¿Hay aromas verdaderos?

¿Hay aromas verdaderos?

En una de las escenas más celebradas de la película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now (1979), el personaje interpretado por Robert Duvall hace la siguiente declaración: “¿Hueles eso? ¿Lo hueles muchacho? Es napalm. Nada en el mundo huele así. ¡Qué delicia oler napalm por la mañana! Un día bombardeamos una colina y cuando todo acabó, subí. No encontramos un solo cadáver de esos chinos de mierda. ¡Qué pestazo a gasolina quemada! Aquella colina olía a… victoria”. Con el triunfo en la batalla, el gel de gasolina deviene fragancia, alcanza rápidamente las puertas del cerebro y apaga hasta la combustión más gloriosa en aras de la destrucción. Hay perfumes perversos y patrióticos, aromas mentirosos, como los que decía poder oler Friedrich Nietzsche[1] en las más rancias metafísicas, dualistas y estaticistas por más señas. Pero no sólo de napalm vive el hombre, aunque vivamos en una sociedad fuertemente desodorizada, como recordaba ya Flora Davis en 1971, en un clásico traducido al castellano con el título La comunicación no verbal[2]. También hay “mensajeros químicos externos” o “sustancias semioquímicas” como las feromonas, que segregamos los animales para atraernos sexualmente a través del olfato, especialmente importantes para la reproducción y, consiguientemente, para la conservación de las especies. Perfumes tan vitales pueden someter nuestra voluntad al imperio de los sentidos, como la fragancia elaborada con los fluidos corporales de jóvenes vírgenes por el perfumista Jean Baptiste Grenouille, el protagonista de la célebre novela de Patrick Süskind, El perfume.[3] Y no hay que desdeñar tampoco la capacidad de los olores para suscitar recuerdos, falsos o verdaderos, como se puede apreciar ampliamente y con toques preciosistas, en la novela En busca del tiempo perdido, del genial Marcel Proust. ¿Hay aromas verdaderos? ¿Es más verdadero el olor del napalm por la mañana o el de la “magdalena” de Proust[4], fruto de la técnica, que nuestra “firma olfativa” rubricada por las hormonas?

En julio de 2011 tuve la fortuna de conocer en el V Congreso Mediterráneo de Estética celebrado en Cartagena, a Marta Tafalla, una profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona que nació sin el sentido del olfato y que ha hecho atractivas contribuciones al pensamiento filosófico y a la literatura. En su novela Nunca sabrás a qué huele Bagdad, la protagonista, Helena Higuera, padece, como mi amiga Marta, de anosmia congénita. A los once años, Helena toma conciencia de la singularidad de su existencia. A partir de ese momento se embarcará en un viaje en busca de olores casi infinitos que nunca llegará a percibir, apoyándose para ello en el relato de los demás, y se adentrará, por azares de la propia búsqueda, en confines peligrosos inimaginables. Descubrirá, en definitiva, que el olfato es previo a las palabras, y “que quien dirige el sexo, la reproducción, el temor a la muerte y la lucha por la vida, las emociones más profundas y buena parte de las relaciones sociales, no es la razón, inteligente pero superficial.”[5] La diosa razón no puede controlar lo que realmente nos importa. ¿Son los perfumes, naturales o artificiales, más verdaderos que las palabras y los frutos del pensamiento?

A continuación, me desnudo ante ustedes, ofreciéndoles la carta que remití a mi amiga, tras la lectura de su libro[6]: “Querida Marta: Te mando esta carta como testimonio de los intensos y variados placeres que experimenté el pasado domingo, paseando por uno de mis rincones de la geografía malagueña predilectos, en un paraje de la Serranía de Ronda, cuna de insignes bandoleros. Me seduce su silencio salpicado por las voces del agua del río, las aves y el crepitar de las hojas bajo los pies, su luz cálida, blanca y verde, que se convierte en miel poco antes del atardecer. Confieso que la vista y el oído, con pequeñas incursiones táctiles –acariciando la corteza de los árboles o las desconcertantes hojas de los pinsapos- han sido, hasta el pasado domingo, los sentidos que he tenido más abiertos en mis largos paseos. Pero resulta que el sábado por la tarde, después de una agotadora jornada corrigiendo exámenes (en uno de ellos, un alumno de Bachillerato afirma que “Dios es un ser transgénico”), acabé de leer las últimas páginas de Nunca sabrás a qué huele Bagdad. El mundo de los sueños debió entonces recomendarme gozar de esos sentidos, que a veces tengo dormidos, debido al lugar privilegiado que ocupa en mí el mundo de las representaciones visuales y mi vivencia visceral de la música –en homenaje a mis padres músicos, tal vez-. Puse en funcionamiento mi nariz, como nos recomienda Nietzsche, y seguí el rastro de todo lo que salía a mi paso y, curiosamente, a pesar del caos sensorial, el camino me hacía evocar, una y otra vez, el perfume profundo, dulce y salado de una mujer que, con su piel dorada, tiene la cualidad de impregnarse del perfume del campo y hace que se me aparezca como una diosa madre del Neolítico. Por eso, los alcornoques a los que las mujeres se abrazan, con los ojos cerrados, no deben notar nada raro cuando se ven dulcemente rodeados. En fin, Marta, muchas gracias por tu libro (del que te seguiré hablando, si no tienes inconveniente, para decirte “a qué huele”). Voy a concluir aquí esta carta, porque ya estarás de mí “hasta las narices”. Ya sabes que, para estos casos, yo suelo llevar mi nariz de payaso. Un abrazo”.

Aprovecho la ocasión para invitarles sinceramente a gozar de la apertura de los sentidos, condición indispensable para la búsqueda de la felicidad por la que tantos suspiramos. O, por lo menos, espero que se abracen pronto a los árboles, con mesura y cariño, y escuchen los latidos acompasados de su corazón verde, si no tienen una nariz de payaso a mano. Tal vez, evitemos con ello que “nos toquen las narices” más de la cuenta.

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Imagen| Ese oscuro objeto del deseo, Rafael Guardiola

 


[1]No es extraño que Nietzsche escriba, tan convencido, estas palabras: “-¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado todavía con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio registra” (Nietzsche, F., Crepúsculo de los ídolos, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p.47).

[2] Davis, Flora, Inside Intuition-What we Knew About Non-Verbal Communication, Nueva York, McGraw-Hill, 1971 (Trad. castellana La comunicación no verbal, Madrid, Alianza Editorial, 1984)

[3] Süskind, Patrick, El perfume. Historia de un asesino, Barcelona, Seix Barral, 1998.

[4] En un episodio de la primera parte de su novela, “El camino de Swan”, convertido en un clásico del poder evocador de los sentidos, el narrador trae a la memoria algunos recuerdos de su infancia al comer una magdalena con una taza de té. El aroma, la textura y el sabor de la magdalena del presente quedan asociados a las vivencias de la niñez. Tal es el poder de la actividad sensorial.

[5] Tafalla, Marta, Nunca sabrás a qué huele Bagdad, Bellaterra (Barcelona), Universitat Autònoma de Barcelona, 2010, p.256.

[6] Esta carta fue publicada como parte de un artículo titulado “Sobre sentidos y sensibilidad”, que apareció el domingo 20 de octubre de 2013 en el periódico digital “El Mirador de Churriana” (www.elmiradordechurriana.com). Aparece aquí con la autorización de su Director, D. Jesús Manuel Castillo.

Categories: Humanamente, Pensar

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Rafael Guardiola Iranzo

Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha tratado de conciliar, desde entonces, sus dos hemisferios cerebrales, de acuerdo con sus intereses: de un lado, la Lógica, y de otro, la Estética y la reflexión sobre las artes. Profesor de Filosofía desde 1985,
en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga, es el actual Secretario de la Asociación Andaluza de Filosofía, y tiene a gala ser miembro de la Sociedad Española de Filosofía Analítica y coordinar la Plataforma Malagueña en Defensa de la Filosofía. Ha organizado las cinco ediciones de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (las cuatro últimas, en colaboración con Antonio Sánchez Millán), una clara muestra, a su juicio, del papel social de la Filosofía y una valiosa cantera de pensadores críticos. Empeñado en que la Filosofía esté en el tejido de la vida cotidiana, colabora habitualmente en la sección de Opinión de “El Mirador de Churriana”, Diario Local del Distrito nº8 de Málaga, ciudad en la que trabaja desde 1994. Es, asimismo, autor de traducciones de libros que están en sintonía con sus debilidades especulativas: Cornford, F.M. (1987). Principium sapientiae. Los orígenes del pensamiento filosófico griego. Madrid: Visor; Goodman, N. (1995). De la mente y otras materias. Madrid: Visor; Podro, M. (2001). Los historiadores del arte críticos. Madrid: Antonio Machado Libros; y Fried, M. (2004). Arte y objetualidad. Madrid: Antonio Machado Libros. Ha publicado artículos y reseñas en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad y Filosofía para Niños y participado en Proyectos de innovación Educativa y Grupos de Trabajo, auspiciados por la Junta de Andalucía. Su mayor mérito: haber recibido ya, por parte del Ayuntamiento de Málaga, un homenaje a su trayectoria como docente, sin haberse jubilado ni haber muerto.

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