La epojé feminista: A qué nos referimos cuando decimos “Yo los he educado igual”. Monográfico 8M

La epojé feminista: A qué nos referimos cuando decimos “Yo los he educado igual”. Monográfico 8M

Imagen| Laura Árbol

En esta cuarta ola feminista millones de personas están aplicando la hermenéutica filosófica a sus vidas. Están objetivando sus experiencias, distanciándose de ellas, practicando una especie de epojé feminista para reflexionar sobre su vida cotidiana. Pasada y presente. Y están encontrando que muchas cosas no son como les han venido diciendo que son o que eran. Entre ellas está el tema de la igualdad entre hombres y mujeres.

Uno de los mantras de principios de este nuevo milenio era el de afirmar que ya había igualdad entre hombres y mujeres. Y de alguna forma todo el mundo era feminista porque todo el mundo aprobaba y celebraba esa igualdad. Lo que estaba fuera de lugar era el feminismo: un completo anacronismo “ahora que ya había igualdad”.

En este texto vamos a reflexionar sobre lo que subyace a la célebre sentencia “yo los he educado igual”.

En la actualidad, cuando preguntamos a los progenitores si consideran que han educado de forma distinta a sus hijas e hijos es difícil encontrar una sola persona que así lo reconozca. Todas y todos, madres y padres, maestras y maestros declaran que en sus hogares y escuelas ya reina la igualdad. Y que, por tanto, si hay diferencias en los comportamientos de niñas y niños tienen que ser biológicas. Vamos a examinar esta cuestión algo más despacio. Para ello vamos a elegir dos aspectos cruciales de la socialización infantil desde el punto de vista físico y simbólico. De los que hacen saber a los pequeñines quiénes son y de dónde vienen. Y, por tanto, hacia dónde deben ir. Con estos dos ejemplos vamos también a desarrollar la tesis de que en las sociedades formalmente igualitarias -en que las leyes son casi igualitarias- la desigualdad tiene que inscribirse en los propios cuerpos de las mujeres, llevarse puesta1. Y esta inscripción comienza en la infancia.

La reflexión sobre la marca que lleva implícita el tema de los pendientes puede llevarnos más lejos de lo que parece. El que se marque a las mujeres con aros, aretes o pendientes cuando nacen no es una práctica universal, pero donde lo es muchas mujeres se enfrentan a una verdadera impotencia para dejar de usarlos. Quisiera aportar un ejemplo que procede de las clases y cursos que vengo impartiendo desde hace años. Cursos en que se mezclan jóvenes y adultas, profesionales en puestos como juezas o policías. En clase, y con el fin de observar y valorar la fuerza coactiva del “consentimiento” sobre nuestras vidas, suelo proponer que dejen de usar pendientes por un día. La respuesta de estas profesionales, salvo excepciones, consiste en declararse incapaces de salir de casa sin pendientes. “Me siento como desnuda”, “me veo fatal”, “me falta algo, no soy yo”. Estamos hablando de mujeres que desempeñan roles tradicionalmente masculinos ¡y que se declaran incapaces de salir sin pendientes de casa! Una de ellas me contó la siguiente anécdota. Tras la clase, impresionada por el poder coactivo de unos vulgares aretes –así se llaman en Nicaragua- decidió quitárselos al día siguiente. El caso es que a los quince minutos tuvo que frenar, hacer un cambio de sentido y volver a casa a por ellos. Si se piensa bien, con este pequeño ejemplo, encontramos una vía excepcional de comprensión sobre cómo funciona realmente el patriarcado del consentimiento.2 Una reacción exactamente igual a la de los pendientes es la de mis jóvenes alumnas universitarias en lo que hace a sus largas melenas. Les propongo, como experimento, que se corten el pelo “a lo chico”. Que se lo corten para sentir la libertad de levantarse, pasar el peine o los dedos ¡y a la calle! Mueven la cabeza de un lado a otro con incredulidad, como si les estuviera planteando que se inmolaran ante el altar de la igualdad. Los argumentos que elaboran para explicar por qué es muuucho más cómodo llevar una melena de medio metro, son dignos de la Escuela Sofista de Atenas, en su esplendor. Pero ¡qué dirían Sócrates o Platón! Pues lo que ya sabemos que dijeron, que daban gracias a los dioses por no haber nacido mujeres. De hecho Platón les prohibía que se acercaran a varios metros de su célebre Academia.

El ejemplo de los pendientes –“no me veo sin ellos”- ilustra bien la fuerza de la costumbre y el prejuicio sobre nuestras vidas, sobre nuestras elecciones “libres” y “racionales”, sobre la falta de libertad frente a nosotras mismas3. Pero tampoco le concedamos más importancia de la que tiene. En este texto no suscribimos, de ninguna manera, que llevar pendientes sea algo consustancial al sistema de poder patriarcal, mucho menos pensamos que si, por ejemplo, mañana todas dejáramos todas de usar pendientes el patriarcado se fuera a tambalear. En esta cuestión tenemos un desacuerdo profundo con las corrientes del feminismo que mantienen que al sistema de poder patriarcal se le desafía cambiando la forma de vestir, la forma de peinarse o cualquier elemento relacionado con lo que denominan la “performance”, la reiterada representación gestual de ser una mujer4. Ser una mujer no es una “performance”, es una posición subordinada dentro de un sistema jerárquico de poder. Un sistema de dominación muy severo y arraigado. El más universal y longevo de los que existen, en las palabras de Kate Millett.

La marca simbólica, el apellido del padre

Las mujeres españolas, frente a las de países como los anglosajones y nórdicos, no pierden sus apellidos al contraer matrimonio. Los hijos llevan dos apellidos, el de la madre y el del padre. Desde el año 1999, si hay acuerdo entre las partes, los hijos ya pueden llevar en primer lugar el apellido de su madre. Sin embargo, y de manera semejante a lo que sucede con los pendientes, casi ninguna mujer toma la libre decisión de hacerlo. Merece la pena detenerse a reflexionar por qué.

Por mucho que la sociedad tienda a idealizar la maternidad y sostener que “los hijos son de las madres”, la realidad es que durante siglos los hijos fueron legalmente de los padres, la patria potestad era suya. Filósofos y científicos se unieron para ningunear la aportación de las madres a su concepción y nacimiento.

Las mujeres, desde la Antigüedad, han sido conceptualizadas como cuerpos sin mucha cabeza, a veces ni eso, como trozos de cuerpos. Cuerpos al servicio del placer sexual de los varones, cuerpos al servicio de la reproducción de la especie. En ésta última función, ni siquiera se nos ha asignado un papel relevante. Como teorizaran Aristóteles y luego recogiera la teología cristiana, las mujeres son –somos, vaya por dios- meras vasijas vacías, materia inerte en que el semen creador insufla la forma y el alma humana5. En realidad, los varones se autodefinieron como el principio activo de la reproducción y se autoadjudicaron la patria potestad o derechos legales sobre los hijos. Esta es la razón de que cuando los hombres no querían reconocer a un hijo éste era un hijo “natural”, es decir no “cultural”; también se le consideraba un “hijo ilegítimo”, es decir, que no estaba legitimado para nacer por su padre. Y por eso, también, en tantos lugares del mundo llevamos el apellido de nuestros padres, porque de alguna manera, parece que nuestras madres no pudieron salir del todo del estatus de vasija u otro objeto de alfarería.

En España la reforma de la ley aprobada en 1999 cambió este orden patriarcal coactivo, pero no del todo: los hijos podrían llevar el apellido de la madre si el padre otorgaba el consentimiento. Esta nueva ley dejaba en evidencia el orden patriarcal, dejaba claro quién mandaba, pero abría las puertas a la negociación y al comportamiento magnánimo del padre. Finalmente, una ley de Registro civil de 2010 reconoce que en una sociedad formalmente igualitaria madre y padre tienen que sentarse a negociar6. Y, ¿en caso de que la madre y el padre no lleguen a un acuerdo? Nótese que bien podría acordarse que, puesto que la madre es la que ha gestado al bebé, pase a prevalecer su apellido en caso de conflicto. Pero esto sería tanto como trastocar de origen la genealogía patriarcal. El acuerdo al que se ha llegado es el de que decida el orden alfabético o incluso el funcionario del registro. Increíble, pero cierto.

Lo que nos interesa resaltar, una vez más, es cómo funciona el patriarcado del consentimiento. Las españolas tienen derecho a que su apellido vaya el primero. Y sin embargo, apenas se hace uso de este “derecho”. La mayoría de los bebés que nacen continúan llevando en primer lugar el apellido del padre. ¿No resulta un tanto extraño? ¿Es que las mujeres no desean que sus hijos lleven su apellido en primer lugar? ¿No les gusta que sus hijos lleven el apellido por el que se reconocen y al que están apegadas desde la infancia? Parece que no. Es decir, quieren tener ese hijo, le esperan nueve meses, cambian sus hábitos de vida, pueden dejar de beber o de fumar, de hacer deporte, de comer determinados alimentos. Si trabajan en la empresa privada, lamentablemente, se enfrentan a un despido. Todo es poco por el futuro ser, pero espera, no les gusta, no desean que sus hijos lleven su apellido el primero. El patriarcado del consentimiento determina sus palabras “de verdad que a mí no me importa”, “lo que importa es que nazca sano”. ¿En qué cabeza cabe que tengas que elegir entre que tu hijo nazca sano o que lleve tu apellido el primero? Además, no se trata de olvidar la genealogía paterna, sólo de cuestionar la genealogía patriarcal, de colocar su apellido en el segundo lugar.

El caso del apellido nos parece emblemático para mostrar cómo funciona el patriarcado del consentimiento. Las mujeres no sólo van a mantener que no les importa que su apellido vaya el segundo, tienen que sostener que eso de los apellidos es una bobada. No tiene ninguna importancia. Y, algo crucial, van a añadir que es su decisión. Que al padre, en realidad, igual le da, pero que ella lo prefiere así. Es muy importante que no sea el hombre quien se vea obligado a imponer la “ley del padre: “va a llevar mi apellido y punto, cariño”. Esto no se puede hacer explícito. La coacción tiene que asumirse de forma implícita, sin órdenes de ningún tipo. “Hágase en mi según tu palabra”, pero sin que suene a orden7.

De momento, tenemos una niña que lleva pendientes desde el mismo día en que nació –sin haberlo pedido, que nos conste- y que ese mismo día fue inscrita en el Registro Civil, con el apellido de su padre en primer lugar, mientras, su madre le amamantaba o se recuperaba de los puntos en el hospital. En el libro Neoliberalismo sexual, el mito de la libre elección hemos continuado en la adolescencia, y más allá, el análisis de este apasionante proceso del “yo los he educado igual”.

Leer más en HomoNoSapiens| Monográfico 8M


1Aún así hay leyes que siguen sosteniendo la inferioridad de las mujeres, como la preferencia del varón para heredar la monarquía, símbolo del Estado español. Y muchas leyes de carácter social y económico contribuyen a convertir a las mujeres en las cuidadoras de la sociedad, como la diferencia entre los permisos de maternidad y paternidad y otras que han llevado a María Pazos a sostener que aún somos desiguales por ley. Cfr. Desiguales por ley, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2013.

2La diferencia entre patriarcados de coacción y patriarcados de consentimiento en Alicia Puleo, “Patriarcado”, en Celia Amorós (dir.) Diez palabaras clave de mujer, Pamplona, Verbo Divino, 1995.

3Auri López Lamela, psiquiatra y autora de novelas negras, me dio hace años una definición de la locura que ha influido mucho en mi comprensión (o falta de comprensión) de la vida. La locura, me dijo, implica la pérdida de libertad frente a una misma. Quiero hacer algo y no puedo. No quiero hacer algo y lo hago.

4Estas corrientes actuales del feminismo, cercanas a las posiciones de la filósofa Judith Butler, tienen mucho éxito. Entre otras razones porque ofrecen una vía rápida y de éxito asegurado para “transgredir” el sistema: cambiar la forma de vestir o de autodenominarse. Los hombres hablan de ellos en femenino y las mujeres se cambian el nombre por uno masculino. Tal vez no sea sino una forma de suavizar la impotencia ante la envergadura y persistencia de los problemas reales, el desempleo, el despido de las embarazadas, la carga de los cuidados, la misoginia, la violencia machista.

5Cfr. El magnífico trabajo de María Luisa Femenías sobre Aristóteles, especialmente el capítulo sobre la reproducción, “El fundamento biológico”. Cuesta creer lo que escribió el Estagirita sobre el tema. María Luisa Femenías, Inferioridad y exclusión. Un modelo para desarmar, Argentina, Grupo Editor Latinoamericano, 1996. Así mismo los trabajos de Amalia González sobre Platón.

6“Una reforma legal termina con la prevalencia del apellido del padre” http://elpais.com/diario/2010/11/04/sociedad/1288825204_850215.html

7Como acaba de recordar magistralmente la filósofa Celia Amorós en su reciente Salomón no era sabio, la palabra de las mujeres es irrelevante. Es la sabiduría de Salomón quien decide de qué mujer es el hijo Nosotras encarnamos el hijo y ellos ponen la palabra que sí tiene valor, la forma, el logos, el apellido, la genealogía. Cfr. Celia Amorós, Salomón no era sabio, Madrid, Editorial Fundamentos, 2014.

Categorías: Monográfico 8M, Pensar

Sobre el autor

Ana de Miguel Álvarez

Profesora Titular de Filosofía Moral y Política de la URJC. Dirige el Programa de Doctorado de Género de Estudios Interdisciplinares de Género y el ya clásico curso Historia de la Teoría Feminista, que se imparte en la UCM desde 1991 (28 ediciones). Ha publicado estudios sobre autores clásicos del pensamiento como John Stuart Mill, Alejandra Kolontai, Flora Tristan y Quasim Amin, y ha coeditado con Celia Amorós la obra Teoría Feminista. De la Ilustración a la Globalización (3 vols.). Destacamos su libro Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección, publicado en 2015 (11º edición). Su línea de investigación más reciente busca comprender cómo se reproduce la desigualdad entre jóvenes en las sociedades formalmente igualitarias y se centra en el sistema de creencias que subyacen a la sexualidad, la pornografía y la prostitución. Ha recibido entre otros los premios Ángeles Durán a la innovación científica en estudios de género (UAM), Carmen de Burgos a la divulgación feminista (UMA) y a la excelencia investigadora (Consejo social de la URJC). Es Comadre de oro de la Asociación de Las Comadres de Gijón.

¿Qué estás pensando?

Tu dirección de correo no será publicada con tu comentario.
Los campos requeridos están marcados*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.