Indignarse

Indignarse

Imagen| Eniola Itohan

La palabra dignidad ha estado bailando siglos y ocupa, como fetiche, las conversaciones cotidianas, los discursos de políticos y no políticos y últimamente ese saco sin fondo o nido de grillos que llamamos Bioética. No deja de ser curioso que, desgastada de tanto utilizarla, casi nadie da una definición de lo que es la dignidad. Cae sobre nuestras cabezas desde un maravilloso lugar que es desconocido. Si se me permite un recuerdo que visibilice lo que estoy diciendo, tengo que remitirme a una anécdota personal de hace ya varios años. Hablaba, dentro de un Congreso de Bioética, una persona con un halo de importancia más aparente que real y en su discurso hizo mención más de veinte veces a la palabra dignidad. Al acabar, le pregunté si podía definir con cierta concisión qué es lo que significa dignidad. Dicho de otra manera, que me diera una definición o mini-explicación. Se puso lívido, tartamudeó y poco más. Nada inusual. Y es que el término dignidad es como una bola de billar que no encuentra nunca el agujero en el que encajar. Desde que Cicerón en De Offiicis introdujo la palabra -por cierto Cicerón también es el padre de los términos «religión» y «cultura»-, ha pasado de mano en mano o de doctrina a doctrina desbordándose en función de quién la usaba pero siempre sin responder con claridad a cuál es su significado. Lo más que se ofrece es un conjunto de descripciones que se repiten con no poca arbitrariedad. O se la iguala a libertad e igualdad. O se dice, sin más, como es el caso de Pascal, que equivale a pensamiento. Hobbes, en el otro extremo, la reduce al precio que merecemos cada uno si se nos compra. Si entramos en las disputas jurídicas sobre el iusnaturalismo podemos acabar mareados y si nos acogemos a la última ocurrencia de cualquier sedicente bioético podemos ver por todos partes mini-dignidades en fetos, moribundos, enfermos mentales y un sinfín de situaciones en las cuales puede encontrarse el ser humano. Parecería más correcto comenzar por saber cuál es el núcleo de lo humano y no por sus esquinas.

Para hacer más clara esta oscura cuestión que se viste de domingo reluciente, vamos a ir por partes a riesgo de que en algún momento nos repitamos. Comenzaremos encuadrando el tema de la dignidad desde las posiciones más extremas. Enseguida haremos un breve relato de los momentos más sobresalientes, desde un punto de vista histórico, de este escurridizo concepto. Después nos fijaremos en un momento clave, aquel que condiciona toda la polémica, que llega a raíz de la nefasta Segunda Guerra mundial y que se desborda en nuestros días. Luego desembocaremos en el complicado asunto de la identidad para acabar criticando lo que en la actualidad se acepta, con excesiva ligereza, en la bioética, siempre flotante, de hoy. Es obvio que muchos otros aspectos quedaran sin tocarse. Es imposible abarcarlos. Curiosamente o fatalmente observaremos que la teología no se ha despegado de nosotros y sigue enredada en los pensamientos de no pocos. Así y como en su momento veremos, autores como Sapaeman o Kass recurren a algo trascendente para no dejar huérfana a la dignidad. Llamaría más la atención que lo hiciera J. Habermas, aunque, todo hay que decirlo, fruto de una insistente propaganda, se le ha otorgado una relevancia teórica más que cuestionable. Interesante también es el caso del discípulo de Heidegger, H. Jonas, del que me atrevería a afirmar lo mismo. A favor de Jonas habría que decir que nos ha dejado buenos estudios sobre el maltratado y olvidado gnosticismo.

Dentro de esa casilla vacía que se puede rellenar con muchas figuras, el sano orgullo por ejemplo, de ser de Bilbao, con la tonta soberbia de creerse superior por ser de Bilbao, podemos señalar dos extremos. En uno la dignidad se toma como un absoluto, como una especie de diosa que cubre y protege toda la humanidad. Recibe entonces una serie de adjetivos, algunos de los cuales son más metafóricos que reales. Se dice que es intangible, luego lo veremos más despacio, intrínseca o interna. Repárese, y valga como ejemplo, que intrínseco o interno, especialmente el primero, puede ser tanto el corazón como el carácter y el corazón es una pieza natural de nuestro cuerpo mientras que el carácter lo moldeamos culturalmente. De esta sublime manera la dignidad se contempla como algo más que natural, sobrenatural. Y se erige en paraguas abstracto de toda la humanidad. El hombre, por ser tal, es recubierto con el manto de la dignidad. Recuerda lo que escribía Kant, ya sugerido por los estoicos, de que el ser humano no tiene precio sino dignidad; es digno en sí mismo, es un fin -son sus palabras- en sí. Cierto que Kant construye una muy personal trastienda metafísica que lo aleja del mundo de la naturaleza. Y siguiendo con las comparaciones, la famosa Grundnorm o norma fundamental de toda ley, obra de Kelsen, interpretada simbólicamente o kantianamente, no está lejos de esta absolutización abstracta de la dignidad. Obsérvese, y esta es una objeción fatal a dicha dignidad superlativa, que de esta manera se cae en el especismo. O lo que es lo mismo, en creer que pertenecer a la especie humana es un valor que sobresale por encima de toda la evolución. Cuando en realidad es un hecho y considerarnos superiores por ser humanos es tan absurdo como querer crecer tirándonos de las orejas. Tiene su gracia, y antes de cerrar ya este casi platonismo de la dignidad, recordar una de las ocurrencias de los siempre presentes escolásticos o teólogos cristianos. Inventaron el termino Propium para referirse a aquellas propiedades humanas que sin sernos esenciales difícilmente extenderíamos a nuestros congéneres. Así, decían que homo risibilis est. En una fácil traducción afirma que es propio de los humanos reírse en algún momento. Si alguien no se riera en su vida no dejaría de ser humano pero sería más raro que un perro riéndose a carcajadas. Lo que estoy seguro es que le huiríamos como al diablo. Aunque, visto lo visto, nunca se sabe.

En el extremo opuesto a lo que hemos visto y en donde la dignidad se pasea como algo absoluto, se sitúan los que la descienden a la tierra. La dignidad se construiría en la cultura, en las relaciones libres y respetuosas entre los individuos. Como acertadamente escribe P. Becchi en su breve y enjundioso libro El principio de la dignidad humana, habríamos pasado de la persona al individuo. No se trata, como han sostenido algunos desde el horror del nazismo de que hemos despertado a la dignidad ante dicho nauseabundo horror. Sería como afirmar que el niño aprende a decir no antes que decir sí. De lo que se trata es de que cuando satisfacemos las necesidades concretas de unos y otros nos dignificamos. Dignificamos a los otros y a uno mismo. De entre todos los que han entrado por esta vía para captar el significado de dignidad nos vamos a fijar, brevemente, en Marta Nussbaum, la ex de A. Sen, y quienes han vuelto a la noción de necesidad de Aristóteles. El humano fruto de la evolución es, antes de nada, sujeto de necesidades que irá rellenando más o menos. Cuando esas necesidades, de las básicas a las que consideramos más altas, son cubiertas, el humano en cuestión, ampliando su libertad, va aumentando en dignidad. Quien le procura las satisfacciones correspondientes actúa dignamente, quien las recibe crece en dignidad y la sociedad que consigue el máximo a la hora de cubrir todo tipo de necesidades posibles es una sociedad digna. Como vemos, la dignidad aparece al final y la dignidad se puede definir no como un sombrero que embellece, como un sustantivo generalísimo sino como la de un ser que es capaz de ser digno. Nos parece que esta es la visión más correcta de la dignidad en vez de perderse en palabras tras palabras. Es obvio que la dignidad así entendida es gradual y se aplica en la proporción adecuada a las distintas etapas por las que pasa el hombre y la mujer desde que nacen hasta que desaparecen. Desde aquí se entiende el éxito que tuvo el minilibro Indignados de Hessel y que conmovió a medio mundo. Precisamente porque no se vive dignamente: se vive indignamente y contra tal indignidad hay que rebelarse. Aparece así el importante sentimiento moral de indignación contra lo injusto. Quien no se indigne hoy no sabe lo que es la dignidad.

Demos ahora, y antes de pasar al final bioético que anunciamos, un muy breve repaso a los momentos históricos en relación a esta palabra que se presenta como sagrada y habría que secularizarla. Antes de nada hay que pararse en el judeocristianismo. En la Biblia y concretamente en el Pentateuco, se dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Eso supondría que todo el género humano posee una respetabilidad semidivina. Es una afirmación rotunda sobre lo que se conocerá como dignidad humana. En estos contextos no conviene olvidar a los disidentes. Los antes citados gnósticos usaban un gesto parecido al que nosotros utilizamos ante algo que no nos gusta. La interpretación malévola consiste en que si Dios es como el hombre y el hombre es tan feo, cómo tiene que ser Dios de deforme. Y los ofitas adoraron a la serpiente. La tentadora serpiente y maldita por Yahvé tendría más dignidad que lo que llamamos Dios. Pero será con el cristianismo y la figura de Jesús donde el humano alcanzaría la mayor de las dignidades. Porque es el mismo hijo de Dios quien toma la carne humana. La humanidad, así, está revestida de divinidad, participa de la dignidad del mismísimo Dios. Más no se puede dar ni recibir. En un salto de muchos siglos aterrizamos en el Renacimiento. El renacimiento es una vuelta y una revuelta. Es una vuelta a los clásicos grecorromanos que habían sido aplastados por el cristianismo y muy concretamente por una teología a la que a veces le importaba más el sexo de un ángel que el cabello de un humano. Y al mismo tiempo reacciona contra un cientismo o cientificismo que orilla la humanidad de lo humanos. Exagerado o no, tiene el mérito de recobrar lo humano, de colocarlo no en una esquina sino en el centro. En este sentido la Oratio Hominis Dignitatis de Pico della Mirandola, admirable en su genialidad, es todo un canto al ser humano en cuanto tal, sin amarras ni por arriba ni por abajo. Quizás su error, o desconocimiento, fue que sí tiene amarras por abajo puesto que aunque lo humano no sea un simio, del simio, entre otros muchos, procede. Finalmente, llega la exaltación suprema de la dignidad en un lavado de conciencia tan comprensible como retorico porque no se borran los hechos con palabras.

Es así que en 1949 se proclama la Constitución alemana, occidental todo hay que decirlo, en cuyo primer artículo se dice que la dignidad humana es intangible (unantastbar). Todo un pronunciamiento dogmático, ininteligible y con aires de tabú. Porque, como en el tabú, no puede uno arrimarse a ella. Se recibió con alborozo, sin embargo, ha sido copiada por muchas de las constituciones de otros países. Un año antes se publicó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas. Declaración que se ha ido sucesivamente reformando. Se trata de un ideal y no de un texto obligatorio. Bastante arbitrario en su jerarquización, aunque luego se han distinguido derechos de primer grado, de segundo y hasta de tercero. Todo muy discutible. Digamos, sin embargo, que ha servido para que muchos Estados, con el poder coercitivo que les corresponde, puedan imponerlos a los súbditos y ser penados en su incumplimiento. Y es que no hay derechos si no se pueden imponer. Los Derechos Humanos -y si no, se les jalea sin saber lo que se dice- tienen su importancia. Se trabajó durante tiempo, de modo especial por parte del vascofrancés René Casin y se consultó a no pocas personas de ámbitos muy distintos. Conviene también señalar que se trata de una Declaración. Y por bien de la comprensión hay que saber cuando se habla de Pactos, Convenciones, Acuerdos o de la citada Declaración. Con frecuencia se junta todo en un batiburrillo que nada aclara. En 1997 se publicó la Declaración Universal sobre el Genoma Humano. Abunda en recomendaciones y es de una prudencia que roza el silencio.

Pero esto nos lleva a la Bioética. Si todavía se puede hablar de esa supuesta disciplina, habría que distinguir entre Bioética Teórica y Práctica. La primera abarcaría la parte empírica, desde la genética hasta la Inteligencia Artificial, pasando por las neurociencias. Al mismo tiempo, dividiría lo Moral o conjunto de costumbres, de la Ética, aquellos principios que obligarían a todos si queremos mantener nuestra autocomprensión de seres humanos. La parte práctica estará dedicada a la biomedicina especialmente, al ejercicio médico, a los problemas jurídicos que acompañan a la labor de la cura y del cuidado, y a todo aquello que nos ofrecen las llamadas Humanidades. Es una desgracia que la Bioética haya acabado maltrecha. Muchos bioéticos se han reducido a la ética clínica, se han aferrado a unos “principios” que operan como mantras y dan mucho que hablar y han olvidado la fundamental parte teórica. Es como conocer el cuerpo humano estudiando solo el estómago. Lo fácil puede ser pernicioso pero suele otorgar réditos económicos. El Conjunto de congresos, redes, intercambios y demás, se burocratiza dando vueltas y vueltas a los cuatro supuestos principios que, aparte que no son la bioética, acaban en la trivialidad.

Como en su momento indicamos, algunos autores han tomado posesión ante los avances biotecnológicos. En general, para oponerse. Kass, Putnam -aunque parezca mentira-, Jonas y especialmente Habermas destacan en esta cruzada. Y es que según ellos estaríamos manipulando y deformando la identidad humana. Es el caso, dicen, de la clonación reproductiva. Se estaría hiriendo a Javier en su identidad si se le clonara. Pero es necesario distinguir. Existe la identidad lógica. Bien la expuso Leibniz. Y es que si Francisco y Javier tienen las mismas características no son iguales; son, sin más, la misma persona. O no se conoce esto o se olvida. Por otro lado, con la debida prudencia, no hay argumento que reduzca la clonación en cuestión a la inmoralidad. De una vez por todas deberíamos saber que no existe una identidad rotunda sino que nos movemos en un proceso evolutivo. Habermas en El futuro de la naturaleza humana, en Glauben und Wissen y en su diálogo con Ratzinger, ha recurrido a una religiosidad trascendente que nos ayude y dirija. Por la puerta de atrás se ha colado de nuevo la teología, siquiera en su versión light.

Acabamos. La dignidad no es un punto de partida sino de llegada. No necesita una afilada definición. Sí necesitamos luchar teórica y prácticamente contra la indignidad. Que abunda y mucho.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Javier Sádaba

Muchas son las pistas que nos permiten ver en el filósofo Javier Sádaba (Portugalete, 1940) un alter ego de David Hume, auténtico fundador de la filosofía de la religión. Ambos simpatizan con el empirismo, el escepticismo moderado, el rechazo del dogmatismo y la necesidad de investigar las relaciones entre la religión, la ética y la política. Es un hábil e incisivo polemista y uno de nuestros pensadores más originales y mediáticos. Durante muchos años ha ejercido como Catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid, y ha sido también profesor en las universidades de Tübingen, Columbia, Oxford y Cambridge. Además de ser un contumaz aficionado a “pensar en directo», se decanta por una ética erótica, así como por una bioética y una filosofía de la religión de corte laico. Más de treinta libros publicados y numerosos artículos, presentaciones, prólogos y participaciones en volúmenes colectivos dan fe de todo ello.

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