Ladera abajo

Ladera abajo

Imagen | Rebeca Madrid

Recuerdo que por aquel tiempo éramos jóvenes, tan jóvenes en realidad que nuestros rostros de entonces se asoman ahora por el ventanuco de mi memoria con gesto burlón. La sangre nos ardía en todo momento y por eso, al poco de llegar, nos pusimos a partir leña (o a destrozarla) en medio de fuertes alaridos. El caserón estaba medio en ruinas, pero por todas partes resplandecía la primavera, y éramos jóvenes, y nada de lo que pasara a nuestro alrededor parecía preocuparnos. Habíamos llegado hasta ese lugar con nuestras mochilas y nuestros sacos de dormir, a la finca que los padres del Sapo poseían en aquel huidizo repliegue de la sierra, no muy lejos del pantano donde los suicidas se zambullían cada año en las aguas heladas de las estadísticas. Cuando el invierno se batía en retirada y la savia comenzaba a removerse en los vasos leñosos y la sangre hacía también espuma en nuestros vasos, solíamos pasar algún fin de semana entre los restos paleolíticos de aquel caserón abandonado; por las noches, tendidos en el suelo, contemplábamos  trozos de firmamento con las formas vagamente geométricas que les daban las pocas viguetas que aún resistían. Es cierto que en cualquier momento algún derrumbe nos podría haber sepultado bajo las piedras, pero entonces la muerte nada significaba para nosotros. Eructábamos a la luz de la luna, buscábamos obscenos parecidos entre las constelaciones y alguna zona confusa de la anatomía femenina, y luego –cuando el cansancio por fin nos vencía– nos quedábamos dormidos bajo el arrullo de los grillos y el cercano crepitar de los últimos leños que ardían en la hoguera. ¡Oh, éramos increíblemente jóvenes!

Recuerdo que cuando nos despertamos aquella mañana, encendimos una nueva fogata sobre los restos de la antigua y tomamos algo caliente, entre gritos y empellones. No había ninguna nube en el cielo, los pájaros gorjeaban hasta reventar, y las hojas de los árboles parecían estremecerse de puro placer. A esa hora nuestra conversación se reducía a algunos rudos monosílabos y a varias frases hechas premeditadamente desagradables, aunque nadie estuviese en verdad enfadado con nadie. Formaba parte de nuestras costumbres el guardar un silencio viril ante cualquier emoción de orden digamos estético-paisajística (en general, ante cualquier tipo de emoción de cualquier orden imaginable, excepto el sarcasmo). Pero lo cierto es que la sierra brillaba como pocas veces la habíamos visto brillar, y que entre los insultos y la aparente desgana alguien propuso hacer una excursión al pico más alto (la “Gran Ubre”, le llamaba Santos), desde cuya cima sabíamos que se contemplaba un paisaje de ensueño. Al final todos dijimos que sí, qué coño, qué vamos a hacer si no, y al rato emprendimos una ruta que, sin confesárnoslo, nos llenó de una alegría bastante elemental, viril también (así creo), nada sofisticada.

Ascendimos, pues, entre insultos, encinas y lamentos. La progresiva verticalidad nos fue poniendo cuadrúpedos, y cuando los últimos enebros dejaron paso a la roca desnuda, hacía tiempo que rebuznábamos ya sin rebozo: de quién coño fue la idea de, gritábamos a cada instante, con lo de puta madre que podíamos estar en, sentenciábamos luego. Pero la verdad era que estábamos exultantes, la savia nos batía por dentro, el buitre que volaba allá arriba no podría sentirse más libre de lo que nos sentíamos nosotros: maricón quien llegue el último. Resbalábamos sobre las rocas, caíamos en cascada, nos burlábamos de todo. Y así alcanzamos al fin el oscuro pezón de la cumbre, donde nos quedamos tendidos al sol durante media hora. El buitre trazaba círculos sobre nosotros, mientras el cielo se ondulaba al compás de resuellos y toses. Santos fue el primero en salir de aquel nunc stans: se incorporó perezoso, se acercó a un extremo del pico e hizo un sucinto e irónico comentario sobre La Panorámica. Nos asomamos los demás, y el mágico silencio del valle nos sobrecogió por unos instantes, aunque nadie dijo nada. Luego, de improviso, gritó el Sapo: maricón el último. Y se precipitó ladera abajo.

La montaña entera se lanzó sobre nosotros, salvaje y orogénica. La velocidad nos impedía pensar en nada que no fuera el ir buscando a cada momento el punto exacto donde colocar el pie: sobre qué roca, al borde de qué talud. Dábamos zancadas de varios metros, transformábamos el inicio de una caída en el impulso algo forzado para un nuevo salto. Volábamos. Y entonces, cuando ya no podíamos frenar, cuando nuestros cuerpos y la ladera se habían unido para formar una sola pendiente, nos salieron al encuentro las encinas. Cada tronco era un muro impenetrable, las ramas nos tentaban la piel con uñas afiladas. Nuestras trayectorias comenzaron a desviarse, pues cada uno se enfrentaba a obstáculos únicos que le exigían nuevos quiebros y fintas. El viento nos zumbaba en los oídos. Y en ese momento la vi: un poco a mi izquierda, justo por donde un segundo antes había visto bajar a Santos. Pude comprobar que también ella me miraba, por así decirlo, desde sus órbitas vacías. Luego se perdió entre la fronda, mientras yo intentaba refrenar mi carrera. Imposible. Di un salto sobre una alambrada y cuando posé los pies en el suelo la vi de nuevo, ahora un poco por delante, saltando ella también sobre un pequeño promontorio. Sus huesos sin carne rechinaban al correr. Un tronco estuvo a punto de aplastarme, pero en el último momento lo esquivé y crucé sobre unos espinos que me laceraron las piernas. Yo sentía su presencia muy cerca de mí, su túnica negra entraba y salía a cada instante de las móviles lindes de mi campo visual. Hasta que la ladera comenzó a ponerse recta y pude detenerme. Estaba vivo, y caí rendido sobre la hierba. Al poco se oyó un grito. Era Santos. La rama de un alcornoque le había reventado la cabeza.

No fue esta la última vez que la vi, por supuesto. Aquella misma tarde la encontré en el hospital, muy cerca del cuerpo de Santos, sin que nadie –ni siquiera sus padres– pareciera advertir su presencia. Y luego me he cruzado con ella en múltiples ocasiones: junto a la curva de una carretera de montaña, en medio de una laguna helada (donde cedió el hielo y caí al fondo, hace ya muchos años), frente al lecho de muerte de mis padres, cada vez que la enfermedad se decidía a levantar su campamento sobre mí para inyectarme fuego líquido en los pulmones. Durante este tiempo aprendí a dejar de ser joven: el sarcasmo dejó paso a una humilde capacidad de asombro, que me acompaña como un fiel caniche desde hace ya muchos años. Y ahora que la enfermera acaba de cambiarme el gotero y las visitas han cesado por unas horas, ahora que la escasa luz que entra por la ventana me dice que afuera se está haciendo de noche, veo que ella se sienta muy callada a mis pies, que me mira (si así puede decirse) desde sus viejas órbitas ya conocidas, que chasquea los huesos, baja el mentón, se retuerce los nudillos… mientras aguarda con infinita paciencia a que termine de bajar de una vez la ladera.

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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