¿Empédocles usaba sandalias?

¿Empédocles usaba sandalias?

Dicen algunos que la lucidez puede predicarse de ciertos estados privilegiados de conciencia onírica en los que “sabemos” que estamos soñando. Y también que el despertar nos regala con frecuencia una claridad cognitiva tal, que da sentido a la expresión “voy a consultarlo con la almohada”. Los misterios de esta peculiar “conciencia inconsciente” siempre me han resultado propicios, de tal modo que poco después de abrir los ojos encuentro la solución para un buen número de problemas cotidianos de baja intensidad –como las actividades o el enfoque más adecuado para el desarrollo de una clase-, o me oriento sin sombras a la hora de tomar decisiones aplazadas. Por eso me he acostumbrado a no dar demasiadas vueltas a algunos problemas, abusando de conceptos, juicios y razonamientos, y a confiar en un amanecer tan clarividente como la manzana que rebotó en el cráneo de Newton. Hoy he abierto los ojos con el deseo de ponerme a escribir y he acompañado mis primeros gestos conscientes con la lectura de dos poemas de Bertolt Brecht elegidos al azar y escritos en el exilio: “Parábola de Buda sobre la casa en llamas” y “La sandalia de Empédocles[1]. He compuesto, casi de modo automático, una imagen digna de una película de Buñuel, la de una sandalia del filósofo presocrático de Agrigento -que vivió en Sicilia en el siglo VI antes de nuestra era-, en primer plano, en el inquietante escenario encendido de una casa ardiendo. El pie de foto podría ser algo así: ¿la filosofía nos enseña realmente a vivir o es mera egolatría?

“A quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear gustosamente / cambiarse de sitio, nada tengo que decirle”, es la respuesta de Gautama, el Buda, a aquellos que escucharon su parábola sobre los habitantes de una casa en llamas, que ni siquiera reparan en que están en medio de un fuego devastador, incluso cuando están con las cejas chamuscadas. Siguen ocupados en cosas vanas. No aprecian, como les ocurre a los prisioneros de la caverna de Platón, la urgencia de hacer frente a la amenaza de la guerra y a las injusticias que genera el modo de producción capitalista, piensa Brecht. No hay mucha diferencia con el proscenio del mundo actual, peligroso e idiotizado o, en el mejor de los casos, sedado en medio de tantos absurdos, abusos, desmanes y arbitrariedades de toda condición. Los que provocan el fuego nos quieren cada vez más crédulos y nos animan a caminar sobre las brasas asegurándonos que nuestra insensibilidad e indolencia nos dan suerte. Este es el marco de pesadilla en el que contemplo una vieja sandalia griega.

Brecht nos cuenta en su poema “La sandalia de Empédocles”, que este eminente filósofo, médico, poeta y político, al llegar la vejez, y habiendo recibido generosamente los honores de sus conciudadanos, decidió poner fin a su vida, voluntariamente, arrojándose al cráter del volcán Etna, tras una excursión con admiradores y amigos. Apartado del grupo, el anciano se despojó  lentamente de una sandalia y la arrojó unos pasos atrás, con objeto de que no fuese encontrada demasiado pronto. En la primera parte del poema, Brecht interpreta el gesto de Empédocles como signo de humanidad, de aceptación de nuestra natural contingencia: quiere demostrar que no es más que un ser humano –un “mortal”, como acostumbraban a presentarse los antiguos griegos-. En esta versión, se dice que los agrigentinos buscaron al filósofo durante meses y, al no encontrar vestigio alguno de éste, se extendió el rumor de que no había muerto, pues era inmortal. El hallazgo de la sandalia de cuero confirmó la tesis del suicidio y se resolvió que “había muerto como todos los hombres”. Empédocles es aquí cómplice de los que intentamos velar por la justificación empírica de las creencias y defendemos, asimismo, que la filosofía tiene mucho que ver con el arte de vivir. Dio una importante lección a sus contemporáneos en este sentido: hay que rendirse a  la evidencia y evitar las explicaciones de la realidad protagonizadas por seres o fuerzas sobrenaturales, especialmente las que promueve el engaño deliberado. Hay que devolver la humanidad a Empédocles, convertido en “mito” por los crédulos, aunque con ello se rompa el encanto de la fabulación.

Esta es también la intención del gran poeta alemán Friedrich Hölderlin en su tragedia inacabada, La muerte de Empédocles[2] (“los que no vuelven, dicen siempre la verdad”), como sugiere el filósofo Gabriel Albiac en un cuidado y laureado artículo[3]. Para Hölderlin, Empédocles quiere corregir ese orgullo exagerado que le hizo proclamarse dios ante el pueblo, por el placer que le proporcionaba este reconocimiento público, anunciando una nueva vida en unión íntima con la naturaleza. Brecht también quería que nos diésemos de bruces con la cruda realidad, que tomásemos “distancia” con la acción dramática, evitando así la identificación con el alma de los personajes. Lo que vale son nuestras luces y sombras perecederas, aunque ello nos obligue a contemplar nuestras limitaciones y miserias, a tener que reconocer, como nos recuerda Nietzsche, que el dolor es connatural a nuestra existencia, siendo incluso “superhombres” situados “más allá del bien y del mal”. Escribe Albiac: “Hay cosas que se han ido acumulando. Demasiadas. Pero la vida es eso: cosas inútiles en torno nuestro; objetos como recuerdos; con los años, objetos y recuerdos son lo mismo. Un día no estaremos y alguien tirará lo amontonado a la basura. A eso se reduce todo”.

En la segunda parte del poema de Brecht, Empédocles no sale bien parado. Hay quien piensa que el defensor de la teoría de las cuatro raíces o elementos –agua, aire, tierra y fuego-, que explican los cambios que se producen en la naturaleza, quiso crear una leyenda en torno a sí mismo, reclamando un puesto entre los dioses griegos. Su egocentrismo alcanzó el delirio, promoviendo un auténtico “endiosamiento” gracias a un poder de seducción tal, que convirtió a los sicilianos del momento en habitantes de la casa en llamas de la parábola de Buda. Algo parecido sucede cuando la filosofía se convierte en un mero artificio teórico ostentoso elaborado por una especie de casta sacerdotal. Mas la sandalia se alió con el amor a la verdad. El cráter, enfadado, escupió la sandalia, y dejó el engaño al descubierto. “Y de esta forma sus discípulos/ -que ya estarían muy ocupados husmeando algún gran misterio,/ desarrollando alguna profunda metafísica/ se encontraron, de repente, consternados, con la sandalia del maestro entre las manos;/ una sandalia de cuero, palpable, usada, terrena”, escribe Brecht.

Para el escéptico Montaigne, filosofar es aprender a vivir haciendo uso de la razón y la lucidez, algo que “gusta y cura al mismo tiempo”.[4] Se trata de “amar lo verdadero, aun en su ausencia”, y todo ello, “por encima del amor propio”. En esto coinciden Montaigne y Sócrates, y toman distancia ambos tanto de los crédulos de la casa en llamas como de la sofística más irreverente. Aunque, como el pensador de Burdeos, no busquemos propiamente la certeza, sino el reposo, puede que filosofar no sea tal vez otra cosa que vivir lo más felizmente posible, como si estuviésemos componiendo el más bello de los poemas. ¿Fue entonces la sandalia de Empédocles, sencillamente, pasto de las llamas, o permanece todavía oculta y petrificada, como la mujer de Lot, para uso de ilusionistas? ¿La filosofía nos enseña realmente a vivir o es mera egolatría?

Imagen| La montaña encendida, Rafael Guardiola Iranzo

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[1] Bertolt Brecht, Poemas y canciones, Madrid, Alianza Editorial, 1993, pp. 84-90.

[2] Hölderlin, Friedrich, Empédocles, Madrid, Ediciones Hiperión, 2016.

[3] Albiach, Gabriel, “La sandalia de Empédocles”, Diario ABC, lunes 24 de agosto de 2009 (XXXV Premio González Ruano de Periodismo).

[4] Las palabras de Montaigne que aquí aparecen, sin su referencia oportuna en mi caso, me han venido sugeridas por el breve y “lúcido” estudio de André Comte-Sponville, Montaigne y la filosofía, Barcelona, Paidós, 2009.

Categories: Filosóficamente, Pensar

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Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985,
en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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