Doble defecto

Doble defecto

Imagen|Rebeca Madrid González-Mohino

La añeja doctrina, siempre revivida, del Doble Efecto, cuadra con las intuiciones más inmediatas del lenguaje cotidiano. Es lo que sucede cuando se dice que no había más remedio que hacer algo, por malo que fuere, porque el bien que se conseguía era superior. No se dice, quede claro, que el mal es un medio para obtener un bien sino un escollo que hay que afrontar, que salpica, porque no hay más remedio, el bien final deseado. La fina lógica de la teología medieval, conocida como escolástica, se las ingenió, esta vez por la mano de Tomás de Aquino, para ofrecer una formulación que tranquilice a quien, se supone que sin quererlo, obtiene, de esta manera, un bien. Digamos antes de pasar a lo que definió Tomás de Aquino como aceptable Doble Efecto y que llega hasta nuestros días, que las disputas escolásticas son de sumo interés. No solo para los de su tiempo, sino para nosotros. Y no solo para fervorosos creyentes sino también para recalcitrantes ateos. Y es que se intenta dar salida a un enrevesado problema moral.

Quien se introduzca en las discusiones escolásticas en cuestión se sorprenderá por varias razones. Un ejemplo lo encontramos en la intrincadísima polémica entre los jesuitas, en este caso liderados por Molina y los dominicos, a la cabeza de los cuales estaba Báñez. Se trataba de conciliar los atributos de omnipotencia y omnisciencia divina con la voluntad humana. Sorprende la confianza y hasta descaro con el que tratan a su Dios. Es como si lo vieran en un espejo. Es visto, sin embargo y desde el ángulo del escéptico, como si alguien se empeñara en hacer unos muy recortados retratos de la nada. Y un talento y energías desbordantes que si se hubieran empleado para mejorar la vida de los terrestres es como para pensar que estaríamos rozando el paraíso.

El Principio, por llamarlo de alguna manera, del Doble Efecto sigue habitando entre nosotros. Me manera especial entre los dedicados a la Bioética. Lo aplauden bioéticos de la primera hora, de la última, conversos, numerarios y supernumerarios, advenedizos y toda una legión de sedicentes bioéticos. Y lo aceptan de manera especial los profesionales de la medicina. En este caso no dan recetas, sino que las reciben y dicen aplicarlas con poca autocrítica, eso sí, y como quien recita un catecismo. Como enseguida veremos, se ha pasado de una lógica eclesiástica a una lógica clerical. En una sencilla exposición y que recoge lo que expone Tomás de Aquino, habría que decir lo siguiente. Una concreta persona tiene la intención de hacer un concreto bien. Demos por bueno que conocemos las intenciones de las personas como conocemos tantas otras cosas, lo cual es, desde luego, suponer demasiado. Y demos también por bueno que no hay rastro de subjetividad en el fin, por definición, que la persona elige, lo cual es también suponer demasiado. Todo ello producirá, desgraciadamente, efectos colaterales malos y no deseados. El bombardeo de unos malvados que se llevara por delante a unos inocentes, por usar el manido caso. Obsérvese que el defensor del Doble Efecto habla de efectos colaterales de un bien y no de medios para obtener dicho bien, distinción que hay que tomarla con toda la benevolencia del mundo, puesto que entre dicha diferencia media un alfiler. Y finalmente, la persona en cuestión dice que puede prever el mal indirecto sólo que no lo quiere por sí mismo. Esta distinción posee todos los rasgos teológicos a los que antes nos referimos al hablar del Dios cristiano. Y es que si se conoce lo que se va a hacer es casi imposible no quererlo. Pero seamos una vez más condescendientes. Y es que, incluso si lo expuesto fuera correcto, se le acumulan tantas objeciones que lo anulan. Es lo que vamos a ver a continuación.

En primer lugar, la línea argumentativa es la siguiente. “Juan quiere X” y “X implica Y”, luego la conclusión correcta es que “Juan quiere Y”; en nuestro caso, un mal. La deducción es aplastante y no permite refutación. Es la elemental ley de la transitividad que atraviesa todo nuestro lenguaje. Desde un punto de vista estrictamente lógico, por tanto, Juan está queriendo el mal por muchos golpes de pecho que se dé o excusas que amontone.

En segundo lugar, se pone en marcha una raquítica imagen o gráfico que no se corresponde a nuestras acciones. Es como si desde nuestro interior se disparara una flecha, la intención, y diera en la diana, el bien apetecido. Como escribía Wittgenstein, una imagen nos aprisiona. Esto sucede con frecuencia en la vida y hay que sacudirse tales imágenes para poder pensar con propiedad. Al final, se habría reducido a los huesos todo un cuerpo entero.

En tercer lugar, la línea imaginaria que recorrería la intencionalidad para bifurcarse después guarda similitud con el dogma Cristiano de la Trinidad. En dicho dogma uno se divide en tres. No deja de ser uno, eso afirma el dogma, pero da lugar a tres distintos, también lo afirma el dogma. Ni los números irracionales, ni los transfinitos ni todos los que podamos conjeturar darían para tanto. De ahí que el creyente cristiano recurra a la fe. “Me lo han revelado así” dice, “y me basta”. Y todos los esfuerzos por traducirlos de alguna manera, desde Agustín de Hipona a nuestros días, fracasan. La línea del Padre, en suma, da por resultado el Hijo y el Espíritu. Lo que consiguió colocar como dogma el Concilio de Nicea, entre otros, lo logra ahora esa imagen que nos tiene cautivos y a la que se refería Wittgenstein. Casi un milagro.

En cuarto lugar, recurramos a la aguda filósofa Miss Anscombe, no hace mucho tiempo fallecida. Tanto ella como su marido Peter Geach, aguerridos católicos, fueron seguidores y discípulos de Wittgenstein. Tal es así que pasaron los últimos días de su vida en su casa convirtiéndose después en los albaceas, bastante puritanos y censores, del legado wittgensteiniano. Miss Anscombe no hacia ascos al Doble Efecto. Publicó un pequeño e interesante libro: Intention. En este libro escribe Miss Anscombe, entre otras cosas, que tener la intención de alcanzar un fin equivale a poner los medios necesarios para lograr el fin en cuestión. Si yo digo que tengo la intención de ir a Bilbao y no quiero ir ni en coche ni en tren ni andando, entonces es falso que tenga la intención de ir a Bilbao por muchos gritos que dé a favor del Athletic. Pero supongamos ahora que secuestro un coche para llegar rápidamente a Bilbao, porque de esta manera salvaré una o varias vidas. Esta acción podrá ser aceptable o no, pero lo que es obvio es que estoy utilizando un medio incorrecto para lograr un buen fin. El defensor del Doble Efecto por muchas argucias que le vengan a la mente tendrá que reconocer que lo que denomina como efecto colateral no querido se inscribe en los medios para llevar a cabo su objetivo. Contraargumentar diciendo que no usa, siguiendo el ejemplo clásico, a la población civil para bombardear a unos asesinos, aunque tal población civil sufra, es jugar con las palabras. Porque dicha población civil está en medio de lo que se quiere conseguir. Volver una y otra vez a que la voluntad no tiene como diana a la inocente población civil es un recurso que solo sirve para mostrar que el Doble Efecto está mal planteado.

Podríamos continuar con otras objeciones, algunas similares, pero nos parecen suficientes las expuestas como para mostrar que el Doble Efecto es un mito. Un mito que ha perdurado y perdurará, porque funciona como un mantra, porque se acomoda a un sentido común poco exigente y porque el entrenamiento lógico no es habitual. Hay otro aspecto que quiero señalar. Es curioso cuanto de teología secularizada se exhibe en este tipo de razonamientos. Para acabar, y redondear lo que hemos visto hasta el momento, vamos a ofrecer otra manera de enfocar la intencionalidad que, al mismo tiempo, choque con un mal que, dada la debilidad congénita humana, se cuela por las rendijas de los buenos y deseables fines. Para ello, primero recurriremos, una vez más, a nuestro querido Wittgenstein. Y finalmente utilizaremos el recurso del “prima facie” que puso en circulación Ross y que resuelve mucho mejor este tipo de problemas.

Escribe Wittgenstein que lo que sea la intención se pone de manifiesto en un juego de lenguaje o forma de vida y no escudriñando en una especie de máquina directora que habita en el fondo de nuestra alma. Lo que conocemos lo conocemos en común, con los demás, en el exterior de nuestro yo. Juego de lenguaje o forma de vida, y aunque algunos encuentren una diferencia siquiera mínima entre ambos conceptos, es en la jerga wittgensteiniana el contexto en el que nos movemos, las circunstancias que nos rodean. Así, la ciencia es un juego de lenguaje o forma de vida, como lo es el arte y la religión. Es como si nuestro lenguaje y sus significados fueran eslabones de una gran cadena. El chiste seria también otro juego de lenguaje. Buen ejemplo, sin duda. Que le cuente una persona bien dotada para el chiste uno de Jaimito a un nipón: a ver qué entiende este. Y es que todo está enlazado y solo se entiende por los hilos que al final hacen el ovillo. Supongamos, y el ejemplo es mío, que quiero enseñar a jugar al ajedrez a alguien y me limito a explicarle los movimientos de la dama, que es la pieza con más poder de movimiento. No entenderá nada si no le explico al mismo tiempo el rol de los peones, los alfiles, los caballos y las torres. Con la intención sucede lo mismo. No sale de mi pecho, sino que se encuentra, por el contrario, en un juego de lenguaje o forma de vida. Se encuentra en medio de la acción. Se acepta, sin cinismo ni recovecos el mal y ahí acaba el asunto.

Prima Facie“quiere decir, al pie de la letra, “a primera vista”. En nuestro caso, su sentido es que, si nos limitamos a la ética, existen unos principios éticos que debemos cumplir. Sucede, sin embargo, y se trata de un socorrido ejemplo, que aunque es un principio bien establecido que no hay que matar, es permitido hacerlo en legítima defensa o en defensa, supongamos, de un inocente. Y es que si no hay nada absoluto, no hay más remedio que introducir excepciones. No es cuestión de ética relativa, que sería una contradicción, sino de relativizar la ética, otorgarle el estatuto humano que le corresponde. En este caso la intención no anda por vericuetos especulativos sino que acepta, de mejor o peor grado, que ha de desobedecer al principio. No de tirarlo abajo sino de hacerle un hueco. Y nada más y nada menos.

Concluyo rápidamente. Solo quiero recordar que la teología sigue sobre nosotros como una sombra. Que hay una tiranía considerable de la tradición que hace que actuemos más mecánicamente que autónomamente. Y que si se le hacen las cosquillas a la novísima bioética no sé si le harían daño o se reiría.

Leer más en HomoNoSapiens| Filosofía de la Religión y laicismo La banalidad del malvado Ratones de biblioteca Las edades del hombre

Categorías: Pensar

Sobre el autor

Javier Sádaba

Muchas son las pistas que nos permiten ver en el filósofo Javier Sádaba (Portugalete, 1940) un alter ego de David Hume, auténtico fundador de la filosofía de la religión. Ambos simpatizan con el empirismo, el escepticismo moderado, el rechazo del dogmatismo y la necesidad de investigar las relaciones entre la religión, la ética y la política. Es un hábil e incisivo polemista y uno de nuestros pensadores más originales y mediáticos. Durante muchos años ha ejercido como Catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid, y ha sido también profesor en las universidades de Tübingen, Columbia, Oxford y Cambridge. Además de ser un contumaz aficionado a “pensar en directo», se decanta por una ética erótica, así como por una bioética y una filosofía de la religión de corte laico. Más de treinta libros publicados y numerosos artículos, presentaciones, prólogos y participaciones en volúmenes colectivos dan fe de todo ello.

¿Qué estás pensando?

Tu dirección de correo no será publicada con tu comentario.
Los campos requeridos están marcados*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.