El síndrome de Stendhal

El síndrome de Stendhal

Imagen| Rafael Guardiola Iranzo, “Equilibrios”

¿Tiene usted el “síndrome de Stendhal”, ahora que parece que ha llegado el verano con ganas de quedarse entre nosotros? Si es así, no se preocupe, pues tan extraña dolencia no requiere, que yo sepa, cirugía, ni degustar un colorido cóctel de fármacos, para mitigar sus efectos paralizantes, sino unas enormes dosis de paciencia, aunque puede ser bastante contagiosa. Muchos de sus portadores deambulan por las localidades costeras con atractivo comercial o turístico, tras el desembarco de los cruceros, alumbrando un incalificable y extenso hormiguero humano multicolor y consumista que devora hasta los últimos rayos de sol haciendo las delicias del sector servicios. Por cierto, les confieso que me resultan inquietantes, ahora que hablamos de dolencias y remiendos quirúrgicos, los anuncios que aparecen de modo recurrente en lugares destacados de portadas y contraportadas de los periódicos, invitándonos a lograr el soñado alargamiento y estiramiento del pene sin cirugía, con el pretexto de que el sexo es vida (como si no lo supiéramos). Y, puestos a pensar cosas absurdas, ¿será algo parecido a lo que hace el correcaminos con la maltrecha y elástica osamenta de su antagonista, el osado coyote, en los dibujos animados de mi infancia en el Jurásico? ¿O, tal vez, al disciplinado proceder de los fornidos vascos que ejercitan su testosterona en las competiciones de “sokatira”, como remedo de las viejas disputas maniqueas entre el bien y el mal? No en vano. hace años la ciudad en la que vivo, Málaga, era uno de los destinos elegidos por todos aquellos que pretendían cambiar sus genitales a cargo de la Seguridad Social con una pasión similar a la que ha encumbrado a Turquía al edén de los implantes de cabello.  Sigamos con nuestras patologías sociales.

En sus ejemplares escritos de viaje, el insigne Henri Beyle, más conocido por su seudónimo Stendhal, figura imprescindible de la literatura francesa del siglo XIX describe, entre otras, la reacción psicosomática que le produjo la contemplación de la belleza majestuosa de la basílica de la Santa Croce en Florencia, a la que asoció necesariamente su sensibilidad y sus envidiables conocimientos históricos. El escritor, aturdido por la experiencia estética y los placeres de la memoria tuvo que salir a respirar a la plaza para poder recobrar el aliento. Esto es algo que, según los cronistas, hace que muchos turistas posmodernos acaben aquejados, paradójicamente, de trastornos visuales, náuseas, vómitos y malestar a causa de la cantidad y calidad de las manifestaciones artísticas de una deslumbrante ciudad como Florencia. Curiosamente, no es el placer, sino la extenuación y el agotamiento físico el resultado de los itinerarios y horarios de las visitas a los monumentos y atracciones artísticas de todo tipo que se suele exigir al turista, con criterios propios de la disciplina militar. Y lo más grave, es que puede ser uno mismo quien ceda a la tentación de perseguir el agotamiento a fuerza de tanto porfiar por la belleza o, simplemente, lo castizo o lo novedoso, aunque no siga los dictados del grupo o la organización de una visita. Sin ir más lejos, todavía recuerdo vivamente esta oscura sensación agridulce después de mis últimas visitas a Viena, Praga, Munich o París. Todavía me sentía presa de una asociación falaz entre cantidad y calidad, como si la calidad de mi experiencia estética y antropológica me exigiera visitar todos y cada uno de los puntos de interés señalados en el mapa, compitiendo en el intento con las columnas disciplinadas de turistas nipones (estos no suelen torcer el gesto, esbozando siempre una enigmática y amplia sonrisa, aunque se vean asediados por los juanetes, los espolones calcáneos o las hemorroides en estado virulento). Y para mayor abundamiento, ya saben que tenemos que fotografiarnos o protagonizar algún video doméstico –pidiendo permiso, eso sí, a los japoneses a los que me he referido, que son cada vez más altos, no te dejan ver el minúsculo cuadro de la Gioconda y encima llevan sombreros cordobeses rojos que te impiden otear el horizonte- a las puertas de los museos o ante los monumentos que nos señala diligentemente la guía turística, para recordarnos que hemos estado allí. Es como ponernos una medalla, la condecoración que premia a los que no dudan en perder la salud y el seso por amor al arte o a lo diferente y novedoso que tanto agradaba a Baudelaire.

Más de una vez he creído poder leer el pensamiento de algunos nativos de las ciudades monumentales, sentados plácidamente en una cervecería al aire libre cercana al museo, al contemplar mis ojos desencajados, la frente sudorosa y un esbozo de estiramiento, a la salida de la exposición: “estos turistas son un atajo de cretinos”. Nada tiene que ver esta sobredosis visual con los efectos benéficos de la educación sentimental por la que abogaba Schiller, ni el enriquecimiento moral y cognitivo por el que suspiran platónicos y kantianos, salvando las diferencias. Y eso que, cuando vivía en Madrid, mi ciudad natal, yo no era tan cretino, me proponía metas alcanzables, como dedicar unas horas a la contemplación de uno o dos cuadros del Museo del Prado, previamente seleccionados, exprimiendo hasta la última gota de placer sensorial que proporciona la contemplación de un original, como si se tratase de una experiencia mística digna de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, o de un rapto de posesión erótica, sostenida en el tiempo, a pesar de la irrupción ocasional de los sombreros cordobeses de color rojo que coronaban las cabezas de los turistas japoneses en mi campo visual. Yo ya sabía que había estado allí, aunque nadie me fotografiase o hiciese un video de mi visita, y tenía la sensación de llevarme del “Lavatorio de los pies” del genial Tintoretto, con perdón, hasta las sensaciones olfativas del momento que retrata la escena. La experiencia estética puede ser, sin duda, liberadora, pero nuestra condición de “público de masas” puede convertirla en alienante. Por eso mismo, mi amigo y hábil fotógrafo, el filósofo madrileño José Mayoral Esteban, me enseñó a amar las tarjetas postales, esas reliquias de nuestro pasado iconográfico que lo simplifican todo –hoy tenemos Internet a la carta para ello- y nos dejan mucho tiempo libre para el auténtico placer que las obras de arte esconden y comunican, a un tiempo, a nuestros sentidos, nuestra imaginación, nuestra memoria y nuestro entendimiento.

La experiencia estética es una vivencia singular que, según mi admirado profesor, Valeriano Bozal, reúne al menos tres fenómenos. Proporciona placer, el placer connatural a la imaginación, que se caracteriza por su intensidad, su inmediatez y no obedecer, en principio, a finalidades prácticas. Su intensidad deriva tanto de la objetualización como del distanciamiento, es decir, el receptor de la belleza natural o artística, por ejemplo, aporta una mirada nueva y atenta, sacudiéndose la ingenuidad primitiva, reconsiderando los perfiles del mundo que aparece en nuestra vida cotidiana. De otro lado, el receptor atento es capaz de descubrir aspectos inusuales de los objetos con independencia, incluso, de las convenciones. Es más, el placer estético suscita “la autoconciencia de la unidad figurada”, dado que unifica lo fragmentario según un orden o tipo, dejando de manifiesto que la imagen plástica, poética o musical es autónoma, objetiva y artificial, en relación con el sujeto.

También nos regala conocimiento, dado que es un modo de representación, y a través del juicio del gusto aporta una valoración explícita o implícita de dicha representación que desea ser universal, válida para cualquier receptor. Por eso decimos que lo observado es bello, sublime, pintoresco, grotesco, patético, kitsch… Curiosamente, para Kant, la universalidad de la experiencia estética se basa en el libre juego de las facultades de conocer, y ésta es previa a la educación. Los empiristas, más optimistas, nos legaron que el gusto se forma y aumenta a través de la educación y que la universalidad deriva de los caracteres insoslayables de las “naturaleza humana”. ¿Qué papel le reserva usted a la libertad e incluso al juego en esta pléyade de experiencias inútiles? Lo único que me preocupa ahora, es que no se pongan enfermos por el efecto letal de mis sesudas reflexiones o como consecuencia de la sobredosis sensorial a la que aludía Stendhal.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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