¿La ambigüedad de los lenguajes naturales es una desventaja adaptativa?

¿La ambigüedad de los lenguajes naturales es una desventaja adaptativa?

Estoy pidiendo idiotas” decía el cartel que llevaba colgado al cuello un varón fornido, maduro y de cabello ensortijado, que increpaba a los viandantes que pasaban cerca de una esquina de la madrileña Plaza del Callao, hace unos años. Los improperios de este ciudadano malhumorado se escuchaban en la Gran Vía, a pesar del rugido del tráfico rodado, y no invitaban, precisamente, a acercarse a aquella improvisada tribuna. Les confieso que tuve la tentación de aproximarme al lugar y situarme ante el colérico indigente para declarar abiertamente: “Me presento: he aquí un idiota. ¿Para qué me necesita?”. Pero no era cuestión de usar el análisis lógico. Más de uno habría interpretado mi gesto como una falta de consideración imperdonable hacia la desgracia ajena, y el improvisado orador podría haberme convertido en objeto de su ira, no sin razón. Una simple coma colocada tras el gerundio podría haber resuelto la ambigüedad y con ello, el cartel habría logrado su objetivo: insultar a todo aquel que lo leyera, aunque fuera de buena fe.

Las falacias o sofismas son aquellos razonamientos no válidos pero que gozan de apariencia de validez. Se suele reservar la primera denominación para los errores que se cometen en la argumentación de manera no intencionada; la segunda, los sofismas, incorpora la intención de persuadir al oyente, llegando incluso al engaño deliberado. El ejemplo con el que he abierto este artículo es una “falacia” y cae en la categoría de las “no formales”, es decir, aquellas que no se deben a un error en la estructura o forma lógica del argumento. Un ejemplo de estas últimas es la llamada “falacia de la afirmación del consecuente”, como la que provoca el argumento que concluye que está lloviendo en Madrid a partir de las premisas: “si llueve, entonces la Plaza del Callao se moja” y “la Plaza del Callao se ha mojado”. Saben ustedes muy bien que la calle se puede mojar por otras causas (algunas, poco higiénicas). Pero volvamos a nuestro ejemplo inicial. Se trata de una falacia “lingüística” cuya protagonista es la ambigüedad y, de forma más concreta, nos encontramos ante un equívoco derivado de la falta de precisión en las expresiones empleadas. Pertenecen también a la categoría de las falacias lingüísticas la homonimia, o significado múltiple de un término (como sucede con el vocablo castellano “banco”, que puede designar entidades tan dispares como un grupo de peces, un lugar para sentarse o una entidad financiera) y la anfibología, falacia resultante del doble sentido de un enunciado (por ejemplo, el que encierra la afirmación de Groucho Marx: “Una vez le disparé a un elefante en pijama”, que no nos aclara si el que estaba en pijama era el cazador o el elefante).

¿La ambigüedad siempre nos induce a caer en el error? ¿Traiciona nuestra tan amada racionalidad? ¿Implica  una especie de desventaja adaptativa? La ciencia oficial heredera de la vigorosa tradición positivista, tan denostada por Nietzsche, ha exhibido siempre la precisión y el significado único de los términos que aparecen en sus teorías físicas, químicas, biológicas, matemáticas etc. como su principal virtud. Y puesto que la ciencia positivista defendía que las teorías científicas eran conjuntos de afirmaciones rigurosas, de enunciados hábilmente engarzados, aspiraba a la formulación de aquellas a través de un “lenguaje lógicamente perfecto”, como el construido por lógicos y matemáticos. El hecho de que los términos científicos como masa, aceleración, molécula, sustracción, planeta, triángulo tengan un único significado, accesible para todo aquel que asimile el contenido de las teorías en un momento determinado es parte de su tarjeta de visita, un ingrediente fundamental para conseguir que un discurso “tome el camino seguro de la ciencia” y se vea tocado por la bonanza de los aires del progreso al que aludía Kant en el Prólogo de su Crítica de la Razón Pura.[i]

Pero a no pocos filósofos les ha dado por pensar que no sólo de precisión vive el hombre. Nos movemos, incluso en el limbo de las teorías filosóficas y científicas, entre el ansia de rigor conceptual, a la que he apelado al principio de mi artículo, y los placeres de la riqueza informativa. Para sobrevivir necesitamos adaptarnos al medio, como nos recuerdan los biólogos desde Lamarck, y el hecho de disponer “información” nos hace menos vulnerables, promueve la continuidad de nuestra singular especie. Y si damos la razón a Claude E. Shannon y Warren Weaver, los impulsores de la Teoría Matemática de la Información, a finales de la década de los cuarenta del siglo pasado, “la información aportada por una unidad lingüística es la inversa de la probabilidad de aparición de esta unidad en el discurso”. Como sostiene el malogrado filósofo español Alfredo Deaño, “diremos que nos informa menos quien nos hace saber, por ejemplo, que la hulla es negra que quien, como Pablo Neruda, nos comunica que la hulla es «el total reverso de la nieve»”[ii]. La ambigüedad no es cosa tan pecaminosa, nos brinda una variedad casi infinita de matices y hace posible la aparición y el desarrollo de productos culturales tan estimables como las manifestaciones artísticas. Entonces, ¿favorece o dificulta nuestra adaptación?

Desbrozando la maleza filosófica que rodea nuestro universo lingüístico nos encontramos con un nuevo signo que puede suscitarnos perplejidad. La superioridad informativa de la metáfora y de los múltiples lenguajes artísticos está reñida con el papel reducido que los humanos, a decir de los entendidos, concedemos a la función estrictamente informativa o representativa del lenguaje verbal en nuestra vida cotidiana. Ya en 1968, el psicólogo especialista en comunicación, Albert Mehrabian[iii] concluyó que sólo el 45% del impacto que produce un mensaje depende de aspectos verbales (7%) o paraverbales, como el tono de voz (38%). El 55% del impacto lo provocan aspectos no verbales, como la expresión de la cara y el movimiento del cuerpo. Además, las funciones emotiva y expresiva del lenguaje protagonizan los mensajes no verbales, puesto que estos transmiten estados de ánimo y sentimientos de una forma más eficaz que las palabras. La complicación crece si rascamos en la piel del proceso comunicativo en busca del origen de dichos mensajes y descubrimos que obedecen, fundamentalmente, a motivaciones inconscientes. ¿Acaso hemos invadido y saturado nuestro “universo de discurso” vital con la arrogancia antropocéntrica propias de la voluntad y las palabras?

Imagen| “Ambigüedad”, dibujo de Rafael Guardiola Iranzo

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[i] En cualquier caso, desde los años 60 del siglo pasado, la filosofía de la ciencia ha cuestionado repetidas veces la “invariancia de los significados”. El significado de los términos observacionales que aparecen en una teoría científica “dependen de la teoría” de la que forman parte. Las palabras no significan algo de modo aislado e inequívoco en todo tiempo y lugar (cuando, en el siglo XII, los científicos se asomaban el sol, veían un astro que giraba alrededor de la tierra describiendo una órbita circular, por ejemplo).

[ii] Deaño, Alfredo, Introducción a la lógica formal, Madrid, Alianza Editorial, p. 29. Es éste un manual de lógica admirable, no sólo por su claridad expositiva, sino también por incorporar en sus ejemplos y explicaciones el sentido del humor, sentido ausente en demasía en los textos lógicos y matemáticos.

[iii] Mehrabian, Albert , Nonverbal Communication, Chicago,  Aldine-Atherton, 1972.

 

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

Comentarios

  1. Josemaldo
    Josemaldo 19 abril, 2016, 16:59

    Pienso que si se ha invadido y saturado el “universo del discurso”. Que se pierde el sentido de la comunicación conforme avanza lo “políticamente correcto”, lo excesivamente diplomático. Comparar cómo se hablaba en la televisión en los ochenta con como se hace ahora es un buen ejemplo.
    La ambigüedad en el lenguaje puede haber prestado favores a muchos artistas, pero no creo que los artistas de verdad necesiten de la ambigüedad para crear sus obras. La ambigüedad puede ser bonita y agradable, cómoda, pero también puede ser utilizada con otros fines no tan benignos, creo.

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