Ser o no ser demócratas

Ser o no ser demócratas

Imagen| Rebeca Madrid

A José Rubio Carracedo

De un tiempo a esta parte, allá por donde voy me encuentro con “demócratas”: hablo con unas personas y, por supuesto, son “demócratas”; enciendo la televisión y, como no podía ser de otro modo, aparecen más “demócratas”. Leo diversos periódicos y cada representante de los diferentes partidos políticos se declara “demócrata”. Pero uno comienza a dudar de ello cuando los que se oponen a estos a veces lo denominan “anti-demócratas”. ¿Cómo es posible que todos seamos “demócratas” y, sin embargo, la organización social y política de nuestro país y de muchos otros del mundo (pienso en Estados Unidos, Brasil, Inglaterra, Italia…) esté degradándose hasta límites inesperados?

El índice de calidad de las democracias según The Economist 2018 no concuerda con esa suerte de encontrar “demócratas” allá por donde vayamos: de los 167 países analizados, 20 son considerados democracias plenas, 55 son democracias imperfectas, 39 son regímenes híbridos y 53 son países autoritarios. Por consiguiente, el 43% de los países examinados son democracias defectuosas y el 5% vive en democracias plenas, lo que no significa que sean perfectas. No existen democracias perfectas, sino mejorables, como los ciudadanos, las instituciones y los representantes políticos.

Si echamos la mirada hacia atrás, cosa que conviene hacer para no perder de vista de dónde venimos, y de qué pasta estamos hechos, entre los griegos clásicos, con los que surgió la democracia en el mundo, no gozó de una confianza tan unánime, al menos entre sus filósofos más influyentes y decisivos, como Platón y Aristóteles. La democracia se identifica a menudo con la regla de la mayoría y, como es bien sabido, esta puede rechazar y pervertir la excelencia. Es uno de los asuntos tratados en la República de Platón. De modo que la llamada tiranía de la mayoría no es una excepción de la democracia.

Aristóteles, que tampoco era “demócrata”, pero cuya filosofía gira en torno a cómo mejorar la polis, es decir, la ciudad, lo que es de todos, pensaba que esta forma de organización social y política no era del todo inadecuada siempre y cuando los ciudadanos estuvieran bien formados y educados y participasen en la vida pública. Aún más, el cómico Aristófanes se burla de la democracia presentando en algunas de sus obras a Demos, el pueblo, personaje caracterizado como un viejo que siempre quiere más y que está dispuesto a seguir a cualquier indecente que le prometa algo y le adule.

José Rubio Carracedo, Catedrático de Ética y Filosofía Política, que fue profesor mío, solía decir: “No se nace demócrata; se aprende a serlo”. Aunque por donde yo ando parece que todas las personas lo han aprendido, uno sospecha que este aprendizaje, al igual que la democracia, nunca se termina de conquistar por completo. A continuación, voy a describir cuatro características de los auténticos demócratas que, lejos de ser naturales, no siempre se alcanzan, y de hacerlo sólo es posible mediante una perseverante formación y una sostenida lucha consigo mismo.

Primero, somos egoístas por naturaleza, y quizá nunca dejamos de serlo, lo que es una actitud contraria al “demócrata”, que debe mirar por el bien común y no sólo por el propio. No obstante, algunas personas, en su proceso de educación aprenden a comportarse de otro modo, y pasan de un egoísmo cerrado a uno abierto, donde sienten y piensan a los otros como una parte de “nosotros” y, en consecuencia, cultivan valores morales como la compasión, la empatía, la reciprocidad, la bondad, la generosidad o la solidaridad.

Segundo, escuchar a los otros es un arte que se aprende. Lo más cómodo, lo más fácil, es hacer como si se escucha, cuando en realidad sólo se oye. Escuchar requiere atención, complicidad, esfuerzo por comprender, analizar y, si procede, criticar de forma edificante. Me temo que muchas personas sólo se escuchan a sí mismas, y algunas ni siquiera llegan a ello. Recuérdese que sin alteridad no hay transformación de la identidad: llegamos a ser quienes somos gracias a los otros. Es lo que le sucede al capitán Gerd Wiesler en esa conmovedora película dirigida por Florian Henckel Von Donnersmarck, La vida de los otros.

Tercero, e inseparable de la anterior, reconocer los mejores argumentos, provengan de donde provengan, incluso en contra de nuestros intereses particulares o de partidos, con el fin de ponerlos en práctica por el bien común. Dicho sea de paso, a poco que nos descuidemos, las democracias degeneran en otros fenómenos. Muy frecuentemente en “mercadocracia”, el gobierno de los mercados; en no pocas ocasiones en “mediocracia”, el gobierno de los mediocres, los incompetentes, los sonámbulos, como lo ha descrito en un reciente ensayo el filósofo y profesor de Ciencias Políticas Alain Deneault; a veces en “partitocracia”, el gobierno de los partidos, que también pueden secuestrar la democracia, etimológicamente, el gobierno del pueblo o, si se prefiere, de los ciudadanos.

Y, en cuarto lugar, pero no menos importante, dialogar, ceder y alcanzar acuerdos con los que se elaboren leyes y reformas que nos permitan situarnos a la altura de los tiempos, como reclamaba Ortega y Gasset, y abrazar una concordia entre los diferentes partidos políticos que representan la pluralidad ideológica de los ciudadanos de una nación, siempre al servicio de la comunidad o del Estado.

Antes de concluir, quisiera recordar una definición de democracia propuesta por Amelia Valcárcel en Ética para un mundo global: “una democracia es una sociedad política que garantiza la paz interna, asegura la libertad individual, se rige por la regla de mayorías, posee una tabla de mínimos de bien común y se funda en un conjunto de valores que significa con las prácticas y ritos adecuados”.

Se trata, por tanto, de toda una cultura, esto es, algo que necesita nuestro cuidado y cultivo continuo para extraer sus mejores frutos. Los sistemas democráticos exigen bastante de nosotros en tanto que personas y ciudadanos; si no estamos a la altura de las exigencias recíprocas, difícilmente lo estará el sistema. Y es poco menos que inútil, cuando no infantil, atribuir las responsabilidades a otros cuando nosotros no desempeñamos las nuestras.

¿Por qué casi nadie nos advierte que, para mantener y mejorar este sistema de organización social y política, se necesitan tantos esfuerzos conjuntos e inteligentemente dirigidos? Tal vez porque con esta información no se obtienen votos ni se ganan elecciones. Sea como sea, cuando se encuentren con algún demócrata, y estoy seguro de que lo harán constantemente, sin ir más lejos a la vuelta de la esquina, comprueben si cumplen estos cuatro requisitos de manera habitual en su vida cotidiana, y en qué grado. Tal vez descubramos que no somos tan demócratas como creemos de puertas para adentro.

Leer más en HomoNoSapiens| Populismo o Democracia El gobierno a favor del pueblo (I): ¿Qué es vivir en democracia? ¿Monarquía, República, Democracia? Monográfico Revolución y Utopía: Entre lo que es y lo que debe ser.

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About Author

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 230 ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), "Conocerte a través del arte" (2018) y "Meditaciones de Ronda" (2020). Asimismo, ha colaborado en otros 15 libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Claves de la Razón Práctica, Cuadernos Hispanoamericanos, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo" (inédito), y la Beca de Investigación Miguel Fernández sobre poesía española actual (2019, UNED) por "Cuanto sé de Eros. Concepciones del amor en la poesía hispanoamericana contemporánea", que verá la luz a finales de 2020. Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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