Realidad y apariencia en la era de lo Posthumano. Una lectura actual del pensamiento nietzscheano. Monográfico Realidad y Apariencia

Realidad y apariencia en la era de lo Posthumano. Una lectura actual del pensamiento nietzscheano. Monográfico Realidad y Apariencia

Imagen |Rafael Guardiola

El primer latido del mundo es apariencia, dice Nietzsche.

Ya hace un tiempo que se ha instalado en ciertos espacios académicos el debate sobre uno de los temas que forma parte de nuestro reservorio de problemas filosóficos. Aunque sin el reparo que dicha cuestión merece, los medios de comunicación masiva aprovechan la llegada a grandes cantidades de públicos diversos para hacer mención de las investigaciones y experimentos que sólo eran posibles en el fértil campo de la ciencia ficción. En un siglo en que se establecen las bases para una superación de la materia, la redefinición de categorías como la realidad, la apariencia y lo real, resulta inminente.

El mundo que nos presentan algunos casos de la literatura decimonónica ilustra fantasías de lo que llamamos hoy transhumanismo o posthumanismo, y de las que también se ha hecho eco el denominado séptimo arte. Desde Frankenstein, Un mundo feliz, pasando por Blade Runner, hasta The Truman show podemos dar cuenta de que la realidad se configura como mito.

En la actualidad, un profesor que se hace implantar una oreja en su brazo, o el joven que, tras haber nacido con acromatopsia, se hace implantar una antena en su cabeza y es considerado el primer ser humano fusionado con la tecnología(cyborg), la alteración y erradicación del “gen violento” de un potencial o real criminal, proponen un vasto campo de reconfiguración de categorías que nos eran familiares y que han perdido vigencia a la luz de los nuevos hallazgos e invenciones en la fusión entre ciencia, arte y tecnología. Un componente fáustico se deja entrever en todos los procesos aquí comentados porque, aunque sean propuestas bastante diferentes entre sí, todas integran el mismo paradigma tecnocientífico. Su objetivo último coincide: superar los límites de la materia, trascender las restricciones inherentes al organismo humano en busca de una esencia virtualmente eterna. Se desconfiguran las estructuras moleculares de nuestro mundo, rediseñando la base atómica de la realidad, algo que podríamos llamar Naturaleza II [la versión beta), expresa Roy Ascott, citado por Paula Sibila en su libro El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales[2]

Panorama que nos aporta razón suficiente para indagar a qué conducen estas fantasías, e incluso, pensar en qué situación nos deja la redefinición de categorías como `Realidad’ y ‘Apariencia’. Ambas son palabras que utilizamos en nuestro modo habitual de comunicarnos pero que conllevan  interpretaciones diferentes y, por ello, nuestra labor crítica será circunscribirlas al campo del pensar filosófico.

Este mundo, tal como lo vemos, está sucediendo (Pablo de Tarso)

Tanto si hablamos de la realidad de los datos sensibles, de la experiencia, como de la realidad virtual, lo cierto es que, en uno y otro caso, lo que conocemos y designamos como realidad es producto de un velo (artístico o mítico) que impide al hombre acceder al fondo de las cosas, y cuya necesidad para la vida es reconocida[3]; ese velo es el de la apariencia, nos dice Friedrich Nietzsche. En este sentido, expresa Hans Vaihinger en La voluntad de ilusión en Nietzsche: “la apariencia, la ilusión, es un presupuesto necesario para el arte, así como para la vida”[4], o, lo que es lo mismo, toda vida se basa en la apariencia. La realidad no existe como <algo dado> porque nos encontramos en un mundo y una cultura en la que nosotros mismos hemos definido lo que se considera como real, logrado mediante el proceso de asignar estímulos y signos reales al concepto, es decir nosotros mismos hemos decidido qué elementos debe contener un objeto para ser considerado como real y verdadero. Obtenemos de esta concepción de la realidad, no substancial y creada por sí misma, la noción de metáfora como fuerza artística. Nietzsche cree que a través de la fuerza innovadora de la metáfora el mundo puede ser organizado de otra manera[5].

Asistimos desde el siglo pasado a un cambio de paradigma, tanto en la ciencia como en el arte, un proyecto prometeico ha sido desplazado -o al menos, convive en modo simultáneo- con uno de dimensiones fáusticas. Y a partir de este desplazamiento se reconfigura lo real como extrapolación de metáforas: del cuerpo como máquina cartesiana a la inteligencia artificial que recrea un sujeto cuyo cerebro es emulado a partir de la construcción de un cerebro artificial que ha copiado todos los detalles de un cerebro humano. Estos cambios ya están entre nosotros, algunos, incluso, operan y se mezclan en las diferentes tramas de la cibercultura. En todos ellos se pone en crisis el sustrato metafísico de la visión dualista de la realidad desde su sistematización en la teoría de los dos mundos platónica.

Fue Alain Badiou quien diagnosticó una “pasión por lo real” en nuestras sociedades contemporáneas, que en la progenie de Nietzsche se trata de abandonar los “trasmundos” y plantear que lo real es idéntico al aparecer. El pensamiento, justamente porque no lo anima el ideal sino lo real, debe aprehender el aparecer como tal, o lo real como acontecimiento puro de su aparecer. Para lograrlo, es preciso destruir todo espesor, toda pretensión sustancial, toda aserción de realidad”[6]

Ahora bien, pensar que las cosas que se nos aparecen son lo que en realidad son, o, dicho de otro modo, que la apariencia constituye la auténtica realidad, resulta un tanto ingenuo si no permeamos la idea de apariencia con la del símbolo ya que, a través de él, en virtud de su fuerza creadora, se nos manifiesta la realidad en sus múltiples posibilidades, pues es la apariencia la que surge a partir de la estructura de la vida y es elevada al rango metafísico supremo como justificación de la potenciación de la vida [7]. Si admitimos que lo que tenemos por realidad, como aquello que designamos verdadero, es algo que se resuelve siempre en la apariencia , ¿con qué derecho diremos que el rojo que los seres humanos “en condiciones naturales” percibimos mediante nuestra capacidad biológica de ver los colores, a través de nuestro órgano visual, es más real que el que percibe el cyborg londinense Neil Harbisson, cuya antena auditiva (Eyeborg) implantada le permite oír los colores? ¿qué es, en definitiva, el rojo real? ¿qué rojo es el verdadero?

Si concebimos el mundo como juego de apariencias, entonces los interrogantes sobre qué es más real o más verdadero, o si tal color se corresponde con la realidad y forma parte de ella no tienen sentido alguno, puesto que lo que crea, inventa, o imagina el intelecto como real no es la creencia que es más verdadera, sino la que es más útil[8] Este acontecimiento simbiótico controversial, el del hombre que es tecnología, tal como Neil mismo se ha definido en una entrevista, representa la lectura nietzscheana acerca del carácter pragmático del valor de la vida y del mundo, entendidos como ficciones útiles, en el mundo convertido en fábula, el hombre crea sus condiciones óptimas de existencia y supervivencia. De modo que, sólo como fenómenos estéticos están eternamente justificados la existencia y el mundo[9], en tanto que Nietzsche entiende al arte como la actividad verdaderamente metafísica en el que la realidad es apariencia.

Sin embargo, “en la aventura artística de Occidente se pueden individualizar dos tendencias opuestas: una dirigida hacia la celebración de la apariencia, la otra orientada hacia la experiencia de la realidad”[10], expresa Mario Perniola en su libro “El arte y su sombra”. El pensamiento moderno se erige sobre la tradición que ha concebido al Ser como esencia o como materia; desde los pensadores anteriores a Sócrates (los fisicalistas y los que concebían al Logos como principio de todas las cosas) lo real ha sido considerado como la esencia del Ser o de ‘lo que es’ (sea permanente o deviniente). Hoy tenemos que decir que lo real es lo virtual, y que, de seguir hablando del Ser, éste no es otra cosa que pura potencialidad, virtualidad. En palabras de Pierre Lévy:

“En cuanto a lo virtual, no se opone a lo real sino a lo actual”[11]

“La realidad entera se puede revelar como un gran simulacro de índole digital: un programa informático ejecutado por una computadora cósmica.” [12]

La virtualización es uno de los principales vectores de la creación de realidad. En el año 2003 es creado Second Life (desarrollado por Linden Lab)[13] un mundo virtual que puede considerarse como un videojuego, una plataforma social, o una recreación virtual del mundo en 3D. En este metaverso los usuarios (residentes) adquieren la personalidad o apariencia deseada, que puede ser modificada o cambiada a gusto. Se trata de que el residente del mundo virtual construya el perfil que le resulte más atractivo para un mayor éxito en sus relaciones. ¿Acaso hemos llegado tarde para encontrar la panacea a todos nuestros males, incluso, los del alma? La realidad en estado crudo se vuelve impenetrable al punto de no tener sentido ya afirmar su existencia. Lo que los griegos negaban como acceso fácil a la cura de todas nuestras limitaciones como humanos, los avatares son cocidos en el laboratorio de las apariencias, sin el reparo moral y con la plena libertad de que el perfil virtual no coincida- muchas veces- con el real.

La posibilidad de manipular experimentalmente la apariencia de los avatar o residentes de Second Life demuestra que, junto con los denominados Humanos 2.0 (casos como los del cyborg o del profesor australiano con la oreja implantada en su brazo, entre diversos casos más), la realidad ha perdido toda referencia con lo real, y sólo tratamos con apariencias. Seguir pensando hasta qué punto ya estamos cansados del hombre, tal y como lo hemos venido comprendiendo hasta el siglo pasado, es lo que se pretende con estas reflexiones. Si admitimos que el hombre es algo que debe ser superado, tanto si se lo considera un borrador que la biotecnología ha de pasar en limpio (Héctor Schmucler) o un puente para el Übermensch (Nietzsche), debemos modificar los esquemas perceptivos conceptuales e imaginar (ficcionalizar) la realidad como juego vivo de apariencias, pues es en la trama metafórica de nuestro lenguaje que nuestro mundo se abre a posibilidades infinitas, en tanto que es la metáfora el poder de la ficción de decir la realidad[14]

Quizás la metáfora que mejor se adapta a nuestro tiempo sea la de simulacro[15]. Sabemos hoy que no podemos ir más allá de los límites de la apariencia. La idea del simulacro responde a una imitación, pero no en sentido platónico en el que la copia imita a la Idea; existe en el simulacro un intento de que la copia parezca copiar al modelo o Idea, pero a través de una agresión, de una subversión, por lo que la idea es otra idea distinta a la Idea. La realidad no ha sido otra que las formas veladas (simuladas) de las apariencias. La era de la simulación se abre, con la liquidación de todos los referentes, expresa Baudrillard, o sea, la realidad se quiebra con el simulacro.

Cyborg, robots, androides, son los simulacros del nuevo hombre que no pretenden imitar ni ser copias de la forma o apariencia humana, incluso si para adoptar conductas autónomas emulan ciertas propiedades y características por ser el hombre el animal más desarrollado según la ciencia. Pero que el objetivo es llegar a adquirir una conducta autónoma. Uno de los representantes del tecno-arte, Roy Ascott al que mencionamos anteriormente, define el contexto de su trabajo como “un universo telemático postbiológico”, y explica la metáfora con la que establece semejanzas entre lo biológico y lo virtual: “a medida que interactúo con la Red, me reconfiguro a mí mismo; mi extensión-red me define exactamente como mi cuerpo material me definía en la vieja cultura biológica; no tengo ni peso ni dimensión en cualquier sentido exacto, sólo me mido en función de mi conectividad”[16]

“La pantalla que se transforma por tanto en un espejo de las apariencias, o si preferimos hablar al modo dionisiaco de El nacimiento de la tragedia, en un “festejo de las apariencias” que no se relaciona con esencia y verdad alguna, en la que la estructura del ser es desplazada por la del aparecer”[17]

La desmaterialización del mundo a través de la digitalización virtual de la existencia sale del ámbito de la pantalla, la trasvasa a través de los efectos especiales que no sólo inundan nuestra sensibilidad llevándola al paroxismo de lo irreal, sino que, disuelve la frontera entre lo irreal y lo real. Desde esta disolución de toda referencia a una realidad absoluta y objetiva (Dios ha muerto) la verdad se ha convertido en una ficción útil, y la realidad en un sistema de símbolos que encierran la voluntad de ilusión por la cual los hombres “se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas”[18]

El laboratorio es, en la actualidad, la única materialización que ha de sobrevivir a las ruinas de un mundo analógico, donde se exhiben las potencias demiúrgicas; en él, como en sueños, todo es posible pues “todo lo real se disuelve en apariencia, y detrás de la cual se manifiesta la unitaria naturaleza de la voluntad, totalmente envuelta en la aureola de la sabiduría y la verdad, en un brillo cegador” [19]

El papel de la ciencia ha sido hasta ahora descubrir lo secreto destruyendo la apariencia; pero sólo hasta ahora. En la actualidad la idea de lo posthumano nos acerca a una nueva concepción de la realidad -y de lo real-, cuyo núcleo íntimo de la existencia es la pura apariencia, no en el sentido de engaño sino como la esencia íntima y real de la vida misma en un mundo deviniente. Sospecho que si se observa con detenimiento se hallará que en el mundo animal el aparentar se encuentra siempre relacionado con la astucia, y consiste en simular o disimular lo que se es o lo que se pretende tratando de obtener con ello ventajas en la lucha por la supervivencia; esta simulación de ciertos rasgos y estados, hasta la mimetización con el entorno, hacen de la mantis religiosa, el camaleón, roedores, entre otro seres de nuestro ecosistema natural, simuladores y creadores de su propio destino. Mas frente a este aparentar dictado por imperativos puramente biológicos, el que hallamos en el ser humano es infinitamente más complejo, se origina en motivaciones muy diversas y no siempre es fácil separar en él sus raíces biológicas de las meramente culturales. En un texto intitulado El instante eterno Michel Maffesoli lo expresa en alusión a la fuerza creadora de la naturaleza del mito como dominio de las identificaciones múltiples: Proteo nunca es Proteo, unas veces viejo, otras ola, otras serpiente[20].

Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo. (Borges, Las ruinas circulares)

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[2]  Sibila, Paula, El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. FCE, 2ªed. 2009

[3] Vaihinger, Hans, La voluntad de ilusión en Nietzsche. En: Sobre verdad y mentira, Tecnos, Madrid, 2006 p. 49

[4] Vaihinger, H. Op. Cit., p. 47

[5]  De Santiago Guervos, Luis Enrique Arte y poder. Una aproximación a la estética nietzscheana, Ed. Trotta, Madrid, 2004, p. 47

[6] Badiou, Alain, Pasión de lo real y montaje del semblante. En: El siglo, Manantial, Buenos Aires, 2005, p. 90

[7]  De Santiago Guervos, L.E. Op. Cit., p. 191

[8] Vaihinger, H. Ibidem iii.

[9]  Nietzsche, Friedrich, El Nacimiento de la tragedia. Introducción, trad. y notas Andrés Sánchez Pascual, 1° ed. Ed. Alianza, Buenos Aires, 2007, p. 66

[10] Perniola, Mario, El arte y su sombra, Cap.1: Idiocia y esplendor del arte actual, §1 El “shock” de lo real. Cátedra, 1ª ed., 2002, p. 17

[11] Lévy, Pierre, ¿Qué es lo virtual? Traducci6n de Diego Levis, Ed. Paidós, Barcelona, 1998, p. 18

[12] Sibila, Paula, Op. Cit., 2009, p. 83

[13] Pág. Web consultada: https://web.archive.org/web/20070111072513/http://lindenlab.com:80/press/technology

[14] De Santiago Guervos, L.E. Op. Cit., p. 37

[15] Baudrillard, J., Cultura y simulacro. Ed. Kairós, Barcelona, 1978

[16] Ascott, Roy, Cultivando o hípercórtex. Citado en: Paula Sibila, Op. Cit. p. 51

[17] Sánchez Vázquez, Adolfo, De la estética de la recepción a la estética de la participación. En: Real/virtual en la estética y teoría de las artes. Compilador: Simón Marchan. Paidós, 2006, p. 47

[18] Nietzsche, Friedrich, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid, 2006, p. 19

[19] Nietzsche, F., La visión dionisiaca del mundo. En: El nacimiento de la tragedia. Op. Cit., p. 248

[20] Maffesoli, Michel, El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas. Introducción. Paidós, 2001, p. 17


Bibliografía consultada

  1. Badiou, Alain Pasión de lo real y montaje del semblante. En: El siglo, Manantial, Buenos Aires, 2005
  2. Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Ed. Kairós, Barcelona, 1978
  3. Borges, J. Luis, Ficciones, Alianza, Buenos Aires, 2006
  4. Caillois, Roger Le mythe et l’homme. Gallimard, 1987
  5. De Santiago Guervos, Luis Enrique Arte y poder. Una aproximación a la estética nietzscheana, Ed. Trotta, Madrid, 2004
  6. Lévy, Pierre ¿Qué es lo virtual? Traducción de Diego Levis, Ed. Paidós, Barcelona, 1998
  7. Nietzsche, Friedrich, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral Contiene de Hans Vaihinger “La voluntad de ilusión en Nietzsche” Traducción del alemán por Teresa Orduña. Ed. Tecnos, Madrid, 2006 / La visión dionisiaca del mundo. En: El nacimiento de la tragedia. Introducción, trad. y notas Andrés Sánchez Pascual, 1° ed. Ed. Alianza, Buenos Aires, 2007
  1. Perniola, Mario El arte y su sombra, 1: Idiocia y esplendor del arte actual, §1 El “shock” de lo real. Cátedra, 1ª ed., 2002
  2. Sánchez Vázquez, Adolfo De la estética de la recepción a la estética de la participación. En: Real/virtual en la estética y teoría de las artes. Compilador: Simón Marchan. Paidós, 2006
  3. Sibila, Paula El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. FCE, 2ªed. 2009
  4. Schmucler, Héctor La industria de lo humano, en Artefacto. Pensamientos sobre la técnica, Buenos Aires, UBA, núm. 4, invierno de 2001
  5. Vaihinger, Hans La voluntad de ilusión en Nietzsche. En: Sobre verdad y mentira, Tecnos, Madrid, 2006
  6. Virilio, Paul Esthétique de la disparition. Éditions André Balland, París, 1980. Consultada la versión al español traducida por Estética de la desaparición. 3ª ed. Trad. Noni Benegas. Anagrama, Barcelona, 2003
  1. Páginas Web consultadas:

http://fundacionmutualevante.org/exposiciones/idolatria/

https://www.cyborgfoundation.com/

https://web.archive.org/web/20070111072513/http://lindenlab.com:80/press/technology

 

Sobre el autor

María Eugenia Piñero

Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, Argentina, ha sido ayudante en la cátedra de Estética para los profesorados y licenciaturas en Filosofía e Historia. Ha sido profesora de Estética y de Teoría de las Artes Visuales en el Instituto de Formación Docente Artística, así como docente a cargo de Seminarios de Filosofía y Filosofía del arte en el Nivel de Educación Superior. Actualmente es Investigadora independiente y docente en el Máster de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, e imparte cursos de modalidad a distancia. Ha escrito numerosos artículos en revistas especializadas de Filosofía y defiende una visión dionisíaca de la existencia y del arte, en sintonía con su admiración por Nietzsche.

Comentarios

  1. Copelipono
    Copelipono 30 enero, 2019, 21:36

    Donde hallares esa entrega dichosa al juego de las apariencias del niño y del iluso encontrarás también, al cabo de su maduración, por mor de su curiosidad, la resistencia del que escarba, desarma y desenmascara el simulacro o salta al escenario, a la caza de su permanente misterio.

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