Monográfico El poder del mito: el mito de la piedra filosofal en el origen de la química

Monográfico El poder del mito:  el mito de la piedra filosofal en el origen de la química

Imagen |  Marta Benito

Es una idea muy extendida la de la supuesta neutralidad y objetividad (o, si se prefiere, intersubjetividad) del conocimiento científico como si -por así decirlo- se tratara la ciencia de un producto supracultural o transcultural, lo que viene a encajar a la misma en la categoría de mito de la modernidad. Más allá de esta pseudocreencia, lo que no puede hoy ponerse en duda es que toda ciencia es un constructo humano y, como tal, no puede pensarse libre de toda suerte de condicionamientos personales, sociales, ideológicos, metafísicos e incluso míticos. En efecto, según Thomas S. Kuhn, toda disciplina científica se caracteriza por una etapa preparadigmática, previa al ejercicio de la ciencia normal, en la que coexisten diversas escuelas con creencias y preconcepciones previas inspiradas por ideas de índole filosófica o mítica. A título de ejemplo, considérese el caso particular de la Química, tal y cómo se nos transmite en su versión puramente escolar -como ciencia que estudia la materia y sus transformaciones- firmemente fundamentada en el razonamiento lógico y la experimentación y que, poco a nada, tiene que ver con esa rama oscura y mística de la Alquimia medieval, en la que los conocimientos prácticos sobre las transformaciones materiales, los metales, las cerámicas, el ácido clorhídrico (antes llamado muriático) o el sulfúrico (antes aceite de vitriolo), se confundían con toda clase de ideas esotéricas sobre la transmutación en oro, la inmortalidad, el anca de la rana y el ala de murciélago. A  pesar de la cada vez mayor tendencia a la revalorización académica de la Alquimia, la reconstrucción histórica tradicional, comprometida epistemológicamente con la tradición fisicalista, ha consolidado una perspectiva ahistórica de la Química, a todas luces insuficiente para dar cuenta de la construcción de la misma como ciencia, con todos los detalles específicos de su particular fisonomía.

En el origen de la Química moderna en tanto que ciencia de las transformaciones materiales, encontramos un convencimiento profundo y arraigado en el poder para cambiar la materialidad del mundo. Un convencimiento cuya raíz se pierde en la noche de los tiempos, quizás cuando el hombre primitivo conquistó la técnica para producir y mantener el fuego. Un elemento éste -el fuego-con todos los atributos para ser venerado como un Dios. Ya en el mito griego de Prometeo, este será eternamente castigado por su osadía de robar el fuego a los dioses y regalárselo a los hombres (a ello alude el nombre del elemento químico Prometio, el primero en ser sintetizado artificialmente). Anteriormente al descubrimiento del fuego, el hombre se había servido de instrumentos de piedra o madera pero siempre sin alterar su naturaleza, mientras que el manejo del fuego le permitió realizar transformaciones como cocinar los alimentos o cocer el barro para obtener ladrillos y, posteriormente, cerámicas e incluso vidrios. Probablemente fue su práctica como alfarero lo que le condujo a obtener cobre a partir de sus minerales y dar paso así a una nueva era tecnológica, pasando de la Edad de Piedra a la Edad de los Metales. Podemos imaginarnos a aquellos hombres primitivos ensimismados en la contemplación de cómo las llamas iban progresivamente alterando la naturaleza de la madera que ardía y transformándola en cenizas, humo y vapores. Desde la Edad del Cobre se dominaba la técnica para obtener el cobre, un metal rojizo, de su óxido correspondiente, un mineral azul y, desde la Edad del Bronce, se sabía cómo combinar el cobre con otro metal grisáceo, el estaño, para dar lugar al bronce de color amarillento, más similar al oro.  Con la cocción de los materiales arcillosos se percataba empíricamente como éstos cambiaban de color y de consistencia ¿Qué razones había para no suponer que, de manera análoga, pudiese encontrarse la técnica apropiada para transformar el hierro o el plomo en oro? Quizá este tipo de observaciones y especulaciones contribuyeron a forjar el popular y poderoso mito de la Piedra Filosofal.

Pocas ideas han sido tan fascinantes e influyentes  y  han enardecido tanto la imaginación de generaciones enteras como la de la búsqueda de la Piedra Filosofal; no en vano, en la cultura moderna ha inspirado la trama de novelas (piénsese en el éxito de “Harry Potter y la piedra filosofal” de J. K. Rowling), cómics, películas o videojuegos. En su origen, se trataba de un mineral (piedra) buscada por los alquimistas (filósofos) para conseguir la transmutación de todos los metales en oro. Era una idea surgida en Alejandría bajo la influencia de las teorías aristotélicas, dominantes en filosofía natural durante casi dos milenios, sobre la materia. Para el estagirita la materia (sublunar o terrestre) se constituía por la mezcla en proporciones variables de cuatro elementos -tierra, agua, aire y fuego- que, a su vez, eran el resultado de la combinación de dos pares de propiedades opuestas: frío y calor, humedad y sequedad. De esta forma, la tierra presentaría la cualidades de frío y sequedad, el agua, frío y humedad, el aire calor y humedad y el fuego calor y sequedad. Ahora bien, en tanto que era posible cambiar las cantidades de cada cualidad en cada elemento, era posible transformar un elemento en otro: a esto se llamó transmutación.  Estas elucubraciones dieron lugar a un gran número de tratados sobre el arte de la transmutación y a alimentar la creencia en la posibilidad de obtener oro a partir de otros metales menos “perfectos” como el hierro  o el plomo. Bajo la influencia de las prácticas alquímicas chinas que consideraban al oro como elemento curativo, se atribuyeron a la Piedra Filosofal  otras propiedades extraordinarias como la capacidad para combatir todas las enfermedades y hasta conferir la mismísima inmortalidad, pasando a denominarse entonces también como Elixir de la Vida, lo que incentivó aún más su ardiente búsqueda.

Desde sus comienzos, la Alquimia fue configurándose como una disciplina hermética y oscura, con un simbolismo que despertaba el recelo de la gente común y también de las autoridades políticas. Por ejemplo, el emperador romano Diocleciano, en su temor de que los alquimistas pudieran obtener oro barato, mandó destruir todos los tratados existentes sobre alquimia. Entre las leyendas al respecto resulta curiosa la del alquimista parisino Nicolas Flamel de quien se dice que llegó a descubrir el secreto de la Piedra Filosofal, consiguiendo transmutar mercurio en oro puro. El hecho que se considera comprobado es que Nicolás adquirió una gran fortuna en poco tiempo, lo que convenció a sus contemporáneos de que había dado con la fórmula para la transmutación de los metales. Unos años después de su muerte, su tumba fue profanada para buscar la Piedra Filosofal y, al no encontrar sus restos, se cundió el rumor de que había alcanzado la inmortalidad, siendo varias las leyendas que informan de su aparición en diversos momentos de la historia. La época dorada de la Alquimia fue el caldo de cultivo para una pléyade de estafadores que, con demostraciones prácticas basadas en trucos como recubrir de hierro una barra de oro, se presentaban como conocedores de la Piedra Filosofal, aprovechándose del engaño para enriquecerse. Junto a los alquimistas estafadores, existe otra rama formada por alquimistas místicos o esotéricos para los que, bajo una perspectiva más espiritual, la búsqueda del alquimista no era tanto la riqueza material como el perfeccionamiento del alma, siendo el oro más que un mineral de valor económico, una metáfora de la perfección y la pureza y la Piedra Filosofal el agente capaz de catalizar en el sujeto esa transformación espiritual. Adicionalmente, existió una tercera clase del alquimistas, los alquimistas artesanos o exotéricos que se esforzaron hondamente por producir oro, una búsqueda que -si bien partía de una premisa errónea- permitió descubrir por el camino y perfeccionar muchos procedimientos químicos tales como la fabricación de vidrio o la destilación, obtener reactivos como los álcalis cáusticos y las sales de amonio y productos como el alcohol y los ácidos minerales (ácido nítrico, agua regia, ácido sulfúrico, ácido clorhídrico) que posibilitaron, a su vez, muchas reacciones nuevas. De este modo fue como, paulatinamente, la vieja Alquimia fue engrosando un acervo de conocimientos sobre la materia y sus transformaciones, que con el tiempo, fue estableciendo los pilares de la moderna Química, la cual heredaría de aquella procedimientos y denominaciones para las sustancias, instrumentos y métodos de trabajo, consolidándose después como una ciencia natural con idiosincrasia  propia.

Hoy día, tal y como reconoce la “Declaración de la Química”, esta ciencia está a la base de prácticamente todos los avances científicos, tecnológicos e innovadores que permiten el progreso de la humanidad y abastece como área matriz al 98% de los sectores productivos, situándose en el foco de las propuestas para dar respuesta y garantizar soluciones sostenibles a los grandes desafíos energéticos y medioambientales a los que nos enfrentamos en el futuro. Piénsese en su incidencia sobre los medicamentos, productos fitosanitarios y de conservación de alimentos, obtención y manipulación de todo tipo de materiales metales, cerámicos, textiles, vidrios, plásticos, o su relevancia en el campo de la energía tanto petroquímica como electroquímica, más un largo etcétera. Y todo ello gracias al dominio que los químicos han alcanzado en el diseño y la obtención de moléculas, algo que no hubiese sido posible sin el convencimiento en la posibilidad para transformar la materialidad del mundo. Un convencimiento este irracional en su origen, firmemente arraigado en la tradición alquímica y su infatigable búsqueda de la Piedra Filosofal. Obviar esto sería renunciar a una comprensión profunda de la Química y caer en una perspectiva positivista y superficial de la misma. Claro que, en una época de dominio positivista, los químicos profesionales han hecho lo posible por silenciar sus orígenes alquímicos y trazar un claro límite entre una tradición esotérica y oscura y la luminosa ciencia racionalista, hija de la Ilustración con Lavoisier a la cabeza (aunque él perdiera la suya en la guillotina). Muestra de ello es la reacción que, a principios del siglo XX, tuvieron los colegas científicos de Rutherford frente a sus investigaciones sobre la desintegración radiactiva, en las que se conseguía el viejo sueño alquimista de transformar un elemento en otro, expresando su miedo a que la publicación de los mismos “pudieran desacreditar a la universidad de McGill”. Y cuando, en el curso de dichas investigaciones, Frederick Soddy exclamó entusiasmado: “Rutherford, esto es transmutación: el torio se desintegra y se transmuta a sí mismo en un gas del grupo del argón”, Rutherford se apresuró a contestar: “Soddy, no lo llames transmutación. Nuestras cabezas van a rodar por alquimistas”.

 

Sobre el autor

Alfonso Viudez

Alfonso Javier Viudez Navarro es profesor de Física y Química en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Química y Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad de Córdoba, realizó su tesis doctoral, "Síntesis, caracterización y ensamblaje de nanopartículas de oro protegidas por monocapas moleculares”, investigando en el campo de vanguardia de la nanociencia. Se considera, afín al célebre llamamiento de Betrand Rusell, una persona “con entrenamiento científico e intereses filosóficos”. Su compromiso con Homonosapiens pasa por compartir periódicamente el desmontaje conceptual de algún principio o idea científica para sacar a la luz todos aquellos supuestos (metafísicos, ideológicos, etc) subyacentes; el objetivo es tanto una comprensión más profunda, al tiempo que socavar la creencia cientificista -que no científica- en las posibilidades de la ciencia para llegar a explicarlo todo.

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