Monográfico Libertad o seguridad: Libertad limitada

Monográfico Libertad o seguridad: Libertad limitada

Imagen | Parménides, Fernando Ivorra

La libertad es emocionante, como la montaña rusa o los deportes de riesgo, como la amistad, la creación artística o la invención tecno-científica. Sin embargo –digan lo que digan los deterministas[1]-, puesto que podemos decidir entre conductas alternativas (a veces entre dos males), debemos responder por nuestras decisiones, es decir, somos responsables de lo que voluntariamente obramos. Y “por sus obras los conoceréis”, no tanto por lo que predican[2].

El que tiene boca se equivoca y “el que actúa fracasa” –decía Lao Tsé-. No siempre,  pero sí algunas o muchas veces, fallamos. Errar es humano. “Veo el bien, sé como hacerlo, hago el mal” –se auto-acusaba Pablo de Tarso. Al beber, al fumar o al comer más de la cuenta, al acosar a un infeliz o al fastidiar injustamente a una compañera, atento contra mi propia seguridad, contra mi salud, contra la de otros también y, por tanto, cuando recobro la cordura (salvo que sea un sociópata o un psicópata desalmado), me siento culpable. Eso demuestra que no soy mal tipo del todo, que tengo conciencia moral, es decir, que al menos tengo oídos para la voz de ese demon[3] interior, voz de la conciencia, que no es más que una llamada continua a ser libre y obrar bien, a estar a la altura de un ideal de humanidad o de solidaridad con lo humano.

Por tanto, la libertad no es sólo una oportunidad de crecimiento y felicidad personal, sino también una noble pero pesada carga. Tanto, que a veces se precisa la seguridad de tal modo que se entrega a cambio la libertad. La libertad es la base tanto de la dignidad como de la indignidad de las personas[4]. Porque actuó libre y voluntariamente, el acusado es sentenciado como asesino a la pena máxima. No existen animales asesinos, sólo depredadores; en este sentido ético, los animales no son ni libres ni responsables.

A nosotros nos está prohibida la vuelta al inocente Paraíso de las Bestias, porque comimos del “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal” y lo hicimos libremente, desde entonces sentimos vergüenza, cimiento emotivo de la conciencia moral. Esta es una forma alegórica, imaginativa, de explicar esa gran diferencia entre los seres morales y los naturales, entre la humanidad consciente y la candidez insulsa del animal[5]. Los humanos podemos ser inmorales o morales, pero no amorales[6] o, como decía Aristóteles, podemos ser más que animales o menos que animales, pero no podemos ser ya sólo animales. Además de un temperamento determinado por la herencia genética, tenemos una doble naturaleza, un carácter, “êthos” (de donde viene la palabra “ética”). Las personas somos seres esencialmente éticos porque tenemos que decidir quiénes ser, construir nuestro modo personal de ser, trabajarnos el carácter, educarnos y tallar nuestro êthos como hace el escultor con la piedra mármol.

Una forma de evitarse la responsabilidad y la culpa es dejar que otros se equivoquen por mí, o sea delegar mi libertad, enajenarla. Todos lo hemos hecho de niños y lo seguimos haciendo de mayores cuando vamos al médico y seguimos sus instrucciones; a falta de conciencia de lo que está bien y está mal, es sensato obedecer o pedir consejo a quien tiene más conocimiento y experiencia vital, a papá o a mamá, al maestro, a la autoridad, pero es indigno ceder la libertad cuando uno ya tiene uso de razón y no sólo el derecho, sino la obligación civil de ejercerla. Existe lo que Kant llamó una “minoría de edad culpable”, la del que no quiere abandonar la infancia ni madurar, por pereza o miedo[7]. Quede claro que cuando permito que otros decidan por mí, cuando alieno mi responsabilidad, también escojo: elijo libremente la dependencia o la servidumbre. Es el caso del que se vincula a una secta, religiosa o política. Acato entonces el dictado de otros, esta es la condición del súbdito, es decir del que está bajo (sub) lo dictado (dictum) por el gobernante “dictador”. El súbdito obedece órdenes sin conciencia de lo que obedece según las reglas que le impone su tirano: un caudillo carismático[8], un partido, una iglesia… Era la excusa que ponían los verdugos de los campos de exterminio nazi cuando se les pidieron responsabilidades: “Yo sólo obedecía órdenes”.

Bajo el redil de la familia, del grupo de amigos, de la comunidad de opinión, conversión o perversión, ¡nos sentimos seguros!, aun haciendo lo que no debemos, “¡como lo hacen otros…!”. Sin embargo, que los demás se tiren por un barranco no significa que sea seguro hacerlo, incluso la mayoría puede equivocarse. No hay mucho que saber ni que pensar si otros, tutores, doctores, propagandistas, publicistas o ideólogos, piensan y deciden por mí. De los medios masivos de comunicación (Mass Media) no escojo libremente sentimientos ni imágenes, sino que trago imaginaciones, emociones y sentimientos diseñados industrialmente por otros. Y, ¡ojo!, porque la imagen tiene línea directa con el corazón: la imaginación tiene una gran incidencia sobre nuestras pasiones y las puede hacer violentas y las pasiones debilitan la voluntad y nos vuelven esclavos (de las drogas, del sexo, del dinero…). La verdad es que la única instancia responsable no es “el pueblo”, ni siquiera la mayoría, sino el sujeto personal, de ningún modo la masa que, como decía Ortega, es “la gran desalmada”. Lo peor de todo es que a veces lo que más une a esa masa a la que el individuo hipoteca su libertad no es el amor a un bien común, sino el odio compartido y feroz a un enemigo imaginario.

Contra la temerosa condición y sometimiento culpable del animal de rebaño, se levanta el valeroso y venerable imperativo civil: ¡Atrévete a pensar y a actuar por ti mismo! Sapere aude! Sin embargo, ¡pensar por uno mismo, actuar por principios propios, no significa decir no a todo lo logrado y lo sabido o pensado por otros!, como el cachorro que nada más aprender a ladrar le ladra a cualquiera, sea amigo o enemigo, la cartera o el ladrón.

Atrévete a decidir por ti mismo con conocimiento, orientado por el ideal de lo que conviene o no conviene hacer en general. Ciencia y conciencia hacen sabiduría. Esa conciencia como voz interior de un espectador imparcial [9]nos eleva por encima de la condición natural del egoísmo animal, desde la idiotez del sentir particular al sentido común (a veces, el menos común de los sentidos), desde el particularismo sexista, racista o nacionalista, al cosmopolitismo estoico o al ecuménico humanismo cristiano. Tener criterio propio por encima de la tribu o del gueto es tener una idea justa de lo que conviene en general, como extensión amable y artificial de la benevolencia[10]. Esa identidad diversa e insobornable del carácter caracteriza paradójicamente la heroica soledad del ciudadano maduro frente a la “asegurada” actitud del súbdito, del siervo, del sectario, del “cliente político”, del normópata dominante[11], del homo estabulizado.[12]

No obstante, el temor, una emoción tan elemental como la vergüenza, hace a nuestra libertad prudente. Nuestra libertad es en todo caso limitada, tanto por nuestra menesterosa y frágil condición, como por el fin eminentemente social de no verse degradada en libertinaje, esa arbitrariedad egoísta del que hace lo que le da la gana sin ponerse en lugar de los demás ni darse cuenta de que perjudica la libertad o los bienes de otros y sin percatarse de que obrando por impulsos salvajes o bajas pasiones no es más libre, sino esclavo de las pasiones[13] y de la gana que, las más de las veces, ni siquiera es suya, como no es nuestro el virus que nos infecta ni el gen que nos constituye. Nuestra libertad es limitada no sólo porque no podemos hacer cuanto querríamos, sino porque, en muchos casos, por temor justificado y por seguridad propia y ajena, debemos hacer lo que no nos da la gana o tenemos que abstenernos de hacer nuestra voluntad obrando caprichosamente. Nada nos impide poner en riesgo nuestra salud si eso nos complace, ¡pero no es justo poner en riesgo la salud de otros sin su conocimiento o consentimiento![14].

Sólo los demás animales hacen lo que les da la gana; obran por instinto porque sus respuestas están ajustadas a los estímulos de su medio natural en orden a su supervivencia. Poseen temperamentos diversos, pero les falta carácter. Pero he aquí que nosotros no vivimos en un medio natural, sino en un medio social y cultural poblado de estímulos artificiales y artificiosos, los hay inocuos pero también peligrosos, un medio de artefactos y tecnología que amplía nuestras libertades pero igualmente las limita mediante leyes de justicia o, peor, las rebaja a fondo a causa de provocar adicciones compulsivas (ludopatías, extravagantes parafilias, etc.).

Todo eso poco tiene de “natural”[15], por lo que es imprescindible la buena educación, esto es la adquisición de buenas costumbres y actitudes excelentes (virtudes, aretai) mediante la repetición de acciones apropiadas. Uno escoge poco a poco la senda de la vida buena, o la de la mala vida, obrando con justicia uno se vuelve justo, obrando con avaricia uno se vuelve avaricioso, etc. ¿Por qué valoramos el amansamiento o “adoctrinamiento” de una buena educación? ¿Por qué consentimos ajustar nuestro comportamiento a leyes convencionales? ¿Por qué admite el libre albedrío reglas represivas, limitadoras? ¿Por qué hemos de renunciar continuamente a hacer lo que nos sale del alma o de las gónadas, sean masculinas o femeninas?

Sencillamente, porque nos conviene e interesa que los demás tampoco hagan lo que les dé la gana. El miedo a ser víctima de la arbitrariedad injusta del otro nos obliga, si queremos vivir seguros. ‘Do ut des’[16]. No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan; respeta para que te respeten. Salta a la vista que nuestra integridad física asumiría un riesgo insoportable si todo el mundo pudiera conducir por las carreteras como le diera la gana: sobrio, borracho o colgado, sin atender ni someterse a las reglas de tráfico. Hagamos un esfuerzo de imaginación: a falta del paraguas y el asilo social del Estado de Derecho en el que por principio mandan las leyes más que las personas, nos castigaría a la intemperie un chaparrón tras otro (la naturaleza no se anda con chiquitas); a falta de reglas de buena conducta, mandaría la fuerza bruta, o sea se impondrían las ganas y caprichos de los brutos, la violencia reinaría, como sucede en la selva o en los “Estados fallidos”, donde los señores de la guerra o los cárteles de la droga campan por sus respetos, “respetos” que merecen sobre todo los puñales, bombas y ametralladoras que les permiten salirse con la suya. Por eso decía Hume que cualquier régimen, incluso el más totalitario y represivo, es preferible a la anarquía.

No obstante, téngase igualmente en cuenta la dura frase de Benjamín Franklin: “El pueblo que está dispuesto a renunciar a su libertad a cambio de seguridad no merece ni la una ni la otra”, es decir, no merece ni seguridad ni libertad. Es natural que el anciano prefiera la tranquilidad del orden. No lo es tanto que el joven esté dispuesto a desechar su libertad confiando en que el Estado benefactor le asegure y resuelva el futuro. Es triste y desolador que a la pregunta de qué quieres ser cuando sea mayor, haya estudiantes de secundaria que respondan: “quiero ser pensionista”, deseando así entregarse prematuramente a la molicie y la dependencia, carentes de una voluntad fuerte para forjar una personalidad propia en el trajín de las faenas y los quehaceres elegidos. Oportunidades perdidas por abulia o pasotismo.

Vivir es inseguro, todo trabajo es digno pero requiere esfuerzo y tiene sus servidumbres, y es perfectamente imposible que el Estado, las compañías de seguros o las sociedades de prevención de riesgos laborales, reduzcan el riesgo y los accidentes a cero. Nada más seguro y tranquilo que un cementerio; en los muertos se puede confiar…

Buscamos y necesitamos la compañía de los demás. No podemos vivir sin sociedad, ni asociarnos sin gobierno. Resulta que para el ser humano vivir es convivir, y nuestra libertad así como nuestra seguridad están vinculadas necesariamente a las de otros. La soledad extrema y no elegida es locura[17]. El éxito de las redes sociales es un síntoma y una prueba de que existimos en comunicación con los demás. El hombre no es un lobo para el hombre, sino un espejo. Nos constituimos como sujetos relativamente autónomos interiorizando ese proceso social de comunicación tan complejo, desde el círculo familiar, el nacional, el internacional…, al global, sea directo, analógico o virtual, sea físico o intelectual. Lo hemos visto: lo que pasa en un remoto laboratorio de Wuhan (China) afecta -¡y de qué modo!- a nuestra libertad y seguridad, al otro lado del mundo.

Por supuesto que ningún amor es más intenso y genuino que el amor propio, pero este se ve naturalmente templado por la simpatía, la empatía, la capacidad imaginativa[18] de ponernos en lugar de los demás, particularmente de los próximos o prójimos. El amor propio no es incompatible con los naturales sentimientos de compasión y piedad ante el dolor ajeno, emociones que nos proyectan en los demás y nos mueven a solidaridad con nuestros hermanos. Por eso sentimos asco moral ante los comportamientos crueles o despiadados, sobre todo si los hemos sufrido antes[19], y por eso es justo que las leyes limiten la libertad de todos impidiendo el robo y castigando el daño injusto y los perjuicios intencionados. Es evidente que el derecho a la libertad y la seguridad de unos limita y debe limitar el de otros.

Puesto que compartimos intereses (el “bien común”), negociamos a cada paso los límites y condiciones de nuestras libertades de movimiento y acción: por ejemplo, quién cuida de los niños mientras otro ve su serie favorita, quién limpia el baño mientras otro juega con la videoconsola, quién saca la basura, quién paga impuestos, cuántos se pueden juntar en mitad de una pandemia… Todo ello en orden a la seguridad de todos, una seguridad que garantice la conservación o ampliación de los bienes más preciados: salud, alegría, respeto a la dignidad de las personas, libertad para ganarse la vida, o sea la oportunidad de que lo sujetos autónomos[20] se esfuercen y luchen libre pero legalmente por la consecución de la felicidad en el marco que la ley otorga, que es amplio en sociedades democráticas y avanzadas e incluye garantías sociales de equidad y auxilio social.

El Estado no puede asegurarnos la felicidad, ni siquiera un seguro absoluto de que no vamos a sufrir daños, perjuicios e injusticias, pero sí ciertas condiciones (seguridad jurídica, asistencia social, subsidios, subvenciones…) que hagan posible que luchemos por los bienes elementales o los conservemos. A este respecto será tan imprescindible la igualdad de oportunidades como el esfuerzo individual del candidato al bienestar, esfuerzo que habrá de invertir con eficacia para alcanzar una vida segura y plena. La desgracia por sí misma no genera derechos. Querer no es poder, por eso nuestra libertad es limitada. Sin embargo, bien instruida, bien orientada y tenaz, la voluntad humana mueve montañas.


[1]El problema de la Libertad es una de las grandes “cuestiones disputadas” o discutidas en todas las épocas por todos los filósofos. No han faltado quienes defendieran que la libertad es una ilusión, pues si conociéramos todos los motivos y circunstancias la acción se seguiría necesariamente de sus causas. Por lo tanto, nadie sería causa de sí ni de su obrar y no habría mérito ni demérito. Quien niega la libertad del humano niega su dignidad, pero también su responsabilidad. Al determinista puedes darle un guantazo, no podrá culparte por ello. “La necesidad es regular y cierta. La conducta humana irregular e incierta. Por consiguiente, la una no procede de la otra” (David Hume. Tratado, II, III, I).

[2]Aunque predicar, decir, hablar, difamar, son también formas de obrar. Y la palabra puede herir más que la espada.

[3]El famoso daîmon o demonio de Sócrates, que le obliga a seguir indagando por la esencia de la excelencia conociéndose a sí mismo.

[4]Para esta identificación de la libertad y la dignidad superior del hombre véase la Oración a favor de la dignidad del hombre de Giovanni Pico de la Mirandola, o el Diálogo de la dignidad del hombre de nuestro humanista cordobés Fernán Pérez de Oliva (1494-1531).

[5]Mi interpretación del “pecado original” del Génesis bíblico como rebelión contra el determinismo natural puede leerse en digital:  José Biedma “Rebelión Original” (30, Nov. 2020).

[6]Nadie ha explicado mejor esta esencia constitutivamente moral de la persona que José Luis López Aranguren en su manual de Ética.

[7]Pereza y miedo son también los motivos que impiden a los prisioneros abandonar la caverna platónica.

[8]El amor, el culto popular y populista al tirano no puede explicarse sin el componente de seguridad que proporciona, a cambio de la libertad.

[9]La idea de la conciencia moral como un “espectador imparcial” es de Adam Smith, v. La teoría de los sentimientos morales. Mi recensión de esta importante obra en La caverna de Platón, Espacio de Filosofía.

[10]Al igual que la libertad, nuestra liberalidad o generosidad también es limitada. David Hume vio bien que la extensión en proyección de los sentimientos de benevolencia desde el amor propio y lo próximo a lo lejano y remoto de la humanidad supone en todo caso una disminución de su intensidad. Por eso nos es más fácil amar a un paisano que a un extranjero. Principio de benevolencia limitada.

[11]La locura no sólo puede normalizarse, sino gobernar. Platón ya se percató de que la libertad es como un licor de alta graduación, ilimitada emborracha. Hume refiere a la paradoja de que se pueda pensar de que en realidad quien actúa más libremente sea el loco de atar. Mas esa “libertad” imprevisible, no sometida a una voluntad general o en comunicación, racional o razonable, es pura arbitrariedad.

[12]En relación a esto, las banderas, en las que algunos envuelven su mediocridad, se parecen a las divisas con que los ganaderos sellan sus reses. Schopenhauer argumentó muy bien contra la soberbia del nacionalismo, pues no cabe presumir mérito alguno por el lugar en el que a uno le nacieron por casualidad.

[13]Morbos del cuerpo y del alma, les llamaba Séneca a las pasiones.

[14]La pandemia ha demostrado cómo la insensatez, temeridad e imprudencia de uno solo puede poner en peligro de vida de muchos.

[15]A no ser que pensemos, claro, que para nosotros lo natural (o esencial) es la techné, el artificio técnológico. Tan equívoco es el significado del adjetivo “natural”.

[16]Doy para que me dés (Toma y daca), el principio obligativo de cualquier normatividad.

[17]Decía Aristóteles con ironía que aquel que es capaz de vivir completamente al margen de la sociedad o bien es un dios o una mala bestia.

[18]La Imaginación cobra un papel trascendental en el comportamiento moral, o sea, en el ámbito kantiano de la “razón práctica” y no sólo de la “razón pura”. Lo que se le escapó a Kant. Según Marilyn Delgado: “Too bad Kant did not pay more attention to imagination in his ethics” (tuit). “No podemos figurarnos cómo sienten los demás si no es poniéndonos en su lugar” (Adam Smith).

[19]También la Memoria, facultad representativa hermana siamesa de la Imaginación, juega un importante papel moral, pues la experiencia del dolor está en la base ontogenética de la formación de la conciencia y de los sentimientos de compasión. Quien no ha sufrido por una traición es raro que se muestre solidario con el traicionado.

[20]“Autónomo” es en nuestro derecho administrativo y laboral, precisamente, el trabajador libre, dependiente de sí mismo, que ni depende de un “jefe” ni puede delegar en un superior la responsabilidad de su empresa.


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About Author

José Biedma López

José Biedma López es un auténtico Homo Universalis del Renacimiento nacido en Úbeda (Jaén). Dotado de una erudición excepcional en temas humanistas y científicos, así como de una ironía mesurada, es un apasionado de la fotografía y de la naturaleza, en sentido griego. Es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, así como un estudioso atento de la vida de los insectos. Entre sus publicaciones destaca el libro Imágenes e ideas, una introducción a la Filosofía desde el análisis de la propaganda política y la publicidad comercial (Editorial Alegoría, Sevilla, 2016), y el titulado Interpretación de Andalucía (Jaén, 1998). Ha sido durante muchos años Director de Instituto, tutor de la UNED, secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía (AAFi) y codirector de su revista Alfa. La mayoría de sus artículos están disponibles en la Red; y su poesía casi completa, sus relatos y ensayos, asequibles en Amazon.

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