Series vs. Libros en el siglo XXI

Series vs. Libros en el siglo XXI

Es probable que usted o alguno de sus amigos hayan pasado parte del verano viendo Stranger Things o, al menos, haya presenciado alguna conversación del tipo ‘qué buena es’. También es probable que usted o alguno de sus amigos esté esperando con ansia la tercera temporada de Black Mirror, el estreno de la ficción de Sorrentino (el de La gran belleza), El joven papa, o la  próxima entrega de The Defenders marvelianos, centrada en Iron Fist.  Es más improbable que vayan a asistir al mismo entusiasmo colectivo acerca del actual fenómeno literario, Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, o que tengan apasionadas conversaciones en el bar sobre el último libro de Luisgé Martín. Y esto es así porque, con las loables excepciones que los amantes de los libros suponen, es innegable que las series televisivas (aunque cada vez sean más internáuticas) se han convertido en el producto cultural favorito de la generación de los nativos digitales.

Hagan la prueba con sus amigos y verán que, salvo algún sibarita o alguien que estudie las cada vez más denostadas disciplinas humanísticas, el resto de sus amigos ‘normales’ acude a las series para saciar su innata sed de narraciones. Así pues, quien en el futuro quiera escribir acerca de la historia cultural de Occidente deberá buscar una explicación a este cambio. Desde aquí le propongo la visión de un coetáneo al mismo.

El factor de cambio más obvio pudiera parecer el cambio de percepción con respecto a la categoría cultural de las series. Esto es, que han dejado de ser percibidas como un producto de consumo rápido (no todas, obviamente, pero también hay libros y películas que tienen el único propósito de distraer al lector) para formar parte de la ‘alta cultura’. No ha sido un proceso rápido y, de hecho, por sí mismo no es determinante. Porque no se puede entender la querencia por las series de toda una generación, la de los nativos digitales, sin relacionar estas con la tecnología. Y es que las series de televisión/Internet han sido la expresión artística-diegética que mejor provecho ha sacado de su maridaje con las nuevas tecnologías para expresar la nueva sensibilidad producida por la incorporación de dichas tecnologías a todos los ámbitos de nuestra vida. El único producto cultural que podría competir con las series en su débito tecnológico son los videojuegos, y estos fallan como vehículo de narración de la realidad. Las películas, por su parte, y aunque se han beneficiado indudablemente del auge de las nuevas tecnologías, tanto en difusión como en procesos creativos, se han visto adelantadas por las series en su capacidad de conexión con los espectadores. De la misma forma que las extensas novelas de Víctor Hugo o Dickens se publicaban por entregas, así las series de 12 o más horas por temporadas logran una identificación más profunda con el espectador.

Los libros, por su parte, fallan porque el viejo formato del libro de papel no ha sucumbido ante su pariente electrónico o, mejor aún, porque este último se ha limitado a ser una imitación de aquel, en formato digital. El paso de las series de la televisión a Internet le dio a sus espectadores una de las libertades fundamentales del arte narrativo, la de la libertad de disfrute: frente a los rígidos horarios impuestos por las cadenas de televisión, ahora las series están al alcance de la mano en cualquier momento y lugar en el que podamos o necesitemos disfrutarlas. Los libros ya disfrutaban de esta libertad. Y su último hándicap es que se han mantenido ajenos a la revolución digital de las últimas décadas. Las formas artísticas diegéticas audiovisuales se han visto tan afectadas por el desarrollo de la tecnología, tanto a nivel de herramientas como de producción y difusión, que en el imaginario colectivo forman parte de esa supuesta revolución integral que ha supuesto la generalización de Internet. Los libros forman parte del Viejo Mundo y, aunque en teoría nada impida que reflexionen y participen de la expresión de la cosmovisión del homo sapiens sapiens digital, para este (o para el modelo prototípico de este) las series tendrán la primacía. No necesitas un ordenador para leer un libro, por muchos intentos meritorios que se hagan[1].

La conclusión final es que, si Dostoievski reflejó en sus obras al hombre decimonónico, y Kafka al habitante el siglo XX, para las futuras generaciones el hombre del siglo XXI sea el que protagoniza Black Mirror o Mr. Robot.

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[1]  Como la página web de Rafael Argullol que propone órdenes alternativos a ciertos fragmentos de su Visión desde el fondo del mar: www.visiondesdeelfondodelmar.com

Categorías: Leer

Sobre el autor

José Corrales Díaz-Pavón

Todo lo que se puede decir lo han dicho hombres mejores que yo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás” Umberto Eco; "Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros" Franz Kafka. A HomoNoSapiens ha traído frescura y carácter para compartir con todos lo mejor de sus vivencias y reflexiones entre páginas. Además de escribir sobre sus pasiones, literatura y política, se encargará de mantener vivo el apartado de poemas.

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