que derivan en inflamación celular y considera esencial eliminar ciertos alimentos de la dieta.

Los productos refinados como azúcar, harinas, aceites, margarinas, que se encuentran presentes en la repostería industrializada especialmente pero también en la mayoría de los alimentos procesados y artificiales, son los primeros en ser descartados de una dieta anti-inflamatoria.

Los chicles, aparentemente inocuos, son altamente inflamatorios y acostumbran a contener una serie de aditivos que actúan como neurotóxicos.

Le siguen las grasas de mala calidad e industrializadas y las grasas de origen animal, se recomienda descender el consumo de grasas animales y especialmente las de carnes rojas. Las grasas animales contienen ácido araquidónico, un ácido graso esencial que sólo obtenemos a través de los alimentos y que se sintetiza a partir del ácido linoleico u Omega 6. Lo que sucede con las grasas animales, es que contienen ambos ácidos grasos y las cantidades que se consumen habitualmente superan con mucho la dosis recomendada. Otras grasas vegetales como la del coco o la de la palma contienen grandes cantidades de Omega 6, por lo que su consumo debe ser medido con cautela.

Esto no sucedería en el caso de ciertos pescados grasos como el salmón que contienen ácidos Omega 3, su consumo estaría indicado pues si cuidamos que sea de origen ecológico, fresco y de pequeño tamaño. Ya que debido a la contaminación de los mares los pescados presentan una alta carga tóxica.

Lo más adecuado es entonces el consumo de grasas de origen vegetal sin refinar y con gran presencia de ácidos esenciales omega 3.

Se descarta de igual modo el consumo de bebidas carbonatadas y todo tipo de refrescos, ya que suelen contener azúcar refinado o sustitutos incluso más peligrosos, dióxido de carbono y un gran número de conservantes, saborizantes y químicos altamente inflamatorios.

De este modo, siguiendo las recomendaciones del Dr. Sears, consideraríamos una dieta antiinflamatoria aquella cuyo porcentaje de hidratos de carbono provenientes de granos y harinas integrales y verduras sea de un 40%, y el aporte de proteínas y grasas de buena calidad de un 30% aproximadamente para cada grupo.

Además de las consideraciones dietéticas debemos tener muy presente la importancia de unos hábitos de vida saludables que incluyan la práctica moderada de ejercicio, un sueño profundo y reparador, el contacto con la naturaleza, el consumo moderado o nulo de alcohol (especialmente si no es de buena calidad), la ausencia de tabaco y otras drogas, y el control del estrés.

El estrés prolongado puede actuar como un potente inflamador celular, ya que sitúa a nuestro organismo en un constante modo de alerta que pone en marcha procesos inflamatorios ante la creencia de amenaza continua para nuestro organismo. Por ese motivo, es esencial controlar los niveles de estrés y ansiedad e incorporar prácticas como la meditación, el yoga o el mindfulness a nuestra rutina.

Si lo que deseamos es estar saludables y tener un aspecto joven a lo largo del tiempo deberemos prestar especial atención a lo que comemos y, además de eliminar aquellos productos dañinos, incorporar otros que los sustituyan y eviten la inflamación celular y que veremos con más detalle en el próximo artículo.

 

También en Homonosapiens | Inflamación celular: cómo evitarla

Fuente | Inflamación, Balance hormonal

 

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Sobre el autor

Gabriela Hidalgo Caldas

Graduada en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Centrada en la relación entre la salud del aparato digestivo y el estado emocional, prima la visión holística del paciente. Reside en Madrid.

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