Populismo o Democracia

Populismo o Democracia

El término “populismo” ha sido elegido por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) como la palabra del año en España. Quizá otros piensen en otras palabras, pues nunca basta una palabra, siempre se necesitan más. Pero algunas definen mejor que otras los tiempos que vivimos. “Populismo” podría ser una de las que mejor definen los tiempos que corren: basta con recordar algunos de los acontecimientos políticos internacionales, como el “Brexit” de Reino Unido, el ascenso a la Casa Blanca de Donald Trump, o el desafío del partido de Le Pen en Francia, que puede alzarse con el poder de la República. Aquí en España hemos visto cómo el PSOE, uno de los partidos tradicionales de la democracia, es derrocado como segunda fuerza política por Podemos.

Por los usos y los contextos en los que se ha injertado el término “populismo” se ha cargado de connotaciones peyorativas en este último año, connotaciones de las que carecía el término. De manera que cuando quieren descalificar a un partido o a un político lo tildan de “populista”. ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de “populismo”? Quien define, como quien crea los relatos que estructuran el curso de los acontecimientos, son los que poseen el poder. Pero los que definen no son casi nunca neutrales, como es de sospechar; a lo más que pueden aspirar es a ser honestos y aproximarse a la imparcialidad. Sin embargo, la imparcialidad, como la justicia, con frecuencia no son más que ilusiones; eso sí, ilusiones sin las que no podemos (con)vivir.

“Populista” se suele aplicar a aquellas posiciones y medidas políticas que, antes de afrontar seriamente un problema, lo que pretende es contentar al pueblo, o sea, a la mayoría de los ciudadanos, buscando los votos con los que obtener el poder. En este caso esta práctica se encuentra emparentada con la demagogia, discurso que intenta persuadir y obtener votos de forma inconsecuente, sin aclarar cómo lo harán o de qué medios se servirán, apelando a prejuicios y emociones irracionales. ¿Qué problema hay en contentar a los ciudadanos o a una mayoría de ellos?

En una democracia, cuya etimología indica que el poder del gobierno reside en el pueblo, no tendría por qué haber problemas por contentar a los ciudadanos, siempre y cuando los ciudadanos sean mayores de edad en un sentido kantiano, es decir, autónomos intelectual y moralmente. Aunque es deseable que los ciudadanos hayan alcanzado por lo general tal grado de madurez política, no sé si a luz de algunos de los acontecimientos de nuestros tiempos podemos afirmarlo.

Antes que a los intereses de los ciudadanos, no pocos de los que suelen descalificar con la palabra “populista”, por lo general sirven a los intereses de grandes poderes económicos y empresariales que ponen en tela de juicio el ejercicio democrático, ya que a la vista de no pocas decisiones políticas internacionales, europeas y nacionales, más que en una democracia parece que nos encontramos en una mercadocracia. No es de extrañar, pues, que se extienda la desafección de los ciudadanos hacia los políticos, a pesar de que renunciar a nuestros poderes cívicos rebaja las exigencias y, por consiguiente, degrada la actividad política y democrática, que no se reduce a votar cada cuatro años, claro está.

¿Dónde queda la división de poderes, la libertad de expresión, el pluralismo ideológico y político, por solo mencionar algunos otros requisitos indispensables para una democracia mínima? Como recordaba José Luis López Aranguren en Ética y política dentro de la estela de Kant, “la democracia no es un status en el que pueda un pueblo cómodamente instalarse. Es una conquista ético-política que solo a través de una autocrítica siempre vigilante puede mantenerse. (…) La democracia nunca puede dejar de ser lucha por la democracia”.

Por tanto, la democracia es la forma de organización social menos perjudicial que conocemos si y solo si los ciudadanos somos responsables y consecuentes con nuestros actos y decisiones; si los ciudadanos no actuamos de esta manera y nos olvidamos de la política, la política se olvidará de nosotros y caeremos en una mercadocracia, una oligarquía, un nacionalismo o un populismo.

 

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About Author

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Y es profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara.
Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de treinta ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (2016), y ha colaborado en obras como La filosofía y la identidad europea (2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (2009) y Ensayos sobre Albert Camus (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación y le han concedido algunos premios de ensayo y poesía. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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