¿En qué creen los que no creen?

¿En qué creen los que no creen?

Imagen| La incredulidad de santo Tomás, Caravaggio

Uno de los grandes filósofos de las últimas décadas, Umberto Eco, y el que fuera arzobispo de Milán y aspirante a ser nombrado Papa, Carlo María Martini, mantuvieron una educada, cordial y penetrante correspondencia epistolar entre marzo de 1995 y enero de 1996 acerca de cuestiones religiosas como la esperanza, el sentido y/o el sin sentido de la vida o el fundamento de la acción ética, es decir, por qué debemos comportarnos bien después de que según Nietzsche “Dios ha muerto”, y como se preguntaba Dostoievski a través de uno de sus personajes: “Si Dios ha muerto, ¿está todo permitido?”.

A esta correspondencia se sumaron luego un coro de voces compuesto por otros filósofos (E. Severino y M. Sgalambro), periodistas (I. Montanelli y E. Scalfari) y políticos (V. Foa y C. Martelli) que reunieron sus intervenciones en un libro cuyo sugerente título es la pregunta que he escogido arriba como título, pregunta que puede parecer retórica, pero que entiendo que no es así: no solo el creyente o el agnóstico sino también el increyente e incluso el ateo cree en algo.

Uno, que no ha recibido la bendita gracia de Dios para creer en él ni para muchos otros menesteres, aceptaría la creencia en esa religiosidad laica que cultivó Eco: “Si yo fuera un viajero proveniente de lejanas galaxias y me topara con una especie que ha sido capaz de proponerse tal modelo (se refiere al modelo de Cristo, del amor universal, del perdón de los enemigos…), admiraría subyugado tamaña energía teogónica y consideraría a esta especie miserable e infame, que tantos horrores ha cometido, redimida sólo por el hecho de haber sido capaz de desear y creer que todo eso fuera la Verdad”.

¿En qué creen los que nos creen? Según uno de los fundadores de la psicología experimental moderna, William James, filósofo pragmatista, no existe la nulidad mental, de manera que nuestros procesos mentales, como percibir, sentir, querer, pensar, etc. se asientan sobre creencias. Desde otra perspectiva coincide con lo que señalará más tarde José Ortega y Gasset en Ideas y creencias. Se acostumbra a creer que las teorías científicas no son creencias, sino leyes comprobadas empíricamente. Pero no hay ciencia sin presupuestos, como intuyera Nietzsche y demostrara con sus dos célebres teoremas Kurt Gödel en el ámbito de las matemáticas, así como tampoco ciencias libres por completo de ideología, como argumentara Habermas.

Ahora bien, podemos distinguir entre creencias flexibles, que son creencias abiertas a ser discutidas, cuestionadas y refutadas, propias de las creencias de las ciencias, y creencias rígidas, que apenas admiten diálogo y menos aún que se pongan en tela de juicio. Mientras que las creencias flexibles son tolerantes, las creencias rígidas desembocan en posturas dogmáticas y fundamentalistas. Por eso las primeras son características de los sistemas democráticos modernos. En cambio, las segundas se tambalean y desequilibran con la duda, el perspectivismo y la pluralidad.

En La voluntad de creer (1877), William James sostiene que el sentido de las creencias es impulsar nuestras acciones: “A menudo nuestra fe anticipada en un resultado incierto es lo único que transforma ese resultado en verdadero. Suponed por ejemplo que trepáis por una montaña y que en un momento dado os encontráis en una posición tan peligrosa que sólo un salto terrible puede salvarnos: si creéis firmemente que sois capaces de efectuarlo con éxito, vuestros pies estarán armados para daros los medios; si carecéis por el contrario de confianza en vosotros mismos, pensáis en las disertaciones que habéis oído en boca de los sabios sobre lo posible y lo imposible, dudaréis un tiempo demasiado largo hasta que al fin, desmoralizados y temblorosos, os lancéis desesperadamente al vacío para precipitaros en el abismo”. ¿Quién no ha experimentado esto en otras circunstancias? Un peregrino que anduvo por esas tierras, George Santayana, habló refiriéndose al ser humano de la “fe animal”.

Esta corriente de pensamiento entronca con el trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson y su visión de la confianza en sí mismo, inspiradora de buena parte del espíritu norteamericano: “No resulta difícil comprobar que una firme confianza en uno mismo ha de provocar una revolución en todas las funciones y vínculos del individuo: en su religión, su educación, sus ambiciones, su modo de vida, sus alianzas, sus propiedades y sus reflexiones”. Mas aunque las creencias puedan impulsarnos a actuar con mayor capacidad y eficacia de la que acostumbramos sin ellas, todo tiene unos límites de racionalidad que según la altura de los tiempos o de las circunstancias podemos considerar más o menos razonables. En otras palabras, la distancia del salto de longitud se ha ido ampliando a lo largo de la historia, pero por mucho que me empecine en creerlo, yo nunca alcanzaré, pongamos, saltar siete metros. Quizá a lo que apunta William James al mantener que el sentido de nuestras creencias es impulsar nuestras acciones sea el motivo secreto de por qué, después de siglos de Ilustración, todavía se cree en los horóscopos y otras supersticiones que para muchos merecen ser (des)calificadas como irracionales.

Por lo que respecta a la nulidad mental, es decir, la imposibilidad humana de no creer en nada, como no es raro que suceda, el arte y la literatura por medio de intuiciones balbucea lo que posteriormente la filosofía conceptualiza y por último las ciencias experimentan (o no). En este caso fue uno de los forjadores del realismo literario, Honoré de Balzac, el que en Une ténebreuse affaire, durante una conversación con la duda metódica del filósofo, matemático y científico René Descartes, escribe: “La duda absoluta que pide Descartes es tan imposible de obtener en el cerebro del hombre como el vacío en la naturaleza, y la operación intelectual por la cual podría conseguirse sería, como el efecto de la máquina neumática, una situación excepcional y monstruosa. Sea en la materia que sea, siempre se cree en algo”.

Al fin y al cabo, hay manifestaciones religiosas en todas las culturas, por lo que  acaso se trata de un universal antropológico. ¿Será el sentimiento de religiosidad -sin institucionalización religiosa, por supuesto- común a todos los seres humanos, independientemente de que se declaren ateos, increyentes o agnósticos? La etimología de “religión” proviene de “religare”, que significa estar vinculado a algo; ese algo no tiene por qué ser un dios trascendente, en el que resulta tan difícil de creer, y ya no solo por lo que consiguen explicar las ciencias; puede ser la naturaleza, otros seres humanos, la música, el arte… El ser humano es un animal crédulo. Y esas creencias que incorporamos nos impulsan a actuar a veces como santos y otras como terroristas. ¿Seremos capaces de actuar como humanos por el bien de los humanos?

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Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de noventa ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (2016), y dentro de poco verá la luz Conocerte a través del arte (2018). Asimismo, ha colaborado en obras como La filosofía y la identidad europea (2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (2009) y Ensayos sobre Albert Camus (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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