Amigos y enemigos, esta es la guerra…

Amigos y enemigos, esta es la guerra…

Durante una convalecencia de unos días de verano de 1873, Nietzsche (1844-1900) le dictó a un amigo un texto de una densidad e intensidad deslumbrante, Verdad y mentira en sentido extramoral. Ahí se pregunta qué es la verdad y señala provocadoramente que no es más que “un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos”. Todavía no ha surgido la lingüística de Saussure (1857-1913) ni el llamado “giro lingüístico”, es decir, la conciencia de que nuestra relación cognitiva con la realidad depende del lenguaje que usamos para comprender, interpretar y comunicarnos.

Hay metáforas, giros del lenguaje y modos de expresarnos tan interiorizados que andamos enredados en ellos y no sé si nos desenredaremos. Una de esas viejas metáforas incrustadas en el inconsciente social es la de la vida como una guerra incesante. Evidentemente, la vida no es una guerra, pero, como la hemos conceptualizado así desde la aurora de nuestra cultura, parece natural e irremediable.

Identificamos esta metáfora entre los fragmentos de los presocráticos con los que se origina la filosofía en Occidente, concretamente en Heráclito (544-484 a. C.), apodado “el oscuro”, pero tantas veces esclarecedor: “La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres”.

Más tarde, en el Siglo de Oro de España la empleará entre otros Baltasar Gracián (1601-1658), que ejercerá una notable influencia sobre Schopenhauer (1788-1860) y Nietzsche: toda la vida es milicia. Esta metáfora se encuentra vinculada a expresiones coloquiales como “ganar”/”perder”, que pueden referirse a una discusión o a cualquier acto de la vida cotidiana, como si fatalmente estuviéramos condenados a ello, como si siempre tuviéramos que ganar o perder (¿acaso no hay quienes aparentemente “pierden”, pero en el fondo “ganan”, y al revés?).

El lingüista George Lakoff (1941) y el filósofo Mark Johnson (1949) han escrito: “Nuestros conceptos estructuran lo que percibimos, cómo nos movemos en el mundo, la manera en que nos relacionamos con otras personas. Así que nuestro sistema conceptual desempeña un papel central en la definición de nuestras realidades cotidianas” (Metáforas de la vida cotidiana, p. 39). No es casual, por tanto, que sirviéndonos de esta vieja metáfora y sus múltiples ramificaciones estemos continuamente en pugna los unos contra los otros, como si la existencia fuera una lucha sin fin.

Otros conceptos ligados a esta guerra sin fin son la pareja, inseparable, “amigos” y “enemigos”. Por nuestras afinidades ideológicas, políticas e incluso deportivas llamamos a alguien “amigo” y al mismo tiempo aparece en contraposición la inevitable sombra del “enemigo”. En esta pareja inseparable late una lógica excluyente que conduce de manera inexorable a la confrontación y a la lucha. El filósofo Carl Schmitt (1888-1985), ideólogo del nazismo, concebía cualquier relación política dentro de este círculo vicioso y sanguinario. Como otras ideologías totalitarias, el nazismo, al igual que ciertos nacionalismos y otros tipos de fundamentalismos, no admite diferencias: o eres “amigo” o “enemigo”.

Me pregunto si no podemos desprendernos de estas metáforas, giros del lenguaje y expresiones que desembocan en conflictos. Sospecho que en no pocas ocasiones son nuestras formas de expresarnos las que nos arrastran a un combate violento. Aún más, cuando usamos el lenguaje de modo irreflexivo e inconsciente se diría que es este, tal como se ha configurado tradicionalmente, el que piensa y actúa por nosotros. De ahí que no debamos dejar de vigilar y pensar nuestra relación con el lenguaje y cómo nos servimos de él, de lo contrario puede ganarnos terreno y doblegarnos.

Para evitar estos conflictos, que generan violencia innecesaria, es conveniente cambiar de marco conceptual. Tal como lo define George Lakoff: “los marcos son estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. Como consecuencia de ello, conforman las metas que nos proponemos, los planes que hacemos, nuestra manera de actuar y aquello que cuenta como el resultado bueno o malo de nuestras acciones. En política nuestros marcos conforman nuestras políticas sociales y las instituciones que creamos para llevarlas a cabo. Cambiar nuestros marcos es cambiar todo esto. El cambio de marco es cambio social” (No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político, p. 17). Salvo que el cambio social requiere algo más que un cambio de marco lingüístico, otro modo de actuar y, por consiguiente, otro escenario.

Ciertamente, el que piensa de manera diferente a mí no es mi “enemigo”, así como el que piensa de modo similar no tiene por qué ser mi “amigo”. Quizá sea mi “adversario” o mi “rival”, pero estos términos no deberían entenderse acompañados de connotaciones despectivas o negativas. Justo porque piensa diferente me puede ofrecer argumentos que me lleven más allá de donde estoy.

Reconozco que algunas de las personas, libros, películas y obras de arte que más me han ayudado y por las que siento mayor gratitud, al poco de conocernos defendían posturas diferentes a la mía, posturas que arremetían contra mis creencias, pero que a lo largo del diálogo las regeneraba en otras. Aunque la guerra todavía no haya terminado, sin ellas, sin estos benditos “enemigos”, no hubiera llegado a ser el que soy. Simplemente quiero manifestarles mi más profunda gratitud.

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Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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