Monográfico El poder del mito: el mito de la piedra filosofal en el origen de la química

Monográfico El poder del mito:  el mito de la piedra filosofal en el origen de la química

Imagen |  Marta Benito

Es una idea muy extendida la de la supuesta neutralidad y objetividad (o, si se prefiere, intersubjetividad) del conocimiento científico como si -por así decirlo- se tratara la ciencia de un producto supracultural o transcultural, lo que viene a encajar a la misma en la categoría de mito de la modernidad. Más allá de esta pseudocreencia, lo que no puede hoy ponerse en duda es que toda ciencia es un constructo humano y, como tal, no puede pensarse libre de toda suerte de condicionamientos personales, sociales, ideológicos, metafísicos e incluso míticos. En efecto, según Thomas S. Kuhn, toda disciplina científica se caracteriza por una etapa preparadigmática, previa al ejercicio de la ciencia normal, en la que coexisten diversas escuelas con creencias y preconcepciones previas inspiradas por ideas de índole filosófica o mítica. A título de ejemplo, considérese el caso particular de la Química, tal y cómo se nos transmite en su versión puramente escolar -como ciencia que estudia la materia y sus transformaciones- firmemente fundamentada en el razonamiento lógico y la experimentación y que, poco a nada, tiene que ver con esa rama oscura y mística de la Alquimia medieval, en la que los conocimientos prácticos sobre las transformaciones materiales, los metales, las cerámicas, el ácido clorhídrico (antes llamado muriático) o el sulfúrico (antes aceite de vitriolo), se confundían con toda clase de ideas esotéricas sobre la transmutación en oro, la inmortalidad, el anca de la rana y el ala de murciélago. A  pesar de la cada vez mayor tendencia a la revalorización académica de la Alquimia, la reconstrucción histórica tradicional, comprometida epistemológicamente con la tradición fisicalista, ha consolidado una perspectiva ahistórica de la Química, a todas luces insuficiente para dar cuenta de la construcción de la misma como ciencia, con todos los detalles específicos de su particular fisonomía.

En el origen de la Química moderna en tanto que ciencia de las transformaciones materiales, encontramos un convencimiento profundo y arraigado en el poder para cambiar la materialidad del mundo. Un convencimiento cuya raíz se pierde en la noche de los tiempos, quizás cuando el hombre primitivo conquistó la técnica para producir y mantener el fuego. Un elemento éste -el fuego-con todos los atributos para ser venerado como un Dios. Ya en el mito griego de Prometeo, este será eternamente castigado por su osadía de robar el fuego a los dioses y regalárselo a los hombres (a ello alude el nombre del elemento químico Prometio, el primero en ser sintetizado artificialmente). Anteriormente al descubrimiento del fuego, el hombre se había servido de instrumentos de piedra o madera pero siempre sin alterar su naturaleza, mientras que el manejo del fuego le permitió realizar transformaciones como cocinar los alimentos o cocer el barro para obtener ladrillos y, posteriormente, cerámicas e incluso vidrios. Probablemente fue su práctica como alfarero lo que le condujo a obtener cobre a partir de sus minerales y dar paso así a una nueva era tecnológica, pasando de la Edad de Piedra a la Edad de los Metales. Podemos imaginarnos a aquellos hombres primitivos ensimismados en la contemplación de cómo las llamas iban progresivamente alterando la naturaleza de la madera que ardía y transformándola en cenizas, humo y vapores. Desde la Edad del Cobre se dominaba la técnica para obtener el cobre, un metal rojizo, de su óxido correspondiente, un mineral azul y, desde la Edad del Bronce, se sabía cómo combinar el cobre con otro metal grisáceo, el estaño, para dar lugar al bronce de color amarillento, más similar al oro.  Con la cocción de los materiales arcillosos se percataba empíricamente como éstos cambiaban de color y de consistencia ¿Qué razones había para no suponer que, de manera análoga, pudiese encontrarse la técnica apropiada para transformar el hierro o el plomo en oro? Quizá este tipo de observaciones y especulaciones contribuyeron a forjar el popular y poderoso mito de la Piedra Filosofal.

Pocas ideas han sido tan fascinantes e influyentes  y  han enardecido tanto la imaginación de generaciones enteras como la de la búsqueda de la Piedra Filosofal; no en vano, en la cultura moderna ha inspirado la trama de novelas (piénsese en el éxito de “Harry Potter y la piedra filosofal” de J. K. Rowling), cómics, películas o videojuegos. En su origen, se trataba de un mineral (piedra) buscada por los alquimistas (filósofos) para conseguir la transmutación de todos los metales en oro. Era una idea surgida en Alejandría bajo la influencia de las teorías aristotélicas, dominantes en filosofía natural durante casi dos milenios, sobre la materia. Para el estagirita la materia (sublunar o terrestre) se constituía por la mezcla en proporciones variables de cuatro elementos -tierra, agua, aire y fuego- que, a su vez, eran el resultado de la combinación de dos pares de propiedades opuestas: frío y calor, humedad y sequedad. De esta forma, la tierra presentaría la cualidades de frío y sequedad, el agua, frío y humedad, el aire calor y humedad y el fuego calor y sequedad. Ahora bien, en tanto que era posible cambiar las cantidades de cada cualidad en cada elemento, era posible transformar un elemento en otro: a esto se llamó transmutación.  Estas elucubraciones dieron lugar a un gran número de tratados sobre el arte de la transmutación y a alimentar la creencia en la posibilidad de obtener oro a partir de otros metales menos “perfectos” como el hierro  o el plomo. Bajo la influencia de las prácticas alquímicas chinas que consideraban al oro como elemento curativo, se atribuyeron a la Piedra Filosofal  otras propiedades extraordinarias como la capacidad para combatir todas las enfermedades y hasta conferir la mismísima inmortalidad, pasando a denominarse entonces también como Elixir de la Vida, lo que incentivó aún más su ardiente búsqueda.

Desde sus comienzos, la Alquimia fue configurándose como una disciplina hermética y oscura, con un simbolismo que despertaba el recelo de la gente común y también de las autoridades políticas. Por ejemplo, el emperador romano Diocleciano, en su temor de que los alquimistas pudieran obtener oro barato, mandó destruir todos los tratados existentes sobre alquimia. Entre las leyendas al respecto resulta curiosa la del alquimista parisino Nicolas Flamel de quien se dice que llegó a descubrir el secreto de la Piedra Filosofal, consiguiendo transmutar mercurio en oro puro. El hecho que se considera comprobado es que Nicolás adquirió una gran fortuna en poco tiempo, lo que convenció a sus contemporáneos de que había dado con la fórmula para la transmutación de los metales. Unos años después de su muerte, su tumba fue profanada para buscar la Piedra Filosofal y, al no encontrar sus restos, se cundió el rumor de que había alcanzado la inmortalidad, siendo varias las leyendas que informan de su aparición en diversos momentos de la historia. La época dorada de la Alquimia fue el caldo de cultivo para una pléyade de estafadores que, con demostraciones prácticas basadas en trucos como recubrir de hierro una barra de oro, se presentaban como conocedores de la Piedra Filosofal, aprovechándose del engaño para enriquecerse. Junto a los alquimistas estafadores, existe otra rama formada por alquimistas místicos o esotéricos para los que, bajo una perspectiva más espiritual, la búsqueda del alquimista no era tanto la riqueza material como el perfeccionamiento del alma, siendo el oro más que un mineral de valor económico, una metáfora de la perfección y la pureza y la Piedra Filosofal el agente capaz de catalizar en el sujeto esa transformación espiritual. Adicionalmente, existió una tercera clase del alquimistas, los alquimistas artesanos o exotéricos que se esforzaron hondamente por producir oro, una búsqueda que -si bien partía de una premisa errónea- permitió descubrir por el camino y perfeccionar muchos procedimientos químicos tales como la fabricación de vidrio o la destilación, obtener reactivos como los álcalis cáusticos y las sales de amonio y productos como el alcohol y los ácidos minerales (ácido nítrico, agua regia, ácido sulfúrico, ácido clorhídrico) que posibilitaron, a su vez, muchas reacciones nuevas. De este modo fue como, paulatinamente, la vieja Alquimia fue engrosando un acervo de conocimientos sobre la materia y sus transformaciones, que con el tiempo, fue estableciendo los pilares de la moderna Química, la cual heredaría de aquella procedimientos y denominaciones para las sustancias, instrumentos y métodos de trabajo, consolidándose después como una ciencia natural con idiosincrasia  propia.

Hoy día, tal y como reconoce la “Declaración de la Química”, esta ciencia está a la base de prácticamente todos los avances científicos, tecnológicos e innovadores que permiten el progreso de la humanidad y abastece como área matriz al 98% de los sectores productivos, situándose en el foco de las propuestas para dar respuesta y garantizar soluciones sostenibles a los grandes desafíos energéticos y medioambientales a los que nos enfrentamos en el futuro. Piénsese en su incidencia sobre los medicamentos, productos fitosanitarios y de conservación de alimentos, obtención y manipulación de todo tipo de materiales metales, cerámicos, textiles, vidrios, plásticos, o su relevancia en el campo de la energía tanto petroquímica como electroquímica, más un largo etcétera. Y todo ello gracias al dominio que los químicos han alcanzado en el diseño y la obtención de moléculas, algo que no hubiese sido posible sin el convencimiento en la posibilidad para transformar la materialidad del mundo. Un convencimiento este irracional en su origen, firmemente arraigado en la tradición alquímica y su infatigable búsqueda de la Piedra Filosofal. Obviar esto sería renunciar a una comprensión profunda de la Química y caer en una perspectiva positivista y superficial de la misma. Claro que, en una época de dominio positivista, los químicos profesionales han hecho lo posible por silenciar sus orígenes alquímicos y trazar un claro límite entre una tradición esotérica y oscura y la luminosa ciencia racionalista, hija de la Ilustración con Lavoisier a la cabeza (aunque él perdiera la suya en la guillotina). Muestra de ello es la reacción que, a principios del siglo XX, tuvieron los colegas científicos de Rutherford frente a sus investigaciones sobre la desintegración radiactiva, en las que se conseguía el viejo sueño alquimista de transformar un elemento en otro, expresando su miedo a que la publicación de los mismos “pudieran desacreditar a la universidad de McGill”. Y cuando, en el curso de dichas investigaciones, Frederick Soddy exclamó entusiasmado: “Rutherford, esto es transmutación: el torio se desintegra y se transmuta a sí mismo en un gas del grupo del argón”, Rutherford se apresuró a contestar: “Soddy, no lo llames transmutación. Nuestras cabezas van a rodar por alquimistas”.

 

Sobre el autor

Alfonso Viudez

Alfonso Javier Viudez Navarro es profesor de Física y Química en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Química y Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad de Córdoba, realizó su tesis doctoral, "Síntesis, caracterización y ensamblaje de nanopartículas de oro protegidas por monocapas moleculares”, investigando en el campo de vanguardia de la nanociencia. Se considera, afín al célebre llamamiento de Betrand Rusell, una persona “con entrenamiento científico e intereses filosóficos”. Su compromiso con Homonosapiens pasa por compartir periódicamente el desmontaje conceptual de algún principio o idea científica para sacar a la luz todos aquellos supuestos (metafísicos, ideológicos, etc) subyacentes; el objetivo es tanto una comprensión más profunda, al tiempo que socavar la creencia cientificista -que no científica- en las posibilidades de la ciencia para llegar a explicarlo todo.

Comentarios

  1. José Zafra
    José Zafra 7 enero, 2020, 19:49

    Me resulta muy interesante tu escrito acerca de química y alquimia y de cómo el leitmotiv de la “transmutación de la materia” resuena a lo largo de toda esa melodía que, arrancando de los jugueteos con el láudano de Paracelso, llega hasta las baterías de litio. Pero la lectura del primer párrafo me ha producido cierta inquietud. Afirmas en él que la creencia de que la ciencia es un producto supracultural (o transcultural) es una pseudocreencia; también, que “toda ciencia es un constructo humano”. Supongo que estas frases forman parte del espíritu de los tiempos, del que yo me siento cada vez más alejado. Está claro que, tomadas en su sentido literal, no puedo estar más de acuerdo con ellas. La ciencia moderna (con este calificativo propongo ser algo más concreto) es un producto cultural, por supuesto, puesto que, al contrario de lo que sucede con el reflejo de succión, no nacemos con ella puesta. Pero añades a esta verdad de Perogrullo un pellizco de monja que diriges a la “supuesta neutralidad y objetividad del conocimiento científico”. Y ahí es donde comienzo a ponerme nervioso.
    Como creo que sabes, estudié en mi mocedad la carrera de filosofía. Y aunque nunca la he ejercido en las aulas (no sé si esta frase tiene algún sentido), jamás perdí el interés por ella; o, más bien, por una parte de ella. En las últimas décadas, a una y otra orilla del Atlántico (desde Derrida a Rorty, por fijar dos puntos cualesquiera de esta accidentada zona costera), no han dejado de lanzarse andanadas contra esa “supuesta neutralidad y objetividad del conocimiento científico” que tu mencionas como de pasada. Pensaba que este fenómeno respondía a un cierto complejo de inferioridad por parte del filósofo frente al científico, un intento de rebajar el prestigio de la ciencia como estrategia para enaltecer el de la desorientada filosofía. Por ese motivo el saber que un químico duda también de la objetividad de la ciencia me ha perturbado un poco.
    Por supuesto, la ciencia es falible. Tal vez sea esa la nota que mejor la caracteriza. Pero su falibilidad es una falibilidad premeditada, por así decir. Siguiendo la estela popperiana, un enunciado es científico si es susceptible de ser puesto en la picota por quien tenga tiempo y ganas de hacerlo. La ciencia no oculta su fragilidad, sino que la exhibe. Sin embargo, creo que el hecho de que sea falible no le resta ni un ápice de objetividad. Más bien, al contrario. Entiendo por conocimiento objetivo aquel que, apoyándose en el razonamiento lógico y en la evidencia empírica, aspira a comprender el funcionamiento de un trozo de realidad. Es un conocimiento abierto al examen y a la crítica de cualquiera. En la medida en que ese conocimiento sea compartido por una parte significativa de la comunidad científica y sea capaz de emitir predicciones que efectivamente se cumplen en la realidad, no veo por qué haya que entrecomillar su carácter objetivo, tildándolo de “presunto”. ¿Por qué “presunto”? La ciencia empírica no es un cálculo lógico, pues nada que toque este accidentado y complejo mundo está a salvo del error o de la imprecisión; pero tampoco es, como pretende Rorty, un léxico más.
    De ahí que me rebele contra esa tendencia a considerarla como otra forma de conocimiento en pie de igualdad con la religión o con la astrología (o, ya puestos, también con la alquimia). No creo que esa identificación conduzca a nada bueno. Decía Keynes que los hombres prácticos, los cuales se creen exentos de cualquier influencia de orden intelectual, son en realidad esclavos de algún filósofo o economista difunto. Tal vez sea algo exagerado, pero creo que esas prácticas de políticos y periodistas tan en boga hoy en día, las “fake news” y la postverdad, son alimentadas en última instancia por afirmaciones como esta de Bruno Latour: “¿Cómo habría podido morir [Ramsés II] a causa de un bacilo que fue descubierto por Robert Koch en 1882? Antes de Koch, el bacilo no tenía existencia real alguna”. Creo que hay quien confunde el carácter construido de la ciencia (como práctica cognoscitiva y como institución) con el carácter construido de la realidad que la ciencia pretende describir y explicar. No creo que nosotros construyamos esa realidad. Pienso que ya estaba ahí (no hurto la problematicidad de ese “estar-ahí”, pero creo que más o menos nos entendemos) hace 14.000 millones de años, o 100 millones de años: en cualquier caso mucho antes de que el ser humano apareciera sobre la Tierra y construyera ese modo peculiar de considerar el mundo que le permite esquivar del mejor modo posible sus amenazas, controlar hasta cierto punto sus fuerzas y ponerlas baconianamente a su servicio, lo cual tampoco está tan mal, especialmente cuando acudes a la consulta del dentista o tienes que llegar por alguna razón a Madrid en menos de tres horas.
    Una cosa es decir que la ciencia, como cualquier actividad humana, está condicionada por elementos ajenos a ella, y otra que está tan condicionada como otras actividades. En ese “tan” reside la clave. Creo que si la ciencia se caracteriza por algo es por su intento metódico de liberarse de esos condicionamientos (o ídolos, por volver a Bacon), sin pretender con ello situarse “por encima” de la cultura, o “entre” ella, lo que emularía el intento del barón de Münchhausen de salir él solo de la ciénaga donde se ahogaba tirando de su propia coleta. Los científicos son seres humanos, pero la actividad que llevan a cabo qua científicos intenta eludir algunos de los defectos más conspicuos que aquejan a nuestra especie. Y ello mediante ese método científico tan denostado por autores como Feyerabend y su máxima de que “todo vale”. Cierta tribu lakota está persuadida de que los americanos brotaron de las entrañas de la tierra, una vez que los espíritus sobrenaturales acondicionaron este mundo para que pudieran habitar en él; la ciencia (mediante el concienzudo examen de fósiles) nos habla del paso hace 10000 años de ciertos humanos a través del estrecho de Bering. ¿Es cierto que “todo vale”? ¿Tan condicionada está la afirmación científica sobre el origen de los americanos como lo está la de la mencionada tribu lakota? ¿La objetividad de una y de otra está en entredicho en el mismo grado?
    Pienso que resulta imprescindible apelar a la algo anticuada distinción (la estableció Hans Reichenbach en 1938, aunque algo más tarde fue popularizada por Popper) entre el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación. Es cierto que los condicionamientos personales, ideológicos, etc., existen, pero yo los reduciría a la esfera del contexto de descubrimiento. Allí cualquier cosa vale. Uno puede descubrir una verdad científica entre los vapores de la duermevela, o mediante la frágil pasarela de un descuido, o por un rapto de las musas, o por cualquier otra vía. En ese sentido, ¡claro que la labor científica está condicionada! Lo está por los intereses de la industria, por el efecto de un cólico nefrítico, o por una afición desmesurada al láudano. Otra cosa es el contexto de justificación. Aquí es donde la afirmación de los lakota y de los arqueólogos “se la juega” (como en el anuncio ese de cierto desodorante). El hecho, por poner un ejemplo, de que la alquimia y la química se solaparan hace siglos no quiere decir que lo hagan ahora, o que las propuestas de una y otra actividad resistan de igual modo el escrutinio de la evidencia empírica. Te dice esto alguien que nunca llegó a enterarse muy bien del embrollo ese de la molalidad-molaridad-normalidad. Mi desconocimiento de la ciencia es, para mi desgracia, casi absoluto. Pero sé distinguir entre un estomatólogo y un sacamuelas. Y creo que la ciencia ha tenido algo que ver en eso.
    Para terminar: creo que sucede con la ciencia lo mismo que con los derechos humanos. Nos avergonzamos de ella porque consideramos que, en el ámbito teórico y práctico respectivamente, han sido descubrimientos occidentales (“imperialistas”, dirían los más exaltados). Y bajo ningún concepto deseamos caer en el odiado etnocentrismo. Nos da miedo hablar de “método científico”. Pero pienso que existe en la ciencia un método, si no de descubrimiento, sí de justificación. Y que es ese método el que nos permite hablar de objetividad sin que tengamos por ello que avergonzarnos. Que en el origen de la química estuviera la alquimia, no quiere decir que química y alquimia sean equiparables. Rutherford estaba seguro de que su cabeza no iba a rodar por ninguna parte.

    Responder este comentario
    • Alfonso Viudez
      Alfonso Viudez Autor 7 enero, 2020, 23:11

      Muchas gracias compañero por el interés mostrado hacia mi artículo y el excelente y enjundioso comentario que le dedicas. Lo cierto es que estoy muy de acuerdo con todo lo que escribes, tanto que, al releer mi entrada para responderte, yo también he sentido -después de tu comentario- chirriante la referencia a la «supuesta objetividad de la ciencia» (no sé que oscuro duende vagaba por mi cabeza al escribir eso). Sin embargo, fuera de esta improcedente (por imprecisa) afirmación, no encuentro nada más en mi artículo que vaya en contra de la opinión que expresas. Pero, puesto que es obvio que he sembrado yo mismo la ambigüedad, me gustaría aprovechar para dejar claro cual es mi parecer en todo este asunto.

      Para empezar poniendo las cartas sobre la mesa, diré que el enemigo al que combato no es la ciencia en sí, sino más bien el cientificismo: esa masiva religión que profesa el hombre moderno con buena parte (hazme caso) de la comunidad científica a la cabeza. Cuando digo que la ciencia no es un producto supracultural (y, ahora sí, me he expresado con quirúrgica precisión, o eso creo), no quiero negar tanto el realismo que tú defiendes como el realismo ingenuo que atribuye a conceptos abstractos y matemáticos como fuerza, energía o campo eléctrico el mismo tipo de realidad tangible que al de palabras como silla, mesa o esternocleidomastoideo. Al decir que las leyes de la naturaleza son un constructo humano, no pretendo encajarlas en la categoría de relato sino, más bien, oponerme a la creencia insólita de que éstas les son dadas al científico como a Moisés los diez mandamientos en el Monte Sinaí (aunque suene a oposición de Perogrullo). Más allá de este realismo ingenuo, lo que yo defiendo como Kant (interpretado más como realismo crítico que como idealismo trascendental) es que en todo objeto de conocimiento científico hay algo dado pero también hay algo puesto. Lo que yo defiendo es que a todo concepto o principio científico -en tanto que producto cultural- subyace toda una serie de preconceptos ideológicos, metafísicos o incluso religiosos no declarados que, de alguna manera, se acumulan en la trastienda de la propia ciencia. Y lo que yo pretendo es hacer una labor de desmontaje conceptual que, sin cuestionar la validez de los propios conceptos científicos, saque a la luz sus supuestos irracionales, por tener una comprensión más clara y profunda de los mismos. Pongamos por ejemplo la explicación newtoniana del movimiento en términos de fuerza. Aunque se trata de una descripción que se ajusta a los datos de la experiencia sensible, la noción newtoniana de fuerza se construye sobre el concepto de fuerza de la física de Aristóteles, bajo el que subyace una idea metafísica de tintes antropomórficos como la de causa agente. En la ignorancia de esta herencia metafísica, muchos estudiantes quedan convencidos de que la caída de una manzana queda totalmente explicada por la fuerza de la gravedad por analogía a como el movimiento del carro queda completamente explicado por la fuerza del caballo que tira de él. Lo que yo digo es que si se somete a un análisis el concepto newtoniano de fuerza gravitatoria se verá tras él una mera descripción generalizada de un hecho, a saber, que cuando dos cuerpos están en mutua interacción exhiben aceleraciones cuya dirección es la de la recta que une a ambos y cuyos sentidos son opuestos, siendo constante la relación entre las aceleraciones. En dicho sentido las leyes de la naturaleza son enunciados del estilo a «la nieve es blanca» que, aunque constata un hecho general contrastado experimentalmente y falible (como exige Popper) no constituye en verdad una explicación última del mismo, ni siquiera aunque se diga «es una ley de la naturaleza el que la nieve sea blanca». En este sentido, la existencia misma de la gravedad es un misterio (para más profundidad te remito a mi entrada «Desmontando a Newton» en Homonosapiens»).

      En mi opinión, en el origen de la ciencia misma uno encuentra siempre la conciencia de la propia ignorancia: «Sólo sé que no sé nada», Sócrates dixit. Antes de la revolución científica de los siglos XVI y XVII, el hombre premoderno no manifestaba un interés tan acentuado hacia la investigación, pues presuponía que las sagradas escrituras ya contenían las respuestas a todas las preguntas importantes que mereciera la pena formularse. Fue su disposición a admitir la ignorancia, frente al dogmatismo religioso o ideológico, lo que posibilitó esa nueva forma de conocimiento que llamamos ciencia. Y ¿qué pasa en la actualidad? pues que resulta más que manifiesta una profunda crisis por el interés acerca de la ciencia (y ahora hablo desde mi experiencia docente). Todos aplaudimos nuevos avances tecnológicos que nos hacen la vida más cómoda, pero rechazamos cualquier intento de profundizar en su comprensión, prefiriendo vivir como el bárbaro rebelde contra el que ya nos prevenía Ortega y Gasset. Entre otros factores de este desinterés, creo que uno muy importante es la pérdida de la conciencia de la propia ignorancia. El dogmatismo cientificista generalizado ha convencido al ciudadano medio de que la sagrada ciencia contiene las respuestas a todas las preguntas importantes que merezca la pena formularse: la energía se conserva, los planetas se mueven por la fuerza de la gravedad y el universo se creó en el Big Bang (puedes ver lo que pienso al respecto en mi entrada ¿Qué pasó antes del Big Bang? en Homonosapiens) ¿Qué interés tiene entonces desvelarse por conocer una verdad que la ciencia ya nos ofrece cocinada? Creo que es en este punto en el que resulta saludable el espíritu filosófico relativista de los tiempos que corren (vale, más en la línea de Kuhn que la de Rorty) porque al poner el acento sobre los aspectos más irracionales de la ciencia se destacan -por contraste- lo que ésta tiene de más racional y porque, lejos de amortajarlo, en su ataque contra las pretensiones dogmáticas del cientificismo, saca brillo a lo más genuino del espíritu científico: la capacidad para sentirnos perplejos ante la realidad que nos rodea.

      Responder este comentario

¿Qué estás pensando?

Tu dirección de correo no será publicada con tu comentario.
Los campos requeridos están marcados*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.