¿El sueño de la razón produce monstruos?

¿El sueño de la razón produce monstruos?

Con la madurez he descubierto que soy fetichista. A los dieciocho años, más o menos, hice otro hallazgo vital que, afortunadamente, se desvaneció con el tiempo, ese señor que “todo lo cura”, como dice la sabiduría popular: ya no era capaz de reír con las aventuras y desventuras de Mortadelo y Filemón del inefable Ibáñez. La vida no era de color de rosa, sino que esbozaba, como el supervillano Joker, el rigor mortis de los silenciosos habitantes involuntarios del pudridero del sobrio Monasterio de San Lorenzo del Escorial en tiempos de Felipe IV. Embutido mentalmente en los ropajes negros y pardos de la Corte de los Habsburgo, con el rostro de cera, había roto definitivamente el cordón umbilical con las entrañables historietas de los tebeos, con la agitada vida de “El Jabato” y la pulcra e inteligente poesía visual de Asterix, pensando que estas páginas coloreadas eran cosa de niños, un impedimento, en definitiva, para quien sueña ser filósofo.

He descubierto en pleno otoño existencial las huellas de un placer táctil recurrente, adictivo, al pasar la yema del dedo índice por la burbuja satinada central, de pigmentos seductores y brillantes, de la excelente novela gráfica Logicómix. Una búsqueda épica de la verdad1. El libro, el objeto, despierta mis sentidos y me ha perseguido durante una semana, llamándome constantemente a la puerta, llenando mis vísceras de traviesas culebras cognitivas, al tiempo que me ha permitido recuperar los paraísos perdidos de la infancia. Y todo ello gracias al abigarrado lenguaje de los cómics, heredero de los legendarios jeroglíficos egipcios. No puedo evitar que las piruetas de la memoria me transporten de inmediato a las estampas de los Caprichos2 del intelectual ilustrado Francisco de Goya y, en concreto, a su archiconocido número 43: “El sueño de la razón produce monstruos”. Los grabados de Goya tienen mucho de jeroglífico y, si me apuran, de su versión contemporánea: la novela gráfica. Casi de puntillas, y con permiso de los especialistas, sugiero aquí que el Capricho número 43 de Goya y el Logicómix son manifestaciones culturales capaces de suscitar los tres placeres más gozosos a los que se refiere en 1712, el célebre escritor y político británico Joseph Addison3. Se trata de lograr la feliz conjunción de los placeres propios de la vista, el entendimiento y la imaginación.

La imagen no tiene nada de anecdótico en el buen hacer como ilustrador de Alecos Papadatos ni en el tratamiento del color por parte de Annie di Donna. Si Addison tiene razón, “la vista es una especie de tacto más delicado y difuso”, capaz de permitirnos el acceso a “las partes más remotas del universo”. Me gusta la visión cinematográfica que perfila y vivifica las escenas del cómic, dotadas de una teatralidad4 sincera, a lo Friedrich5. La imagen no sólo acompaña al texto con eficacia, sino que se revela ella misma como texto, un texto que contiene un movimiento dramático pleno. Así, por ejemplo, el color dibuja a sus anchas una atmósfera solemne a tono con la representación de la Orestíada, la analogía más cercana a “la búsqueda épica de la verdad” del filósofo, matemático, lógico y reformador social Bertrand Russell (1872-1970) protagonista por derecho propio de la historia que nos ofrecen Apostolos Doxiadis y Christos H. Papadimitriou. El hilo conductor de la misma es una conferencia impartida por Russell en Estados Unidos, allá por 1939 y en el contexto de la controvertida intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial, sobre el papel y el valor de la lógica en los asuntos humanos. El sueño de Russell y sus Principia mathematica es el viejo sueño del calculus ratiocionador de Leibniz (1646-1716), del lenguaje lógicamente perfecto, preciso y riguroso. Para ellos “no hay atajos hacia la verdad”, siendo esta última el auténtico leitmotiv de la actividad intelectual, de su viaje desde la duda hasta la certeza: una innegable fuente para los placeres del entendimiento.

Se trata de una búsqueda fundacional –la de los fundamentos de las matemáticas- en la que sus artífices aparecen como “cartógrafos”, dado que pugnan por “volver la confusa realidad tan clara como un mapa”, haciendo simple lo complejo (la vieja “navaja de Ockham”). En cualquier caso, convendría valorar si este ejército de gigantes no acabó confundiendo su realidad con sus mapas. Gigantes como Boole, Frege, Bolzano, Cantor, Hilbert, Peano, Moore, Russell, Whitehead, Wittgenstein, Schlick, Carnap o Gödel, por citar a unos pocos. En particular, Logicomix examina esta etapa apasionante de la historia de las matemáticas a través de la propuesta logicista de Frege y Russell, según la cual, las verdades de la aritmética son reducibles a la lógica simbólica, siendo la lógica un instrumento para modelar la realidad, no una mera herramienta de cálculo. La matemática se convierte en una rama de la lógica, en una simple extensión de esta última, en la que se fundamenta. Russell creyó haber logrado con éxito y fervor platónico la construcción de entidades matemáticas problemáticas (los números), a partir de entidades lógicas menos problemáticas (las clases de la teoría de conjuntos). Los intuicionistas como Brouwer o Heyting, afirmaban que los números eran, por el contrario, construcciones mentales. Para formalistas como Hilbert (1862-1943), las matemáticas deben ser formalizadas sobre una base axiomática, incluida la demostración de que dicha axiomatización es consistente, es decir, que no entraña ninguna contradicción. En 1931, Kurt Gödel (1906-1978) echó por tierra el ambicioso programa de Hilbert y, por extensión, también el de los logicistas como Russell, al demostrar que la aritmética y cualquier sistema basado en ella es, por necesidad, incompleta (hay una fórmula bien formada aritmética que es verdadera, pero que no es ni demostrable ni refutable). Como por arte de magia, el fracaso de los programas de Russell y Hilbert, que Von Neumann bautizó como el fin de un sueño, dio paso a la teoría de la computación de Alan Turing (1912-1954). Sigamos con los sueños.

El título del grabado de Goya “El sueño de la razón produce monstruos” es ambiguo. La expresión “el sueño de la razón” admite, al menos, dos interpretaciones –ambas en consonancia con la imagen del durmiente y un ejército de animales inquietantes revoloteando a su alrededor. O bien que la razón, al soñar, abandona el camino de la lógica y la racionalidad conceptual, para caer en brazos de las pasiones, las pulsiones y la imaginación, creadoras de monstruos. O bien que los excesos de la lógica, entendida como un ideal inquebrantable, son capaces de alumbrar un mundo monstruoso, donde lo humano y, en particular, las pasiones, las pulsiones y los productos de la imaginación quedan aplastados por la diosa razón. Compleja dualidad ésta. Es como si tuviésemos que elegir entre la razón, frente a los excesos de la imaginación y las pasiones, o la imaginación y las pasiones, frente a los excesos de la razón. ¿Cuál sería su elección? ¿Qué es lo realmente importante para nosotros? ¿Ilustración o Romanticismo? ¿Kant o Nietzsche? La enorme talla intelectual y artística de Goya nos pone en la pista, seguramente porque él vivió esta dualidad en su propia piel, y nos legó su solución pictórica como respuesta dialéctica, sin renunciar a ninguna de las dimensiones confrontadas. Algo parecido encontramos en Freud, cuando nos recuerda que debemos reprimir las pulsiones –especialmente las relativas al sexo y la agresividad- para poder vivir en sociedad, si bien no es saludable reprimirlas por sistema so pena de enfermar. Y el Wittgenstein del Tractatus Logico-Philosophicus nos abre los ojos para que desistamos del noble proyecto de captar el sentido de la existencia y del mundo a través del entramado de la lógica, al tiempo que encontramos en la lógica la estructura del conocimiento científico. ¿La lógica deriva de la locura –el miedo atávico de Bertrand Russell? ¿O es la locura la que deriva de la lógica?

Imagen| “Amantes”, dibujo de Rafael Guardiola Iranzo

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1  Doxiadis, Apostolos; Papadimitriou, Christos H.; Papadatos, Alecos y Di Donna, Annie, Logicomix. Una búsqueda épica de la verdad, Introducción de Fernando Savater, Barcelona, Salamandra, 2014.

2   La serie de los Caprichos consta de 80 grabados realizados entre 1793 y 1796, empleando para ello aguafuerte y aguatinta.

3   Addison, J., Los placeres de la imaginación y otros ensayos de The Spectator, Madrid, Visor, 1991, p. 129.

4  En el sentido que atribuye a este término el historiador y crítico de arte Michael Fried. La exposición básica de estas ideas se encuentra en Absorption and theatricality (Fried, Michael, Absorption and theatricality: Painting and beholder in the age of Diderot, 2ª ed., Chicago, University of Chicago Press, 1988 (Trad. Castellana:El lugar del Espectador: Estética y Orígenes de la Pintura Moderna, Madrid, Antonio Machado, 2000).

5    Caspar David Friedrich (1774-1840) es uno de los pintores más destacados del romanticismo alemán, y su obra, una de las que mejor encarnan la categoría estética de “lo sublime”.

 

Categories: Filosóficamente, Pensar

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Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985,
en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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