Viaje a la Luna: ¿hasta cuándo ahí la humanidad?

Viaje a la Luna: ¿hasta cuándo ahí la humanidad?

El 20 de Julio de 1969, cuando Neil Armstrong y Edwin Aldrin caminaban sobre la Luna, yo no había nacido aún, y tardaría más de una década en hacerlo. De modo que mi memoria de aquel hito de la ciencia y de la humanidad, como el del inmenso curso de la historia, lo conozco de manera vaga, fragmentaria y balbuceante a través de documentos historiográficos, literarios y audiovisuales.

Después de todo, ¿quiénes no han visto las imágenes de los saltos de estos astronautas que simbolizan el espíritu de curiosidad y exploración inagotable del ser humano? ¿Quiénes no han escuchado esas palabras de Armstrong que escucharon millones de personas a lo largo y ancho del planeta: “Es un paso pequeño para un hombre y un salto gigante para la humanidad”. Sin duda figurarán estas imágenes y palabras en una condensada síntesis del siglo XX y probablemente en la historia de la humanidad.

Ahora, cuando se cumplen 50 años de aquella hazaña científica, no pocas personas celebrarán la capacidad de superación humana. Que el hombre llegara a la Luna fue un sueño inconcebible durante muchos siglos. En 1865 el escritor Jules Verne imaginó literariamente que las personas alcanzarían este satélite en 97 horas, que son cuatro días y una hora. Poco más de un siglo después, en cuatro días, los hombres pisaron la Luna. Esto representa a la condición humana a lo largo de la historia: “ser hombre consiste en traspasar lo que existe”, decía el filósofo Ernst Bloch.

Sin embargo, sin dejar de reconocer la al parecer casi ilimitada capacidad de superación humana, en una valoración con medio siglo de perspectiva, tampoco dejo de advertir sombras. En primer lugar, el gran éxito del programa espacial norteamericano ha sepultado casi en el olvido que en enero de 1967, Edward H. White, el primer astronauta que se desplazó por el espacio, Virgil Grissom, el segundo astronauta americano, y Roger B. Chaffee, murieron durante un ensayo en cabo Kennedy.

En segundo lugar, me pregunto si la inversión económica de la carrera espacial (la NASA llegó a disponer en 1966 del 4,5% del presupuesto nacional de Estados Unidos) es preferible antes que mitigar el hambre en el mundo; paliar el empobrecimiento; detener guerras y éxodos; construir casas seguras y dignas que permitan desarrollar las vidas de tantas personas… Vivir es elegir, y ni lo uno ni lo otro se puede sin establecer unas preferencias ordenadas por una jerarquía de valores razonados y razonables.

Y, en tercer lugar, no debe olvidarse el contexto en el que tuvo lugar este acontecimiento: la llamada Guerra Fría entre las dos grandes potencias de la época, Estados Unidos y la Unión Soviética, que había alunizado con el Sputnik I en 1957. Trump ya ha anunciado que desea que astronautas estadounidenses vuelvan a la Luna en 2024, para lo que planea una partida de 1.600 millones de dólares. Mas ahora el rival es otro: China, que en 2016 comunicó su propósito de alcanzar la Luna en 2036. No obstante, Rusia aún se resiste a no entrar en competición, y representantes de ella comunicaron en noviembre de 2018 su intención de llegar en 2030.

En vista de lo que puede terminar ocurriendo, en 1967, 109 países, entre los que se encuentran Estados Unidos y Rusia, pero no China, firmaron un documento de jurisdicción por medio de la ONU: “Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del Espacio Ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos Celestes”. Y el apartado 3 de su artículo 11 aclara que “ni la superficie ni la subsuperficie de la Luna, ni ninguna de sus partes o recursos naturales, podrán ser propiedad de ningún Estado, organización internacional intergubernamental o no gubernamental, organización nacional o entidad no gubernamental, ni de ninguna persona física”. En fin, como ocurre en la Tierra.

“¿La conquista del espacio estatura aumentó o disminuyó la estatura del hombre?”, entendiendo por ello la visión del hombre sobre sí mismo y la condición humana, le preguntaron durante un simposio de 1963 a algunos pensadores. La respuesta de Hannah Arendt, recogida en el ensayo “La conquista del espacio y la estatura del hombre”, no sé si debería ser lectura obligatoria, pero desde luego sí conveniente para todos aquellos que se dedican a las ciencias. Pues las ciencias no son fines en sí mismas, sino medios al servicio de la humanidad.

Como buena pensadora, comienza Arendt reformulando la pregunta, y nos recuerda que esta presupone que da por sentado que “el hombre es el ser más alto que conocemos”, concepción que hemos heredado de los romanos, pues para los griegos clásicos, pongamos Aristóteles, esto carece de sentido; lo que enlaza con nuestra cosmovisión científica actual. Por consiguiente, “parece necesario pedir no sólo la renuncia a una visión del mundo antropocéntrica o geocéntrica, sino también una eliminación radical de todos los elementos y principios antropomórficos”.

Ciertamente, a lo largo de la historia y, en particular, desde la Revolución Científica protagonizada por Kepler, Copérnico, Galileo, Descartes y Newton, hasta nuestros días, a medida que la ciencia ha ido progresando nos hemos ido alejando proporcionalmente del antropocentrismo que todavía nos dominaba durante el Renacimiento. Pero si seguimos con esta tendencia, ¿no cabe el riesgo de que perdamos de vista para quiénes hacemos tecno-ciencia?

Quienes no se suben a la nave tecnológica se quedan atrás; pero quienes se suben no saben dónde aterrizan. La tecno-ciencia es con demasiada frecuencia expresión de la razón instrumental, ya que detrás hay casi en todo tiempo unos intereses y unos presupuestos económicos. Conviene recordar un pecio de Rafael Sánchez Ferlosio:

“(Progreso y libertad) El que no puede parar está tan quieto como el que no puede andar y el que no puede andar no está más quieto que el que no puede parar; sólo el quieto que puede andar está realmente parado y sólo el que anda pudiendo parar está realmente andando”.

Es ingenuo pensar que podemos renunciar a las tecnologías, pero ¿sabemos para qué las usamos? ¿Quiénes utilizan a quiénes, los humanos a las tecnologías o las tecnologías a los humanos? ¿No invierten con demasiada frecuencia la relación entre medios y fines, instrumentalizando a los seres humanos? Con esa inextirpable superstición arraigada en los sentimientos de temor y esperanza, los astronautas del Apolo 11 colocaron una placa sobre la luna en la que podía leerse: “Venimos en misión de paz en nombre de la humanidad”. ¿A quiénes se dirigían con tal mensaje, a unos hipotéticos alienígenas o a sí mismos? En el caso de que el mensaje fuera a estos últimos, todavía estamos a tiempo de ir en misión de paz y en nombre de la humanidad, pero no sé quién se lo creerá.

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Categorías: Pensar

Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 150 ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Claves de la Razón Práctica, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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