Una vida sin mí

Una vida sin mí

Imagen | Rebeca Madrid

12.02.2000.- No creo en los fantasmas, pero hace tiempo que uno de ellos viene a visitarme. Llega siempre tarde, cuando llevo horas en el gabinete y Nuria duerme arriba, soñando seguramente con los hijos que nunca hemos tenido –Pablo, Luisito, Micaela–, todos esos niños que corren en sus sueños y juegan en ellos al escondite, y saltan, y se ríen, y nunca tosen o tienen fiebre. Como no creo en él, el fantasma desaparece a ratos; pero debe de ser un fantasma pertinaz, una especie de agente de seguros del Mundo de los Espectros, porque al poco se materializa de nuevo entre las penumbras y me distrae de la lectura de esos libros de Obstetricia con los que nutro mi modesta fama (no me canso de sacar niños al mundo, pese a que ni Nuria ni yo podamos tenerlos). No sé lo que pretende de mí este fantasma, a menudo ni siquiera entiendo lo que dice. Y, además, como a pesar de sus visitas sigo sin creer en él, no me tomo la menor molestia en descifrar sus crípticas efusiones. Al contrario: concentrándome aún más en las vicisitudes vasculares del endometrio (o, para variar, en la palidez mortecina del corpus albicans), le muestro renuente la recia musculatura de mi impaciencia, le gruño, me enervo, a veces hasta alcanzo a darle un manotazo.

A la larga, pues, es mi voluntad quien vence, y ese extraño ser inexistente desaparece de mi vista cansada. Son ya las tres, mi insomnio ha sido debidamente alimentado con la última cagadita del Journal of Obstetrics, es hora de subir las escaleras de esta mansión enorme (una especie de placenta monstruosa con la que trato de compensar a Nuria) y acurrucarme junto al único útero que de verdad me importa. El rostro dormido de mi esposa se dilata en la pradera de una sonrisa. Cómo ha de trotar Luisito entre sus blandos sueños maternales. Tal vez sus entrañas estén vacías, me digo, pero su imaginación es fértil y, en sueños, obtiene de ella lo que desea. No como yo, que ni duermo, ni sueño ni –por supuesto– creo en los fantasmas.

Pero el caso es que las visitas se repiten, tal vez tenga este espectro alguna póliza maravillosa que venderme (o una estilográfica), o intente transmitirme algo en su idioma paralítico –o, simplemente, se aburra de vagar por ese mundo suyo carente de sustancia. Lo miro con escéptico desdén, pues el hombre de ciencia que hay en mí nunca descansa: trato, pues, de captar el punto exacto de mi neurosis del que brota su figura de fantoche calenturiento, la raíz invisible que ata su existencia ilusoria a esta enfermedad que –él constituye la prueba más palpable– devora mis nervios desde hace meses. Enciendo la luz, la apago, proyecto el foco de la lámpara sobre todos los rincones de la habitación y, mientras tanto, su figura caprichosa aparece y desaparece, cambia de gesto y de color, ríe y llora, patalea, gime, se revuelve… lo mismo que un loco en la celda acolchada de su tormento. Pero esa celda soy yo, ¡yo soy ese loco que todas las noches monta el tosco tablado donde este clown idiota brinca como un infusorio! ¿Cuándo acabará este baile de sombras sobre la pantalla hiperestésica de mis retinas? ¿Estaré condenado a padecer por siempre tan necias alucinaciones? ¿Acabaré por creer que el fantasma realmente está ahí, que existe, que es algo más que un fugaz cortocircuito en la sobrecargada red de mis nervios insanos?

22.02.2000.- La repetición es un argumento convincente. Lo que se percibe una y otra vez, aunque al principio parezca inverosímil, acaba por hacerse plausible. Uno aprende a habitar el absurdo –si el absurdo se repite un número suficiente de veces. Este fantasma, tan fluido en sus manifestaciones como los distintos escorzos de un arroyo juvenil, me mira siempre, sin embargo, con una mirada idéntica. Por eso hablo de un fantasma, y no de un enjambre de ellos. Este bufón, pese a sus máscaras, resulta ser siempre el mismo patético bufón. ¿Qué significa esto? Ya que no puedo escrutar sus resbaladizos perfiles a la luz de la lámpara, esta noche he decidido concentrarme en esa mirada que se repite una y otra vez.  ¿De qué zona oscura de mi vida pasada la he arrancado para ponerla justamente ahí, en los ojos de ese payaso que me hace tropezar en el abstract de «Postpartum Thyroiditys»? Pues esa mirada la he visto yo antes, de eso no me cabe la menor duda. Pero, ¿cuándo, bajo qué circunstancias?

23.02.2000.- ¡Esa mirada es Pablo! ¡Se trata de Pablo, de Pablo Postigo, el inefable Pablo Postigo! Un antiguo pretendiente de Nuria, muerto hace ya bastantes años (le atropelló nada menos que una moto con sidecar, salida sin duda de algún trastero de la Historia para llevar a cabo misión tan gloriosa).

Sí, ahora veo que es Pablo Postigo quien me mira cada noche desde los ojos de este fantasma. Pero, ¿qué pretende? ¿Por qué mi neurosis ha escogido de su vario guardarropa disfraz tan lastimoso? Recuerdo que hubo un tiempo en que Postigo, el Poeta, provocaba en mí unos celos frenéticos. Pero eso fue muy al principio de mi relación con Nuria, cuando advertía con pavor que ella le seguía mirando con una mezcla insoportable de arrobo y de piedad. Se arrastraba el Vate por el campus con un foulard rosa que en aquellos tiempos preñados de símbolos era señal inequívoca de no recuerdo ya qué. En sus ojos sufridores crepitaba el insomnio. Siempre llevaba un librillo gastado bajo el Dolorido Sobaco. Recuerdo que el pulso de Nuria se aceleraba cuando alguna tarde, tomados de la mano, nos cruzábamos con esa Figura Desesperada. Ya por aquel entonces nos saludaba con voz de espectro. ¡Postigo de las narices! No tardó mucho en salir la moto de su limbo (con su sidecar) y hacer justicia. Sólo entonces se esfumó el Poeta de nuestras vidas. Al menos hasta hace unas noches, en que se ha puesto a merodear en torno a mi mesa como un moscardón.

30.02.2000.- Anoche al fin lo intenté. Mejor no haberlo hecho. Uno vive de engaños, lo sé. Pero cuando un engaño se hace patente, desaparece en el acto. Y entonces ya no queda nada. Anoche descubrí el engaño en el que vivo —el principal, pues existe toda una cohorte de engaños secundarios–, y desde ese momento simplemente no sé para qué vivo. Apenas puedo anotar aquí lo que pasó (me tiembla la mano, suponiendo que tenga mano y durante estas horas no me haya convertido yo en otro fantasma).  Eran las doce en punto cuando percibí en el dormitorio su presencia silenciosa. Ridículo. Sabía que estaba dentro de mí, pero a pesar de ello ardía en deseos de triturarlo –o de triturarme. Ahora bien, ¿cómo se tritura a un fantasma cuando no cree uno en ellos? ¿Cómo se acaba con una sombra cuando sabe uno que es la sombra de la propia locura? Se movía Postigo sigiloso en torno a mi escepticismo cuando de repente lo coloqué bajo el foco de la lámpara, como si se tratara de un insecto sorprendido por el faro de un coche. Pero no se disolvió: arrogante, persistió en su forma mientras sonreía. «¡Muy bien, Postigo Idiota!», grité enloquecido, «¡dime ahora en un idioma comprensible qué diablos quieres de mí! ¿Burlarte?». Pero, en vez de responderme, el fantasma echó a correr. «¿Huyes? ¡No te escapes ahora, bribón! ¿Pretendes impresionarme con tu habilidad para atravesar paredes? ¡Pues mira de lo que soy capaz!». Y, créanme (o mejor: no, no lo hagan), atravesé yo también la pared.

Aparecimos en los jardines que rodean mi mansión, y era de día –en su calendario espectral era de día. Trotaba el fantasma entre los setos, se ocultaba tras algún parterre, volaba de golpe al otro lado del estanque… y yo corría tras él, hecho un basilisco. Desapareció unos segundos de mi vista y entonces, al girar la cabeza, lo vi de nuevo sentado en uno de los bancos, junto a Nuria. ¡Nuria! El corazón me dio un vuelco. Hablaban. Y lo hacían con una naturalidad que me enervaba. El postigo apoyaba incluso su sucia mano sobre el hombro de ella, en un gesto familiar. Como un huracán me abalancé sobre ellos, exigiendo explicaciones. Grité. Pero ninguno pareció escucharme, ni siquiera verme. Se levantaron entonces y se alejaron por el sendero umbilical que conduce a la Placenta, mientras charlaban amigablemente de esto y de aquello. Yo iba detrás, como un perrillo faldero. Sencillamente no notaban mi presencia. Parecía como si el verdadero espectro fuera yo, y no aquel cadáver tumefacto.

Y entonces, en medio de un relámpago, lo comprendí todo. No me hallaba en el mundo de los fantasmas, como hasta entonces había creído: ¡me movía por uno de los sueños de Nuria, por uno de aquellos sueños que hacen dilatar cada noche la pradera de su sonrisa! Ahora entendía el porqué de esa sonrisa. Durante todos estos años, Nuria ha vivido en sueños con Pablo la vida que no quiso vivir conmigo: han adquirido juntos una casa idéntica a la que yo le regalé (pero sin mí), han recortado el césped que yo me negué a sembrar, han puesto sobre la fuente el enanito de piedra que nunca quise comprar. ¡Horror! Y entonces, mientras trataba de comprender todo esto, escuché unos gritos. ¿Quiénes bajaban las escaleras como una tromba para ir a saludar a sus padres? ¡Oh, no hizo falta que los viera para poder reconocerlos! Me bastó con escuchar desde allí abajo sus voces, sus risas, su alegre parloteo.

Allí estaban ya, en gozoso revoltijo: eran Pablo, Luisito, Micaela.

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Categorías: Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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