Monográfico El poder del mito: ciencia, mito y educación libre

Monográfico El poder del mito: ciencia, mito y educación libre

Imagen |  Marta Benito

El filósofo de la ciencia Paul Karl Feyerabend (1924-1994) aboga en muchos de sus escritos por la necesidad de emprender una singular acción de desenmascaramiento. Según Feyerabend, el objetivo de la educación es “introducir al joven en la vida, es decir, en la sociedad donde nace y en el universo físico que rodea a la sociedad”. Y, curiosamente, “el método educativo suele consistir en la enseñanza de algún mito básico”i. Las versiones más sofisticadas de un mito como este permiten al adulto que ha sido formado en él lograr una visión omnicomprensiva de la naturaleza y la sociedad, de tal modo que casi todo puede ser susceptible de recibir una explicación racional.

De acuerdo con el diagnóstico de Feyerabend, la ciencia es el ingrediente más sólido del “mito básico” del pensamiento occidental, y ha dejado de ser un instrumento de cambio y liberación para convertirse en una especie de estúpido y reaccionario credo religioso: “la ciencia se ha hecho en la actualidad tan opresiva como la ideología que una vez tuviera que combatir”ii. Los hechos y las teorías científicas se enseñan a una edad muy temprana como si fueran los artículos de un catecismo, menospreciando las capacidades críticas del alumno y evitando la posibilidad de contemplar la realidad en perspectiva. Dicho adoctrinamiento se hace más sistemático y devastador, si cabe, en el ámbito universitario. Además, aunque la crítica a la sociedad y a sus instituciones pudiera tener un lugar dentro de los programas educativos, el edificio de la ciencia quedaría siempre al margen de los juicios no dogmáticos. La gente seria y respetable no osa poner en cuestión el estatus de la ciencia y del conocimiento que presuntamente suministra. La posición privilegiada de la ciencia encuentra firmes argumentos en la validez incuestionable del método que emplea con objeto de obtener resultados contrastables y en el hecho de que la investigación científica dispone de un elenco apreciable de resultados que prueban la excelencia de dicho proceder.

Muy al contrario, la ciencia es una de las muchas formas de pensamiento generadas por el ser humano, pero no necesariamente la mejoriii, y se asemeja poderosamente al mito. Por otra parte, no hay ni un solo argumento convincente y concluyente que nos permita apoyar –en función de la metodología o los resultados obtenidos-, el papel excepcional que la ciencia desempeña en la sociedad actual. En consecuencia, la cultura debe ser defendida frente al omnímodo poder de la ciencia y a la identificación de esta última con el Estado.

Las condiciones de consistencia y de invariancia de significado son los pilares del modelo filosófico de explicación científica de la llamada “Concepción Heredada” y de su “poder mítico”. Sobre ellos se asienta el empirismo radical del pasado siglo y, en gran medida, la concepción de la ciencia actual. De acuerdo con la condición de consistencia, “solamente son admisibles en un dominio dado las teorías compatibles entre sí” -pueden sustituirse una a la otra en el proceso histórico y existe entre ellas una relación de derivabilidad-. La tesis de la estabilidad o invariancia de los significados afirma que “los significados tendrán que ser invariantes respecto al progreso científico”. Pero estos dogmas del empirismo han quedado obsoletos. El significado –por ejemplo, del término “planeta”- depende de la teoría –por ejemplo, geocéntrica, heliocéntrica-, es decir, las palabras no significan algo de modo aislado, sino que adquieren su significado al formar parte de un edificio teórico específico. De este modo, los términos descriptivos empleados en el contexto de una ciencia (por ejemplo, tiempo, masa, átomo), experimentan un cambio de significado, al ser incorporados a la teoría históricamente sucesora de aquella, adoptando una nueva y peculiar forma de concebir lo real. No hay, por tanto un “lenguaje observacional neutral”, por lo que el lenguaje de la ciencia se parece poderosamente a ese lenguaje subjetivo y emocional de los mitos que nos proporciona seguridad y sosiego epistemológico.

Feyerabend, además de ser el autor de uno de los más certeros análisis desmitificadores sobre la función de la ciencia en nuestra sociedad, se arriesgó a formular las líneas maestras de un programa más amplio: determinar los rasgos de una sociedad libre y definir la labor de la ciencia y de los intelectuales en ella. Una sociedad libre es “una sociedad en la que todas las tradiciones tienen iguales derechos e igual posibilidad de acceso a la educación a otras posiciones de poder, a todas las tradiciones”iv. El autor de Contra el Método parte del supuesto de la superioridad de la proliferación de puntos de vista, frente al dominio de las visiones sistemáticas totalizantes, siguiendo así la tradición de los presocráticos (quienes desarrollaron muchos mitos con el fin de comprender, no sólo el mundo, sino también los medios para comprender el mundo), de los sofistas y de tantos otros pensadores. De este modo, el programa pedagógico feyerabendiano pretende “fortalecer las mentes” de la juventud contra cualquier aceptación fácil y acrítica de los puntos de vista totalizadores, fomentando así, un “sano relativismo”.

Recordemos aquí que el mito y la exigencia de aceptación del saber mítico, no son perjudiciales en sí mismos, siempre y cuando el mito se contrapese con otros mitos. Se necesita una educación “que no haga a la gente contraria y adversa a las propuestas, incapacitándola para dedicarse a la elaboración de cualquier punto de vista único”v. Para alcanzar este objetivo es imprescindible poner a salvo y proteger celosamente la capacidad imaginativa de los niños, y desarrollar plenamente el espíritu de contradicción presente en la mayor parte de estos. Así, por medio de cuentos se podrían introducir contenidos pedagógicos cercanos a las explicaciones científicas (por ejemplo, sobre el origen del mundo), y de este modo se podría familiarizar al niño con la ciencia, como una de las múltiples ideologías que impulsan el desarrollo de la sociedad. Más adelante, estos relatos se verían complementados con las opiniones de los expertos, quienes aportarían sus razones y contra-razones. La joven generación podrá familiarizarse con todo tipo de discursos y promotores de discursos, aproximándose a una pléyade de relatos y decidiendo cada cual su propio camino.

Es probable que un buen número de ciudadanos de esta sociedad libre deseen convertirse en científicos, pero su práctica profesional será ya el fruto de una elección voluntaria de hacer suya una superstición particular, evitando ser atrapados por la ideología de la ciencia. Asimismo, en la sociedad prefigurada por Feyerabend, los científicos no tendrán ningún papel predominante y actuarán contrapesados –a un mismo nivel- por magos, sacerdotes o astrólogos. En la sociedad libre, los problemas ya no los resuelven los especialistas (aunque su testimonio no será desatendido, obviamente), sino las personas afectadas de acuerdo con las ideas que ellas valoran, y los procedimientos que consideran como los más apropiados. No hay ninguna posición privilegiada en la multiforme sociedad libre feyerabendiana, donde, por otra parte, no se percibe el peligro de la “reducción de la cultura” a “pseudocultura” asociado al fenómeno de la “extensión cultural”, tal y como lo veía Nietzsche.

Al margen de los aspectos anecdóticos y paródicos de esta polémica visión relativista, Feyerabend opta decididamente por la libertad e independencia de pensamiento, la tolerancia y la cooperación intelectual. La vida humana aparece guiada, en principio, por muchas ideas valiosas, entre las que cabe citar la “verdad” y la “libertad e independencia mental”. Y “si la verdad –tal y como algunos ideólogos la conciben- entra en conflicto con la libertad entonces hemos de elegirvi. Cualquier forma ideológica que acabe con la hegemonía de un sistema totalizador y dogmático contribuye decididamente a la liberación del ser humano y colabora en la ilustración. Por otra parte, el autor de Contra el Método es un firme partidario y propagandista de la libertad de elección, y no oculta sus simpatías por el desenfado, el humor y hasta la frivolidad dadaísta. ¿Es un capricho, una actitud irresponsable en los tiempos que corren? Es, más bien, adoptar una actitud comprometida con el logro de la máxima libertad de pensamiento (no formal o abstracta, sino efectiva) en la sociedad de nuestros días. Todo ello deberá tener, piensa Feyerabend, una repercusión inmediata en la reforma de las instituciones y métodos de enseñanza. En definitiva, la libertad intelectual se afianza como condición de posibilidad de la realización del ideal de libertad en todas las esferas humanas. “Queremos liberar a los demás –escribe- para que puedan sonreírvii”. De ahí que el desenfado y el humor aparezcan como el medio más adecuado para facilitar las más arduas tareas críticas y constructivas. La entrega y la fervorosa aplicación a una empresa teórica, práctica o mixta, no están reñidas con la frivolidad, al igual que la transmisión y la adquisición del conocimiento no es necesariamente cosa de personas graves, serias y dóciles.

Al igual que Nietzsche y tantos otros, Feyerabend denuncia la instrumentalización de la cultura por parte del Estado. Pero, a diferencia de Nietzsche, no se preocupa por el problema de la “reducción de la cultura”. Podríamos decir, que no hay propiamente “pseudocultura” en el horizonte cognoscitivo del ser humano, sino una pluralidad de “mitos”, y ninguno de ellos ocupa una posición de privilegio con respecto a los demás.

La metodología educativa feyerabendiana se podría construir, tal vez, a base de la exposición descriptiva de cada una de las visiones mitológicas por parte de los especialistas, capaces de explicitar, en todo momento, los presupuestos ideológicos subyacentes desde los que se cultiva y desarrolla su disciplina y los contenidos correspondientes. No obstante, se nos antoja que al proceder de esta forma se podría provocar la dispersión intelectual de los educandos (siempre y cuando no se disponga de un criterio, al menos provisional, para moderar el escepticismo y el relativismo, y evitar agudas crisis de identidad personal y otros trastornos psicológicos). Pues la pedagogía de la relatividad nacida de la mala conciencia del mundo occidental por su pasado etnocentrista y del pensamiento posmoderno, mantiene un difícil equilibrio entre el universalismo del pensamiento científico y el relativismo que enseñan las ciencias sociales, proclamando que todas las culturas son igualmente legítimas y que todo es, en definitiva, cultural. ¿Todo vale?

No obstante, con los datos de los que disponemos, la propuesta pedagógica de Feyerabend parece capaz de despertar más que una ponderada actitud crítica capaz de permitir al alumnado participar conscientemente de la cultura de la sociedad a la que pertenece. Tampoco creemos que esta estrategia dificulte la formación de hábitos de pensar y abordar el elenco de cuestiones teóricas que se pudiera suscitar, de modo racional y reflexivo –aunque, eso sí, siendo conscientes de que hay otras alternativas a la pura racionalidad lógica e instrumental, y a la concepción del progreso fruto de la ley y el orden. El objetivo más difícil de satisfacer sería el de promover mecanismos cognoscitivos que, más allá del carácter particular de las disciplina o “mitos” curriculares, ayudaran a integrar en un todo coherente los diversos saberes adquiridos por el estudiante.

Provocativa y desmitificadora es, también, la posición de Feyerabend sobre la naturaleza y los fines de la profesión filosófica. Lejos de investir al filósofo de un halo sacerdotal, se distancia del concepto académico de la filosofía en el sentido kantiano, en tanto que búsqueda de un sistema de todos los conocimientos donde los elementos se interrelacionan y configuran una unidad interna. Feyerabend no pretende obtener a toda costa la perfección lógica del conocimiento. Para Kant, es evidente que mientras no se descubra un sendero único por el poder dirigir nuestros pasos especulativos, no es posible aprender “filosofía”, sino únicamente a “filosofar” desde la filosofía mundana. Y dado que la razón es natural en el contexto del pensamiento ilustrado, además de autónoma y suficiente, dicha facultad tiene una esencia fija, común a todos los pueblos, seres humanos, culturas y épocas. Será precisamente esta naturaleza la que imponga y determine los límites de la propia razón. El problema más significativo que plantea la filosofía mundana es, sin duda, si -en palabras de Habermas- la filosofía debe conservar o desprenderse de la carga de ser la “custodia de la racionalidad”, el juez supremo de la cultura. Feyerabend no dudó en liberar a la filosofía de tan alta responsabilidad.

El autor de Contra el método estaba convencido de que el filósofo podía obtener notables beneficios alejándose de la perspectiva convencional sobre su materia y sus problemas. Apelando a las objeciones socráticas al acto de escribir, al uso platónico del mito como medio expositivo en el contexto del diálogo y a la renuncia al acto de crear un lenguaje técnico preciso y estándar, proclama que “hay caminos mejores para abordar los problemas filosóficos que el intercambio verbal, el discurso escrito, y a fortiori, la investigación académica”viii. Al elegir la palabra, la filosofía, en tanto que disciplina académica, eligió “limitarse a sí misma”. Siguiendo al Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas, Feyerabend piensa que la filosofía es una peculiar “forma de vida” y, para él, no debería haber ninguna barrera entre aquella y el resto de la vida humana.

La ciencia oficial no puede resolver nuestros auténticos problemas vitales, ni hacernos ver el mundo como una especie de milagro al concebir las cosas desde la perspectiva de la eternidad. Por este motivo, la filosofía podría desempeñar, entre otros, el importante papel de proporcionar al ser humano el poder y la motivación para hacer una ciencia más civilizada, y evitar así que “una ciencia supereficiente, superverdadera, pero, sin embargo, bárbara, degrade al hombre”ix. Con este proceder, la filosofía podría llevar a cabo una eficaz labor terapéutica, y dar así cumplimiento al aforismo epicúreo, según el cual, “la filosofía es vana si no cicatriza las lesiones del alma”.

Feyerabend propone abiertamente la revitalización de las formas míticas de presentación y la paulatina liberación de las limitaciones que imponen las palabras, los tratados y la erudición. Se trataría, de lograr “una forma de vida en la que los constituyentes de los antiguos mitos –teorías, libros, imágenes, sonidos, instituciones- intervengan como elementos interactivos aunque antagónicos”x, ya que lo que necesitamos para lograr un mito más satisfactorio no es volver a los viejos ideales de armonía y estabilidad, sino reconocer, precisamente, la capacidad de las partes de oponerse entre sí. No es de extrañar que recomiende a los filósofos profesionales, adoptar los recursos y técnicas de la elaboración fílmica para desarrollar y presentar sus ideasxi. “El teatro de Brecht –escribe Feyerabend- era un intento de crear una nueva forma de vida. Él no tuvo éxito por completo. Yo sugiero intentarlo con el cine”xii. Tal vez así el hecho de pensar y de transmitir a otros el contenido de nuestra actividad especulativa, se convierta para nosotros, al igual que para el personaje “Galileo” de la obra de Brecht, en un quehacer agradable, lúdico y hasta libidinoso, indisolublemente unido a la vida.

iFeyerabend, P.K, “Cómo defender a la sociedad contra la ciencia”, trad. Alberto Elena, en Mathesis, nº3, La ciencia y la filosofía, Madrid, UAM, 1980, p.18. Se puede encontrar una versión ampliada de mi artículo en Guardiola Iranzo, Rafael, “Mito y educación”, Alfa, Año XV nº30-31, enero-diciembre 2012, pp. 221-232. Pienso que lo dicho en aquel momento sigue teniendo interés y actualidad.

iiIbíd. p. 15.

iiiUno de los lugares clásicos de la argumentación de Feyerabend en esta línea es el apartado 18 de su obra Tratado contra el método, Madrid, Tecnos, 1981.

ivFeyerabend, P.K., La ciencia en una sociedad libre, Madrid, Siglo XXI, 1982, p.29.

vFeyerabend, P.K, “Cómo defender a la sociedad contra la ciencia”, trad. Alberto Elena, en Mathesis, nº3, La ciencia y la filosofía, Madrid, UAM, 1980, p.19.

viIbíd. p. 16.

viiIbíd. p. 20.

viiiFeyerabend, P.K., “Hagamos más cine”, en Bomtempo, Ch.J. y Odell, S.J. (comps.), La lechuza de Minerva. ¿Qué es filosofía?, Madrid, Cátedra, 1979, p.209.

ix Ibíd. p. 212.

xIbíd, p. 213.

xiObviamente, en el mundo actual, dichos recursos y técnicas se han visto notablemente ampliados gracias a los desarrollos de la inteligencia artificial.

xiiFeyerabend, P.K., “Hagamos más cine”, en Bomtempo, Ch.J. y Odell, S.J. (comps.), La lechuza de Minerva. ¿Qué es filosofía?, Madrid, Cátedra, 1979, p.213.

 

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Sobre el autor

Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las seis ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía en colaboración con Antonio Sánchez Millán y la Final de la VI Olimpiada Filosófica de España en la ciudad de Málaga, una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad, Café Montaigne y Filosofía para Niños, y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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