El lector que carraspea antes de cada crimen

El lector que carraspea antes de cada crimen

Imagen |Iñaki Bellver

No puede evitarlo. Es un movimiento involuntario, más allá de la tráquea. No se trata propiamente de una tos: más bien habría que hablar aquí de un carraspeo nervioso. Como el que emite uno para aclararse la garganta cuando, tenso como una pértiga, se dirige a la tribuna. El caso es que el carraspeo siempre se produce, y la escena siempre se interrumpe. Contrariado, el asesino de la novela mira a este lector con malos ojos; hasta la víctima parece volverse hacia él, huraña y desorientada en mitad de la página. Lo cierto es que ha intentado ahogar esos carraspeos de mil maneras diferentes, incluso se ha tapado la boca con un pañuelo. Pero todo ha resultado inútil, pues el ruido en cuestión brota de más abajo, de una zona de su cuerpo (o de su mente) donde para nada sirven la cautela ni los pañuelos.

Una vez resistió en silencio hasta el primer disparo, pero con eso lo único que consiguió fue dejar a la víctima malherida y sin saber qué hacer en medio del pasillo. La escena del descubrimiento del cadáver en el ascensor fue eliminada, pues ya no había cadáver. El herido se arrastró hasta la calle pidiendo auxilio, mientras el asesino era incapaz de explicarse lo sucedido: ¿quién tosió a su lado cuando estaba a punto de rematar a su víctima? El caso es que aquel incidente dio lugar a una cadena de causas y efectos muy distinta de la calculada originalmente; sus repercusiones se prolongaron hasta la última página y, en vez de terminar sus días en la cárcel, el asesino montó un cocedero de mariscos en una playa de la Costa Brava. En cuanto a la víctima, arrastró su cojera infame hasta la última línea.

Pero no puede, no puede. Aquella tos siempre se le desata cuando en la oscuridad de la noche o a plena luz del día la víctima espera a su victimario. Resulta penoso, porque tanto una como otro aguardan el crimen con impaciencia: al fin y al cabo para eso han sido escritos. Pero ahora el lector tose, y el asesino no puede derramar en el sótano el bidón de gasolina. ¿Cómo hacerlo, si alguien oculto pero muy próximo le vigila y carraspea? La víctima se aburre de tanto esperar la llegada del fuego y, frustrada, se pone a leer en un rincón el forraje inútil de un informe oscuro. Lo único que teme este lector es que algún día, irritado por tanta impertinencia, el asesino de turno desvíe la trayectoria de su arma y la dirija al fin contra él, y lo mate.


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Categorías: Lectores, Leer, Literaria

Sobre el autor

José Zafra Castro

José Zafra Castro (Córdoba, 1962) se licenció en Filosofía por la Universidad de Granada con plena conciencia de que sus actitudes pedagógicas se aproximaban a cero. Así que se hizo funcionario (aquí lo veis en la foto) y aprendió –parafraseando a Machado– a filosofar a solas con el hombre que siempre va con él. En sus ratos libres se adentró en el campo de la literatura infantil, donde ha publicado tres libros: “Historias de Sergio” (1996), premio Lazarillo de 1995; “El Palacio de Papel” (1998); y “Cuentos de cuando yo era” (2002), finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición de 2003. Actualmente castiga a sus paisanos con artículos de opinión en la prensa local. Lo que nunca ha hecho en todos estos años ha sido dejar de escribir.

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