El lector de libros de caballerías

El lector de libros de caballerías

Imagen |Rafael Guardiola

Este hidalgo manchego se pasa gran parte de la noche leyendo libros de caballerías. Conoce al dedillo las aventuras de Roldán, de Amadís de Gaula, de Palmerín, de Florisando, de Silves de la Selva, de Florisel de Niquea, de Clarián de Landanis, de Cirongilio de Tracia, de Philesbian de Candaria, de Felixmarte de Hicarnia, de Tristán de Leonís… y muchas otras. Su cabeza se halla atestada de justas y torneos, de frágiles damas con cabellos de oro, de selvas repletas de reptiles ponzoñosos, de ungüentos mágicos, mansiones encantadas, gigantes, dragones, hechiceros y –allá por el cielo, hendiendo las nubes– de alados hipogrifos. ¡Cuantas velas consumidas a lo largo de tantas horas de lectura! Luego, en sueños, prolonga sus correrías, aunque ahora el protagonista que lucha, vence y mata sea él mismo: ese humilde hidalgo manchego incapaz de manejar la espada que, enmohecida por falta de uso, dormita en lo más hondo del arcón donde su bisabuelo la dejara en tiempos más gloriosos. Muchas veces el ama ha tenido que despertar a su señor cuando el lanzazo soñado le hacía gritar como si le hubiera atravesado una lanza de verdad.

Durante el día, sin embargo, el curso de su vida se abre camino por cauces bien diferentes. Con una diligencia poco común en otros hidalgos de la villa (que continúan leyendo y soñando durante las horas en las que Febo arrastra su carro por el cielo) atiende puntualmente los asuntos derivados de la administración de su hacienda: despacha con los deudores, demora astuto a los acreedores, revisa con tiento la labor de los braceros que aran a sus órdenes esas magras fanegas de trigo en las que funda su sustento. Sus libros de cuentas son un modelo de armonía en los que las cifras del debe y del haber se abrazan en alegre connubio. Pero no todo es trabajo: las luengas horas del día dan para más. Así que, una vez resueltos estos asuntos terrenales, acude devoto a aquellos oficios que la Iglesia prescribe a los buenos cristianos, visita a enfermos y familiares, ofrece limosna a quienes la necesitan, e imparte justicia en cuitas menudas que los litigadores prefieren dejar en sus manos antes que en las más lentas (y onerosas) de los tribunales. Al atardecer tiene tiempo de acudir a la fonda y departir con el cura, el barbero, el canónigo, o cualquier mercader que pase por la villa y desee platicar un rato antes de volcar sus huesos sobre la cálida blandura del jergón.

Pero llega la noche y, antes de que el ama le abra la puerta, ya escucha a lo lejos el bronco tronar del cuerno de Sisofonte. Mientras devora las escasas viandas que le han dispuesto sobre la mesa (salpicón casi siempre, sólo los lunes las sobras frías de un palomino), lee impaciente cómo Florisel de Niquea requiebra a su dama con versos que el eco de su voz repite en la estancia vacía. Mastica la cebolla al trote ligero del rocín con el que Cirongilio se arroja sobre una quimera. A grandes sorbos bebe el vino (o la pócima) que usa don Belianís para sanar su última herida. Y así, poco a poco, se va olvidando de deudos y deudores, de arrobas y acreedores; y, ¡Dios me libre!, también de los oficios que con tanta unción administra el cura desde su púlpito. Ya sobre al lecho mullido la villa entera desaparece bajo ese mágico dosel de batallas y pendencias, amores y disparates.

Mas tras la noche retorna el día. Y este hidalgo que durante las horas oscuras pierde el seso con leyendas tan peregrinas, llegado el alba de nuevo lo recupera. Atiende con esmero los asuntos de sus predios, asiste solícito a enfermos y agraviados, ora devoto en la iglesia, departe en la fonda sobre acequias y labrantíos. Y su juicio, afilado como la hoja de un cuchillo, nunca se mella por esos extraños ensueños que le asaltan desde el fondo de los libros.

No sucede lo mismo con otros hidalgos que, en la misma villa, confunden la noche con el día, como si vivieran en una eterna duermevela. Gritan y lloran encerrados en sus casas, patalean y se encabritan, o bien se quiebran en risas salvajes que solo puede poner en sus gargantas la mismísima locura. No ha mucho, mientras salía al amanecer a la caza de algún pichón con el que entretener su despensa, vio salir este hidalgo a uno de esos desgraciados por la puerta falsa de un corral. Ataviado con la más extraña indumentaria, lo vio partir sobre un rocín por el camino ancho, disolviéndose al poco en la niebla de su desvarío.


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Categorías: Lectores, Leer

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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