Monográfico 20D: a vueltas con el cambio climático

Metidos de lleno ya en el siglo XXI, quién lo iba a decir, asistimos a una peculiar batalla social íntimamente relacionada con la omnipresente lucha política por el poder. Desde antes de caer el muro de Berlín, en una Europa decadente desde el punto de vista ideológico, surgieron nuevas luchas que fueron rápidamente adoptadas por un marxismo necesitado de transformación. De esta forma, asuntos como el pacifismo, el feminismo y el ecologismo acudieron al rescate de un pensamiento llamado a configurar la nueva religión que sustituyera a un resquebrajado opio del pueblo.

Al principio, la conexión fue casi total, como si pelear por un mundo menos contaminado, más pacífico y menos machista fuera la consecuencia natural de las tesis propuestas en el Manifiesto Comunista 150 años atrás. Nada hacía pensar que los mensajes de unos y otros fueran contradictorios u antagónicos, se trataba de transformar la sociedad desde la base, de abajo hacia arriba, como se decía entonces y qué mejor que hacerlo afrontando problemas tan vinculados a los sentimientos de la gente.

Entonces, la Ecología comenzaba a sonar más como una afición o una moda que como una Ciencia. Aparecieron los verdes como partido político en Alemania y grupos de activistas tipo Green-Peace con sus barcos arcoíris, que se peleaban contra viento y marea con las poderosas armadas de los países capitalistas. ¡Cómo los admirábamos, qué valor tenía aquella gente!

El cambio climático se percibía a finales de los ochenta como una posibilidad en cuyo caso, con poco más de un grado de subida en la temperatura media de la Tierra bastaría para producir un cambio apocalíptico. No sé por qué esa previsión fue subiendo como lo más normal del mundo hasta situarse en no menos de seis grados a final de esta centuria por la que transitamos ahora. Treinta años después, sólo unos cuantos dudan de que el calentamiento global es un hecho y que sus consecuencias pueden ser tan nefastas para la humanidad como para el planeta en su conjunto. Nuestro consumo excesivo de combustibles fósiles derivados del carbón y el petróleo han contaminado de tal modo la atmósfera que ésta se está vengando de nosotros con este castigo que afecta a todos los países de la Tierra mientras la responsabilidad no es atribuible a partes iguales entre los distintos estados.

Esta interpretación del problema tiene sus luces y sus sombras. Por una parte, hay que admitir que desde la II Guerra Mundial, los países occidentales se lanzaron a un consumo sin límites que ha agotado buena parte de los recursos naturales y ha ensuciado profundamente el aire, el agua y el suelo, provocando además el deterioro de muchos ecosistemas y la desaparición de bastantes especies animales y vegetales. Esto es tan cierto como que los insectos tienen seis patas. Pero lo que se pretende transmitir como mensaje subliminal ya presenta algunas dudas que humildemente me atrevo a señalar.

Debajo del verde de la cáscara de la sandía, está el rojo del mesocarpio, que es la parte importante del fruto. No sólo los países de la Unión Europea, Japón o Estados Unidos han echado gases con efecto invernadero al mundo, ahí están Rusia o la antigua URSS y China. Por otra parte, donde han surgido los movimientos que supuestamente defienden la naturaleza y el medio ambiente ha sido en aquéllos y no en estos últimos, donde la  falta de libertad no ha permitido con frecuencia el desarrollo de un pensamiento “alternativo”. Lo entrecomillo porque este adjetivo se ha convertido en un palabro carente de significado por haberse reasignado a un determinado tipo de ideología y no a su sentido general de ser algo diferente con lo que arreglar un problema o una situación determinada.

Por otra parte, ha sido en Occidente donde se han comenzado a tomar en serio estas cosas y se ha adelantado mucho en las medidas que colaboran con la defensa y protección del medio ambiente; del resto del mundo no tengo constancia de que eso sea una prioridad ni mucho menos. La concienciación de la gente y la sensibilidad por los temas medioambientales es, en nuestro ámbito, una realidad diaria que impregna programas políticos, diseños de coches, proyectos de empresas que pelean por certificados de calidad ISO 14001 y ayuntamientos que se afanan por tener una bandera azul en su playa.

Cierto es que el consumo es el factor determinante, sobre todo el uso abusivo del vehículo particular. A pesar del llamamiento continuo a utilizar los medios de transporte públicos, el coche se identifica con el poderío económico y con la personalidad del que lo conduce. Es mucho más que una máquina que nos lleva de acá para allá. Por eso hacen falta cada vez carreteras más anchas, nuevas circunvalaciones que vayan sumando decenas (M30, M40, M50) y negocios boyantes en forma de aparcamientos subterráneos a un euro la hora.

La extrapolación de todo esto es que el sistema capitalista nos mata como planeta y como personas y que es urgente dinamitarlo para imponer una alternativa que regenere el mundo ¿a qué me sonará todo esto? ¿Tal vez a algún mensaje, no subliminal desde luego, de la actual campaña electoral?

De igual modo, el discurso pacifista que de forma intermitente resurge en la actualidad de nuestro mundo desarrollado busca la misma conclusión lógica a partir de unas premisas ciertas pero que no determinan necesariamente ese propósito de tener que cambiar el sistema que tenemos ¿es que en los otros regímenes que ha habido en la Historia Contemporánea no ha habido guerras? La vestimenta natural de los presidentes de muchas repúblicas comunistas ha sido la guerrera caqui con estrellas y sobre la cabeza una gorra de plato.

Además, todo ello me recuerda la forma de trabajar de los curas, pero en una especie de negativo, como los que tenían los carretes de las cámaras antiguas. Cuando me iba a confesar, me decían que tenía que hacer examen de conciencia, tener sentimiento de culpa y dolor de los pecados. Luego venía el propósito de la enmienda y había que decirle esos pecados al confesor. Aquello siempre me pareció un poco siniestro, la verdad: tener que contarle a alguien vestido de negro y con alzacuellos blanco mis intimidades y no precisamente las que me hacían sentirme más orgulloso de mí mismo. Ahora es igual, tener un sentimiento de culpa tremendo por tener casa y coche, después de siglos de miseria, porque con ello estamos arrastrando a otros a la pobreza extrema. Nuestro consumo es el pecado mortal y hay que confesarse y por supuesto enmendarse, es decir, cambiar las normas del tablero de juego.

En esta inusual campaña electoral donde el ambiente navideño y de consumo lo invade todo, no parece que el mensaje medioambientalista tenga demasiado protagonismo: una lástima. No creo que haya que hacer una revolución que cueste otros cien millones de muertos en el mundo pero sí urge depositar en los científicos las herramientas necesarias para que determinen un veredicto certero,  aséptico y cabal de lo que está pasando en nuestra atmósfera con los rayos infrarrojos que se emiten desde las rocas y el agua del planeta. A partir de ahí, corresponderá a los políticos tomar las medidas necesarias y a la población ser corresponsables para ponerlas en la práctica. Habrá que ser receptivos y tener actitud de escucha ante los mensajes que cada vez son más unánimes sobre el cambio climático y eso supondría cambiar bastante nuestra forma de vivir y de consumir sobre todo, con un problema de fondo, a mi juicio, bastante complicado de resolver: el aumento imparable de la población.

La sandía nunca ha sido mi fruta preferida, aunque debo confesar que la como de vez en cuando en los días calurosos del verano. Me gustan más los colores fríos de la ciencia y sobre todo los que no esconden otros mensajes en su interior. La naranja lo es por fuera y por dentro, el plátano presenta matices de amarillo entre su cascara y lo que se come, igual que la fresa con su rojo entreverado de pepitas.. No hay que hacerse trampas al solitario ni poner la carreta delante de los bueyes. La Ciencia no debe buscar la justificación de una idea preconcebida, sino sencillamente la verdad. Las profecías enfervorizadas de algunos ecologistas, que no sé cuánto saben en realidad de Ecología, me llevan a pensar que más que buscar la verdad han tratado de imponer su doctrina, eso sí, en un negativo, como los carretes que usaba con mi vieja Minolta X300S.

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Sobre el autor

Julián Mª Cano Villanueva

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Profesor de Enseñanza Secundaria desde 1990, ha ejercido la docencia en el IES Poeta García Gutiérrez (18 años) en el IEES Lope de Vega de Nador en Marruecos (6 años) y en el IES Padre Poveda de Guadix (1 año). Ha coordinado los proyectos de Ecoescuelas y Jóvenes Reporteros para el Medio Ambiente en los dos primeros centros mencionados. Ha escrito tres libros: "La otra orilla" sobre la vida del autor en Marruecos "Contribución al conocimiento de la avifauna de la Mar Chica de Nador" (junto a su hijo menor) "La Ecoescuela: una fórmula para la Educación ambiental". Ha colaborado con diversos artículos en Chiclana Información, Diario de Cádiz, Cuadernos de Pedagogía y otras publicaciones digitales.

Comentarios

  1. Granpepe
    Granpepe 20 enero, 2016, 13:08

    Me parece impecable

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