Javier Cercas, elogio de la ceguera

Javier Cercas, elogio de la ceguera

Toda Historia de algún tipo de manifestación artística no es sino la historia de unos materiales: cuadros, esculturas, partituras, edificios… o libros. La Historia de la Literatura se hace, así, en base a una serie de escritos que los historiadores seleccionan para construir, a partir de ellos, un relato ordenado y coherente que explique qué es eso de la Literatura y cómo ha evolucionado[1].  Así pues, cuando alguien se decida a contar la historia de la literatura de los primeros años del siglo XXI tendrá que hacer una selección de escritos, tanto de los eminentemente literarios como de aquellos que reflexionan sobre estos[2]. Y todo apunta a que la obra de Javier Cercas, quien, junto con Javier Marías, es probablemente el autor español con más predicamento en el resto de Europa, tendrá un lugar en ella, tanto por novelas como Soldados de Salamina (2001), Anatomía de un instante (2009) o El impostor (2014), como por el tratado teórico El punto ciego (2016). En este último libro es donde Cercas establece su idea de la novela, tanto de sus propias creaciones como de la producción novelística contemporánea de otros autores, como Vargas Llosa. ¿Cuál es esta idea? Es decir, ¿qué es una buena novela para Javier Cercas?  La respuesta es que las buenas novelas (o lo que Cercas considera que son buenas novelas) son aquellas que se articulan en torno a un supuesto ‘punto ciego’. En palabras del propio novelista:

«[…] escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para formularla de la manera más compleja posible, no para contestarla, o no para contestarla de manera clara e inequívoca; consiste en sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, no para descifrarlo (a menos que volverlo irresoluble sea, precisamente, la única manera de descifrarlo). Ese enigma es el punto ciego, y lo mejor que tienen que decir estas novelas lo dicen a través de él: a través de ese silencio pletórico de sentido, de esa ceguera visionaria, de esa oscuridad radiante, de esa ambigüedad sin solución. Ese punto ciego es lo que somos» (Cercas, 2016: 18)

¿Cuál es la aplicación práctica de esta teoría? Es decir, ¿qué es un punto ciego? Ejemplificándolo, para Cercas el punto ciego del Quijote lo encontramos en el irresoluble conflicto entre la apariencia de locura y la apariencia de cordura de Alonso Quijano/ Don Quijote de La Mancha, y es mediante este vórtice en la trama que Cervantes desarrolla el tema fundamental del libro: la realidad como algo esencialmente ambiguo, contradictorio e irónico. El punto ciego de El proceso kafkiano se encuentra en la irresoluble solución al dilema de la inocencia o culpabilidad de Joseph K. ante un innominado (y presunto) delito, agujero negro temático a través del cual el autor checo exploró la inasible diferencia entre  inocencia y culpabilidad en el mundo contemporáneo. ¿Y las propias obras de Cercas? ¿Cuál es su punto ciego?

Para responder propiamente a esa pregunta primero convendría hacer un repaso a la obra del autor. Aunque ya había publicado novelas desde finales de los ochenta, se encuentra entre los primeros espadas de la literatura española contemporánea desde la aparición de Soldados de Salamina (2001) [3], obra protagonizada por un periodista de nombre Javier Cercas que se obsesiona por encontrar al soldado republicano que salvó la vida a Rafael Sánchez Mazas, futuro ministro de Franco, en los meses finales de la Guerra Civil. Desde 2001 la trayectoria de Cercas ha ido en dos líneas, una más ficcional, con títulos como La velocidad de la luz (2005) o Las leyes de la frontera (2012), y otra formada por obras como Anatomía de un instante (2009) o El impostor (2014), que mantienen una relación de proximidad/tensión con géneros factuales como la historia, el periodismo o la biografía. Estas últimas son las que han contribuido a dar mayor notoriedad a su autor, y a plantear de nuevo el debate sobre los límites de la literatura. Porque ¿es una novela un libro como Anatomía de un instante, que parte del gesto de Suárez de no arrojarse al suelo ante las balas de los golpistas en el 23F para recrear las condiciones que hicieron posible la Transición? ¿Es novela El impostor, biografía/refutación de Enric Marco, personaje que, entre otras mentiras, se hacía pasar por un superviviente del campo de concentración de Flossenbürg?

En El punto ciego Cercas responde que sí. Ejemplificándolo con Anatomía de un instante el autor da tres argumentos favorables: el primero, su condición de novelista, y no de historiador o periodista[4]; el segundo, la utilización de recursos propios de la novela, como el estilo indirecto libre. Y el tercero, y más interesante, es el que atañe al punto ciego de obras como Soldados de Salamina o Anatomía de un instante, que es un punto ciego moral, y no histórico o factual. La idea de Cercas es que la pregunta que supone el centro de gravedad de sus obras literarias (y, por inferencia, de toda literatura) no es la que se harían textos históricos, biográficos o periodísticos. Así, explorar la moral contemporánea sería el campo de trabajo de la literatura, su marca de nacimiento, su diferencia esencial. La obra cerquiana, además, se ha especializado (tomando en cuenta sus grandes obras: Soldados…, Anatomía…, El impostor) en una pregunta moral muy concreta, que deriva de la concepción del hombre rebelde como aquel que dice No de Albert Camus: ¿Por qué en determinadas circunstancias ciertas personas se atreven a ser héroes y decir No? ¿Es legítimo salvar moralmente a aquellas que dicen Sí?

El punto ciego, además de convertirse en la piedra angular de la condición literaria, supone la resolución que Cercas propone al conflicto de la libertad del lector con respecto a la obra literaria:

«[…] para afincarse en la obra y poder crearla mano a mano con el autor y apropiársela, el lector necesita que el autor le conceda un espacio: ese espacio es la ambigüedad; y, para que el lector pueda penetrar en ese espacio y desplegar allí el rigor, la sutileza y la ingenuidad armada que le pedía Valéry, el autor debe abrirle un boquete, una sutil puerta de entrada al hermetismo de su mundo ficticio: ese boquete es el punto ciego. Podría decirse que, mientras lee novelas y relatos del punto ciego, la tarea del lector consiste en localizar ese punto a través del laberinto de pistas que el autor ha dispuesto; una vez localizado, el lector debe colarse por él para adentrarse a fondo y sin miedo, como un espeleólogo, en territorios que solo la novela o el relato puede explorar, vedados a cualquier forma de conocimiento» (Cercas, 2016: 72)

Este espacio, este punto ciego que supone la libertad del lector, es el que Cercas utilizará para hacer su propia revisión de la historia de la literatura, proponiendo una división entre las novelas del punto ciego y aquellas que no lo tienen, en un intento (reconocido en el epílogo) por legitimar su propia concepción de la novela. Así, entre aquellas obras que sí tienen un punto ciego, que articulan su condición de clásicos a partir de él, estarían el Quijote, Moby Dick, la obra de Borges y Kafka, la novelística de Vargas Llosa y, entre otros, dos de los cuentos de los que el compañero José Miguel García de Fórmica-Corsi os hablaba aquí, Wakefield y Barleby el escribiente. Por el contrario, la tradición realista y sus herederos, como El gatopardo de Lampedusa, quedan rebajados en tanto en cuanto, en su afán de crear una realidad completa, no dejan espacio a la ambigüedad que requiere el punto ciego. Porque la buena literatura no es aquella que se limita a ofrecer una buena historia al lector, sino que debe ser, citando a Cercas citando a Kafka «un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro». Así, la buena literatura tiene una alta misión, misión que la hace indispensable y legitima a los escritores para seguir juntando letras:

«[…] No es verdad que la única obligación de una novela sea contar una buena historia y hacérsela vivir al lector; la única obligación de una novela (o por lo menos la más importante) consiste en ampliar nuestro conocimiento de lo humano, y por eso Hermann Broch afirmaba que es inmoral aquella novela que no descubre ninguna parcela de la existencia hasta entonces desconocida […]. La novela necesita cambiar, adoptar un aspecto que nunca adoptó, estar donde nunca ha estado, conquistar territorio virgen, para decir lo que nadie ha dicho y nadie salvo ella puede decir. Es mentira, lo repito, que las novelas sirvan sólo para pasar el rato, para matar el tiempo; al contrario: sirven, de entrada, para hacer vivir el tiempo, para volverlo más intenso y menos trivial, pero sobre todo sirven para cambiar la forma de percepción del mundo del lector; es decir: sirven para cambiar el mundo. La novela necesita ser nueva para decir cosas nuevas; necesita cambiar para cambiarnos: para hacernos como nunca hemos sido» (Cercas, 2016: 47)

En el caso de las novelas de punto ciego, o de las buenas novelas del punto ciego que Cercas selecciona, la forma que tienen para cambiar el mundo es mediante su constante cruzada contra lo que el historiador de las ideas Isaiah Berlin denominó ‘tradición monista occidental’[5]. Es decir, la novela contemporánea debe ser un aldabonazo constante en las mentes de aquellos que puedan creer que el mundo es fácilmente comprensible, un constante alegato a favor de la tolerancia y la apertura de miras. No es una tarea menor.

Leer más en Homonosapines| Wakefield y otros hombres que se perdieron


 

[1] La prueba de este carácter ‘materialista’  de la Historia de la Literatura nos la da la segunda parte de la Poética de Aristóteles, de la que solo se conoce que existió.  Al no conservarse ninguna copia del texto en el que el Estagirita desgranaba sus ideas sobre el teatro cómico, los neoclásicos se ‘inventaron’ las 3 unidades aristotélicas (acción, tiempo y lugar) en base a lo que sí conocían, sus reflexiones sobre la tragedia.

[2] Si es que es capaz de distinguir unos de otros. Bondades de la ‘metaliteratura’ o literatura que reflexiona sobre sí misma.

[3] Novela que provocó agrios enfrentamientos entre el autor y otras figuras intelectuales como Arcadi Espada o Gregorio Morán. El exministro José Ignacio Wert o Joan B. Culla son otros de los nombres con los que Cercas ha polemizado en las páginas de la prensa española.

[4] Lo cual no deja de ser un argumento débil en tanto que circular, del tipo ¿qué es primero, la novela o el novelista?

[5] La creencia en que el mundo puede ser dividido entre verdades y falsedades  (principio de bivalencia), que las verdades pueden ser reconocidas por los seres humanos, y que deben ser totalmente compatibles entre sí (Cercas, 2016: 133-134)

Categories: Culturalmente, Leer

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José Corrales Díaz-Pavón

Soy lo que podríamos definir como un 'niño bueno'. Literatura y política son mis pasiones, quizá al considerarlas las más omnímodas de todas las disciplinas humanas. Nací con la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, así que perdonadme la bisoñez.

Comentarios

  1. SamuelPerez
    SamuelPerez 6 Mayo, 2016, 12:48

    Me encantan las novelas de Javier Cercas. Según él las buenas novelas son aquellas que se articulan en torno a un supuesto ‘punto ciego’, a ver si en su entrevista del domingo en Arrelats cuenta algo más al respecto http://www.ccma.cat/tv3/arrelats/

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