¿Argumentando se entiende la gente?

¿Argumentando se entiende la gente?

Con un gesto contenido, adusto y serio, el catedrático de Lógica nos relató a los aprendices de filósofos, haciendo gala de un acento propio del este europeo –a pesar de ser natural de Granada- y enfundado en unas misteriosas gafas de sol, cómo Filitas de Cos, un pensador, filólogo y poeta  de los siglos IV y III a. de C., murió de hambre y con las meninges exprimidas, intentando resolver el problema de las paradojas lógicas. Por si fuera poco, los historiadores no se ponen de acuerdo en el nombre del difunto, y hay quien se refiere a él como “Filetas”, nombre de reminiscencias carniceras.

Paradoja significa, en griego, algo que es “contrario a la opinión”, algo que nos lleva a una contradicción, a afirmar simultáneamente una proposición y su contraria, como “me gusta la sopa de ajo y, al mismo tiempo, la detesto”. Desde Aristóteles, por lo menos, la lógica clásica se precia de defender numantinamente el llamado “principio de no-contradicción”, que prohíbe semejantes desaguisados conceptuales. Dejaremos no obstante este principio, esta afirmación previa y fundante, así como la amenaza de las paradojas para un artículo futuro. Lo mismo sucede con otro sólido principio, cuya memoria podemos rastrear en el mismísimo Poema sobre la Naturaleza de Parménides de Elea: el “principio de identidad”. No parece que vaya a tener que emplearme a fondo para convencerles de que una cosa que es idéntica, es igual a sí misma, como en la expresión 2=2 o p↔p, aunque el problema de la identidad –no sólo en sus variantes matemática y lógica- es uno de los más enigmáticos dentro de la historia del pensamiento occidental. La cosa se complica al llegar al “principio de Tercio Excluso” (o Tercio excluido, tertium non datur en latín). Éste afirma que una misma proposición o es verdadera o es falsa (A o no A) y no las dos cosas al mismo tiempo. Sólo hay dos valores posibles: verdadero o falso, por lo que se dice, en lógica clásica, que una proposición tiene dos valores de verdad: verdadero o valor de verdad positivo (1), y falso o valor de verdad negativo (0).

En el planeta de las matemáticas y de la lógica estándar impera, desde la obra de Aristóteles, el “principio de bivalencia”. Pero, ¿es esto cierto en la vida cotidiana? Puedo decir que yo soy alto, si comparo mi estatura con la de mi padre –se tienen que fiar de mí en este punto, claro está-, pero soy un ser diminuto en comparación con Pau Gasol. Entonces, a la pregunta: ¿soy alto? no puedo responder con un sí o un no rotundos. Los diálogos socráticos originarios, por ejemplo, o los que he visto ejecutar en directo al filósofo práctico francés Óscar Brenifier en varias ocasiones, con la habilidad de un prestidigitador y la contundencia de Obélix –con quien se comparó este último cuando dialogamos con él, comiendo pescado frito en un chiringuito de la playa malagueña-, no discuten la validez del principio de bivalencia como piedra de toque de la racionalidad. Pienso, como una multitud de filósofos, que las distinciones humanas relevantes no son maniqueas sino “graduales”, encierran una complejidad y una incertidumbre mayores a las que proponen las ciencias formales (aunque se trate de las lógicas polivalentes o probabilísticas).

Por motivos tan serios, el lógico iraní Lofti Zadeh abrió una brecha en favor de la lógica de “lo impreciso”, la “lógica borrosa”, más cercana al uso de los lenguajes naturales como el castellano o el inglés que a los cálculos matemáticos, y proliferaron diferentes versiones de lo que se ha venido en llamar “lógicas informales o no formales”. Las aplicaciones de éstas han sido bienvenidas en la sociedad industrial avanzada, ya que se encuentran en la base del funcionamiento de artefactos “inteligentes” como ollas, máquinas fotográficas o lavadoras.

La lógica de la argumentación es una lógica aplicada y su área de influencia es el lenguaje ordinario, el discurso que aparece en la vida cotidiana. Sacrificamos aquí el viejo ideal del primer Wittgenstein y del Positivismo Lógico del Círculo de Viena de lograr un lenguaje lógicamente perfecto, por el uso de la lógica para crear argumentos, es decir, conjuntos de premisas y de conclusiones unidos entre sí, con el objeto de probar o contradecir una tesis, una afirmación establecida, logrando con ello convencer al interlocutor al que apelamos, de la verdad o falsedad de dicha tesis. Así, por ejemplo, para el antropólogo norteamericano Marvin Harris[i] “las mujeres tienen el pecho permanentemente hinchado” (no sólo durante la lactancia, como sucede en las hembras de especies de primates subhumanas) y adquirieron la facultad de excitar a los machos humanos, debido a su relación entre el busto rebosante y el éxito reproductor. Para probar dicha tesis, Harris ofrece pruebas de cómo los grandes pechos habrían servido, en el proceso evolutivo, como señal de que una mujer gozaba de buena salud –al poseer amplias reservas de grasa- para afrontar las necesidades extraordinarias del embarazo y la lactancia. En consecuencia, “la selección natural habría favorecido a las hembras de pechos permanentemente desarrollados y pendulares, al mismo tiempo que a los machos que encontraran tales características sexualmente atractivas”.

Desde un punto estrictamente lógico y formal, lo que nos interesa saber es si hay una conexión necesaria entre los enunciados de los que se parte en la argumentación (las premisas) y la conclusión que se obtiene, es decir, la validez deductiva (por ejemplo, de las premisas: “Todos los cuerpos sólidos se dilatan con el calor, y “esta vía férrea es un cuerpo sólido”, se deduce necesariamente que “esta vía férrea se dilatará con el calor”). Desde una perspectiva material tendríamos que valorar la verdad de las premisas y de la conclusión de los argumentos, recurriendo a la observación y la experimentación (por ejemplo, ¿son verdaderas, de acuerdo con la experiencia, las afirmaciones anteriores?). Pero la lógica de la argumentación se decanta por el enfoque retórico y la validez extra-sistemática. La pregunta es: ¿resulta persuasivo este argumento, tiene suficiente atractivo, merece nuestra atención como consecuencia de su interés? (¿resulta útil y persuasivo para los que construyen vías férreas saber que las vías, como objetos sólidos, se dilatarán en el verano –por lo que habrá que dejar espacio suficiente entre las vías-?¿resulta persuasivo en una sociedad racista argumentar “no votes a x porque es negro”?)

En su introducción a su breve libro sobre lógica de la argumentación que lleva por título Las claves de la argumentación[ii] el filósofo norteamericano Anthony Weston pretende combatir la confusión habitual del término argumento con la mera exposición de prejuicios e incluso con virulentas disputas y, en el mejor de los casos, con la aséptica afirmación de opiniones particulares. Muy al contrario, los argumentos se revelan como un medio útil para tres funciones destacadas: la indagación (para buscar las opiniones más fuertes y sólidas con el fin de llegar a una conclusión propia); la explicación y la defensa de dichas conclusiones ofreciendo razones y pruebas; y la defensa argumentada de las conclusiones para convencer a los demás. Una buena práctica argumentativa explota dichas funciones y no se limita a transcribir opiniones propias o ajenas.

Les invito, para finalizar, a que reflexionen, a la vista de su proceder habitual en la vida, hasta qué punto respetan tanto ustedes como los demás, los principios de la lógica clásica (identidad, no contradicción y tercio excluso) y si se han parado a pensar, antes de leer este artículo, sobre la débil certeza que tenemos de nuestra identidad personal (¿cómo sabemos que seguimos existiendo cuando dormimos, si nadie nos observa?), la facilidad con la que nos llevamos la contraria a nosotros mismos en un mismo día, y la pertinencia de las diferencias graduales a la hora de modelar nuestras actitudes y disposiciones para la acción (las cosas no son blancas ni negras, por regla general). Es bastante común pensar que nuestros problemas existenciales desaparecerían si cambiara nuestra vida debido a agentes externos, cuando la clave está, tal vez, en cambiar nuestra actitud ante la misma, por ejemplo, argumentando y buscando el consenso en la esfera pública, y siendo más tolerantes con nuestra natural incoherencia. ¿Argumentando se entiende la gente?

 

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[i] Harris, Marvin, Nuestra especie, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[ii] Weston, Anthony Weston, Las claves de la argumentación, Barcelona, Ariel, 2005, pp.11-17.

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

Comentarios

  1. Antonio Sánchez Millán
    Antonio Sánchez Millán 21 marzo, 2016, 11:23

    Es cierto que principios tan sencillos y tan básicos como el de identidad, de no contradicción y del tercero excluido —que son en realidad uno sólo, el de identidad— pueden ayudar a aclararnos, pues, a pesar de su sencillez, esto no obsta para que nos los saltemos frecuentemente, consciente, o con más frecuencia, inconscientemente; nos liemos sobremanera y nos sintamos extremadamente confusos con las más habituales fruslerías diarias.
    ¿Argumentando se entiende la gente? Sí, como dices, no esperando que la razón venga de fuera, ni de una lógica formal, aséptica e inapelable, sino participando con otros en la verdad. Argumentar, también, más allá de la lógica formal, implica aprender a escuchar. Esto quiere decir olvidarse de un mismo por un momento, dándose cuenta de que lo que me pasa a mí les pasa a los otros, incluidas mis incoherencias, que no son sino búsquedas de uno mismo, intentos de realizar lo que yo soy. Por cierto, entonces, tratando de satisfacer el principio de identidad: yo soy yo. ¿Y quién soy yo? Para eso argumento, comparto, vivo y convivo. Para tener la oportunidad de desplegar lo que yo soy, pero dándome cuenta de ello.
    Gracias, Rafa, por la ocasión de reflexionar sobre ello.

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    • Rafael_Guardiola
      Rafael_Guardiola 23 marzo, 2016, 00:30

      Estimado Antonio. Tu comentario es un claro ejemplo de que argumentando se entiende la gente. También es una invitación a investigar sobre las motivaciones de nuestras acciones, incluso las que creemos más mecánicas y cotidianas. Lo inconsciente juega aquí un papel central y la lógica parece irse de vacaciones en este contexto. Esto sucede, por ejemplo, en el mundo de los sueños. En fin, me temo que el tiempo nos reserva más momentos incoherentes de lo que pensamos. Esto hace más heróica la búsqueda de la verdad. Entonces ¿quién soy yo? Muchas gracias por tu comentario.

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