La diáspora centrífuga

La diáspora centrífuga

Los medios de comunicación se hacen eco de una noticia que lleva presente varias décadas. El despoblamiento rural que sufre España desde mediados del siglo XX ha ido incrementándose a medida que el desarrollo de las ciudades veía su auge.

En pleno desarrollismo, el sector terciario abría sus puertas al extranjero y la población rural encontraba un lugar en la ciudad. Muchos pueblos despedían –pañuelo en mano- a generaciones jóvenes que buscarían un porvenir en las urbes. Los hombres, tras el servicio militar, trataban de buscar un oficio; las mujeres procedían de igual modo, aunque en su mayoría terminaban abocadas al servicio del hogar.

El desarrollo de las políticas educativas había fomentado la creación de escuelas y lugares de residencia (públicos y privados), así que ya desde bien pequeños los infantes de las casas de clase media acudían a finalizar sus estudios a la ciudad, con el fin de titular lo básico y necesario para establecerse y garantizarse una vida plena de las comodidades de un núcleo urbano. En ocasiones, el porvenir de esos jóvenes había motivado también el desplazamiento del total familiar. Cada invierno era más inhóspito en las poblaciones rurales de la España profunda. Los veranos, en cambio, se llenaban de alegría con la vuelta de los hijos y nietos. Pero la muerte llega para todos. Aquellas generaciones que nacieron en los pueblos iban tomando tierra y así se rompían los vínculos sentimentales que unían a los foráneos de las ciudades con su lugar de origen, con el de sus padres y ascendentes familiares.

El ajetreo de la metrópoli, la vida a la carrera, el estrés de las villas. Parece que de nuevo se mira con añoranza los juegos infantiles en medio de la calle sin coches, las noches de acampada nocturna para ver las estrellas, las infinitas historias de los abuelos, el mantenimiento de las tradiciones que ha unido a vecinos que nada tenían que decirse, lo particular de ese acento y esas palabras terruñeras que tanta gracia nos hacían y que incluso llevamos por bandera.

Desde hace una semana las pantallas y papeles satinados se llenan de artículos y programas que ponen de manifiesto la lenta agonía que está convirtiendo las zonas rurales en detritus. Se escucha aquí y allá la necesidad de fomentar el desarrollo, invertir en sector industrial y terciario, pero no se percibe actuación. Andrés, el pastor de La lluvia amarilla de Julio Llamazáres, ya advertía de la llegada de la soledad, la muerte, la cordura y la consecuente locura. Y ese es el destino de los pueblos de nuestra intrahistoria: la crónica de un olvido solitario, una muerte anunciada.

Hoy, los jóvenes no solo buscan empleo en la ciudad, sino que se embarcan en la aventura europea. Las coberturas rurales cada día sufren más recortes y, por si fuera poco, el replanteamiento de las Diputaciones Provinciales amenaza con una pérdida de garantías.

El turismo rural no es la panacea, tampoco la búsqueda de la explotación de los recursos, pero –a pesar de ser un proceso de larga duración- podría determinar al menos la no aceleración del abandono de las localidades. En ocasiones exportamos una imagen de riqueza capital, de grandes edificaciones y modernas tradiciones y olvidamos a aquel viejo Delibes que nos hablaba desde las calles de los pequeños pueblos, con la voz de sus personajes, con el chascarillo de la comarca. Ese que miraba los muros de las casas desvencijadas y la cal esportillada y que en su memoria recordaba los relatos de ilustres viajeros que ensalzaron estas glorias rurales en otros tiempos. Entonces, quizá el nuevo mensaje que deba viajar por ese canal de información global sea la idiosincrasia de la convivencia del pasado y la modernidad, una constante peninsular.

 

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Categories: Humanamente, Pensar

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Julia Martínez Cano

Viajera y lectora. Intrépida e inquieta. Hilvana los hilos entre imagen y palabra. Historiadora del arte en eterna formación: nunca dejamos de aprender.

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