En nombre del progreso

En nombre del progreso

a Ana María Gámez Millán, quien pronunció por primera vez para mí el apellido “Conrad” hace ya muchos años.

a Rafael García Maldonado, que quiso compartir conmigo su amor por Conrad.

 

Una avanzada del progreso (1896) es un relato del capitán de la marina mercante Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad (1857-1924), también escritor de origen polaco nacionalizado británico desde 1888. Precisamente en 1890 firmó un contrato de trabajo en Bruselas para comerciar en el Alto Congo como capitán de un pequeño barco que navegaba por este río africano entre Kinshasa y Stanley Falls. Así que lo que nos cuenta en este relato, como lo que nos contó en la que acaso sea su más memorable obra maestra, El corazón de las tinieblas (1899), escrita tan sólo tres años después y con la que guarda un aire de familia, y llevada al cine esta vez afortunadamente por Francis Ford Coppola en Apocalypse Now (1979), lo había experimentado primero en carne viva. Pero hay quienes viven grandes aventuras y no saben extraer experiencia, conocimiento o valor. No era desde luego el caso de Joseph Conrad, que como veremos a continuación consiguió transmutar el horror, el dolor, el sufrimiento, el sin sentido, en sabiduría existencial, en dignidad, hasta el punto de que por momentos parece visionario, cuando no profético.

En este relato narra las peripecias e incidencias de Kayerts, Carlier y Henry Price, llamado Makola, personajes que han sido destinados al corazón de África por la Gran Compañía Civilizadora, que pretende levantar una factoría allí. Pero más allá de esto es una simbolización literaria de la deriva occidental, y puede que, con la entonces incipiente globalización, mundial. Como leemos hacia el final del relato: “ya sabemos que la civilización sigue al comercio”. Envuelta en una prosa clásica y con una adjetivación poética y precisa, la narración está impregnada de refinada ironía, con lo que logra crear una atmósfera ambigua al tiempo que critica algunos mitos de la cultura Occidental.

El colonialismo y el imperialismo son dos de las distintas consecuencias de la Revolución Industrial, que acelera los procesos de producción y consumo de mercancías y, como no podía ser de otra manera siendo hijos del capitalismo, intenta rentabilizar todo, incluido las vidas humanas. Por lo que nos informa el narrador, estos personajes, o por lo menos los dos primeros de ellos, los que paradójicamente provienen de la civilización, no estaban preparados ni mucho menos para trabajar en este medio: “La sociedad, no por razones de ternura, sino debido a sus extrañas necesidades, había cuidado de los dos hombres, prohibiéndoles todo pensamiento independiente, toda iniciativa (…) Sólo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. (…) No sabían hacer funcionar sus facultades porque los dos, al no tener práctica, eran incapaces de pensar por sí mismos”. Con el progreso de las máquinas, ¿se convierte al ser humano en alguien incapaz de pensar y decidir por sí mismo? ¿Quizá en una máquina que de manera absurda y alienante vigila a otras máquinas? Obsérvese la ironía: “debido a sus extrañas necesidades” (de la sociedad) ¿Cuáles son los fines y cuáles los medios?

La tarea del narrador no es tanto conceptualizar, operación intelectual que más bien corresponde al filósofo o al crítico, como contar, intuir y captar: aquí Conrad lo hace como suele, admirablemente. Percibimos a lo largo del relato que el dominio de la razón instrumental sobre la razón ética y emancipadora es constante, hasta el extremo de suplantarla, como advertimos en algunos pasajes: “¡Bah! ¡Apestan! ¡Tú, Makola! Lleva la manada hasta el fetiche (al almacén de todas las factorías se le llamaba fetiche, tal vez porque en él residía el espíritu de la civilización)”.

Llama la atención la forma de dirigirse a los otros: animal (“la manada”), inhumana, cosificadora. Y el lenguaje no es nunca, o casi nunca, inocente: detrás de las expresiones que elegimos o por las que nos dejamos decir hay siempre unas intenciones y fines, unas prácticas legitimadoras o justificadoras, unas corrientes ideológicas. Por lo que se refiere al término “fetiche”, Karl Marx (1818-1883) acuñó el concepto “fetichismo de la mercancía” para referirse, entre tanto, a la idea de que los productos parecen tener una voluntad independiente de sus propietarios, ocultando de este modo la explotación a la que se someten los obreros. Hay una sincronizada y perfecta desorientación respecto a cuáles son los fines y cuáles son los medios de la vida, que irremediablemente para los seres humanos es social.

Más adelante, leemos: “El Director había dejado a diez hombres en la factoría. Aquella gente se había enrolado en la Compañía por seis meses (sin tener la menor idea de lo que era un mes y sólo una vaga noción de lo que era el tiempo en general), pero llevaban sirviendo a la causa del progreso más de dos años”. Por un lado, es atinadísima la matización que hace el narrador respecto al tiempo psicológico, el que realmente experimentamos, en contraposición al cronológico. Por otro lado, ¿cuánto tiempo llevamos nosotros sirviendo a la causa del progreso? Como indicaba John Bury en uno de los estudios clásicos sobre este asunto, La idea de progreso: “Se puede creer o no en la doctrina del Progreso, pero en cualquier caso lo que indudablemente posee interés es analizar sus orígenes y evolución histórica, incluso si en última instancia resultase no ser más que un idolum saeculi porque de hecho ha servido para dirigir e impulsar toda la civilización occidental”.

Por tanto, la cuestión se puede plantear en estos términos: ¿Es progreso todo lo que llamamos progreso? Ya que si no es así, vivimos bajo falsos ídolos, que sin embargo impulsan la vida de las personas. Ahora bien, Conrad critica al progreso, o para ser más exactos, a las deslumbrantes pero falsas ideas que se desprenden de ese nombre, no porque renuncie al progreso, sino por las atrocidades, crueldades e injusticias que suelen cometerse bajo su nombre.

Hay pasajes tan bien descritos que consiguen traspasar el telón de la época y radiografiar con precisión la naturaleza humana, como este acerca de la que tal vez sea desde una perspectiva evolutiva la emoción más básica y esencial de los animales y acaso también la más universal en los seres humanos: “El miedo siempre permanece. Un hombre puede destruir todo lo que hay en su interior, el amor, el odio, las creencias e incluso la duda; pero mientras se aferra a la vida no puede destruir el miedo; el miedo, sutil, indestructible y terrible, que invade todo su ser; que impregna sus pensamientos; que ronda en su corazón; que observa en sus labios la lucha del último aliento”. Memorable es, asimismo, el pasaje en el que se describe un homicidio, la sensación de irrealidad que invade al asesino y los giros de identidad con la víctima que se producen en la mente del que sobrevive.

A lo largo del relato predomina el tono sombrío, de incertidumbre, miedo y adversidad, pero también hay algunos momentos agradables, como cuando descubren los placeres de la lectura y sus múltiples efectos sentimentales y éticos: “En el centro de África trabaron conocimiento con Richelieu y D´Artagnan, Ojo de Halcón y Papá Goriot, y muchos más. Todos esos personajes imaginarios se convirtieron en tema de sus charlas como si fueran amigos vivientes. Rebajaban sus virtudes, sospechaban de sus motivos, menospreciaban sus éxitos; se escandalizaban ante su duplicidad y dudaban de su coraje”.

No obstante, todo acaba siendo arrastrado por la corriente del comercio y el mito del progreso, que de manera sabia el narrador mantiene con la debida distancia irónica: “El progreso llamaba a Kayerts desde el río. El progreso, la civilización, todas las virtudes. La sociedad llamaba a su hijo ya formado para que fuera, para que lo atendieran, lo instruyeran, lo juzgaran, lo condenaran; le llamaba para que volviera a aquel montón de basura que había dejado atrás, para que se hiciera justicia”. Cualquiera tendería a creer que en esta situación se busca la fuga, la huida, el olvido. Pero el narrador nos sugiere que en este caso no es así. ¿Necesita acaso que lo juzguen y que lo condenen, necesita la justicia (y a ver qué se entiende ahora por justicia) para que lo redima y le otorgue sentido al sin sentido de la existencia?

¿Por qué leer Una avanzada del progreso? Para que dudemos y resistamos a los cantos de sirena del progreso, o por lo menos en los términos con los que acostumbra a venderse. Por su brevedad, claridad y luminosidad, es una acertada lectura para que los profesores de secundaria y de la universidad contribuyan a ilustrar ante los alumnos las crueldades, abusos e injusticias que arrastraron y en menor medida siguen arrastrando el colonialismo y el imperialismo. Y para que nos ayude a pensar en términos transculturales, si esto es posible, o sea, pensar más allá del bien y del mal de una cultura particular, pensar en una civilización donde no haya explotadores ni explotados y que sea de veras común.

 

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Sobre el autor

Sebastián Gámez Millán

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981), es licenciado y doctor en Filosofía con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en un instituto público de Málaga, el mismo centro donde estudió, el IES “Valle del Azahar”. Ha sido profesor-tutor de “Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea” y de “Éticas Contemporáneas” en la UNED de Guadalajara. Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de cien ensayos y artículos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de "Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos" (2016), y del reciente "Conocerte a través del arte" (2018). Asimismo, ha colaborado en otros diez libros, como "La filosofía y la identidad europea" (2010), "Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita" (2009) y "Ensayos sobre Albert Camus" (2015). Escribe en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Sur. Revista de Literatura...) y le han concedido algunos premios de poesía y ensayo, como el Premio de Divulgación Científica Ateneo-UMA (2016) por "Un viaje por el tiempo". Colabora con el MAE (Museo Andaluz de la Educación) y ha comisariado algunas exposiciones de arte, filosofía y educación. Si la corriente imprevisible de la vida se dejara condensar en una filosofía, se inclina por “hacer lo que se ama, amar lo que se hace”.

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