Leer, viajar, conocer

Leer, viajar, conocer

Imagen | Jérémie Gerhardt

Desde sus orígenes, la literatura, la filosofía y la ciencia han estado profundamente vinculadas con el acto de viajar. Pensemos en La Odisea de Homero o en la Ítaca de Kavafis, que convierte el motivo literario en símbolo de la vida de cada uno (curiosamente, decimos que “la vida es un viaje”, pero esto no es sino otra metáfora que la literatura ha introducido en nuestra existencia con la que nos comunicamos y entendemos); pensemos en los viajes de Humboldt, o el de Darwin en el Beagle, cuyas consecuencias han transformado disciplinas como la biología, la psicología, la epistemología, la neurología… Y ha cambiado nuestra concepción de los seres humanos y los demás seres vivos que habitan este bello e inconsolable planeta.

Leer es una de las formas más profundas de viajar con la imaginación. Leer es descubrir y conocer. (Me pregunto si podemos percibir y comprender sin figuraciones nuestras, conocer sin imaginar). Confieso que antes de que viajara en avión, tren o por otros medios de transporte yo viajaba desde niño en una butaca leyendo. Así conocí por primera vez Madrid, París, Londres, Dublín, Praga… de la mano de Galdós, Balzac, Oscar Wilde, James Joyce, Kafka… Si luego he viajado físicamente a estas y otras ciudades ha sido para confirmar o no lo que leí en los libros. Y seguir descubriéndolas, conociéndolas y conociéndonos (culturas y personas): de la vida al libro y del libro a la vida en un camino sin fin.

Del mismo modo que los enamorados viven en la irrealidad de la existencia hasta que el ser amado no ve lo que ellos perciben, para los letra-heridos sólo es real lo que aparece en los libros. No exagero demasiado. Notre Damme ha sido importante desde un punto de vista histórico como símbolo religioso, artístico y cívico-político. Pero adquirió mayor relieve y visibilidad después de que Víctor Hugo escribiera la novela sobre el jorobado de Notre Damme. Las piedras, como los ríos, las plantas, los edificios o las personas, “hablan” a quienes las conocen y aman, a quienes saben descifrar sus signos y leerlas.

Viajar al pasado leyendo es importante para conocer de dónde venimos, qué somos y a dónde podemos llegar. Al igual que conocer la diversidad de culturas puede ampliar nuestra libertad al comprobar lo que hay de diferente y común entre los seres humanos, viajar al pasado puede incrementar nuestra libertad al conocer y permitirnos elegir e injertar en el corazón del presente ideas y valores en ocasiones más elevadas y civilizadas que las que predominan en la actualidad.

Pero no sólo viajamos al pasado, también al futuro, puesto que somos animales utópicos, seres con un pie hundido en la realidad y otro no se sabe dónde, como señaló Platón. El ejemplo paradigmático para ilustrar el poder anticipador del futuro por parte de la llamada “ciencia-ficción” tal vez sea el de Julio Verne, que antes de convertirse en el célebre escritor de relatos y novelas de aventuras fantásticas, siendo todavía un niño, sus padres le prohibieron que se fuera de casa y se embarcara en el puerto. Quizá sus relatos y novelas fueron modos de sublimar esos sueños que no pudieron realizarse. Y algunos de ellos, como De la Tierra a la Luna (1865) se cumplió casi un siglo más tarde, hace ahora 50 años.

En nuestros días una de las principales amenazas de la lectura, y de la capacidad de atender y concentrarnos, son las llamadas nuevas tecnologías, no porque con ellas no se pueda leer, cosa que es inevitable, sino porque proporcionan placeres inmediatos que pueden y suelen ser letales para el desarrollo de otros aprendizajes. Para obtener placer con la lectura, como con la inmensa mayoría de aprendizajes valiosos, se requiere una inversión de tiempo y disciplina que será cada vez más difícil de llevar a cabo. La paciencia para estas ocupaciones, que es la madre de todas las virtudes, está agotándose. De esta manera, paradójicamente, a pesar de los móviles y otras nuevas tecnologías, que en principio parecen hechas para comunicarnos, se diría que andamos más solos.

Precisamente la solitaria y solidaria mano de la lectura podría mitigar estas soledades, pues nada mejor que leer para comprobar que hay otros seres que sienten y piensan como nosotros. Por otra parte, estamos reduciendo nuestro vocabulario hasta límites tan tristes como lamentables, cuando al menos desde Wittgenstein sabemos que “los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”. Por consiguiente, a mayor vocabulario incorporado, más mundo para comprendernos y comunicarnos.

En definitiva, si alguien me pregunta después de todo para qué leer, creo que las palabras con las que Marco Polo se despide en Las ciudades invisibles de Italo Calvino nos ofrecen una sabia respuesta: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo.  La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”. Para ello, como no podía ser de otro modo, se necesita en todo tiempo saber descifrar los signos de la realidad (en realidad, cómo no leer), o sea, estar leyendo, viajando, conociendo.

 

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Categorías: Leer

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 150 ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Claves de la Razón Práctica, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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