¿Noticias?

¿Noticias?

Imagen | Rebeca Madrid

Varios madrugadores desayunábamos en el bar, unas semanas atrás, antes de que nos requirieran las responsabilidades del día. La televisión, desde el fondo, rompía el silencio matutino con su coladero de noticias. De pronto todos esos desayunos quedaron en suspenso, y al instante pude cerciorarme de la causa principal, que debía de ser importante o curiosa: el telediario informaba que en un partido regional de fútbol en la Argentina un jugador rabioso había pegado de patadas en la cabeza al árbitro, que estaba tirado en el suelo defendiéndose con los brazos. Los madrugadores quedaron embobados ante noticia de tal magnitud, que había cruzado el océano, y cuyo reporte audiovisual –pues alguien se había encargado de grabarlo desde la grada- se hizo repetir, intuí, más de tres veces.

Es un peligro latente y visible la caída de la calidad de los telediarios, al trocar a los espectadores por números, objetivo que se consigue hoy día a base de chapucería. Embobar al espectador, cada vez más “deseducado” en la noticia rápida y asombrosa, o mejor dicho banal, tiene su resultado directo: ganar a la competencia y, en suma, ganar dinero. Tantos otros sucesos pueden y deben ser noticias, pero estos otros no deberían, por cuanto restan visibilidad a noticias de mayor calado. En ese diario de sucesos que son los telediarios la selección que cabe en media hora se ha vuelto, por parte del secreto comité selectivo -y de la menos secreta masa televidente que lo azuza corroborando la calidad de sus selecciones-, en su mayor medida holgazana, con un contenido vertido y repetido hasta la saciedad en su modalidad sensacionalista. Operar por eliminación ayuda a delimitar el espacio posible, enriqueciéndolo y permitiendo ocupar ese hueco a las noticias de peso –pues las noticias o son de peso o no lo son-, que constituyen la verdadera información provechosa para el espectador. Rigor y honestidad se muestran así como valores y máximas del buen periodismo.

Por tanto, me parece erróneo considerar y dar cabida como noticias a vídeos sobre suicidas a punto de acometer su descalabro, salvados milagrosamente en el último momento, o de cómo una pobre niña cae a las vías del tren –y que además se reproduzca la secuencia varias veces-, por citar solo un par de ejemplos con los que nos inundan a diario. No son noticias necesarias para la información del modo en que va mutando el mundo en que vivimos pues, ¿de qué nos informan realmente? ¿De algo que está lejos y es desconocido y, aún más, decisivo? Por otra parte, me pregunto de dónde proviene esa necesidad de regodeo audiovisual incesante cuando en la vida de una persona ocurre alguna desgracia. Como me hizo ver hace poco en conversación sobre este tema mi interlocutor: ¿qué respeto guardan hacia los familiares del fallecido cuando muestran y vuelven a mostrar en vídeo el fatal accidente?

Las noticias, que son una noble forma de la verdad, no solo informan, sino advierten y unen a la sociedad ante las injusticias, además de impedir que se propaguen las falsedades de las que se han aprovechado las dictaduras, bajo cualquiera de sus formas, en todo tiempo y lugar. A veces las noticias también nos alegran beneficiosamente, cuando a través de esos mismos telediarios nos informamos del descubrimiento de una nueva vacuna o del derrocamiento de una tiranía. Considero que este es uno de los aspectos positivos de la globalización. Las redes de información se extienden y, a pesar de los núcleos de poder nocivos, ya ciertas formas de abuso han sido vedadas, o cuanto menos forzadas a debilitarse. Y esto solo puede ocurrir si se empieza por ofrecer información justa. La ayuda internacional ante una catástrofe es ahora más efectiva gracias a los nuevos medios de información, pudiéndose subsanar con mayor holgura desgracias humanas y materiales. Se trata, pues, de un tema central y no secundario. Algunos tan solo pedimos que el relleno no confunda a la noticia verdadera, pues el centro siempre ha sido más importante que la perezosa periferia.

 

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Sobre el autor

Joaquín Albarracín

Estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Málaga. Ha participado en “Lecturas para el siglo XXI” con una conferencia sobre el poeta Vicente Gallego. Ha colaborado en la revista digital “Sur” con el artículo “Vicente Aleixandre: el amor como unidad”. Asimismo, ha participado en el congreso Vicente Aleixandre celebrado en Málaga en diciembre de 2017.

Comentarios

  1. Tomás
    Tomás 21 noviembre, 2018, 18:07

    Menos morralla y más contenido de peso, de acuerdo. ¿Qué sugiere usted entonces? Su análisis es sensato, pero modestamente pienso que al análisis debe seguirle una conclusión o propuesta de valor; soluciones. Sería un debate interesante.
    Gracias y saludos,

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