Monográfico 20D: ¿qué son y qué no son unas elecciones políticas?

Monográfico 20D: ¿qué son y qué no son unas elecciones políticas?

Se nos avecina la próxima cita electoral. Una nueva oportunidad para que el pueblo —todos nosotros— pueda renovar el contrato político con sus representantes. Y ya que convivimos dentro del marco de una democracia representativa —podía ser mucho más participativa—, lo menos que se puede pedir es que nos representen aceptablemente bien. Pero claro, para eso, lo primero es que conozcamos a tales delegados nuestros. No hablamos ya de listas cerradas o abiertas —que también— sino que no sabemos nada de ellos. Desde luego nosotros no los hemos elegido como candidatos posibles. ¿Qué sabemos de ellos? ¿Qué piensan, qué sienten, qué han mostrado hasta ahora en sus respectivos nichos de origen sociolaboral? Una pregunta sería muy relevante: ¿Tú para qué estás en la política? Y sé sincero, porque luego vamos a comprobar que te conduces como anuncias. ¿Cómo te ves? Al servicio de la comunidad, persiguiendo el bien común, reconociendo cuándo te has equivocado, dando cuenta de tu gestión, marchándote por ti mismo cuando hayas aportado lo que podías… O más bien, para ti la política es un medio para un fin interesado, no general sino particular, propio o de otros. ¿Te gusta el poder? ¿Te gusta tener seguidores aquiescentes? ¿Piensas vivir de esto? Y cuestiones por el estilo que el pueblo podría preguntar —directa e indirectamente— a través de una adecuada estructura y conveniente regulación política de la vida comunitaria.

Uno de los mensajes que más oímos desde hace meses, procedente de todo tipo de partidos políticos al uso: “¡Queremos ganar!”, “¡Vamos a ganar!”, “¡Voy a ganar!”. Pero, ¿qué significa que uno va a ganar las elecciones? ¿No se trataba de tomar buenas decisiones, de lograr que el conjunto de los ciudadanos vivan mejor, que superemos la crisis económica de una manera no demasiado onerosa; no se trataba de salvar a la sanidad, a la educación y a los servicios sociales de los ajustes económicos, no se trata de lograr un crecimiento respetuoso con el medio natural? Si unas elecciones son para ganarlas, ¿quién las gana? ¿Qué gana el pueblo con el hecho de que un partido político determinado gane las elecciones? Este sería un buen síntoma de un partido político “ganador”: que tuviera la valentía y la honestidad de implementar medidas y regulaciones junto a otros partidos políticos porque fueran mejores —preguntando al pueblo siempre que fuera necesario, algo más de una vez cada treinta años—, aunque estas medidas pudieran perjudicarle estratégicamente para mantenerse en el poder todo el tiempo, cuanto más mejor. Por ejemplo, promover un nuevo sistema electoral —casi al otro día de “ganar” las elecciones— en el que un hombre o una mujer sean de verdad un voto.

¿Y cuáles pueden ser nuestras motivaciones para votar una determinada opción política? Muchos creen que votan una determinada ideología, una manera coherente de tratar con el mundo sociopolítico que nos rodea. Otros muchos votan lo que votan por un candidato, el candidato más visible —también mediáticamente— de una lista electoral, el que aparece en los carteles de campaña. Otros votan lo que siempre votan. Muchos no saben qué votar, y de ellos, muchos no acaban votando. Algunos no votan por “principios”: “la política no sirve para nada”, “da igual lo que votemos, siempre va a pasar lo mismo”, “no me gusta ningún partido político, todos son iguales”. Pero en realidad todos, los que votan y los que no votan, lo hacen de entre lo que hay. Y es así también en general. La gente es muy sensata: hace lo que puede dentro de lo que puede. Vota lo que cree que es mejor —a partir de su abundante o más escasa información— en relación a las opciones disponibles. De modo que la gente —pongamos otro caso— no ha sido responsable de la crisis económica que nos atenaza —nunca lo ha sido—, es más responsable quien posee en mayor medida el control de la situación. Y ya sabemos quiénes fueron, por tanto, los responsables y los que han vivido de veras —decenas, cientos y miles de millones de euros— por encima de sus posibilidades; de nuestras posibilidades. Entonces, ¿qué podemos hacer respecto al asunto tan preocupante de la política como se practica en la actualidad? No olvidemos que la política bien entendida es la manera en que hoy los ciudadanos serían capaces de dirigir su destino común, frente a los grandes intereses financieros, corporativos y de las empresas multinacionales. Pues bien, si lográramos subir el listón de la buena práctica política, cada uno votaría lo que decidiera de entre lo que hay —como ahora— pero todos saldríamos ganando. ¿Y cómo elevar el listón de la política? Mediante una profunda reeducación del pueblo, pero también de aquellos que ejerzan la política —como habría de ser— temporalmente. No podemos cambiar el mundo —hacia mejor, claro— si nosotros mismos no cambiamos…, nuestras rutinas y hábitos heredados, nuestra corta visión de la vida comunitaria, coordinando nuestros valores e intereses básicos en cuanto a vivir juntos, convivir. Mucho tenemos que caminar todavía en esta dirección de la buena educación política para que unas elecciones políticas —generales o no— cobren verdadero sentido, su valor pleno.

Hablemos también de los programas electorales. ¿Qué sería de una elección política sin el programa electoral de cada uno de los partidos políticos concurrentes? Obviamente, votamos las propuestas que van a plasmar en la realidad las distintas opciones políticas, las directrices —básicas al menos— que se comprometen a satisfacer tanto de cara a los ciudadanos que les han votado como a los que no. De otro modo, ¿cómo habría de ser? Pues como, de hecho, sucede. La inmensa mayoría de la población electoral ni siquiera lee los programas electorales y, si los conoce en alguna medida, suele ser a través de la exposición —a veces interesada— de los medios de comunicación de masas. ¿Son irracionales los votantes? ¿Tantos, son seres irracionales? No parece probable. ¿Y si no se respetasen con frecuencia dichos programas? ¿Y si se olvidaran, por parte de los partidos políticos, al otro día de haber ganado su —mayor o menor—cuota de poder? Es obvio que las circunstancias de aplicación del programa electoral contratado por la mayoría del pueblo podrían variar, y lo que a priori parecía bueno ahora no lo es. Asimismo, es obvio que se requiere una adaptación a la realidad siempre cambiante y a la singularidad de los casos particulares, siempre imprevisibles e impredecibles. Es cierto. De ahí que, a menudo, los partidos políticos hagan lo que les venga en gana con su parte del contrato social —tienen la excusa perfecta—. De ahí que la gente no lea mucho los programas electorales y caiga en la red de las promesas voceadas antes y durante la campaña electoral —sabe lo que pasa—.

¡Ay, la soberanía popular, qué pronto se olvida…! Yo soy de un partido político y lo que hemos ganado es nuestro, hacemos de nuestra capa un sayo. ¿Para qué preguntar al pueblo? Representamos al pueblo, ergo ¡somos el pueblo! Nuestra decisión es legítima, las urnas nos dieron —en pasado, no se olvide— la potestad para adoptarla. Podemos hablar en nombre del pueblo: esto que yo defiendo es “lo que quiere el pueblo”. Pero, pensemos entre todos: la democracia no puede convertirse en un recurso para legitimar decisiones particulares. Las decisiones serán legítimas o no lo serán, pero no lo serán más porque las tome el partido ganador en las anteriores elecciones. La soberanía del pueblo es inviolable e inalienable (Rousseau). Nadie puede apropiársela. Y la única manera de no alejarse mucho de dicha voluntad popular es preguntándole a ella misma, renovando la pregunta una y otra vez. ¿Qué tendrá que ver un puñado de votos pasados —sean miles o millones— con la adecuación de las decisiones? Por otro lado, ¿qué significa que no haya votado un amplio porcentaje de la población? Menos de un sesenta por ciento ya sería una cuestión para reflexionar seriamente. ¿Realmente podría ser válida una votación con menos de la mitad de participación del censo electoral? ¿No debería esto sólo llevarnos a indagar qué está diciendo el pueblo a través de esta actitud abstencionista, con su silencio? La democracia se construye socialmente y todo lo que se construye, puede destruirse —o al menos decolorarse o adulterarse—. Y también, por consiguiente, lo que ha sido socialmente construido puede reconstruirse socialmente. La democracia necesita cuidados exquisitos, tantos como necesita cualquier otra relación humana. Y no dar nada por supuesto ni por ganado de una vez para siempre, sino una renovación permanente, corrigiendo y autocorrigiéndose, una vez tras otra. Ya sabemos que la democracia no es un sistema perfecto, pero sí es perfectible, si queremos. Todos nosotros. ¿Qué quieren ellos, los partidos políticos?

 

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Imagen| Promulgación de La Pepa

 

Categorías: Monográfico 20D, Pensar

Sobre el autor

Antonio Sánchez Millán

Es licenciado en Filosofía (Universidad de Granada) y profesor del IES “Juan de la Cierva” de Vélez-Málaga (España). Autor del libro "Practicar la filosofía, los Cafés filosóficos y otras prácticas socráticas" (Editorial Alegoría, Sevilla, 2013), que es fruto de su experiencia organizando diversos Cafés filosóficos durante los últimos años. La mayor parte de sus intereses filosóficos actuales giran en torno a la Práctica filosófica y la integración del pensamiento de Oriente y Occidente, además de la búsqueda interior y la vida buena. Otras publicaciones, sus proyectos y actividades pueden seguirse en el Blog: "Palestra de Filosofía"

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