¿HACER DE TRIPAS CORAZÓN?

¿HACER DE TRIPAS CORAZÓN?

La reflexión que hice no hace mucho en esta publicación sobre las propuestas incisivas del escepticismo me dejó sobre la cuerda floja, con el abismo triunfante del dogmatismo a un lado y el precipicio de los descreídos al otro[1]. Es difícil no sentir vértigo conceptual sobre esa cuerda que, según Nietzsche, está tendida entre el animal y el superhombre[2]. ¿Somos los humanos de a pie ese puente –tránsito y ocaso a un tiempo- hecho con la urdimbre de nuestra mortal naturaleza? ¿Quién está dispuesto, a estas alturas de la vida, a hacer del peligro su principal ocupación, como le sucede al osado funambulista? Me imagino transitando ásperas cuerdas tensadas y cortantes hilos de metal, con el paso tembloroso propio del equilibrio inestable, huyendo de una animalidad que adoro hacia la sacrificada tarea del héroe que espera al superhombre. No me prometen, precisamente, los deliquios de una vida disipada en compañía de fascinantes huríes de piel de azafrán, almizcle, ámbar e incienso. Y me asomo, desde la filosofía, al abismo de lo irracional y la religión, del mismo modo que temo perder la vida precipitándome sobre las más refinadas beldades de la ciencia. Recuerdo las palabras de un ilustre profesor universitario: el proceso de hominización comenzó cuando uno de nuestros antepasados se cayó de un árbol, porque le pesaba demasiado la cabeza, y tuvo a bien entonces colonizar el suelo de la sabana. ¿Pensar me producirá hidrocefalia? ¿Es éste nuestro sino trágico y cruel? Ustedes juzgarán.

Hablemos de ciencia. He tenido ocasión de leer recientemente un artículo de la neurocientífica y bióloga molecular Sonia Villapol[3], profesora del Departamento de Neurociencias de la Universidad de Georgetown, titulado “Cómo las bacterias de nuestras tripas controlan nuestro cuerpo”, y no he podido por menos que resucitar para la ocasión al ateniense Platón y su división tripartita del alma, echando mano del rico refranero español. Durante muchas décadas la ciencia ha estudiado el cerebro humano como una entidad independiente, y aunque convivimos habitualmente con unos 200 gramos de bacterias, fieles pobladoras de casi el 90% de nuestro cuerpo, los científicos se han mostrado remisos hasta el momento a la hora de concederles la importancia debida en el funcionamiento de nuestro organismo.  En particular, la comunidad bacteriana que habita nuestro sistema digestivo, la “microbiota” o flora intestinal, interactúa “con el sistema endocrino, inmune y nervioso, afectando a nuestro estado físico como mental, o influenciando en el desarrollo de muchas enfermedades”. Se ha demostrado, por ejemplo, “que la microbiota libera metabolitos que pueden llegar al cerebro, afectando a muchas de sus funciones”. Se ha descubierto que los procesos que desencadenan enfermedades neurovegetativas como el Alzéimer, la enfermedad de Parkinson o la Esclerosis lateral amiotrófica podrían estar dirigidos por proteínas producidas por nuestra microbiota, como la proteína amiloide. Por consiguiente, conviene subrayar que hay una comunicación más que evidente entre el cerebro y el sistema gastrointestinal, aunque todavía no sabemos cuál es el mecanismo que hace que las proteínas producidas por las bacterias en el intestino originan las enfermedades citadas[4]. Se acerca el momento en el que los biólogos moleculares, los microbiólogos, los bioinformáticos, los genetistas y los neurocientíficos unan sus fuerzas para analizar minuciosamente la secuencia genética de la flora bacteriana, mostrándonos “cómo curar el cerebro estudiando lo que está ocurriendo en nuestras tripas”. Los científicos están a un paso, de subrayar la comunicación entre los tres tipos irreductibles de alma (racional, irascible y concupiscible) que Platón nos presenta en Diálogos como Fedro, República o Timeo, unidos de forma accidental y antinatural a la cárcel del cuerpo corruptible, complejo y material. Por fin, se van a poder dar la mano el cerebro, el corazón y el bajo vientre, trabajando de forma mancomunada y sin complejos. Lejos de inducir la estupidez o la locura, las pasiones viscerales son capaces de sanar el contenido de nuestras “redondas cabezas”, atravesando con decisión el Despeñaperros del diafragma. Y tenemos que dejarnos llevar por las tripas cuando el corazón nos paraliza y nos impide actuar en el mundo de los afectos. El funambulista se alegra de que podamos “hacer de tripas corazón” científicamente, en consonancia con la voz del poeta. Pues, “hacer de tripas corazón”, según el genial Francisco de Quevedo en su obra Cuento de Cuentos, consiste en “esforzarse en disminuir el miedo o el sentimiento, y es frase figurativa e ingeniosa. Al que le falta corazón para estar tranquilo, hágalo de las tripas, que ascienden a la cavidad del pecho cuando se retienen los suspiros”.

Mas la ciencia, con su deslumbrante semblante coronado por el orden y el progreso de Comte, cual bandera de Brasil, o el orden y la medida de las propuestas cartesianas, no va a conseguir silenciar el sufrimiento de miles de niñas indias en Saundatti, en el estado de Karnataka. Con la primera luna llena de enero serán llevadas al templo de Yellamma para consagrar su vida a la diosa y a la prostitución, a pesar de la prohibición gubernamental de 1988. En una ceremonia religiosa, las niñas se casan con la divinidad, a la que dedicarán su vida, convirtiéndose en devadasi –“deva” significa dios y “dasi” sirviente femenina– y con ello, en prostitutas sagradas. Resulta que, según las creencias aceptadas en este estado del sur de la India, la virginidad de una devadasi purifica, y ésta deberá satisfacer siempre a cuantos hombres paguen por su compañía. El funambulista sabe que muchas creencias religiosas sirven de pretexto para que se masque la tragedia y eso le entristece profundamente. Tendrá que hacer de nuevo “de tripas corazón”, recomponer la vertical, entre el respeto a la diversidad cultural y la pretendida universalidad de los derechos humanos. Aun así, el volatinero de la “sana metafísica” y el escepticismo moderado se ha acostumbrado a buscar refugio en los frutos del entendimiento humano, como lo es la risa, y en los placeres de la imaginación, templando así el impacto devastador de los signos de la tragedia. La vida tiene para él un sabor agridulce, tragicómico, y hace suyas las palabras del inefable Charles Bukowski: “estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida… que la muerte temblará al recibirnos”.

 

Leer más en Homonosapiens| ¿Esto es Hollywood? Sobre felicidad y escepticismo

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[1] En mi artículo “¿Esto es Hollywood? Sobre felicidad y escepticismo”, Homonosapiens, 30 de diciembre de 2016.

[2] Tal y como se narra en el “Prólogo de Zaratustra” (Nieztsche, F., Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, p.36).

[3] Investigación y ciencia, 31 de octubre de 2016.

[4] Según Sonia Villapol, el profesor Friedland, de la Universidad de Louisville (Kentuky, Estados Unidos) “tiene la convincente hipótesis de que estas proteínas bacterianas que se producen en nuestra barriga causan agregación de proteínas en el cerebro por medio de un mecanismo llamado “cross-seeding”, que permite empaquetar proteínas elásticas formando acumulaciones de proteínas que no se eliminan y aumentan en número, constituyendo el origen de la enfermedad. Pero va más allá, el propone que estas proteínas bacterianas causan una bajada de las defensas inmunitarias en el sistema gastrointestinal lo que repercute aumentando la inflamación en el cerebro”.

Categories: Filosóficamente, Pensar

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Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985, en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cuatro ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las tres últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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