Techné, música y humanidad

Techné, música y humanidad

Imagen| Eniola Ani Anthony

En esa ciudad del sur privilegiada por la geografía y rodeada de montañas, pero a la vez elevada sobre un Tajo que la divide en dos, Ronda, tierra sin duda con duende que todavía evoca los diferentes estratos del tiempo, y que ha cautivado a artistas tan grandes y dispares como Rilke y Orson Welles, se celebró del 2 al 6 de julio, coincidiendo con la XIX semana de la música, el XV encuentro Música-Filosofía, dirigido por el compositor Tomás Marco y el filósofo Víctor Gómez Pin.

Esta vez la razón o excusa para reflexionar en discusión pública ha sido el concepto “techné”. Y además de los dos mencionados y otros amigos fieles a la cita, se han reunido para ello los filósofos de las artes y de las tecnologías respectivamente Francisco Jarauta y Javier Echeverría, la compositora y doctora en filosofía Alicia Díaz de la Fuente, y otras dos asiduos, el filósofo y director de orquesta Gotzon Arrizabalaga, y el compositor José María Sánchez Verdú, Premio Nacional de Música, entre otros reconocimientos.

De este modo por las mañana se celebraron exposiciones y debates filosóficos, y por las tardes conciertos, desde Cinco Lecciones de la Escuela Bolera, pasando por La memoria de Oriente: tradiciones musicales sefardí, cristiana y árabe zéjel, hasta un concierto, interpretado por la Orquesta Ciudad de Granada, con las piezas “Memoria del Rojo, Sinfonía nº 83 en Sol, de José María Sánchez Verdú; Sinfonía nº 83 en Sol menor Hob l/83, La Poule, de Joseph Haydn y Sinfonía nº 31 en Re Mayor K. 297 París, de Wolfang Amadeus Mozart, dirigida por Pablo Heras Casado en el Palacio de Carlos V de Granada.

Pero vayamos a la cuestión que nos ocupa. Arrizabalaga nos recordó que las palabras “técnica” y “arte” derivan del término griego “techné”, sobre el que Aristóteles escribió: “Nace la techné cuando de muchas observaciones empíricas surge una noción universal sobre los casos semejantes” (Metafísica 981ª, 5). De esta manera la experiencia equivale a conocimiento de lo singular, mientras que la techné lo es de lo universal. Esta es la razón por la que los griegos consideraban más sabios a los que poseían a esta última que a los que simplemente poseían experiencia.

Antes, su maestro, Platón, se preguntó: “¿No es el músico el que posee la techné de saber los sonidos que se pueden combinar y los que no, y el ignorante de la música el que no entiende de esto?” (El Sofista 253ª, 15b). Quiere decir que el músico dotado con techné sabe cómo organizar los sonidos para provocar determinados efectos emocionales. La techné, añade Arrizabalaga, posee una importancia decisiva en el desarrollo de la música instrumental, y no sólo porque esta necesita primero una fabricación técnica de los instrumentos, sino porque la música, en tanto que ciencia que se aprende, desde Pitágoras hasta la actualidad, se ejecuta con técnicas interpretativas.

Según Arrizabalaga, los animales no humanos no poseen techné. Un paso crucial para el desarrollo de la techné tuvo lugar con la denominada bipedestación y la consecuente liberación de las manos, además de ampliar el campo visual. Es un hito dentro de la evolución humana. Un joven del público repuso que no es cierto que los animales no humanos carezcan de “técnica”. A propósito de ello yo recordé que uno de los más reconocidos e influyentes etólogos contemporáneos, Frans de Waal, ha experimentado y descrito cómo algunos primates se sirven de ramas a la manera de instrumentos, introduciendo estas en orificios de árboles para que las hormigas suban y luego puedan comérselas.

No obstante, la función que la técnica desempeña en algunas especies de animales no es comparable a la que ejerce en los humanos, en la que es constitutiva para la especie y para la vida de cada uno. Como indicara Ortega y Gasset en Meditación de la técnica, una de las reflexiones más profundas que se han hecho sobre este asunto, y sin duda más actual y de mayor alcance que la realizada por Martin Heidegger, el ser humano no existiría ni habría existido sin la técnica. Nosotros nos adaptamos a la naturaleza mediante técnicas (pensemos en útiles indispensables como la casa, o los que empleamos para la alimentación, o para dormir, o las prendas de vestir…). Y desde un punto de vista individual, los seres humanos necesitamos continuamente técnicas para adaptarnos y sobrevivir.

Mas el ser humano no se conforma con sobrevivir; quiere vivir bien, desea bienestar. Y para ello la técnica o, si se prefiere, las tecnologías, son fundamentales, puesto que, además de hacerla posible, facilitan, acomodan y aceleran nuestra forma de estar en el mundo. En contra de lo que acostumbra a creerse desde una visión romántica y excesivamente idealizada, la naturaleza pura y desnuda es hostil al ser humano. Necesitamos la técnica para insertarnos en ella. Por eso se podría afirmar que vivimos en una sobre-naturaleza creada por la técnica y las tecnologías.

Estas reflexiones están en consonancia con la tesis que defendió el compositor Tomás Marco: “La música no es un fenómeno de la naturaleza sino un producto humano. Toda música, para llegar a serlo, necesita un cierto grado de manipulación del sonido, y para ello hace falta un mínimo de techné. Esto resulta evidente cuando se trata de música instrumental, pues todo instrumento es una máquina, desde dos piedras golpeando a un violín Amato o un sintetizador” (con el debido respeto, tengo para mí que el primer ejemplo es una técnica y los siguientes máquinas).

¿Quiere decir esto que los animales no humanos carecen de música? Prudentemente, Tomás Marco no lo sentenciaba de modo rotundo, sino que se prestaba a discutir si algunos animales, como las abejas o las termitas, poseen techné o más bien sus sorprendentes habilidades son fruto del instinto. Al menos desde Darwin sabemos que las diferencias entre humanos y animales son cuantitativas y no cualitativas, de grado y no de esencia, tal como se ha creído erróneamente durante tantos siglos.

¿Cantan algunas aves de la misma manera que nosotros hacemos música, o bien lo hacen por una función adaptativa al medio? ¿Y quién no nos dice que algo aparentemente tan superfluo desde una punto de vista evolutivo como las artes no cumplen funciones adaptativas? Quizá con ellas satisfacemos la esperanza de sobrevivir, valores rituales como la organización de nuestras creencias, preferencias y deseos o el anhelo de sentirnos queridos y reconocidos (sobre las artes desde una perspectiva darwiniana, sugiero la lectura de Denis Dutton, El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana).

Francisco Jarauta sostuvo, con Lewis Mumford, que sin técnicas no hay culturas ni civilizaciones. Observa una inflación del concepto “artista”, y pronostica una devaluación de este en beneficio de los artesanos. Nos recordó que todavía en algunos lugares, como en Japón, el oficio del artesano recibe mayor prestigio social que el artista.  De la mano de Richard Sennet, reivindicó la ética de las profesiones.

Como buen filósofo de la ciencia, Javier Echeverría comenzó distinguiendo y definiendo “técnicas”, “tecnologías” y “tecnociencias”. Y defendió que las TIC son tecnociencias que no solo transforman la naturaleza, sino también los lenguajes, incluido el lenguaje musical. A modo de ejemplo lo ilustró con el caso de la humanoide Hatsune Miku, creada en 2007 por Crypton Future Media, con notable acogida en Japón y China. Por ahora Miku adopta el formato visual de un holograma y se sirve de las tecnologías de sintetizador musical Vocaloid 1, 2, 3, y 4, cantando en inglés desde 2013. Y este verano esperaba debutar “presencialmente” en Ciudad de México y en diferentes ciudades Norteamericanas.

Con el poderosísimo impacto de las nuevas tecnologías se está redefiniendo a una velocidad vertiginosa qué es real y qué no lo es en el mundo en que vivimos. Pero no olvidemos que para los seres humanos no hay evolución natural sin evolución cultural. Ambas interactúan tejiéndonos y destejiéndonos. Y la evolución cultural es imposible sin las técnicas, las tecnologías y las tecnociencias. Aún más, son precisamente estas las que aceleran los ritmos de la naturaleza y nos permiten ampliarla y prolongarla. Hace tan solo unos siglos, ¿quién podía imaginar que en algunos países habría personas con una esperanza de vida superior a 80 años?

A pesar de que con los nuevos descubrimientos de las ciencias naturales las fronteras entre lo humano y lo animal también se difuminan, en la línea argumentada por Tomás Marco y otros integrantes del curso, el filósofo André Comte-Sponville ha escrito: “Una obra de arte no es solamente el hermoso resultado de una actividad, ni todo resultado hermoso es una obra de arte. Es necesaria otra cosa, que la naturaleza no es capaz de producir sin el hombre, y que sin duda ningún animal puede percibir. ¿A qué me refiero? A la humanidad misma, en tanto que se interroga por el mundo y por sí misma, en tanto que busca una verdad o un sentido”.

He aquí por qué apreciamos tanto el arte, porque engendra humanidad. Y acaso vale lo mismo decir respecto a la techné, pues no hay arte sin técnica ni técnica sin arte, entendido ahora como una manera de hacer. La techné genera la condición de posibilidad de algo. Entonces, ¿qué diferencia hay entre el artesano y el artista? Se diría que mientras el artesano sabe cuál es la meta de su labor, el artista no lo sabe… Camina a tientas, sin mapa. Por eso puede experimentar, innovar y descubrir como tal vez no pueda hacerlo un artesano, aunque este pueda ejecutarlo con mayor dominio técnico y perfección. Además de incitarnos a bailar o conmovernos hasta la lágrima, la música nos lleva a soñar y nos traslada a lugares inimaginables, convirtiéndose en un hogar de nuestros sentimientos.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

Comentarios

  1. Delaysland
    Delaysland 10 noviembre, 2018, 18:30

    ¿Y la techné de un músico se aprende o se nace con ella? Muchos artistas saben a dónde van, o a dónde quieren ir, ¿el artista que no sabe a dónde va es porque no tiene techné?

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    • Sebastián Gámez Millán
      Sebastián Gámez Millán Autor 12 noviembre, 2018, 18:35

      La primera pregunta que formula parte de una disyunción que preferiría convertir en una conjunción: ¿por qué no afirmar que se nace y se aprende? Es cierto que hay personas que por mucho que insistan no tienen talento o habilidad para ciertas cuestiones. Pero algunos estudios han comprobado que para destacar en algunas materias se requiere mucha práctica. Recuerde que Beethoven decía que “el genio se compone de un 2% de talento y un 98% de trabajo”. No es necesario atender el dato estadístico, sí la importancia del trabajo. Picasso, reformulando una respuesta de Baudelaire, decía a propósito de la inspiración: “siempre me sorprende trabajando”.
      Respecto a la segunda pregunta, me refiero concretamente al proceso de creación de los artistas. El artesano, a diferencia del artista, sabe adónde se encamina, pero si se trata de un artista de veras no sabe adónde va, por eso experimenta de otro modo y puede descubrir e innovar más que el artesano (si bien en todo artista convive un artesano). Le agradezco su atención e interés.

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