Bajo la cueva del 95

Bajo la cueva del 95

En La Argentina cuelgan mangos y naranjas a destajo. Los devoramos con ese sentimiento de urgencia, ese por si acaso donde la naturaleza todo lo puede cambiar.

En La Argentina nos hablan de sus tierras, de su supervivencia. Nos hablan del valor de su entorno, de la puerta que se abre, del mal de la explotación y de las ganas de cambio. Con los brazos abiertos, nos hablan de lo que fueron y de lo que pueden ser. Confundidos, asumen que la misma tierra que protagonizó la sangre puede ser hoy un destino deseado. Aplauden la idea y nos venden empanadas, a nosotros, los nuevos. El sol llanero se quiebra en el horizonte y en La Argentina se alegran de vernos, es la misma alegría del que ve venir nuevos gestos, nuevas maneras. La alegría de conocer la capacidad de afectar y ser afectado.

Las vacas de La Argentina tienen miradas interrogantes, saben que algo está por llegar, algo diferente, aún por trazar. Las vacas de La Argentina miran desde una quietud nerviosa. Los gorrinos, en cambio, no saben ver nada.

A merced del agua, el fuego, la tierra y el viento, ofrecemos tortilla. En La Argentina prueban nuestra tortilla con el mismo escepticismo con el que nosotros ingerimos su calostro. Es la duda del sabor ajeno.

Bichos y aves inventan sinfonías cacofónicas, nos acompañan en nuestra noche de suelo de discoteca con un compás incomprensible. La Argentina carga con un nombre demasiado impersonal para tanto carácter.

En La Argentina hay niños salvajes que desayunan sancocho de pescado y nos llevan a ver monstruos naturales. Paisajes que uno no cree merecer, caídas de agua donde uno siente la culpa del asfalto. Es esa belleza que duele.

En La Argentina nadie se pierde, les cantan a los caminos canciones del hogar, preparados para saltar con la duda entre las manos, caminan con la presencia de saber que hoy están. Silban para recuperar distancias. Y nosotros, abrumados por la luz, por un verde que no se entiende, por las escenas bucólicas que se dibujan y por el río, que arrastra el corazón de un armadillo descuartizado.

Mango por huevo, papa por naranja, nos alejamos de La Argentina a oscuras, con las cabezas revueltas, bajo la cueva del 95.

 

 

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Imagen | Marta Juliana Abril

Categories: Humanamente, Leer

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Cristina Juliana Abril

Cristina tiene necesidades narrativas desde 1991 (Barcelona). Durante su infancia se desahogó escribiendo relatos entre los que destacan: "Cleo", "Baralles inútils", "Las sensaciones", "La estatua parlante", "El invierno en Roma" y "Es va cremar La Vanguardia". Su relectura la ha empujado a retomar la escritura. Marta busca, pega, encuentra y monta cosas. Marta hace collages desde lo que escribe Cristina o Cristina escribe desde los collages de Marta. A Marta y a Cristina les mueve el com-partir.

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