Cuidar de sí, cuidar de los otros

Cuidar de sí, cuidar de los otros

Imagen | Mujer sola, Camilla Akrans. Exposición Vogue like a painting. Museo Thyssen Bornemisza

Quizá no haya actividad consciente a la que dediquemos tanto tiempo como a cuidar de nosotros mismos. Vivir es cuidar de sí continuamente. En medio del incesante goteo de víctimas, de la incertidumbre que nos rodea y del desolador panorama laboral y económico que nos aguarda, además de las innumerables muestras de solidaridad, una de las lecturas alentadoras de la crisis que está provocando el Covid-19 no es, como ha declarado el filósofo Slavoj Zizek, atendiendo más a sus deseos que a razones, “un golpe definitivo al capitalismo”, cuya capacidad de mutar ha sido sobradamente demostrada a lo largo de la historia, sino la conciencia cada vez más clara de que el cuidado de sí es inseparable del cuidado de los otros; y el cuidado de los otros equivale hasta cierto punto al cuidado de uno mismo. Somos interdependientes, aunque la estructura económico-política vigente, la publicidad y la propaganda refuercen la ilusión, que a menudo degenera en convicción, de que no dependemos más que de nosotros mismos.

Lo estamos comprobando mientras permanecemos encerrados en nuestras casas, procurando contribuir a descender la propagación del virus, de manera que las personas que trabajan en las instituciones sanitarias y cuantas colaboran con ellas por parte de los Estados puedan atender a las víctimas sin que se produzca un colapso. Cuando no haya recursos para todos se verán en la dificilísima tesitura de tener que elegir a quiénes deben atender. La decisión en los Países Bajos parece que ya ha sido tomada: las personas mayores no están siendo trasladadas a hospitales. Consideran inhumano que mueran allí. Están siendo las principales víctimas en todos los sentidos. Vaya mi solidaridad hacia todas las que están sufriendo, pero en especial hacia ellas. Y no puedo ni imaginar las catástrofes que causará en los países económica y tecnológicamente menos avanzados.

Es paradójico que esta grave crisis mundial lo esté produciendo un ser minúsculo e insignificante desde un punto de vista físico: invisible, inasible, imprevisible, como el destino, que no es lo que está escrito, sino lo que está escribiéndose tan rápidamente que ni la inteligencia más brillante puede alcanzarlo. La globalización, esa creciente interdependencia económica, cultural, política… entre los diferentes países del mundo, acelera los tiempos. Dadas estas características resulta sumamente complicado, por no decir casi imposible, distinguir entre un miedo racional y un miedo irracional, es decir, entre un miedo fundado en razones y otro en supersticiones. Esto en la época de las Fake News y la posverdad puede provocar incontables daños. De ahí que urja redefinir qué es noticia: la información públicamente relevante para el ejercicio de los derechos y deberes de la ciudadanía. Alguien declaraba recientemente que “tenemos un verdadero problema si hoy tiene más influencia un joven de 20 años con medio millón de seguidores que un pensador”. Como tantas otras enfermedades, esta sólo se mitiga con educación y conocimiento para distinguir adecuadamente las voces de los ecos.

Por las redes sociales circula una célebre frase de Pascal: “Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber estar tranquilamente en una habitación”. Me temo que preferimos la guerra antes que el aburrimiento, y no sé por qué empleo el plural mayestático en esta ocasión, cuando no me incluyo entre los que se decantan por lo primero en vez de lo segundo, que es algo que desconozco desde que fui consciente de que nunca leeré todos los libros que quiero, ni viajaré a todos los lugares que me gustaría, ni sobre todo compartiré todos los momentos con las personas que amo. O sea, desde que soy consciente que soy mortal. Después de todo, la habitación de Pascal acaso no sea más que otra metáfora espacial: adonde parece que no sabemos estar es con nosotros, a pesar de que sigue siendo el aprendizaje más decisivo para nuestra felicidad, pues al fin y al cabo con nadie pasamos tanto tiempo como con nosotros mismos.

A propósito de la conciencia de nuestra mortalidad, íntimamente vinculada con la temporalidad, observó María Zambrano en El pensamiento vivo de Séneca que “el descubrimiento del tiempo no puede verificarse más que en un momento negativo dentro de la propia vida, en que hemos perdido alguna cosa que lo estaba llenando; el tiempo es la sustancia de nuestra vida y por lo mismo está bajo ella, como fondo permanente de todo lo que vivimos; descubrir ese fondo tiene algo de caída que sólo tiene lugar en un especial estado de angustia, desengaño o vacío”. ¿Acaso no atravesamos uno de esos momentos? Evidentemente, no todos lo vivimos bajo las mismas circunstancias ni respondemos de la misma forma: no todos perdemos la vida o a seres queridos o el trabajo o… Pero de una manera o de otra nos afecta y quedará en el registro de la historia como una crisis mundial.

Sin embargo, en contra de los relatos consoladores que inevitablemente armamos en momentos tan difíciles, procurando dotar de cierto sentido el sin sentido que nos envuelve, no creo que vayamos a cambiar tanto (“Del fuste torcido de la humanidad nunca se hizo nada recto”; resuenan en mí estas palabras de Kant, cuya filosofía por lo demás posee una indudable dimensión utópica, sin la cual, dicho sea de paso, no hay pensamiento edificante) y valorar lo que hemos perdido o ya no tenemos sencillamente porque ya no está.

Es cierto que acostumbramos a reconocer el valor de la presencia de un fenómeno en su ausencia. Pero cuando se estabilice la situación y más o menos volvamos a nuestras costumbres, si no nos esforzamos adecuadamente, como si se trataran de ejercicios filosóficos (Marco Aurelio abre sus Meditaciones con una práctica de gratitud hacia aquellos de los que aprendió), dudo que reconozcamos estos valores. Como cualquier conquista personal, social o histórica, este reconocimiento de los valores, si no se trabaja habitualmente, si no se cuida diariamente, dudo que se mejore o se mantenga.

Para este aprendizaje de saber estar con uno mismo al que me referí antes, aprendizaje que condiciona también cómo nos relacionamos con los otros, es esencial el cultivo de sí. El escritor Fernando Aramburu, que ha visitado cuatro países desde que se supo la epidemia del coronavirus (término que me temo que será la palabra del 2020, aunque todavía estamos a tiempo de que sea, por ejemplo, la solidaridad), contaba que ha visto estos días los múltiples rostros de la condición humana, que acostumbramos a simplificar en dos: “a adultos disputarse, a viva fuerza, el último paquete de papel higiénico de la estantería y a sanitarios que arriesgan su salud por atender a contagiados. Sigo creyendo –añadía– que aquellos ciudadanos que supieron aprovisionarse de cultura están mejor dotados para arrostrar el confinamiento, ejercer el sosiego en circunstancias difíciles y poner sus conocimientos al servicio de los demás”.

Un ejemplo de ello puede ser Xavier de Maistre, que en 1794, siendo oficial de la guarnición francesa en Italia, tuvo que pasar 42 días bajo arresto domiciliario por haberse batido en duelo. Entonces escribió un libro, Viaje alrededor de mi cuarto, en el que anotó: “Me han prohibido recorrer una ciudad, un punto; pero me han dejado todo el universo: la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes”. Si no es así, casi, para quien está cultivado: a sus órdenes está la vida del pensamiento y el espacio infinito de la imaginación. No es lo mismo la soledad elegida y poblada que la soledad impuesta.

Durante estos días de confinamiento son varios los pensadores que han rememorado a Pascal: “El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Mas, aun cuando el universo lo aplastara, el hombre seguiría siendo más noble que lo que lo mata, puesto que él sabe que muere y sabe la ventaja que el universo tiene sobre él. El universo nada sabe de ello”. Desde una perspectiva científica actual tal vez se piense que esta idea está contaminada de antropocentrismo, pero ¿podemos en última instancia renunciar a él? ¿Para qué se hace ciencia, sino al servicio de los seres humanos y los seres vivos y el planeta al que pertenecemos?

Manuel Arias Maldonado, en uno de los inteligentes artículos que ofrece a la conversación pública, titulado “Breviario de inmunología”, también rememoraba a Pascal: “Trabajemos, pues, en el bien pensar: éste es el principio de la moral”. A diferencia de lo que ha sucedido durante la Modernidad, en la que se ha disociado el ámbito del conocimiento de la visión ética-política (basta ilustrarlo con la obra de uno de los más grandes filósofos, Kant) con “el bien pensar” se articula la lógica y la epistemología con la ética y la política, a la manera de los griegos clásicos bajo la idea de “intelectualismo moral”: no se puede hacer el bien si no se conoce qué es el bien. ¿Se puede pensar bien sin atender las consecuencias de las acciones? ¿Se puede pensar bien eludiendo valores como la honestidad, la responsabilidad, la justicia o la solidaridad?

Tengo para mí que ha habido una serie de errores de perspectiva que nos han llevado a un exceso de expectativas sobre una ilusión de realidad: habíamos olvidado que la naturaleza, además de una fuente de alimentación, sustento y belleza, es una adversidad que no cesa, al menos mientras desconocemos sus secretas leyes o tendencias. De modo que no podemos descuidarnos. ¿Acaso no contamos con experiencia histórica de epidemias y plagas? La peste de 1649 en Sevilla mató a cerca de 60.000 personas, casi la mitad de la población de la ciudad. Hace aproximadamente un siglo, entre 1918 y 1922, la llamada “gripe española” (cuidado con “nacionalizar” la naturaleza de esta manera; ahora hay quienes hablan de “gripe china”: conduce al racismo, la xenofobia y otras formas de rechazo y exclusión, cuando todos deberíamos caminar hacia una común humanidad, de la que provenimos, tanto biológica como culturalmente), terminó con la vida de entre cincuenta y cien millones de personas.

Dudo que ahora se alcancen cifras proporcionales. Y no es que me consuele con ello. Lo que me estoy preguntando es: ¿no tenemos mayores expectativas de supervivencia? ¿No valoramos más vivir que otras generaciones anteriores, entre tanto, porque contamos con mayor bienestar material? Mientras no nos hagamos ideas adecuadas a la realidad tendremos exceso o deficiencia de expectativas, lo que puede impedir que alcancemos nuestras metas, además de vivir el presente tal como es. Por eso suelo decir que filosofar es hacernos ideas adecuadas de la realidad.

Cuando durante el célebre juicio a Sócrates le preguntaron si era realmente el más sabio de los griegos, el filósofo respondió que sólo había tratado de seguir la inscripción del frontispicio del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Este conocerse a sí mismo, en el que nos va la vida, y que nunca termina, no es un fin en sí mismo, o no solo eso: es un medio para cuidar mejor de sí mismo. Y este cuidar de uno mismo es inseparable de cuidar a los otros, de manera que se entrelazan el conocimiento, la ética y la política. A ver si somos dignos herederos de nuestro pasado; a ver si pensamos bien y nos cuidamos mejor los unos de los otros.

Frente al individualismo narcisista y vorazmente consumista del sistema económico-político que nos arrastra, incompatible con la sostenibilidad del planeta, que sigue siendo el tema capital de nuestro tiempo, ¿seremos capaces de concienciarnos de que hay un “nosotros” que nos precede, nos acompaña y nos sucederá: nuestra común humanidad? ¿Cómo vivir en estas circunstancias de incertidumbre, cuando la vida cotidiana ha mutado en un confinamiento y parece no vislumbrarse el horizonte? Como hicimos siempre a lo largo de la historia, procurando con la imaginación, el arte y la ciencia, adaptarnos, sobrevivir y traspasar lo que existe. La lúcida sabiduría de Borges sostuvo: “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena…”

#yomequedoencasa

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Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 230 ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), "Conocerte a través del arte" (2018) y "Meditaciones de Ronda" (2020). Asimismo, ha colaborado en otros 15 libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Claves de la Razón Práctica, Cuadernos Hispanoamericanos, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo" (inédito), y la Beca de Investigación Miguel Fernández sobre poesía española actual (2019, UNED) por "Cuanto sé de Eros. Concepciones del amor en la poesía hispanoamericana contemporánea", que verá la luz a finales de 2020. Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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