Carcassonne, una ciudad embalsamada

Carcassonne, una ciudad embalsamada

Pasear por las callejuelas empedradas de Carcassonne, una pintoresca ciudad en el sur de Francia, es un auténtico viaje al pasado. Un pasado ciertamente cuestionable, no obstante. Las espléndidas panorámicas del recinto amurallado responden a la imagen predeterminada de una ciudad en la Edad Media, tal y como las hemos visto en las películas. Sólidos torreones, empinadas cubiertas de pizarra, vidrieras refulgentes, calles sinuosas. A primera vista, el impresionante conjunto monumental parece haber sobrevivido al paso ineludible de los siglos.

Pero el visitante puede sorprenderse al comparar las fotografías más antiguas de la ciudad, casi en estado de ruina, con los documentos del proyecto de restauración de Eugène Viollet-le-Duc, todo ello expuesto en el emblemático castillo, hoy musealizado. Así, contra todo pronóstico, el turista encuentra una ciudad prácticamente reconstruida en el siglo XIX, de acuerdo a una imagen estereotipada de la antigua ciudad medieval.

Viollet-le-Duc fue arquitecto restaurador para la Comisión de Monumentos Históricos y trabajó al servicio de Napoleón III. Con una formación autodidacta y un perfil poliédrico, preparó estudios previos muy sistemáticos, con una amplia documentación del monumento. Se preocupó también por el mantenimiento, el uso del edificio y por la introducción de técnicas y materiales modernos. Sin embargo, es hoy una figura controvertida por su concepto de restauración, a saber: “devolver al monumento un estado completo que pudo no haber existido nunca”.

Posteriormente, sus seguidores aplicaron, mal entendido, este principio en otros tantos bienes arquitectónicos. La llamada restauración en estilo, cuyas consecuencias llegan a nuestros días, pone en tela de juicio la autenticidad y la integridad de un bien, eliminando o añadiendo partes deliberadamente con el fin de conseguir una imagen canónica. En la época de Viollet-le-Duc, el Romanticismo y el gusto por lo medieval hicieron desechar partes que no se correspondieran con un estilo puramente románico o gótico. El ejemplo por excelencia es Carcassonne. La antigua catedral de San Nazario, el castillo condal, las murallas y puertas fueron, en gran medida, objeto de un sistemático ejercicio de interpretación del arquitecto, con frecuentes propuestas erróneas.

Pero la eterna polémica entre la ruina y el falso histórico no termina aquí. Apenas han finalizado los trabajos en la ciudad y algunas partes están siendo “des-restauradas”. Un ejemplo notable es la sustitución de la pizarra por la teja tradicional, una nueva interpretación en realidad más ideológica que científica. Al fin y al cabo, por equívocas que fueran, las restauraciones de Viollet-le-Duc forman parte de la historia del monumento y las nuevas intervenciones tampoco garantizan su autenticidad.

Sin embargo, la discusión no parece afectar a las cantidades ingentes de turistas que abarrotan la ciudad. Las antiguas viviendas son ahora tiendas de souvenirs, restaurantes y comercios para satisfacer las necesidades del efímero vecino. El despropósito es tal que por un instante parece que nos encontramos en un enorme parque temático de corte medieval. Todo ello solo por el día, puesto que, a efectos prácticos, el centro monumental queda completamente deshabitado por la noche.

Paradójicamente, la ciudad medieval, Patrimonio de la Humanidad desde 1997, es más bien una idea decimonónica de ciudad medieval. Sus únicos habitantes son los establecimientos que complacen al turista, que ignora el verdadero contenido de una formidable escenografía. Un cuerpo embalsamado expuesto a veneración, cuya mascarilla de cera no es más que la ilusión de un vago recuerdo.

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Sobre el autor

Víctor Iniesta Sepúlveda

Proyecto de historiador del arte, mucho antes de comenzar sus estudios en la Universidad de Castilla-La Mancha. Curioso impertinente, nacido al abrigo de los molinos de viento que hay en aquel campo.

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