El norte de la catarsis

El norte de la catarsis
  1. CONTEXTO

 

Esta es una ciudad del norte. Del norte de algún país, en todo caso del norte del hemisferio norte. Una de esas ciudades con costa, en un día apagado, de marea alta y lleno de atormentadas nubes negras. Un paisaje tan trágico y apocalíptico donde resulta imposible no sentirse en pie. Tenemos ante nosotros el cuadro que pintaríamos si supiéramos pintar la costa de algún norte.

Ante esta estampa, lo único que sabemos es que ésta es una historia que empezará desde fuera hacia dentro y acabará desde dentro hacia fuera.

Hay una serie de personas voluntarias que con toda su valentía se han ofrecido para pasearse por este relato.

Estos individuos ceden a su manipulación y nuestra compensación consiste en introducirlos en el noble arte de la ficción y elevarlos a la categoría de personajes. De manera banal, reconoceremos a cada personaje por sus principales atributos, lo haremos así porque consideramos que se definen por lo que hacen, no por lo que son. Esta sentencia suele estar brutalmente condenada pero hay días en los que nuestros personajes no saben quienes son y necesitan hacer cosas para situarse en el mundo. Por lo tanto, no tendrán nombre.

 

Estas líneas que siguen serán atemporales, sucesos universales en cualquier lugar del norte, en cualquier tiempo.

 

 

  1. SUCESOS

 

Nuestros personajes transitan el norte. O más bien es el norte quien transita a nuestros personajes.

Nadie sabe hacia donde se dirigen, pero allí están, presentes, a la deriva. El mar ruge a su paso. Caminan a lo largo del paseo marítimo, en ambas direcciones. Se cruzan y no se reconocen. Vemos a una mujer con un paraguas amarillo, un hombre que anda con los bolsillos llenos de monedas que tanto le pesan que suenan a cada paso que da.

El mar, quizás océano, se levanta feroz. Una niña de pelos negros y rizados pasea agarrada a su padre calvo. El viento parece querer llevárselo todo. Entra en escena una chica joven con unos auriculares pegados a sus orejas. Nuestros personajes no tienen prisa, es una ciudad del norte. Avanza lento un nonagenario ayudado por su bastón de madera pulida. De pronto, el mar, quizás océano, expulsa una ola como el más grave de sus estornudos. La hace volar hasta que sobrepasa la balaustrada. Ruido ensordecedor. No causa estragos, nuestros personajes siguen vivos.

Aunque, en este instante de involuntaria complicidad, todos ellos fijan la mirada al unísono en el charco que ha dejado la ola. Un trozo de agua: espejo donde se puede ver reflejada la oscuridad del cielo con total nitidez. Es este hecho, la fuerza, el ataque, el sobrepaso, que hace que nuestros personajes fijen la mirada en esos pobres restos, esa huella que les ha regalado el mar, quizás océano. Nuestros personajes no se reconocen entre sí pero parece como si siempre hubiesen vivido esperando esa explosión líquida.

Inmóviles, observan.

 

De pronto, surge una expulsión espontánea y colectiva, un efecto purificador en el que se eliminan recuerdos que perturban el equilibrio nervioso.

 

“No tengáis miedo de soltar vuestras cadenas”. Desde su ingenuidad adolescente, la chica de los auriculares repite esta frase como un mantra. No la dirige a nadie, la grita de cara al mar, quizás océano, y abre de par en par sus brazos, entregándose al viento, al mar y al quizás océano. “No tengáis miedo de soltar vuestras cadenas”, reitera. Se ha despegado los auriculares de las orejas.

 

Al mismo tiempo, la mujer del paraguas amarillo mira incrédula su paraguas amarillo. Lo abre, lo retuerce y a cada destrozo recuerda el paragüero. Lo deforma, lo desgarra, no da tregua. Lo recuerda bien; el viaje, la lluvia, la intensidad del agua sobre sus cráneos. El paraguas amarillo se invierte, la mujer lo golpea contra el suelo. Estaban tan llenos de agua, tan jóvenes. Buscaban refugio y solo encontraban lluvia. El paraguas empieza a descomponerse, algunas piezas salen disparadas. La idea fue suya, aunque él siempre se lleva el mérito; han discutido tantas veces la autoría del relato que éste se ha ido distorsionando con el tiempo. La mujer del paraguas amarillo agujerea la tela impermeable con su puño izquierdo. Querían seguir en la calle pero les pesaba tanto el agua que no podían avanzar. Entraron en el primer sitio que vieron. La mujer deforma las varillas creando todo tipo de formas.

Era un banco alemán, no querían estar en un banco, querían la calle pero el agua no les dejaba caminar. La mujer del paraguas se ayuda con los pies para destrozar el mango. En la entrada del banco había un paragüero y los dos, bajo esa mirada cómplice llena de agua y juventud, cogieron un paraguas y salieron corriendo del banco. La mujer no cesa el destripe, se corta la mano, se mezcla la sangre con el agua. Corrían por calles extranjeras, tan culpables, tan vivos, tan inmunes bajo su nuevo paraguas amarillo.

 

Al mismo tiempo, el nonagenario se tumba en el suelo. Deja reposar su bastón. Lentamente se quita el abrigo, los pantalones, el jersey, los zapatos, la camisa, los calzoncillos. Dobla la ropa y la coloca cerca, junto al bastón. Tumbado y desnudo, se prepara para morir.

 

“No tengáis miedo de soltar vuestras cadenas” reza la chica de los auriculares.

 

La niña del pelo eléctrico de cinco, seis o siete años, le pide a su padre calvo que se agache hasta tener su oreja a la altura de su boca. Se quita los guantes y prepara su mano cóncava contra el oído de su padre, dispuesta a susurrar. “Me gustaría crecer sin perder la imaginación. Os miro a vosotros, adultos, en una realidad tan desfigurada que me asusta. De momento sólo he oído hablar del bien y del mal; de lo permitido y lo prohibido. No os culpo, pero estoy segura de que podemos escaparnos más sin necesidad de asfixiarnos.

Me gustaría que me mostrarais más a menudo el lado amable de esta tierra. El desencanto ya lo encontraré yo sola, ya lucharé con él. Me gustaría que me hablarais más del abrazo, como primer gesto humano.

Me gustaría que me hablarais de la gente invisible, la que camina espléndida, valiente y también derrotada. Me gustaría conocer lo grotesco, lo probable y lo posible. Me gustaría que me enseñarais a relacionarme con lo que no conozco, a entender el miedo. Pero por encima de todo, me gustaría crecer en busca de la belleza, la voz y el silencio.”

 

Al mismo tiempo, el hombre de las monedas en los bolsillos empieza a mover los dedos de los pies, escondidos bajo tres pares de calcetines. Mueve el zapato. Gira los brazos, alza las piernas, tuerce la cadera. No sabe ni cómo pero todo lo mueve. El hombre celebra con su cuerpo y danza al son de las monedas, que se escapan de sus bolsillos, ruedan y saltan por el suelo. El hombre ejecuta una danza grande, única e intransferible. No sabe ni cómo pero todo lo baila. Baila el páncreas, baila la clavícula, baila el paladar. No puede frenarlo y lo baila retorcido, lo baila natural, lo baila extenuado. El hombre de las monedas tiene asma, hipotiroidismo, bronquitis, un solo riñón, y veinticuatro dientes. El hombre de las monedas extiende, flexiona, relaja y suelta. Cuántos más céntimos caen más fuerza tiene. El hombre de las monedas ya no pesa, todo lo mueve y todo lo baila.

 

Ha surgido una expulsión espontánea y colectiva, un efecto purificador en el que se han eliminado recuerdos que perturban el equilibrio nervioso.

 

 

  1. FINAL

 

Sólo quedan las ruinas. La escena concluye inevitablemente en un plano fijo. Es una imagen que ha adquirido un peso y una gravedad equiparables a un final de fiesta. Al fondo, el charco y después el mar todavía furioso – quizás océano. En primer término, los restos.

Nuestros personajes ya se han ido, nos han dejado sus sobras y así, de alguna manera, nos dicen que no se han ido del todo.

Tiemblan los pedazos del paraguas, siguen rodando las monedas, unos guantes parecen querer levantarse del suelo pero se resisten. El hilo de los auriculares enrolla y retiene la ropa y el bastón. Por primera vez, se reconocen todos ellos, se amoldan, se buscan, conscientes de que ya no pertenecen a nadie.

El viento los une en un torbellino, como si quisiera precipitar el final, sacarnos de este tedio. El mar disfruta con la estética de la nostalgia. Aunque, celoso, no quiere dejar constancia ni compartir con nadie esos retazos acumulados. Sólo él, único espectador, dueño de esas vivencias.

Hilo, guante, paraguas, ropa, monedas, bastón; todos tiemblan y sobrevuelan. Y el mar, quizás océano, que salta, que todo se lo lleva, todo lo engulle.

Y nuestros personajes, ausentes criaturas del norte.

 

 

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Imagen | Marta Juliana Abril

Categories: Literaria

About Author

Cristina Juliana Abril

Cristina tiene necesidades narrativas desde 1991 (Barcelona).
Durante su infancia se desahogó escribiendo relatos entre los que destacan: “Cleo”, “Baralles inútils”, “Las sensaciones”, “La estatua parlante”, “El invierno en Roma” y “Es va cremar La Vanguardia”.
Su relectura la ha empujado a retomar la escritura.

Marta busca, pega, encuentra y monta cosas.
Marta hace collages desde lo que escribe Cristina o Cristina escribe desde los collages de Marta.
A Marta y a Cristina les mueve el com-partir.

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