¿Cómo ser mayor de edad?

¿Cómo ser mayor de edad?

 

«La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de los hombres permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de la vida, a pesar de que hace ya tiempo la naturaleza los liberó de la dirección ajena; y por eso es tan fácil para otros el erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar, otros asumirán por mi tan fastidiosa tarea». Immanuel Kant, 1784.

 

Es posible explicar a partir del filósofo ilustrado Immanuel Kant las claves para ser mayor de edad, pensar y actuar por uno mismo. Y te serán útiles para distinguir entre edad mental y edad cronológica, que tanto le gusta diferenciar a cierta psicología trasnochada que piensa que la inteligencia humana se puede medir a través de un coeficiente y no son muchas las inteligencias, o bien, no contempla la relevancia de las emociones ni del arte de saber vivir bien. La madurez personal. Pero también puedes acercarte a un Café filosófico, en donde se esté dialogando en torno a esta misma cuestión. Una reunión ciudadana diversa en edades, formación e intereses, abierta a todas aquellas personas dispuestas a cuestionarse mutuamente su vida. Lo que digan no es lo mismo que leerías en un libro o pudieras oír durante una conferencia. Aquí, la cuestión de cómo ser nosotros mismos tiene entrañas, está viva, pues emerge creativamente del momento único que ha congregado a los participantes. No te dejes llevar por los caminos trillados y las ideas pensadas por otros. Asiste, aunque sea ahora mismo en diferido, a uno de esos cafés filosóficos.

»Allí estábamos, muy bien situados en el fondo de la Biblioteca, sentados en círculo, junto a unos prácticos estantes correderos y bajo las entradas “Pensar, imaginar”. Nada más apropiado. No hay pensamiento sin la capacidad de imaginar. Y comenzamos preguntándonos: ¿Cuál sería una cualidad característica nuestra? (Que yo me veo, o bien que los demás ven en mí). La simpatía y la alegría emergieron por boca de los primeros participantes, pero pronto afloraron también características como la inseguridad y la negatividad personales.

—Has presentado la inseguridad como algo defectuoso que hay que arreglar.

—Sí, así es, ¿no?

—Puede ser. ¿A qué te suele llevar tu inseguridad?

—A estar alerta.

—¿Y esto lo consideras un defecto? Cuéntanos los beneficios derivados de la capacidad de estar alerta…

 

—Yo me siento insegura al hablar en público.

—A ver: ¿Quién de vosotros no se siente inseguro en esa u otra faceta de la vida? (Y la respuesta fue unánime).

—A diferencia de cómo me ven, yo me veo introvertido. O más bien, una persona reservada.

—¿Y cómo te ves en el fondo de ti?

—Me veo una persona.

—Pues yo me veo como una persona amigable —afirmó otro participante.

Una vez roto el hielo —que no hacía mucha falta, pues, a pesar de las algunas cualidades expuestas, el grupo participaba con bastante fluidez—, planteamos juntos varios problemas que podríamos tratar aquella tarde: la Cultura, el Pensamiento autónomo, la Democracia, la Salud…, pero la Ilustración se coló de buenas maneras por en medio y la temática que obtuvo más adeptos, después de la consiguiente votación, fue la del pensamiento autónomo. Y preguntamos entre todos:

 

—¿Por qué no pensamos autónomamente?

—No, si pensar podemos pensar, pero si no podemos actuar por nosotros mismos, ¿para qué?

—Sí, tienes razón, eso es lo decisivo. Cambiemos, entonces, la pregunta de modo que sea capaz de abrir una brecha significativa en la temática que nos hemos propuesto: ¿Por qué no actuamos autónomamente?

 

—Os pregunto: ¿Siempre ocurre eso? ¿Nunca actuamos de una manera propia, y no como los demás?

—Sucede siempre cuando estamos con los demás. Sí, a eso mismo tendemos.

—Pero no, mirad: ¡hemos venido aquí esta tarde!

—No ha venido demasiada gente, ¿habéis sido vosotros mismos los que habéis venido aquí esta tarde?

—Hemos sido nosotros.

—Pero no os confiéis, esto no son más que excepciones.

—Bueno, pues entonces —indica el moderador—, maticemos la pregunta: ¿Por qué (casi siempre) actuamos como los demás?

¿Por qué es frecuente que eso ocurra, que solemos actuar como los demás? Y el grupo fue trabajando algunas hipótesis y se profundizó a través de ellas. (¿Pensabais que el uso de hipótesis y su comprobación era algo privativo de la ciencia establecida?) En concreto, fueron estas dos las hipótesis: 1) para agradar y evitar conflictos; 2) para poder identificarnos con un determinado grupo.

—¿Tienen algo en común las dos hipótesis?

—La necesidad de sentirnos arraigados —manifiestan juntos los participantes—. De lo contrario, nos sentimos raros, diferentes, solos, marginados.

—Tratemos de levantar la cáscara de ese desarraigo. ¿Qué hay debajo?

—“El miedo a estar solos”.

—¿Y por qué sucede eso?

—Por nuestra inseguridad.

Y el grupo fue consciente de que había trazado un círculo, pues al principio —a través de la pregunta inicial de autorreflexión— todas las personas asistentes habían confirmado que se sentían personas inseguras. Y en éstas estaban, cuando el moderador plantea al grupo un conflicto:

—Si todos nosotros somos personas inseguras, ¿os estáis sintiendo, hoy aquí, personas inseguras?

—No; pero eso no tiene arreglo.

—Contra la inseguridad sólo se pueden tomar “medidas paliativas”. ¡No se cura!

—Sí, ahí sigue siempre, en el fondo de ti, tu inseguridad.

—¿Ni aunque tengas el reconocimiento de los demás?

—No, porque no se satisface tu inseguridad interior.

Esta última afirmación nos abría al abismo de la discusión auténtica. Si éramos capaces de lanzarnos, quizás podríamos encontrar una playa nueva, tranquila y apacible. Y así fue como se abrieron ante nosotros dos caminos: actuar buscando el reconocimiento de los otros, o bien, actuar por nosotros mismos, no para buscar el reconocimiento externo, sino nuestro propio reconocimiento interior. Quizás así, aquella inseguridad profunda —causa de nuestro miedo que nos lleva a rehuir sentirnos solos y a tratar de sentirnos arraigados aunque sea haciendo lo que otros hacen, para agradar y evitar conflictos, para autoidentificarnos— sea capaz de un comienzo nuevo, de reiniciarse a través de un nuevo punto de partida: mirar dentro.

Y nos dimos juntos un buen paseo a lo largo de esta diáfana playa. Tan a gusto estábamos, que nos reacomodamos juntitos y respiramos profundamente la nueva brisa, cargada de aromas inéditos. ¡Pensar por nosotros mismos! ¿Cómo sería mi vida ahí, en tan dichosa playa, si me mantuviese más a menudo en ella? (Vamos a disfrutarlo unos instantes). Si pienso por mí mismo, mi acción será más apropiada a mí. Pero, ¿cómo saber que pienso y actúo por mismo, y que no me dejo llevar? Mirando dentro de mí. No miro fuera, no dirijo mi atención para otro lado, me miro primero a mí mismo. Y aunque también esté afuera lo que encuentre, en otros, ya no me importa… ahora soy mayor de edad.

 

Más información| ¿Qué son los cafés filosóficos?

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Antonio Sánchez Millán

Es licenciado en Filosofía (Universidad de Granada) y profesor del IES “Juan de la Cierva” de Vélez-Málaga (España). Autor del libro "Practicar la filosofía, los Cafés filosóficos y otras prácticas socráticas" (Editorial Alegoría, Sevilla, 2015), que es fruto de su experiencia organizando diversos Cafés filosóficos durante los últimos años. La mayor parte de sus intereses filosóficos actuales giran en torno a la Práctica filosófica y la integración del pensamiento de Oriente y Occidente, además de la búsqueda interior y la vida buena. En el ámbito literario ha obtenido el accésit de poesía en el Certamen "Joaquín Lobato" 2018 y publicado en enero de 2019 el libro Solatz (Editorial Algorfa, Marbella). Otras publicaciones, sus proyectos y actividades pueden seguirse en el Blog: "Palestra de Filosofía"

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