«Dersu Uzala», una película de Akira Kurosawa

«Dersu Uzala», una película de Akira Kurosawa

Imagen | Fotograma de Dersu Uzala, Mosfilm

Dersu Uzala es una película de 1975, dirigida por Akira Kurosawa; Dersu Uzala fue un cazador de la etnia china hezhen y un hombre de un alma noble y pura como un niño. Kurosawa captó esta doble encarnación con maestría en su película, con la que ganó el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa y la primera que se aventuró a grabar fuera de Japón. De hecho, los personajes no hablan en japonés, sino en ruso, y Kurosawa se adentró en la taiga –selva siberiana limítrofe con la China nororiental– para el rodaje, que se extendió casi un año debido a las extremas condiciones climáticas. Ahora esta película ha vuelto como estrella fugaz a recorrer las salas de algunos cines españoles, en una versión remasterizada que ha invitado a un confinamiento de calidad. En una pequeña sala de cinco filas preparada para el deleite cinéfilo la ha estado proyectando durante diez días el cine Albéniz de Málaga.

Si esta es una de las películas cumbre en la filmografía de Kurosawa, junto con Rashomon (1950), Los siete samuráis (1954), o, finalmente, Ran (1985) y Los sueños de Akira Kurosawa (1990)[1], también fue un proyecto no menos decisivo y especial en su vida privada. El director japonés había sufrido un fracaso comercial con su primera película grabada en color, Dodes’ka-den (1970), fracaso que se infiltró en lo personal y, según se cuenta, fue uno de los vértices que le impulsó a cometer un suicidio que no prosperó. Afortunadamente, la productora soviética Mosfilm lo llamó para capitanear el nuevo proyecto. Kurosawa había mostrado en parte de su filmografía anterior su gusto por la cultura rusa, pues a principios de la década de los 50 dirigió El idiota (1951), basada en la obra homónima de Dostoievsky, y seguidamente Vivir (1952), para la que se inspiró en el relato La muerte de Iván Ilich, de Tolstói. Todo ello habría de confluir y potenciar el talento de Kurosawa a la hora de dirigir esta película.

Dersu Uzala –basada en el libro homónimo que Arséniev publicó sobre su relación original con Dersu en 1923– recrea la historia de una amistad extraordinaria: la de Dersu Uzala y Vladímir Arséniev, explorador y topógrafo ruso que se incursiona en la taiga con un grupo de jóvenes militares a su cargo con el preciso propósito de cartografiarla. El perímetro de acción de esta amistad nos revelará paralelamente la frondosa inmensidad de la naturaleza salvaje –y por tanto esplendorosa en muchos momentos, como tigre que duerme su violencia y cuya impresión y belleza a nuestros ojos se redobla–: desde la impactante noche helada con un sol rojo y profundo contra un cielo densamente negro, hasta la mañana soleada, verde y fresca donde eclosiona de manera natural la risa y el juego. Especialmente, la sensibilidad de Kurosawa consigue plasmar, con los matices sutiles y la lentitud necesaria para que fielmente las aprehendamos, las sucesivas fases silenciosas por las que esta amistad nace, madura y culmina en una hermandad íntima y leal sin fisuras por encima de las palabras no dichas y de culturas en un principio antagónicas, y cómo este vínculo acaba alcanzando un poder tan transformador que cambiará para siempre la vida de Dersu y Arséniev.

Dersu Uzala aparece en escena como una voz repentina que desde el fondo del bosque pide en un grito desangelado que no le disparen mientras trota hacia el campamento que el equipo de Arséniev ha improvisado para pasar la noche. Todos bajan las armas y Dersu, con su barba picuda y canosa a lo Confucio y sus ojillos rasgados y alegres, se sienta sin preámbulos junto a la hoguera y se entretiene en encender su larga pipa: es su particular forma de presentarse ante estos militares del ejército del zar Nicolás II. Arséniev, envuelto en su chaqueta y medio somnoliento aún, comienza a hacerle preguntas con una especial delicadeza y parsimonia, y ya se percibe en su mirada tierna y curiosa el hechizo y aun la amistad que ha despertado en él Dersu, nada más verlo. Antes de ceder al sueño le pide si quiere ser guía de su equipo de expedición, y Dersu, que parece no concebir planes de futuro, le responde que se lo va a pensar primero.

A la mañana siguiente todos prosiguen su camino por la cordillera Sijoté-Alín, serpenteada por el río Ussuri. Dersu va a la cabeza, a pesar de su corta estatura y del grueso equipaje que lleva anda muy rápido, se fija en todo, husmea y observa; detrás de él cantan los jóvenes rusos, ríen a carcajadas y la figura de Dersu no es para ellos, hasta el momento, sino otra curiosidad divertida que les ha deparado la taiga. Pero pronto comienza a desvelárseles el corazón de Dersu. En un claro del bosque encuentran una cabaña recientemente deshabitada y con suma diligencia Dersu se pone manos a la obra: tapa los huecos desharrapados del tejado y deja decente y habitable la estancia. Antes de partir, le pide a Arséniev –o, como él le llamará para siempre con una mezcla de respeto y cariño, Capitán–, un poco de arroz, sal y cerillas, alimentos y útiles que se preocupa en dejar dentro de la cabaña bien dispuestos para el próximo prójimo que la habite.

Con esa voz pronta y aguda que le sale de su alma de niño, siempre acompañada por una expresión muy concentrada y sentida –no sabe mentir: la tristeza le muda el rostro enormemente, la decepción consigo mismo le hace bajar la cabeza y cuando juega con su amigo da saltos de alegría–, Dersu, muy ofuscado, regaña a Amba. Todos, detrás de él, miran la escena en silencio; solo algún caballo relincha y de fondo sigue cayendo la lluvia. Está todo a oscuras y hay niebla. Dersu había reconocido las huellas de un tigre. Después de un tiempo de espera sin verlo aparecer empieza a lanzarle improperios al escondido Amba, le grita que nadie quiere hacerle daño y que se vaya de una maldita vez. Dersu realmente considera que su comunicación es efectiva, pues todo lo que compone la Naturaleza es para Dersu “gente”, y como tal puede dirigirse a ella mediante la palabra, además de cuidar y respetar o amonestar cuando es debido a cualquiera de esa “gente”, que es para él parte intrínseca de su familia. Este estatus se refleja más líricamente en una puesta de sol, donde vemos a Dersu y Arséniev de espaldas contemplándola. Dersu señala el sol y le dice a Arséniev que si esa “gente” desaparece, todos desaparecen; la luna, paralela al sol en el retablo del ocaso, se lleva de sus labios el mismo honor. En otra ocasión regaña y pone de glotón a uno de los comensales del racionamiento militar por tirar carne al fuego sin dejar nada para la demás “gente”. ¿Qué gente?, le pregunta uno, y Dersu les recuerda a todos que en cualquier momento puede llegar un tejón o un ratón hambriento… ¡Es tan sencillo de comprender para él!

La película está dividida en dos partes explícitamente señaladas que corresponden a cada uno de los dos encuentros de Dersu y Arséniev en 1902 y 1907, respectivamente. Las escenas de despedida y reencuentro son de una grandísima emoción, profundamente enternecedoras, y no podemos sino destacar la maestría exquisita con que Kurosawa tan hermosamente las devana. A punto de deslindar sus caminos por primera vez, rodeados de una nieve que solo permite entrever el fino acero de unos raíles, Dersu y Arséniev se dan la mano y se despiden cortésmente. Arséniev va alejándose –acercándose a la cámara– con la mirada perdida en la nieve; Kurosawa –de nuevo con sabia lentitud– le deja andar. En la ladera paralela, Dersu asciende a trompicones con su sempiterno bastón acabado en forma de V antes de perderse en la lejanía boreal. Pero un instinto interno que más allá de la distancia los sigue uniendo ha fructificado en el núcleo de esta amistad. Arséniev de pronto se da la vuelta y al segundo hace lo propio Dersu; los dos alzan la voz casi al unísono: «¡¡Capitán!!», invoca el uno; «¡¡Dersu!!», corresponde el otro. Cinco años pasarán hasta que vuelvan a verse.

Hay algo salvaje, puro, libre en la película de Kurosawa que es profundamente mágico para el espectador, que le causa un hechizo inmediato, a través del cine, sí, pero que acaba trascendiendo este y nos imbuye en reflexiones inesperadas, auspiciadas por la emoción tan honda y tierna que nos suscitan la amistad de este sin par binomio de exploradores andantes y la naturaleza espléndida de que se nutre. Las escenas –a excepción de las últimas, cuando Dersu, que ha mermado en su capacidad de visión y por tanto no está preparado para continuar cazando y subsistiendo, se va a vivir durante un tiempo con la familia de Arséniev a Jabárovsk– reflejan la esencia de la taiga, esa vasta selva siberiana repleta de puros colores y frondosos árboles, recovecos y riachuelos, canto de pájaros, cimas rodeadas de un verde inabarcable, nieve y sol y luna sobrecogedores: en suma, toda la belleza que la Naturaleza pone en sus cuatro estaciones. A través de estas escenas grandiosas recordamos que en la Naturaleza lo salvaje es lo libre y lo puro, que el desorden aparente manifiesta en realidad un orden conjurado en la libertad de seres, impulsos y formas que por ella se mueven y que definitivamente confluyen para crear ese círculo primigenio que nos ha dado vida y nos alienta siempre.

Yuri Solomin (Arséniev) y Maxim Munzuk (Dersu) realizan una interpretación extraordinaria. No dan la impresión de estar abordando con sus papeles un trabajo cualquiera, una burocracia mímica, sino que, al igual que decía Harper Lee de Gregory Peck en su interpretación de Atticus Finch, esta película les dio a sendos actores la oportunidad de interpretarse cada uno a sí mismo. Con qué complicidad ambos ríen en la escena en que se toman fotografías; con qué ímpetu sincero se ayudan mutuamente cuando la vida está en juego —la escena de la ventisca en la tundra, cuando Dersu y Arséniev se han perdido y el sol va cayendo y hay un severo peligro de muerte, es de tal prodigio interpretativo y escénico que describirla por mi parte sería desmerecerla–. A esta estrella fugaz, a esta obra maestra solo puedo pedirle un deseo: que este artículo sirva principalmente para que otros se atrevan a verla.

[1] Me baso en la lista que confeccionó Rafael Sánchez Casademont para su artículo en la revista Fotogramas (2019): https://www.fotogramas.es/noticias-cine/a26892999/akira-kurosawa-mejores-peliculas-filmografia-frases/

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Sobre el autor

Joaquín Albarracín de la Rosa

Emerson escribió una vez: "Hemos venido a un mundo que es un poema viviente". Esta es la actitud -la pasión- con la que observo y transfiguro el mundo que me rodea. La poesía es la vía que utilizo para pensar cantando.

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