Comunicarse es más que estar siempre conectados

 

Con el desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, estamos asistiendo a un profundo cambio en los comportamientos sociales. Casi sin darnos cuenta, hemos ido modificando nuestros hábitos más arraigados para acomodar las exigencias de un sistema cargado de tonos, menús, aplicaciones y foros.

La irrupción de las redes sociales a través de distintos programas, así como la adaptación de nuestros teléfonos móviles a la navegación por la red han hecho, en pocos años, que si nos situamos al margen de su evolución, lo que realmente sucede es una especie de alienación digital. Esto es particularmente cierto en el caso de los jóvenes, en los que resulta inexplicable que no estén mirando la pantalla o escribiendo un mensaje con la destreza y rapidez de quien es todo un maestro en atinar con las pequeñas letras de WhatsApp.

El hábito de utilizar estas tecnologías ha llegado a tal punto que el terminal telefónico es como una especie de prolongación del propio cuerpo, pudiendo faltarnos más el alimento o el agua que la cobertura. Cuando a un estudiante se le requisa temporalmente su teléfono móvil porque lo ha usado indebidamente en el aula, las protestas no pueden ser más vehementes: antes cualquier otro castigo que dejarlo sin su celular.

Todo comenzó en la última década del siglo pasado, como un buen invento que nos podía sacar de más de un apuro cuando íbamos de viaje o estábamos esperando en una cola y era necesario avisar. Luego llegó la utilidad de hacer fotos y mandarlas inmediatamente, más tarde vídeos, luego un acceso fácil y económico a Internet; pero su uso ha ido cambiando hacia un “estar permanentemente comunicado” una nueva clase de esclavitud que nos empuja a mirar  la pantallita cuando suena la señal de que ha entrado un nuevo mensaje, la mayoría de las veces para decirnos nada. Llenamos cualquier momento de aburrimiento con las distintas aplicaciones del móvil y sucumbimos al desastre cuando se le acaba la batería o el lugar en el que estamos no recibe la señal de las antenas que cuadriculan convenientemente el territorio para que haya cobertura.

En cualquier reunión ya sea familiar, laboral o incluso de una tertulia televisiva, mucha gente se evade con su móvil cayendo en una falta de respeto que no se consentiría si no fuera porque es un hábito que ya se comprende como natural. Se trata, en el fondo, de crearnos nuestro propio mundo virtual allá donde estemos a cambio de dinamitar los puentes reales que nos conducen a los que tenemos más cerca. Queremos imitar el entorno multitarea de estos artefactos como si nuestro cerebro fuera capaz de hacer lo mismo, minimizando la presencia de los otros hasta su más pírrica expresión para dedicarnos a intervenir en un foro absurdo, participar en un jueguecito de mil colorines o buscar a ver qué se ha dicho en los blogs de tal o cual cuestión de actualidad. Es como si el cara a cara nos resultara más difícil de digerir y lo sustituyéramos por este contacto a distancia parapetados detrás de nuestros terminales.

Recuerdo cuando se culpaba a la televisión de la falta de comunicación en las familias, y eso que en aquellos años sólo recibíamos una cadena. Al menos, nos sentábamos todos juntos en el salón para ver lo que ponían cada noche, porque ahora cada uno puede acceder a un programa distinto desde el mismo sofá; y eso si no se va a su habitación donde se tiene acceso al mundo entero con la comodidad del portátil o la tablet, siempre al margen de los demás. Es una especie de dualidad entre el mundo real y el digital en el que éste último sale ganando en todo momento pero no acierto exactamente a saber qué.

Tal vez porque ya tengo una edad y todas estas tecnologías no significan para mí más que una especie de ortopedia necesaria que me facilita el trabajo y sobre todo me incluye en el sistema, no me siento abducido por Twitter, Facebook o WhatsApp. Cuando me mandan vídeos normalmente no los abro y al sentir la vibración de mi móvil no le hago caso; eso sí, de vez en cuando me asomo a estos foros como el que sale al patio del recreo para observar a qué juegan los niños, sólo que en este caso, lo que me encuentro es un vacío desolador en el que no hay casi nada de interés. Sigo prefiriendo una conversación en directo, una buena lectura, la magia de la música o una película en compañía que me haga viajar en el tiempo y en el espacio. No me molesta el silencio, ni los ratos muertos en los que perder la mente y no necesito pulsar para ver si tengo mensajes nuevos. Lo que espero al llegar del trabajo es sumergirme en la mirada de los que quiero mientras me cuentan cómo les ha ido el día ¿no será que me estoy haciendo mayor?

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Julián Mª Cano Villanueva

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Profesor de Enseñanza Secundaria desde 1990, ha ejercido la docencia en el IES Poeta García Gutiérrez (18 años) en el IEES Lope de Vega de Nador en Marruecos (6 años) y en el IES Padre Poveda de Guadix (1 año). Ha coordinado los proyectos de Ecoescuelas y Jóvenes Reporteros para el Medio Ambiente en los dos primeros centros mencionados. Ha escrito tres libros: "La otra orilla" sobre la vida del autor en Marruecos "Contribución al conocimiento de la avifauna de la Mar Chica de Nador" (junto a su hijo menor) "La Ecoescuela: una fórmula para la Educación ambiental". Ha colaborado con diversos artículos en Chiclana Información, Diario de Cádiz, Cuadernos de Pedagogía y otras publicaciones digitales.

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