Los dos suicidios de Drieu la Rochelle. Monográfico Eutanasia y Suicidio

Los dos suicidios de Drieu la Rochelle. Monográfico Eutanasia y Suicidio

Imagen | Iñaki Bellver

Siempre resulta tentador interpretar la obra de un escritor como una transposición de su propia vida. Más aún lo es encontrar en ella un presagio de su final. Pierre Drieu la Rochelle se suicidó el 15 de marzo de 1945, en París, por ingestión de gas venenoso. Quince años atrás, había escrito la que hoy es la novela más conocida de su producción, El fuego fatuo, que narra los dos últimos días de la vida de un joven tras haber tomado la decisión de suicidarse. Nunca he creído en ese fácil adagio que proclama que la vida imita al arte, pero teniendo en cuenta que, desde su juventud, Drieu había jugado con esa posibilidad, y conociendo el bucle reflexivo en que lo había sumido desde siempre su temperamento autodestructivo, no es difícil imaginar que, en esos días últimos, por su mente desfilaran reflexiones muy parecidas a las que había puesto en la cabeza de su personaje, el joven Alain: no en vano, ya en su momento, había sido considerado una especie de alter ego del autor.

Drieu la Rochelle se mató porque, esta vez de modo definitivo, no encontró la salida al angosto callejón que para él siempre había sido la vida. En ese primer invierno de la liberación, había eludido a duras penas el cerco de la vengativa justicia. Su fuerte implicación con los alemanes durante los días de la Ocupación solo podía acabar con su detención, enjuiciamiento y quién sabe si condena a muerte, como le sucedería a otro intelectual fascista tan comprometido como él, Robert Brasillach, y en cualquier caso, con el vituperio público, con esa definitiva humillación que su sensible fragilidad no podría soportar. Estaba cansado de huir, de seguir fracasando en su ajuste de cuentas con la vida (en los últimos días, los médicos le salvaron la vida en dos ocasiones, primero a raíz de una sobredosis de barbitúricos, y más tarde, cuando, en el mismo hospital, se cortó las venas). Abrió la espita del gas y se durmió ya para siempre.

El tiempo, el talento y tal vez la inevitable aureola romántica que siempre impregnó su nombre han convertido a este escritor fascista, que no dudó en abrazar con ardor la ocupación nazi, en una figura trágica y sugestiva. Nacido en 1893, siempre llamó la atención: de las mujeres, por su estampa alta y atractiva, por su gesto seductoramente indolente; de sus amigos y compañeros de armas intelectuales, por la sinceridad con que se condujo en todo momento en sus avatares ideológicos y literarios. Como tantos otros, su insatisfacción ante el mundo que lo rodeaba (sin duda, proyección de su insatisfacción interior) exigía un cambio, una revolución de las costumbres y las ideas, una revolución que no podía ser pacífica porque, en esos días, ninguna revolución que se preciara podía nacer de otro modo que no fuera violento. Pudo hallarla bajo la vía del comunismo, pero terminó creyendo encontrar la luz en el fascismo: sus viajes a Alemania terminaron por rendirlo al atractivo de Hitler.

En este sentido, estremece la casi exacta correlación de las vidas paralelas de los artistas y escritores españoles y franceses durante esos primeros años treinta: compartieron amistad y revistas, tardes de tertulia y noches de juerga. El mismo Drieu fue íntimo amigo de quien sería el bardo comunista, Louis Aragon (al que acabaría odiando a muerte), y del entusiasta impulsor de los congresos antifascistas, André Malraux (de uno de cuyos hijos sería padrino durante la Ocupación). En España, escritores que pocos años después militarían en bandos irreconciliables (los comunistas Rafael Alberti o José Bergamín junto al futuro primer ministro de educación de Franco, Pedro Sáinz Rodríguez, o el propio director de la publicación, el cantor del fascismo Ernesto Giménez Caballero) compartieron espacio común en las páginas de La Gaceta Literaria; en Francia, en las de la Nouvelle Revue Française, la revista que desde su fundación en 1909 marcaba el pulso intelectual del país. Recién ocupado París, el nuevo embajador alemán, Otto Abetz, antiguo conocido de Drieu y notorio amante de la cultura francesa, le ofreció la dirección de la «renovada» NRF, lo cual le ganó la lógica animadversión de (casi todos) sus antiguos compañeros y amigos, a los que fustigaría sin piedad desde esa tribuna.

El fuego fatuo fue publicado en 1931, cuando el viraje hacia el fascismo de Drieu todavía era una mera sombra del futuro. El protagonista es un joven heroinómano de 30 años, Alain, que en apariencia está pasando una cura de desintoxicación en una clínica, pero que, en realidad, ni puede ni quiere dejar atrás su adicción a la heroína. En realidad, la droga es el último paso dentro de un proceso de autodestrucción que se dirige ya hacia el abismo definitivo. La novela transcurre a lo largo de dos escasos días en los cuales, por así decirlo, Alain se despide de sus amigos y conocidos, de su amante y de la misma París, que ha sido testigo de su frustrada existencia. Dos días en los que, cierto, alguno de esos encuentros contiene la semilla de una posible redención, pero sin que ninguno de ellos consiga alejar al protagonista del amargo nihilismo en que ha caído desde mucho tiempo atrás.

¿Es Alain un avatar de Drieu? En principio, el personaje no es escritor, si bien en algún momento se señala que, entre los sueños truncados de su existencia, se encuentra el de la literatura. Como Drieu, posee un notable atractivo para el otro sexo, lo cual, sin embargo, supone otro símbolo de su frustración: Alain acabó provocando la huida de Dorothy, su esposa americana, al otro lado del océano, y allí permanece, símbolo del ángel bueno que todavía podría enderezar su existencia, pero que tan pronto anhela como rechaza, temiendo su luz tanto como la necesita. Como Drieu, la existencia parece haber sido para Alain, ante todo, una huida hacia delante, en el curso de la cual, sin embargo, ha trazado amistades y ha despertado amores, porque no puede evitar atraer a los demás. Esa expectativa, no obstante, es tal vez la causa de su ruina: esperando ser algo, ha acabado no siendo nada. Es más: el propio fracaso del protagonista (¿de Drieu?) actúa a modo de espejo oscuro para quienes lo rodean: a ojos de Dubourg, el amigo con el que mantiene la más larga y tal vez decisiva conversación de la novela, la degradación de Alain es el reflejo de su propia incertidumbre, de la sensación de que, pese a la aparente conformidad con la vida plena que ahora lleva, tal vez esta no sea sino una de las máscaras de la derrota. Del mismo modo, ¿acaso el hundimiento de Drieu en el fascismo y su patética aventura en compañía de los ocupantes no fue uno de los más tristes emblemas del fracaso de la Tercera República francesa y de la aventura intelectual de algunas de sus mentes más brillantes?

¿Quién habla cuando dice que «el optimismo es una vulgaridad o una hipocresía», Alain o Drieu? ¿Quién cuando proclama que el suicidio es el recurso de hombres que «nacieron para la acción, pero han postergado la acción; entonces, la acción se vuelve contra ellos»? Como Drieu esas semanas errantes por un París donde los fantasmas parecían acecharle desde cualquier rincón, la vagabundez de Alain por casas y por bares, por el día y por la noche, por entre amigos y desconocidos, deviene un bucle sin salida, una cinta de Moebius que él decide quebrar sujetando una pistola contra su corazón y disparando. («Un revólver es algo sólido, es de acero», dicen las últimas y tristes palabras de la novela, abundando en esa prosa a la vez seca e inconteniblemente lírica que caracteriza el libro. «Es un objeto. Tropezar al fin con el objeto.») A Drieu, sin embargo, la ansiada muerte le llegaría gracias a un elemento intangible: el gas.

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Sobre el autor

José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

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