Realidad y apariencias: un enfoque axiológico. Monográfico Realidad y Apariencia

Realidad y apariencias: un enfoque axiológico. Monográfico Realidad y Apariencia

Imagen |Rafael Guardiola

La filosofía se ha ocupado de la cuestión de la realidad desde una perspectiva ontológica, entendiendo lo real o bien como lo que es o bien como lo que existe. El debate ha sido ontológico, y a veces metafísico. Por la primera vía surgió el mundo de las esencias, que ha sido explorado a fondo por diversas filosofías idealistas (Platón, Agustín de Hipona, Kant, Hegel, Husserl…). Aristóteles añadió la categoría de sustancia, que desde su origen tuvo claras connotaciones valorativas, al igual que el concepto de esencia. Esa carga axiológica de las categorías ontológicas queda clara en la jerga filosófica habitual cuando alguien afirma que se ocupa de la filosofía sustancial (que es la buena, y la importante), pero también en el habla cotidiana: ¡vamos a las cuestiones sustanciales! Los hablantes usan elogiosamente los calificativos ‘sustancial’ o ‘esencial’, mientras que sus opuestos ‘insustancial’ o ‘inesencial’ suelen tener connotaciones fuertemente peyorativas. En un artículo publicado en un libro de homenaje a Javier Muguerza (Echeverría 2016), propuse una axiología de la ontología cuyos plantamientos básicos resumo ahora en esta reflexión colectiva sobre realidad y apariencia. Dicha propuesta culminó una línea de investigación iniciada en 2002, de la que se han derivado publicaciones que quedan referidas en la bibliografía.

Los aristotélicos, los empiristas y, en general, los filósofos “realistas”, suelen referir el término “realidad” a “lo existente”. Los más positivistas lo restringen incluso a “lo observable”, término este que también adquirió carga axiológica en el Círculo de Viena.  La mayoría de los filósofos de la ciencia posteriores, por ejemplo Bas van Fraassen, afirman que lo observable y lo medible tienen mayor valor epistemológico, punto éste en el que los científicos creen a pies juntillas. Otro tanto cabe decir de lo cognoscible y lo incognoscible, y ello desde el origen de la filosofía. Los filósofos jonios entendieron la realidad como physis, afirmaron la su condición ordenada (kósmos) e incluso sustancial (Aristóteles) y, además, postularon su cognoscibilidad y su inteligibilidad. De esta manera introdujeron valores epistemológicos muy importantes, que han perdurado en la historia de la filosofía y de la ciencia. Hacer inteligible la realidad y el orden físico (cosmología) ha sido, desde entonces, la tarea principal de la filosofía natural. En suma: tanto la filosofía como las ciencias de lo existente han postulado siempre el valor del conocimiento, y no sólo el valor del ser. Consecuencia: la ontología y la epistemología han estado y están cargadas de valores. La moral, la estética y la religión no tienen el monopolio de los valores. En esto consiste el giro axiológico que varios filósofos de la ciencia hemos propugnado en las últimas décadas (Agazzi, Olivé, Putnam y Rescher, por ejemplo).

Para debatir sobre los conceptos de realidad y apariencia propongo difuminar el enfoque ontológico y adoptar una perspectiva axiológica, según la cual lo real, lo irreal, lo ficticio y sus campos semánticos correspondientes son interpretados como valores, al igual que lo existente, lo posible, lo imposible y lo inexistente. En muchas ocasiones, dichos vocablos tienen connotaciones axiológicas, además de ser categorías ontológicas. El enfoque axiológico no excluye al ontológico, pero se distingue de él.

Dando otro paso, no sólo propongo considerar el concepto de “realidad” como un valor, sino entenderlo como una función axiológica (Echeverría 2002). Así se puede explicar por qué los valores generan creencias, en el sentido orteguiano del término. Decir que algo es real (irreal, ficticio, imaginario, apariencial) conlleva valoraciones. Dicho en términos más técnicos (Echeverría 2016): el concepto de realidad atañe a los seres, pero también a los valeres.  El debate sobre la realidad y las apariencias se transforma radicalmente cuando se asume una perspectiva axiológica. Los realistas aceptan que lo real vale más que las apariencias.

El giro axiológico en ontología tuvo su origen en Lotze y fue asumido en parte por filósofos de los valores como Richter, Scheler, Ortega y Gasset, García Morente y otros. Su afirmación principal es la siguiente:

1) los valores no son, valen.

Aplicando ese lema a la cuestión de la realidad, diré que:

1a) la(s) realidad(es) no son, valen.

Esta es mi primera propuesta para el debate, formulada en términos muy abstractos. Parto de la hipótesis filosófica orteguiana según la cual la estructura del “mundo del valor” es muy distinta a la del “mundo del ser” (Echeverría y García Pérez 2017). Por otra parte, los modos de decir el valer son distintos a los modos de decir el ser, como también subrayó Ortega (1923). De la propuesta 1a) derivo una consecuencia polémica:

2) Hay que reflexionar sobre la realidad en plural, no en singular.

Otro tanto diría de la categoría de apariencia, aunque en este caso el pluralismo suele estar asumido. Esta hipótesis 2) asume que hay varias realidades (mundos, apariencias), no una sola (ni un solo mundo, ni una sola apariencia). No sólo hay un mundo o realidad física (con sus correspondientes irrealidades físicas, como el éter o el móvil perpetuo de segunda especie). También hay realidades (e irrealidades) sociales, políticas, tecnológicas, etc. Esto sucede porque, en la medida en que el término “realidad” es analizado como un valor, entonces los diferentes tipos de valores generan diversas modalidades de realidad. Otra consecuencia derivada: hay una pluralidad de mundos. Contrariamente a las ontologías monistas, que han predominado a lo largo de la historia, hay realidades y mundos plurales, no sólo una diversidad de apariencias. Los pluriversos de William James y de la cosmología actual aportan un modo de pensar la pluralidad de mundos físicos.

3) Hay grados de realidad.

Esta tercera hipótesis, también controvertible, surge como consecuencia del enfoque axiológico adoptado. Según Ortega, Scheler y otros axiólogos, una de las propiedades generales del mundo de los valores consiste en que cada valor se ordena en base a grados o rangos. La expresión gramatical de esta propiedad del mundo de los valores consiste en las oposiciones mejor/peor, bueno/mejor/óptimo y malo/peor/pésimo. Pues bien: así como unas cosas son mejores o peores que otras, así también unas cosas son más reales o más ficticias que otras. Las apariencias también son cuestión de grado. Dicho sea de paso: un planteamiento así permite abordar cómodamente el debate actual sobre Internet, el mundo digital y la realidad virtual. Una realidad sería la physis (primer entorno), otra la pólis (segundo entorno) y otra el mundo digital (tercer entorno). Tres tipos de realidad. Unas serían más reales que otras según cada cual entienda y aplique la función axiológica “realidad”. Para Google, Apple, Facebook, Twitter, Amazon, etc., así como para muchos de sus usuarios, la así llamada “Nube”, es real, muy real. Incluso más real que la ciudad o el país donde viven y están ubicados. Desde un realismo fisicalista podrá pensarse que eso es falso. Pero desde el tecno-realismo que defiendo (hay tecnociencias, tecnomundos, tecnopersonas: ver Echeverría 2018) esa creencia en la realidad de la “Nube” está perfectamente justificada. La “Nube”, sea lo que sea, genera valor. Y lo importante es valer, más que ser. Parafraseando a Hamlet: valer o no valer, that’s the question. Hoy en día hay apariencias que son más valiosas que lo real. La economía y la publicidad aportan buenos ejemplos de las nuevas artes del engaño, que remedan la caverna platónica.

4) La realidad es una creencia, no una idea.

Según Ortega y Gasset, las ideas se tienen, en las creencias se está. Las creencias nos constituyen como sujetos[i]. Profundizando en esa distinción entre ideas y creencias, Ortega abordó el problema de la realidad de la siguiente manera:

“precisamente porque son creencias radicalísimas se confunden para nosotros con la realidad misma”… “son nuestro mundo y nuestro ser”    (Ortega, Obras Completas, X, p. 384)… “forman nuestro mundo real” (Ibid., p. 398).

Según él, aludimos a nuestras creencias “como solemos hacer con todo lo que nos es la realidad misma” (Ibid., 385). Años antes de su conocido escrito sobre ideas y creencias (1947), Ortega ya había afirmado algo similar en su artículo Del imperio romano: “que las creencias son realidad es incuestionable” (OC, VI, p. 62).

Como puede verse, Ortega vinculó estrechamente la noción de realidad con la de creencia. A mi entender, se refería a una noción subjetiva de realidad (a la conciencia o al yo). Pero lo que es real desde una perspectiva subjetiva puede devenir creencia colectiva de que “algo muy general es o puede ser real”: por ejemplo la patria, la historia o la revolución. Las creencias orientan las acciones, por eso están vinculadas al mundo de los valores. Generan acciones reales, individuales o colectivas, que tienen consecuencias reales. El teatro y el cine pueden estar basados en ficciones, pero sus efectos sociales y económicos son reales. Hay que abordar la noción de realidad como creencia y en base a las consecuencias que dicha creencia tiene.

En 1954, un año antes de morir, Ortega formuló su teoría sobre las creencias con gran precisión:

(las creencias) “no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Más aún: precisamente porque son creencias radicalísimas se confunden para nosotros con la realidad misma —son nuestro mundo y nuestro ser—, pierden, por tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podrían muy bien no habérsenos ocurrido” (OC, IX, p. 721).

Obsérvese la tesis ontológica subyacente: somos creencias. En función de ello hay realidad (para nosotros). Parafraseando a Ortega, diré que:

4a) la realidad es una creencia, acaso la principal de los seres humanos.

Ahora bien, a lo largo de la historia ha habido distintas creencias radicales, y por ende distintas realidades. Hoy en día también. Si una comunidad cree en determinadas divinidades, los creyentes no dudan de la existencia real de dichas divinidades. Las creencias religiosas han aportado una modalidad de realidad canónica, que sigue operando en diversas culturas y atañe a millones de personas. En cuanto a la filosofía, pese a su problematización de las creencias y de las divinidades, en su alegoría de la caverna Platón ya dijo hace siglos que lo real es el mundo de las ideas (cósmos noetós) y que el mundo sensible es una apariencia. Al hacerlo, valoraba máximamente a las ideas y mínimamente el mundo empírico, por ser apariencial. Aristóteles teorizó después la realidad física y dio origen a la ciencia natural y también al realismo científico, que sigue vigente hoy en día entre los científicos. Sin embargo, también en este caso subyace una valoración:

5) la physis (o naturaleza) es lo real por antonomasia.

Este enunciado general puede ser ilustrado mediante todo un elenco de hipótesis semejantes a ella, pero distintas: existe el realismo social, el realismo político y el realismo económico. Rizando el rizo cabe mencionar una modalidad de realismo particularmente curiosa: el realismo matemático. Valgan como ejemplo los números reales, los cuales se distinguen de los enteros, de los negativos, de los racionales y de los imaginarios (o complejos).  Aunque aquí no voy a ocuparme de ello, la noción de realidad matemática también ha cambiado en la historia.

6) Las entidades matemáticas, ¿son reales o aparienciales?

Esta sexta cuestión es interesante para ampliar el debate y muestra que, a la hora de reflexionar sobre las nociones de “realidad” y “apariencia”, no basta con hablar de la physis, de la naturaleza o de lo observable. El gran debate sobre el realismo y el ficcionalismo se ha producido tradicionalmente en matemáticas, y hoy en día en las computing sciences, o tecno-matemáticas. Un matemático realista no duda de que Pi es una magnitud que existe independientemente de los seres humanos, sin perjuicio de que hayan sido los seres humanos quienes han definido lo que es Pi, en tanto relación entre la longitud del diámetro y la longitud de la circunferencia de un círculo. Tampoco duda de que la secuencia de números decimales que definen dicha magnitud Pi, 3’141592…, no depende del arbitrio de los matemáticos: estos inventan muchas cosas, ciertamente, pero también descubren entidades matemáticas reales. Por ejemplo: los pitagóricos descubrieron las magnitudes irracionales, lo cual generó la primera gran crisis ontológica, epistemológica e “institucional” de la historia de las matemáticas. ¿Por qué hubo crisis? Porque la noción de realidad matemática cambió radicalmente, y con ella las creencias de los matemáticos. Es cierto que Eudoxo aportó una brillante solución técnica al problema, mediante su álgebra de proporciones, que Euclides resumió en sus Elementos de Geometría. Sin embargo, los matemáticos tardaron muchos siglos en dar un fundamento ontológico y epistemológico riguroso a los números irracionales. Otro tanto sucedió siglos después con los números negativos, los imaginarios y los números trascendentes. La fundamentación de los números reales la logró Cauchy en el siglo XIX. A partir de ese momento, la creencia en los números reales quedó perfectamente asentada, y poco después la creencia en los números imaginarios, los cuales pasaron a ser denominados números complejos.

Un ejemplo similar proviene de la historia del cálculo infinitesimal: Berkeley negó vehementemente que los infinitésimos fuesen entidades reales. Sin embargo, siglos después Robinson los convirtió en hiper-reales. Los ejemplos podrían multiplicarse, llegando hasta nuestro tiempo. Valga un botón de muestra: ¿es real el fractal de Mandelbrot? ¿O sólo es una ficción?

Consejo: no olvidemos a Leibniz, quien introdujo la noción de ficciones útiles. El propio cálculo diferencial e integral lo era, según él. Al hablar de ficciones bien fundadas y de mundos posibles, Leibniz planteó un problema filosófico de primera magnitud, puesto que contrapuso lo real y lo ficticio en matemáticas, pero también en cosmología. Fue un pensador plenamente pluralista.

El enfoque axiológico permite interpretar adecuadamente estos grandes debates ontológicos y epistemológicos. Propongo pues la siguiente hipótesis:

7) Para los científicos (no así para los artistas, ni para los literatos), lo real vale más que lo ficticio.       

Las matemáticas no sólo son ciencias, también son artes. Por eso no descartan lo ficticio, siempre que sea útil, fecundo, creativo, bello, elegante, etc. Los matemáticos pueden creer en ficciones y operar con ellas. Su realidad no se reduce a la physis. Ha ocurrido muchas veces que esas ficciones se han convertido en físicamente determinantes, y por ende reales. El ejemplo más obvio es el de las cónicas: en Grecia no eran figuras geométricas, sino mecánicas. A partir de Galileo, Kepler y Newton pasaron a expresar el orden del cósmos físico (o al menos el del sistema solar).  Algunas ideas (ficciones, invenciones) devienen creencias y realidades porque resultan científicamente valiosas. La clave está en su valor, no en su existencia real o imaginaria (ficcional). Esto es claro hoy en día con las simulaciones informáticas y computacionales, pero también con los modelos estadísticos. Los modelos matemáticos aportan apariencias, pero se aplican a las realidades y permiten interpretarlas, medirlas e, incluso, predecir qué será real y qué no. La caverna matemática ha sido históricamente muy útil, aun siendo caverna. Cuando se demuestra la existencia y la unicidad, más la utilidad y la fecundidad de determinadas ficciones matemáticas, entonces esas entidades se convierten en realidades. Muchas de ellas pasan luego a “existir” en el mundo físico, en el mundo social o en los mundos tecnológicos. Devienen creencias matemáticas, y luego creencias sociales. La curva de Gauss es un buen ejemplo.

Voy terminando. Hay creencias religiosas, creencias físicas (los átomos; el segundo principio de la termodinámica; el bosón de Higgs, más recientemente, gracias al experimento del CERN), creencias biológicas (la teoría de la evolución, la creencia en el ADN como clave de las especies naturales) y también creencias tecnológicas (la creencia en la singularidad tecnológica, o en el advenimiento de una especie transhumana). Fichas creencias atañen a valores ontológicos relevantes como la existencia o la inexistencia. La distinción entre ideas y creencias tiene interés para reflexionar sobre el concepto “realidad”, porque permite interpretar pasajes importantes de la historia de la ciencia (y de la tecnología) como conversión de algunas ideas en creencias.

Concluyo: para los seres humanos, la realidad es una creencia, que puede ser propia o compartida. Puede referirse al mundo exterior, con toda su variedad de fenómenos y mundos, pero también al mundo interior. Siendo más precisos habría que hablar de realidades. No hay una sola realidad, sino varias, y de muy diversos tipos (múltiples mundos). Ni siquiera la realidad propia es una. No en vano se distingue entre sueño y vigilia. Los mundos oníricos problematizan la realidad propia, la cual depende de la conciencia, y esta puede ser engañosa.

La distinción orteguiana entre ideas y creencias es pertinente al hablar de realidad y apariencias. Tenemos ideas, incluso teorías científicas, pero estas son hipotéticas, cambiantes, falsables. Hay realidades verdaderas y ficticias, en base a sus efectos y consecuencias. La oposición real/irreal, así como la distinción de grados de realidad, sugieren la condición axiológica del término “real”. Hay todo un ámbito de valores ontológicos de los que no suele hablarse, pero que pueden ser analizados formalmente como funciones axiológicas. Creer que es una de las vías de acceso de los humanos al mundo de los valores, pero también creer que no, o descreer. Poner en duda, cuestionar la realidad (y los valores en general), e incluso transmutar los valores es el oficio del filósofo. Por eso es un personaje incómodo desde Sócrates, porque cuestiona las creencias comunes, que están a la base de los diversos órdenes y cosmos: físico, social, económico, político, cultural, etc.

La religión aporta otra modalidad de creencia, no basada en la percepción, sino en la fe en Dios, en lo sagrado y, en las religiones monoteístas, donde Dios es lógos, gracias a la revelación o Escritura. Millones de personas creen en la realidad de Dios (del cielo, de los infiernos, de los santos, de la salvación) y esa creencia guía sus conductas y su modo de vivir. Los dioses existen mental y socialmente, tengan existencia física o no. A veces, incluso, se aparecen. Realidad y apariencias son valores contrapuestos y graduales.

Recordemos a Platón y su cósmos noetós, según la cual la physis, la pólis e incluso el Olimpo son cavernas (ficciones artificialmente construidas). Lo real es el mundo de las ideas, siendo el mundo natural una apariencia. Otro tanto dijo Hegel. El espíritu absoluto se manifiesta en la Naturaleza, en las Lenguas, en la Historia y en los Estados. Pero Real (e Ideal) es el Espíritu Absoluto. Hegel fue un idealista/realista.

Hay realidades, perspectivas distintas de lo real, unas más o menos ficticias. Cada cual afirma su propio grado de creencia en la realidad y conforma así su realidad propia. Pero la Realidad sólo es una a título ideal. En realidad, es plural,  porque es un valor, y hay muchos tipos de valores. Ello no impide que muchos sigan creyendo en lo Uno (el Universo) como lo real por antonomasia. Afirman el valor de lo Uno. Están en su derecho. La perspectiva pluralista asume la existencia de diversos monismos axiológicos y ontológicos.

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Referencias bibliográficas:

Evandro Agazzi 2004, Right, Wrong and Science. The Ethical Dimensions of the Techno-Scientific Enterprise. Amsterdam-New York: Rodopi.

Javier Echeverría 2002a, Ciencia y Valores. Barcelona: Destino.

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Javier Echeverría 2013, Entre cavernas: de Platón al cerebro pasando por Internet. Madrid: Triacastela.

Javier Echeverría 2016, “Dimensiones axiológicas de la Ontología. Replantear la Estimativa de Ortega y Gasset”, en Roberto R. Aramayo, C. Roldán, J. Francisco Alvarez y F. Maseda (eds.), Diálogos con Javier Muguerza. Paisaje para una exposición virtual. Madrid: Ed. CSIC, pp. 503-534.

Javier Echeverría y Sandra García Pérez 2017, “La Estimativa de Ortega y sus circunstancias”, Revista de Estudios Orteguianos, 34, pp. 81-115.

Javier Echeverría 2018, “Philosophy of Technoworlds and Technopersons”, in B. Laspra and J.A. López Cerezo (eds)., Spanish Philosophy of Technology. Berlin, Springer, 153-164.

Manuel García Morente 1996, Obras Completas, Barcelona, Anthropos.

Diego Gracia,  2011, La cuestión del valor. Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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José Ortega y Gasset 1923, Introducción a una estimativa. ¿Qué son los valores? Madrid. Revista de

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Nicholas Rescher 1999, Razones y valores en la era científico-tecnológica, Barcelona, Paidós.

Max Scheler 2009, Ética. Madrid, Caparrós Editores.

Bas Van Fraassen 1980, The Scientific Image. Oxford: Oxford University Press.


[i] Valga el ejemplo de las lenguas e idiomas, que es donde se expresan las creencias ( y los valores): las lenguas no se solo se practican, en ellas se está, en tanto sujeto.

Sobre el autor

Javier Echeverría Ezponda

La talla intelectual y personal del profesor e investigador Javier Echeverría Ezponda (Fundación Vasca de Ciencia, Universidad del País Vasco) es difícil de resumir en breves líneas. Señalaremos algunos aspectos destacables. Sus intereses actuales en el campo de la Ética y la Filosofía de la Ciencia y la Tecnología giran en torno a la sociedad de la información y el conocimiento, y los estudios sobre innovación. Acumula 35 años de experiencia investigadora en Centros de EEUU, Francia, Alemania y Bélgica. Ha sido Premio Euskadi de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales en 1997, Premio Anagrama de Ensayo en 1995, y Premio Nacional de Ensayo 2000. Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense y Doctor en Ciencias y Humanidades por la Universidad de París (La Sorbona). Además ha sido profesor investigador del Instituto de Filosofía del CSIC. Es un prolífico ensayista, algunas de cuyas obras han sido muy leídas y muy tenidas en cuenta por su profundidad y calidad innovadora, clarificadora y sistematizadora, no exentas en ocasiones de un necesario carácter provocador. Citamos, como ejemplos: Telépolis (1994), Los señores del aire (2000), Ciencia y Valores (2002), o la más más reciente, El arte de innovar. Naturalezas, lenguajes, sociedades (2017), muy conectada con el presente artículo que inaugura esta serie de tres

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