Mirar, ver, aceptar

Mirar, ver, aceptar

En la entrada anterior tratábamos de abordar lo que puede ser una mirada filosófica, una mirada que va desgranando todo aquello sobre lo que se posa y que puede ser muy útil para mirarnos y en realidad vernos. El mito egipcio de Horus nos revela también la manera en que éste encontró el camino hacia el autoconocimiento.

El Udjat es uno de los símbolos más conocidos del país de las Dos Tierras, el ojo del dios Horus. En el largo relato mitológico acerca de Horus y su enfrentamiento con el mal en forma del dios Seth, hay un episodio en que Horus, en la lucha, pierde un ojo que cae en el barro. Tras este revés Horus entra en una etapa de confusión hasta que, con la ayuda del dios de la Sabiduría Thot, restaura su ojo. A partir de ese momento su mirar ya no es el mismo, porque su ojo ha adquirido cualidades mágicas. Es decir, el esfuerzo del autoconocimiento, por parte de Horus, que le lleva a restablecer la visión perdida ha enriquecido y ha dado profundidad a su mirar.

Es normal que en el diario batallar en algún momento nuestra mirada se empañe o caiga directamente en el lodo, como le ocurre a Horus. Son muchas las circunstancias que pueden hacer que nuestra visión se enturbie y todas ellas pueden ser valiosas lecciones para salir fortalecidos y que nuestro ‘ojo’ adquiera cualidades ‘mágicas’.

Puedo sentir que en determinado momento mi luz se ha visto mermada; que mi serenidad se torna huidiza; que he olvidado dónde hallar la alegría y he de fingirla porque ya no es la pura expresión de mi sentir; que mi mente está ofuscada y que miro, pero no veo…, ¿qué puedo hacer? puedo recurrir a una frase muy sencilla: «Darse cuenta». Eso, en sí mismo, otorga un gran poder, pero no es suficiente. ¿Y después? Sócrates lo tuvo muy claro, tomó para sí el tramo final de la inscripción que lucía en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: «Oh, hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses», y lo hizo el pilar de su viaje sapiencial.

Para poder iniciar ese viaje de auto-conocimiento lo esencial es no asustarse, no huir y aceptar lo que sea que esté ahí: acepto que estoy viendo el mundo, las personas, mis circunstancias, etc., de una forma negativa, oscura; o acepto que no estoy sereno, que tengo los nervios crispados, que siento un nudo en el pecho, o en el estomago, que me altero con demasiada facilidad; o acepto que he perdido la alegría, que mi sonrisa nace y muere en mi rostro pero que no la siento; o acepto que estoy ofuscado, que no soy capaz de discernir, de ver, de comprender, de decidir… Acepto que eso está en mí en este momento, me doy cuenta y acepto. No podemos aceptar lo que no reconocemos, por más que nos duela realizar ese acto de reconocimiento, y aquello que no vemos, que no reconocemos, se escapa por completo a nuestro control, a nuestra acción sobre ello.

Acepto porque, entre otras cosas, a poco que miro a mi alrededor veo que las realidades materiales, los organismos vivos, incluso mis estados mentales y emocionales, todo está en permanente cambio. Como muy bien decía Heráclito “No es posible ingresar dos veces en el mismo río, ni tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado”, pues ni el río es el mismo, ni nosotros lo somos. Asiento ante el cambio como parte de la realidad, del hecho de estar vivo. Lo observo, penetro en él y descubro lo imperecedero en lo perecedero. Descubro el brillo del diamante tras la capa de barro…, e inicio la tarea de ir quitando lo que le sobra a esa refulgente joya. Se trata de restaurar el ojo, como nos muestra el mito, conectar con nuestra realidad última y mirar a través de ella.

Hay algo en nosotros que permanece a través de todos esos cambios que experimenta nuestra apariencia, nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras circunstancias. Es algo que todos hemos experimentado: a lo largo de los años, ¿cuántas veces habremos cambiado de ideas, de opiniones, incluso de color de pelo, e incluso alguno ya no tiene tanto pelo? ¿Hemos dejado de ser? No. A veces podemos tomar distancia suficiente para observar, darnos cuenta, que estamos tensos, crispados o de mal humor. Quien observa eso, quien se da cuenta de eso, no está ni tenso, ni crispado, ni de mal humor. De lo contrario sería incapaz de tomar distancia, sería presa del estado emocional o mental. A este ‘observador’ es al que evocaba Sócrates cuando se entregó a la búsqueda de la verdad, un observador al que denominó daimon.

 

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Categories: Filosóficamente, Pensar

About Author

Elena Machado Devis

Licenciada en Filosofía por la UNED, formada en Asesoramiento Filosófico por Mónica Cavallé Cruz, ejerce actualmente como asesora filosófica y como jefa de redacción de la revista “El mundo de Sophia”. Lleva el blog “Mil estrellas en el camino”: http://milestrellasenelcamino.blogspot.com.es. http://asesoramientofilosoficoelenamachado.com/asesoramiento-filosofico/

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