¿Es posible otra humanidad?

¿Es posible otra humanidad?

Imagen | Rebeca Madrid

A lo largo de la historia, ¿cuántas veces ha soñado el ser humano con adquirir otra humanidad? Y siempre acaba tropezando con la misma piedra, su incorregible humanidad. Es curioso que la acepción dominante del término, en la mayoría de los diccionarios, se refiera a los aspectos más nobles y admirables del ser humano, como su capacidad de ponerse en el lugar del otro, comprender, solidarizarse y ayudar; pero no es menos “humano” declarar la guerra, matar, violar, abusar, engañar, instrumentalizar a los otros…

Durante el siglo XX, las meditaciones sobre el ser humano y el humanismo se han sucedido: una de las más célebres fue la conferencia que pronunció en París Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo, en el club Maintenant, en octubre de 1945, recién acabada la Segunda Guerra Mundial. Ahí defiende el filósofo francés que “la existencia precede a la esencia”, es decir, primero el ser humano existe, surge en el mundo, aparece en la vida, y luego tiene que definirse. Por lo tanto, el ser humano “está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado sí mismo y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”.

Por incitación de Jean Beaufret, Martin Heidegger respondió con Carta sobre el Humanismo (1947), un texto repleto de intuiciones deslumbrantes, donde sostiene acerca de su obra más influyente y una de las más relevantes de la filosofía de los últimos siglos: “El pensamiento de Ser y Tiempo está contra el humanismo. Pero esta oposición no significa que semejante pensar choque contra lo humano y favorezca a lo inhumano, que defienda la inhumanidad y rebaje la dignidad del hombre. Sencillamente, piensa contra el humanismo porque éste no pone la humanitas del hombre a suficiente altura”.

¿Cuál es la altura adecuada de la humanitas del ser humano? Paradójicamente quizá el día que la conozcamos habremos acabado con ella. Sospecho que ni siquiera las ciencias naturales, con los desarrollos que se han alcanzado y los que se esperan en biología, genética y neurología, entre otras disciplinas, podrán decirnos dónde se encuentra de una vez por todas la humanitas.

Si bien considero que hay que distinguir entre el pensador y el ciudadano, conociendo la biografía de Heidegger (léase, por ejemplo, la de Rüdiger Safranski, Heidegger. Un maestro de Alemania), es difícil resistirse a la pregunta de si esa humanitas era acaso la que pretendía implantar el nazismo. En pocos momentos, quizá en ningún momento en la historia, se ha alcanzado tal grado, no de humanidad sino -para evitar equívocos- de infrahumanidad.

No obstante es conveniente saber cuál es la altura adecuada de nuestra humanidad para que nuestras expectativas sobre nosotros mismos dejen de frustrarnos o de llevarnos a utopías que acaban estrellándose contra nosotros mismos. Pero parece que el ser humano no dejará de soñar con otra humanidad ni tampoco de frustrarse al comprobar que en seguida retorna a lo más salvaje, primitivo y bárbaro.

Cansado de estas discusiones sin término, y con un carácter polémico que no rehúye, Peter Sloterdijk le respondió a su vez a Heidegger en Normas para el parque humano (1999), poniendo de manifiesto que los proyectos humanistas de “amansamiento” y “domesticación” del ser humano mediante la lectura de textos canónicos, del arte y de la ciencia, a la vista de la barbarie del siglo XX, habían fracasado. De este modo dejaba una inquietante puerta abierta a la ingeniería genética o a lo que más recientemente denominamos transhumanismo, o sea, la búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, para decirlo con el filósofo de la ciencia Antonio Diéguez, que nos ha introducido en estas cuestiones.

Sírvanme estas consideraciones previas para esbozar, desde una perspectiva filosófica, la cuestión en torno al humanismo durante la segunda mitad del pasado siglo. De los anteriores tres diferentes rostros del humanismo, el libro de José Olivero PalomequeOtra humanidad es posible –obra a la cual nos referiremos seguidamente con especial atención-, al que más se asemeja es al primero, al de Jean-Paul Sartre, sobre todo en su decidida apuesta de que el ser humano tiene que hacerse cargo de sí mismo y de su (supuesta) libertad; una libertad que no se puede conjugar de manera separada a la responsabilidad.

No obstante, el tono de cada uno es muy distinto, quizá porque Sartre, con Dostoievski, parte de que “si Dios no existe, todo está permitido”: “Éste es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y por consiguiente el hombre está desamparado, porque no encuentra ni en él, ni fuera de él, una posibilidad de agarrarse”. En cambio, Olivero es mucho más optimista y alentador, tal vez porque mantiene convicciones más arraigadas (léase “Un buen amigo”).

Asimismo, la confianza en el ser humano es muy distinta: mientras que para Sartre “el infierno son los otros”, para Olivero los otros nos brindan la oportunidad de aprender, de conocer y conocernos, de enriquecernos. Hay a lo largo de estas páginas algunas -no me atrevería a decir personajes, aunque aparecen ya, digamos, ficcionalizados por la escritura- personas (Anselmo, René, Jacinto, María…) que así lo muestran. Quizá tendríamos que preguntarnos cómo nos sentimos en mayor plenitud vital, si privando nuestro irremediable egoísmo de la solidaridad hacia los otros, o dándonos y recibiéndonos (asimismo, sería interesante conocer si este es un rasgo de la antropología de la cultura cristiana o bien es un fenómeno universal).

Como no podía ser de otro modo, el libro es hijo de su tiempo, pues trasluce algunos de los más acuciantes problemas que nos envuelven, como el cuidado del planeta y de la vida, “único patrimonio universal incuestionable”; dentro del imparable proceso de globalización, el peso del mercado sobre las vidas humanas, con demasiada frecuencia instrumentalizadas por el sistema económico-político; la crisis económica, que a la vez es una crisis de valores y, por lo tanto, moral; el consumismo sin fin e irracional; los vertiginosos ritmos de vida de las grandes ciudades; el respeto entre las diversas culturas; la paz, tan necesaria como imposible…

Sin embargo, no es un libro académico ni muy documentado, de manera que está dirigido a un amplio público. Es más bien el libro de un hombre que camina, saluda a sus semejantes, observa cuanto le rodea y que, como padre y abuelo, como persona con curiosidad, se pregunta qué será del destino de la humanidad… Pero no para adoptar una actitud contemplativa, sino para exhortarnos a agarrar las riendas de la vida con la libertad y la responsabilidad que nos corresponde. Es bien sabido que el ser humano libre no es aquel que se pregunta qué sucederá, sino el que se encamina hacia lo que se debe o se puede hacer…

He dicho antes que de los tres rostros del humanismo que esbocé al comienzo, al que se más se aproxima José Olivero Palomeque es al de Jean-Paul Sartre. Pero todavía más se aproxima al del psiquiatra, escritor y fundador de la psicoterapia Viktor Frankl, no ya porque Olivero se haya dedicado y, ya jubilado, se siga dedicando en su trato con otras personas, a menudo muy necesitadas, a la logoterapia, sino porque en todos estos escritos late una firme voluntad de interpretar la realidad extrayendo de ella jirones de sentido.

Al final del artículo “Ilusión” recuerda dos célebres películas, Qué bello es vivir y La vida es bella que tienen, a mi parecer, un aire de familia común con el pensamiento de El hombre en busca de sentido, puesto que en todas estas obras humanas se trata de saber interpretar la realidad, y saber interpretar la realidad, incluso en las situaciones más adversas, implica descubrir sentido que nos impulse a responder inteligentemente:

“En sendos filmes se puede comprender fácilmente que los seres humanos, ante situaciones comprometidas de nuestra vida, podemos ver la botella medio llena o medio vacía, dependerá de nuestro estado de ánimo, de los colores que percibimos en la vida que llevamos; y de esa lectura que hagamos dependerá también la respuesta que demos y las soluciones que busquemos y encontremos en nuestra vida. Y lo más curioso: de nuestra respuesta va a depender, igualmente, nuestro mundo de relaciones; incluso con toda probabilidad, las repercusiones que puede tener esa respuesta en la vida de otras personas. No podemos imaginar lo importante que somos para nosotros mismos y para otros seres que viven cercanas o distantes a nosotros”.

Ciertamente, no sólo leemos libros: la realidad también se lee y, según leemos, así respondemos. El poeta, el artista, el escritor, el filósofo, antes de ponerse manos a la obra, o puede que mientras despliegan su trabajo, son esclarecedores intérpretes de la realidad. ¿Acaso la poesía, el arte, la literatura o la filosofía a la vez que describen nuestras vivencias y muestran nuestros modos de sentir y estar, no procuran arañar sentido a la vida? En “Despertar para saborear lo cotidiano” encontramos muestras ejemplares de ello: “Uno de los riesgos más frecuentes de los que somos víctimas sin darnos cuenta es caer en la monotonía diaria; lo que se asume con la indiferencia de “lo normal”, “lo que se hace siempre”, “porque es así”… Perdemos las oportunidades de disfrutar que nos brinda la persona que tenemos a nuestro lado (…) Es como si se perdiera la sensibilidad por aquello que de verdad merece la pena vivir de manera consciente: compartir como pareja la alegría de sentirse vivos, disfrutar de los pequeños detalles de cada uno, con plena conciencia de ello”.

Otro de los pasajes que más me ha alcanzado se encuentra en “La vida es tiempo”, que recuerda las tesis del Heidegger de Ser y Tiempo, pero antes, en nuestra tradición, a Séneca:

“Y qué es la vida sino tiempo que decide tu estancia en cada momento, en cada lugar, en cada circunstancia. El pensamiento sereno hace acto de presencia. Y ahí encuentro la oportunidad de disfrutar de los regalos que me ofrecen los sentidos. Cada motivo natural: agua, aire, brisa, arena, espuma, conchas, algas, piedras, rocas, aves…; todo aporta razones para disfrutar… y sonrío. En ese tiempo, que es la vida, la vida de cada ser humano, se pueden dejar, como testimonio de nuestra existencia, huellas que permanezcan vivas o ráfagas de viento que se pierden en la nada (…) ¿De qué puede depender? De cada uno de nosotros, de sí mismo… y también de las circunstancias de ese tiempo y lugar que define o decide la vida”.

Se palpa que José Olivero Palomeque ha escrito desde joven para sí mismo, que es un ejercicio vital y literario muy saludable para ponerse en claro, pues Otra humanidad es posible está escrito en forma de cartas, artículos, reflexiones, prosas poéticas, como si fuera un acompañamiento al hilo de los días, y su lectura refleja por su tono cercano, afable y benévolo, con una prosa clara, esa compañía. Insisto: no pretende tanto informarnos y documentarnos sobre las distintas cuestiones que van apareciendo como instarnos a asumir las riendas de nuestra vida con amor, alegría, coraje, libertad y responsabilidad, aunque sepamos que esas riendas no están en última instancia en nuestras manos.

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Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de noventa ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (2016), y dentro de poco verá la luz Conocerte a través del arte (2018). Asimismo, ha colaborado en obras como La filosofía y la identidad europea (2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (2009) y Ensayos sobre Albert Camus (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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