Entendiendo la Inteligencia Artificial

Entendiendo la Inteligencia Artificial

Imagen| Jérémie Gerhardt

La Inteligencia Artificial (IA) es una rama de la lógica computacional. Si la usamos, como suele ser el caso, con los Big-Data podríamos, una vez elegida una variable rastrear en millones de datos a una velocidad extraordinaria cómo es la cara de Javier, cuáles son sus aficiones, sus posibilidades económicas y hasta sus virtudes y vicios. Dicho en viejos moldes filosóficos, una pone la calidad y la otra la cantidad. La herramienta que sirve para obtener los datos en cuestión se llama algoritmo, algo difícil de definir pero que podemos contemplar como un conjunto de reglas, un proceso que nos conduce al conocimiento que deseemos obtener. Lo que acabo de decir es ya casi de cultura general y se comenta con una profusión, que causa incluso cansancio, en artículos y libros cuyos autores no son expertos en absoluto en lo que acabamos de decir. Estando así las cosas parece que lo más sensato y honesto por mi parte sería callarme. Pienso, y por eso sigo escribiendo, que es posible afirmar o simplemente preguntar acerca de problemas que se derivan de esta nueva y acelerada materia. Al final, me referiré brevemente a la interpelación que hace a la Ética o Moral, que como sinónimas las tomaré, la IA. Pero antes es necesario responder de modo más concreto qué nos enseña la irrupción, a veces violenta, de una disciplina hasta hace poco solo conocida desde el mundo de la ficción.

Así, y al margen del hecho de que siempre nos es posible aprender más de lo que de momento está en manos de los expertos, cosa que sucede en cualquier actividad teórica, sea la física subcuántica, la metamátemática o el ajedrez, comencemos por la idea misma de I. Natural, como contrapuesta a IA. La inteligencia que usamos y con la que nos entendemos es una propiedad del cerebro que, como es bien sabido, constituye la parte esencial del organismo que nos caracteriza. Ese cerebro, otras veces mal llamado mente, es hoy objeto de estudio y, como luego diremos, parte fundamental de la IA. Y es, como todo, fruto de una larga y complicada evolución que, en lo que atañe a los seres vivos, va desde las bacterias al humano. La evolución, como demostró Darwin, ha sorteado todos los obstáculos que se le han puesto a su paso. En ese proceso, la selección natural ha sido uno de sus motores. Sucede que algunos toman la selección en cuestión como un diseño inteligente mientras que otros, con datos científicos superiores y supersticiones menores, piensan que es un dato, un hecho, algo que no tiene meta alguna y que, en la lucha por la supervivencia, hace que unos seres desaparezcan y otros continúen hacia adelante. Estos últimos, sin embargo, pueden caer, inconscientemente, en cierto tipo de teleologismo o concepción de una evolución guiada no se sabe bien por quién. Y es que suelen dar a entender que la adaptación que ha salido victoriosa es la única, la mejor. Y no tiene por qué ser así. Podrían haber resultado otras tan buenas o mejores como la que ha triunfado. Habría que recordar lo que decía el filósofo Hume a los defensores del orden del mundo; un orden que supondría un Ordenador. Les recordaba Hume que a lo que hoy le llamamos orden porque es lo único que tenemos y no podemos compararlo con nada más. Y, por tanto, es pura pretensión afirmar que gozamos de un maravilloso orden.

Hablamos de humanos, pero se trata de una expresión que es necesario matizar. En las taxonomías o clasificaciones que usamos colocamos, primero. al Homo y en dicho Homo estarían incluidos, entre otros, los Homínidos que nos precedieron, piénsese en el Australopitecus e incluso los Primates. Dentro de ese genero, proveniente de África y después de un periodo de tiempo que se remonta a mas de 100.000 años, aparece el Homo Sapiens. Hoy las taxonomías citadas están bajo lupa y expuestas a no pocos cambios. La paleontología, aunque siempre pobre en fósiles, nos ofrece otro panorama en el que salen a la luz parientes difíciles de catalogar. Y la genética es capaz de descifrar genes de hace más de 400.000 años. Entre esos nuevos parientes, y además del Neandertal, con abundantísima huella en España, hay que nombrar al Homo Floriscense, al Luzoniense y al Denisovano. No sabemos si Deny, hija, a lo que parece, de una Neandertal y un Denisobano, tendría que incluirse en la especie humana. Somos, en consecuencia, los que hemos quedado dentro del amplio y convulso árbol de la evolución. Cuando hablemos de la especie de humana, hagámoslo con prudencia y hasta provisionalidad. La que denominamos especie humana es, como lo recordaba J. Rawls, el pope de muchos filósofos políticos, un conjunto con límites imprecisos. Por eso, si nos comparamos con una hipotética IA, admitamos que lo hacemos desde un terreno inseguro y resbaladizo. En el que va a sobresalir el cerebro, su conectividad y el ser modelo de la IA, con sus redes neuronales. Pero aun así, no se puede hablar a boca llena de Humanidad.

Unido a lo anterior y por rematar los contrastes o precisiones que hemos de hacer con la posible y hasta probable IA, dos palabras sobre el Humanismo que, como el ave Fénix, renace una y otra vez de sus cenizas. En principio parecería que la palabra está de sobra o es una redundancia una vez que nos referimos a nosotros mismos como Humanos. El Humanismo, sin embargo, se ha emancipado como concepto y es utilizado con diferentes significados y valoraciones. El filosofo Dilthey distiguía entre Ciencias de la Naturaleza y Ciencias del Espíritu. De esta manera, el Humanismo se contrapondría e incluso superaría al estudio de las leyes naturales. Y en nuestros días, las Humanidades abarcarían todo lo que no corresponde a investigaciones empíricas e incluso se asocia con las Ciencias Sociales. Si hacemos un breve recorrido, la palabra Humanismo nace en el mundo greco-latino y haría referencia a una visión integral y no parcial del ser humano. Bien lejos están los padres del citado Humanismo, y no por ignorancia sino por el tiempo que les tocó vivir, de cómo ha cuarteado a los humanos el conjunto de conocimientos que hoy hemos alcanzado. Solo por citar algún ejemplo relacionado con el cerebro, actualmente hablamos, apoyados en hechos acumulados, de estimulación magnética profunda, introduciendo electrodos dentro de nuestro cerebro para saber de sus secretos o curar patologías. Por no hablar de la conexión cerebro a cerebro, o cerebro con la maquina, interfaces humanos y ordenadores o trasformación de ondas visuales en ondas acústicas para hacer que quien solo ve en blanco y negro pueda distinguir los colores. O que mediante la luz podemos controlar las neuronas o, en fin, que la optogénetica podría restaurar la memoria. Son solo algunos ejemplos de esta catedral de la complejidad, como la bautizó un celebre físico, cuyo conocimiento detallado se nos escapa, sin duda, a los que no somos especialistas en la materia. Continuando con este breve recorrido histórico, el Humanismo brota con fuerza en el Renacimiento. Es un tópico ya decir que se trata de un hartazgo de la teología y una oposición a la parcialidad de la ciencia. Se trata de una verdad a medias puesto que dentro de la teología se esconde una escolástica con un espíritu de modernidad que sería injusto negarlo. Sí podemos conceder que el Humanismo renacentista, que vuelve la vista a los clásicos griegos y romanos, resalta con intensidad la dignidad del ser humano, su valor, su autosuficiencia. En nuestros días, y concretamente en los años que siguen a la sangrienta Segunda Guerra Mundial, la discusión entre antropólogos, filósofos e historiadores ocupó el centro del espacio intelectual. Algunos, como es el caso del filósofo filonazi Heidegger, exageraron hasta la exasperación. Llegó a rechazar el Humanismo como si este fuera la prolongación del animalismo. En general y por fortuna hubo acuerdo general en que los seres humanos han de ser respetado en su integridad y que la dignidad, sin confundirse con algún don semidivino, nos pertenece si queremos tratarnos como iguales. Es en ese clima en el que surge la Declaración y Carta de la ONU sobre Derechos Humanos. Sin que se nos oculten sus deficiencias, sirven, sin embargo, como ideal u orientación para que las distintas legislaciones los acepten e impongan sanciones a los que los trasgredan.

Antes de pasar a la anunciada confrontación con la inteligencia natural conviene decir dos palabras sobre el negocio que genera la IA, cómo podría influir o anular la libertad humana, qué cambios geoestratégicos posibilita y hasta qué punto puede intoxicar una sana globalización. De la libertad algo diremos al final, cuando entremos en el núcleo que más nos interesa y que es la ética. Del negocio de las grandes empresas que están invirtiendo cantidades enormes de dinero solo señalaremos que remite al poder inmenso del capital. Y eso solo puede corregirse o limitarse cambiando el modelo económico actual, lo que, a su vez, remite a la fuerza que tengamos para deshacerlo. Que se deshaga pronto o incluso alguna vez nos llena de un melancólico escepticismo. Y unido a ello, los países con grandes recursos están desarrollando las tecnologías más avanzadas para dominar el planeta. De nuevo lo económico, lo político y la guerra se dan la mano. Lo dejamos insinuado. Es el momento de pasar a la inteligencia natural. A principios del siglo XX comenzó a medirse lo que se consideró el coeficiente intelectual (CI) de los individuos por medio de tests, que posibilitarían graduar las capacidades intelectuales. El más antiguo y conocido es el de Binet y, en una larga sucesión, llegaríamos a la actualidad con Wechsler. Aunque ya en 1904 el sicólogo Spearman popularizó lo que recibe el nombre de Factor G, o inteligencia general. Recientemente H. Gardner y su equipo han puesto de moda las inteligencias múltiples y que serían ocho. Imagine el lector que quien esto escribe destacara en la lingüístico-verbal. Sería un honor pero es probable que no dé en el clavo. Por otro lado, es preferible ordenarla o quedarnos con el Factor G del citado Spearman. Por las esquinas de estas externas aproximaciones aparecen la genialidad y el racismo. Hablar de genialidad suena a evocación romántica y el racismo, medido de esta forma, ha sido derrotado por la genética y una compresión adecuada del entorno cultural. Cosa distinta es recurrir a las neurociencias para saber qué es la inteligencia humana, a esta hora de la evolución. La inteligencia, cuya etimología viene de intus legere, es uno de los secretos mejor guardados del cerebro. Sabemos que es una propiedad que caracteriza a los humanos, que tiene su sede principal en el neocórtex o parte más evolucionada de dicho cerebro y que nos distingue, por ejemplo, de nuestros primos los chimpancés. Como nos distingue de pulpos, horcas o delfines, animales que les adornamos con una gran inteligencia. Parece, sin embargo, que es todo el cerebro el que se pone en marcha cuando se activa la inteligencia. Seguimos ahondando en aquellas zonas que nos pudieran dar, dentro de la enorme conectividad de las neuronas, más datos, pero continuamos a oscuras. El lenguaje, la conciencia y autoconciencia y todo aquello que hace referencia al pensamiento lo atribuimos, sin duda, a la inteligencia. Pero tampoco hay duda de que, cuando queremos hablar de IA, es necesario que seamos lo suficientemente modestos como para confesar que, aunque sabemos que somos inteligentes, no sabemos en qué consiste la inteligencia. Dos observaciones finales. Desde un punto de vista matemático la probabilidad de que exista un ser humano se acerca a cero. Casi un milagro. Y si desapareciéramos podían ocupar nuestro lugar los chimpancés. Toda una aventura.

Dar una idea, por simple que esta pueda o quiera ser, de qué es la IA exige no poco esfuerzo. Porque, al margen de su comprensión, se enlaza con otros conceptos, como son el de ordenador, robótica, cyborg o física cuántica, por citar a los que le son más próximos. Por otro lado, Trashumanismo, Inmortalismo, Singularidad o Superinteligencia también están ligados a la IA. Y es necesario saber que nombres como Minski, von Newman, Church o los más recientes Brostom, Moravec o Kurzweil son referencias a tener en cuenta. Estos dos últimos, por cierto, con su futurismo, están escandalizando incluso a las cabezas más osadas. Ciñámonos, por tanto, a la IA y solo intercalaremos aquello que nos parezca a oportuno. Comencemos diciendo que todo empezó como un problema estrictamente matemático para pasar enseguida a ser algo real, tan real que hoy nos envuelve casi hasta ahogarnos. Alguno de los fundadores de la IA se ha quejado de que esta ha dado tantos retoños que se nombra estos y se olvida a aquella. Así se celebra la machine learning, en donde una máquina es capaz de autoorganizarse después de que se le han dado determinadas habilidades, o de cómo la medicina ayudará a diagnosticar el cáncer, a supervisar a los pacientes y a tratamientos personalizados. O a darnos mapas completos por donde deseemos caminar o viajar, traducciones automáticas entre los más variados idiomas, o a cómo jugar al ajedrez y no solo ganar a Kasparov sino salir a vencer en el muy complicado juego de Go, o a cómo un robot puede ser el mejor acompañante que atienda y entretenga a un señor o una señora mayor, o a cómo Siri responde a cuantas preguntas queramos hacerle. La lista sería interminable. Solo me gustaría recordar en este breve recorrido que a lo que más resistencia opone la cada día más potente máquina es a reír los chistes. Igual que mi cuñada Carmen. Luego veremos por qué. De momento vamos a exponer los distintos pasos que se han recorrido desde la IA para fijarnos luego en ella y, así, pasar, a los anunciados problemas morales. Los citados pasos serían, IA, robótica, Cyborg u hombre-máquina y finalmente la Superinteligencia. Comencemos por la IA.

El nombre de IA se debe a McCarthy quien en un congreso en Dartmuth, y en 1956, la bautizó con dicho nombre. Pronto llegó su definición de la mano de I. J. Wood. Dice así: “una máquina ultrainteligente que puede superar con creces todas las actividades intelectuales de cualquier hombre por muy listo que sea. Puesto que el diseño de las máquinas es una de las actividades intelectuales, una máquina ultrainteligente podrá diseñar máquinas incluso mejores; entonces, sin duda, habría una explosión de energía y la inteligencia humana quedaría muy atrás. Por ello, la primera máquina inteligente es el último invento que el hombre necesita crear, contando con que la máquina sea lo suficientemente dócil como para decirnos cómo mantenerla bajo control”. No puedo por menos que recordar que no muchos años antes, el padre de la cibernética, Wiener, había escrito: “Hemos transformado nuestro entorno tan radicalmente que ahora nos tenemos que transformar a nosotros mismos”.

Paso directamente al inicio y desarrollo de la IA. B. Russell, más conocido por ser Nobel y un polémico personaje, en un famoso escrito, Principia Matemática, redujo la matemática a la lógica. Lo que decimos de uno o más números se podría reducir a uno o más conjuntos. La obra, impactante e inmensa, sufrió pronto, sin embargo, el zarpazo de otro gran matemático, Gödel. Este, en su no menos famoso teorema de la incompletitud, demostró que no había forma de saber si todo lo que nos creemos en el mundo de la matemática y la lógica es verdadero. Y es que o es inconsistente o es incompleto. Dicho de otra manera, que no sabremos nunca si uno más uno da por resultado dos. Y dicho de nuevo de otra forma, que no podemos probar una intuición tan básica. En este punto aparece otro gran matemático, Hilbert, quien desafió a que se encontrara algún método para probar lo que, por otro lado, se nos presenta como evidente. Habría que decir, por cierto, que Hilbert, fue de los pocos que apoyó a Cantor cuando este se propuso demostrar que existían los números transfinitos. A Cantor le tomaron por loco. Es aquí en donde aparece Turing, el padre de la IA, con su no menos famosa máquina, que, aunque él no la construyó, dio todos los elementos para que se realizara. La máquina en cuestión es un mecanismo que logra la deseada prueba. Su funcionamiento, origen de los ordenadores y todo lo que llega a nuestros días en este terreno, consiste, dicho con una simplicidad que puede llegar a ofender, lo siguiente. Un pequeño artefacto en el que en cada casilla introducimos un uno o un cero y que por medio de un cabezal podemos ir cambiándolos de casilla. Según las reglas que demos, comprobaremos si una formula o una sentencia es computable o no; es decir, si se para y no se vuelve loca. Este simple mecanismo, que además tiene memoria de los pasos que ha dado, vuelve, en bucle, a comenzar de nuevo si lo deseamos. El ejemplo trivial que se suele poner es el de una lavadora que en cuatro tiempos limpia la ropa tantas veces como queramos. Sin ser lo mismo, se parece lo expuesto a la llamada inducción matemática, en la que partiendo de la base, uno o cero, podemos alcanzar todos los números naturales que nos apetezca. Como es obvio, lo importante consiste en qué reglas demos al artefacto. Es lo que recibe el nombre de algoritmo y que son, como también es obvio, muy variados. Una definición elemental de algoritmo es esta: proceso sistemático consistente en una ordenada secuencia de pasos, en los que cada uno depende el anterior para solucionar un problema complejo. Dejando de lado las inmensas complicaciones que se esconcen en este aparentemente simple artefacto, cómo se consiguió, por medio de Church, una máquina universal y tantos detalles más de no poca especialización, hemos dado las claves ya de lo que se llamo un Ordenador. El primero, y que no lo construyo Turing, recibió el nombre de Colosus. El constante y exponencial avance a los ordenadores, la combinación entre humanos y máquinas y el hipotético ser anteriormente citado que nos superaría, pasando así, del humano biológico a una máquina superior, configura la secuencia temporal y vital en la que nos encontramos.

Hemos topado así con el Transhumanismo o Posthumanismo. En este concepto se encierran otros a los que enseguida me referiré. De momento, valga esta descripción que dio M. More: “los humanistas no ven la naturaleza humana como un fin en sí mismo ni como perfecta ni como poseedora de ningún derecho a nuestra lealtad. Por el contrario, no es más que un punto en un camino evolutivo, y podemos aprender a configurarla de forma que estimemos como deseables o valiosas. Mediante la aplicación meditada y cuidadosa, pero también audaz, de la tecnología a nosotros mismos, podemos llegar a ser algo que ya no podamos describir adecuadamente como humano; podemos llegar a ser posthumanos”. El termino, sin embargo, venía de lejos, de los años setenta. La mujer de M. More, tal vez asustada por lo que comenzaban a decir algunos, impulso un Manifiesto de tono más prudente. Y desde entonces, es el caso del Manifiesto de Cambridge dirigido por S. Hawking, llamamientos a la prudencia, entre los que podríamos destacar el toque de atención de la UE a la robótica. En cualquier caso, investigadores como Savulescu o Kurzweil se han lanzado a hacer propuestas y dar fechas sobre este singular y radical cambio. Kurzweil, y es un ejemplo, piensa introducir su mente en una maquina y así poder superar las barreras de la muerte. La ficción ha dado paso a la realidad y la realidad se recrea con la ficción. Sea como sea, los pasos tecnológicos son de gigante, lo exponencial es explosivo.

El Transhumanismo hoy ha desplegado sus alas y dentro de este, en un principio, delimitado concepto se incluyen otros muchos que no son I. A., en sentido estricto. Por ejemplo, la Biología Sintética que podría modificar nuestro genoma y de este modo eliminar patologías y alargar la vida. Y habría que incluir no menos a los llamados inmortalistas, aunque su denominación más adecuada sería amortalistas. Es el caso del físico Typler quien concibe a Dios como una gran computadora y a nosotros como paquetes de energía, de tal forma que dicha computadora tendría en su poder recomponernos. La crioconservación, parcial o total, sigue sumando adeptos y si tuviera éxito organismos muertos volverían, en un futuro hoy bien lejano, a la vida. Por no hablar de los teóricos del regeneracionismo y del rejuvenecimiento. En este sentido, se puede hablar de una nueva religión. Una religión natural y no positiva o revelada. La distinción es de importancia. Las religiones en las que culturalmente nos encontramos dependen de una revelación, de una supuesta intervención divina en el mundo. En las naturales seríamos nosotros los que nos divinizamos. Es lo que los críticos de todos estos intentos, entre fáusticos y prometeicos, llaman “jugar a dioses.” Es esa la situación. Si todo fuera para bien y los bienes llegaran a todo el mundo las objeciones descenderían y se multiplicarían los aplausos. Como no hay que ser ingenuamente optimistas, o hemos de filtrar nuestras acciones, algunas especialmente, por el cepillo de la Ética no hay más remedio que acabar volviendo los ojos a los posibles males, dando por supuestos que los bienes los recibimos con fruición.

Antes de entrar directa y brevemente en la Ética, me gustaría hacer algún comentario o precisión. En primer lugar, existe, cómo no, un problema político. Y es que nos encontramos ante un gran negocio, un conjunto de compañías que se enriquecen en provecho de unos pocos. Más aún, que puede ir aumentando el capital financiero en proporción inversa a la libertad y gozo de cada uno de nosotros. Intentemos cambiar, por eso, el modelo económico sin conformarnos con protestar, con excesiva ignorancia, ante unos nubarrones que nos amenazan como una tormenta de dimensiones bíblicas. Por otro lado, existe un orgullo, más o menos latente, que esconde, de nuevo la insostenible idea de designio o lo que se conoce como Principio Antrópico y según el cual la evolución mira hacia nosotros como seres últimos y supremos. Y no tiene por qué ser así. Hemos llegado hasta el Homo Sapiens y este podría ser superado. Se trataría de la marcha ciega de la evolución, eso sí, ahora contando con las manos de los humanos. Además, causa sorpresa que haya quien nos avise de lo terrible que sería que fuéramos dominados por entidades supremas cuando ellos creen, con una fe imposible de demostrar, en Dios, dioses o ángeles. Es difícil entenderles o entender si han entendido lo que dicen. En relación a la libertad digamos que si los avances actuales no destruyen la autoconciencia podemos mantener en pie la libertad. En muy buena parte, de nosotros depende. Más aún, a un ser que realmente nos superara solo le llamaríamos superior si gozara de la citada autoconciencia. Es el reto más grande de la IA, difícil sin duda, pero no veo por qué muchos lo consideran imposible. Además se podrían reír de una de las mayores grandezas humanas, los chistes. Y ya en términos estrictamente éticos, lo poco que podemos decir es que no sabemos hasta dónde llegaremos. Y que la transparencia, el control político, la conciencia de los científicos y la crítica de los ciudadanos son esenciales. Solo así, y en el caso de que apareciera en el horizonte una Superinteligencia, podríamos ir inculcándole una Ética que se base en principios justos y no en la cuenta de resultados. No queremos el Mundo Feliz de Huxley, pero sí queremos la Felicidad.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Javier Sábada

Muchas son las pistas que nos permiten ver en el filósofo Javier Sádaba (Portugalete, 1940) un alter ego de David Hume, auténtico fundador de la filosofía de la religión. Ambos simpatizan con el empirismo, el escepticismo moderado, el rechazo del dogmatismo y la necesidad de investigar las relaciones entre la religión, la ética y la política. Es un hábil e incisivo polemista y uno de nuestros pensadores más originales y mediáticos. Durante muchos años ha ejercido como Catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid, y ha sido también profesor en las universidades de Tübingen, Columbia, Oxford y Cambridge. Además de ser un contumaz aficionado a “pensar en directo», se decanta por una ética erótica, así como por una bioética y una filosofía de la religión de corte laico. Más de treinta libros publicados y numerosos artículos, presentaciones, prólogos y participaciones en volúmenes colectivos dan fe de todo ello.

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