Enoch Soames, el hombre que quiso saber si sería inmortal

Enoch Soames, el hombre que quiso saber si sería inmortal

 

¿Cuántos escritores, convencidos de su genialidad pero que solo han conocido el áspero sabor de la falta de reconocimiento, darían su alma por poder viajar al futuro unas pocas horas y comprobar si, pese a los tristes sinsabores del presente, habrán ganado quizás la gloria del mañana? No en vano, todo escritor fracasado siempre tendrá la esperanza de repetir el caso de Kafka, que creyó firmemente que literatura y vida eran una sola cosa, que vio cómo se agostaba prematuramente la segunda mientras consumía los años y el triunfo en la primera pasaba de largo y que, en su amargor final, pidió a su amigo íntimo que destruyera todos esos originales que tenía en el cajón. Como sabemos, los amantes de la literatura le deberemos siempre a Max Brod haber sido un amigo traidor por difundir esos escritos hoy inmortales. Irónicamente, y salvo por algún especialista, a Brod no se le recuerda hoy por su propia obra literaria, sino por esta labor de rescate.

Pues bien, mucho antes siquiera de que nadie conociera el nombre de Kafka, un escritor (hoy venerado por unos pocos e ignorado por el resto: lo que se conoce como un escritor de culto) llamado Max Beerbohm, que en vida fue mucho más valorado como caricaturista que como literato, dio a luz un breve relato titulado Enoch Soames en el que rindió un patético homenaje a esos pobres seres que respiran literatura pero que están destinados a no ser siquiera una nota a pie de página en los manuales de la disciplina. Un cuento que, hilando tal vez demasiado fino, casi es una versión (irónica al tiempo que despiadada) de esta historia de Brod y Kafka.

Beerbohm imaginó a un pobre poetastro pagado de sí mismo, convencido de un talento que nadie más tiene ocasión de reputar, cuya vida no parece girar sobre otra cosa que su anhelo de inmortalidad (posee una pequeña renta que le permite vivir sin dedicarse a buscar otro tipo de trabajo), que no publica más que tres libritos en toda su vida (el último bajo sus propios auspicios, con menos repercusión que la nula de los primeros) y que acaba languideciendo y desesperando por no poder cumplir su sueño de pasar a la posteridad. En su parte final, el relato acaba convirtiéndose en una particular versión de Fausto. Una tarde, en un restaurante del Soho (el barrio, precisamente, de los desesperados, donde malvivió Marx), Soames expresa en voz alta su anhelo de que entregaría su alma a cambio de poder viajar al futuro, a esa sala de lectura del Museo Británico donde él mismo presumía de componer su obra, para consultar sus inapelables catálogos y descubrir si su nombre ha perdurado. Quien lo escucha, por uno de esos azares nada azarosos del destino, es el mismo príncipe del mal, quien sella enseguida el pacto y lo envía cien años en el futuro…

De Roberto Bolaño (que lo calificó como el «cuento perfecto») a Fernando Savater, incontables hemos sido los lectores agradecidos que descubrimos este relato en la imprescindible Antología de la literatura fantástica que reunieron Borges, Bioy Casares y Silvina Campano (hoy día puede encontrarse, editado en solitario, en la colección Breviarios de Rey Lear, con traducción de Juan Pedro Aparicio). Max Beerbohm lo incluyó en su recopilación de relatos Seven Tales, publicada en 1919. Nacido en 1878 en Londres y muerto en 1956 en Rapallo (Italia), Beerbohm fue una de las figuras características del decadentismo finisecular que tuvo a Oscar Wilde (quien le dedicó algún elogio) o al también dibujante Aubrey Bearsdley (que fue amigo suyo) como astros más refulgentes. De hecho, Enoch Soames recoge, con sentido satírico, ese mundo decadente al que Beerbohm, que siempre cultivó una pose de dandi, perteneció y al que hace pertenecer a su personaje protagonista.

Como tantas obras que se centran en un individuo singular, de El gran Gatsby, de Fitzgerald, a (precisamente) Doktor Faustus, de Thomas Mann, Enoch Soames cuenta dos historias: la del hombre que ocupa el título y la del sujeto, en principio secundario, que se encarga de narrar sus encuentros con aquel. El mismo Beerbohm se incluye dentro del relato como un joven aspirante a literato que comienza a moverse en los ambientes artísticos de Londres, tremendamente honrado de poder tratar a algunos de sus nombres más relevantes, y que un día, en el clásico café de moda, se fija en un individuo que se esfuerza (bastante mal, señala el joven aspirante) por llamar la atención con una apariencia personal que, justamente, responde a las convenciones de ese credo tan propio del cambio de siglo: el pelo largo, el rostro pálido, la ropa oscura, la inevitable copa de absenta en la mano. En los años siguientes, el protagonista consigue labrarse una pequeña reputación (no entre eso que se llama el gran público, desde luego), pero no pierde su ingenua amabilidad, y en las pocas ocasiones en que vuelve a tropezarse con Soames, se interesa por una obra que ya sabe que nunca llegará a ningún lado, observando cómo poco a poco la derrota va apoderándose de quien antes se enorgullecía de su malditismo, de tal modo que la absenta ya ha dejado de ser una pose para convertirse en un consuelo.

La gentileza de Beerbohm —produce cierta ternura apreciarlo— le impide ser cáustico con Soames: no solo nunca es un juez severo del pobre poetastro, sino que no puede evitar sentirse un tanto pequeño ante alguien que irradia tal fe en la perduración por la literatura; es decir, Beerbohm acaba rindiendo el debido tributo a quienes, como dije acerca de Kafka, consideran que la literatura y la vida son lo mismo. «Me sentía vulgar a su lado», llega a señalar, reconociendo su incapacidad para subordinar la una a la otra. Ah, pero Enoch Soames sí puede, seguramente porque no tiene nada más (y ni siquiera eso, aunque él no se resigna a reconocerlo…).

El momento más patético es también el del único pequeño triunfo personal de Soames: su inclusión en una exposición de «retratos literarios» por parte de un ilustrador de prestigio, Rothenstein (que, a todo esto, existió realmente y sus obras pueden encontrarse en la National Portrait Gallery: ignoro si alguien ha comprobado si también está allí la que dedicó a nuestro hombre, y ya verán por qué lo digo). El protagonista señala que la clausura de esa exposición, a la que seguramente ha asistido día tras día, situándose siempre justo al lado de su retrato, evidentemente también significó la clausura de su vida como escritor, convirtiéndose desde entonces en «la sombra de una sombra».

La clave de la genialidad del cuento estriba en el evanescente desarrollo de su anécdota; en el suave retrato de la pasión que impregna, para su desdicha, la vida de un pobre diablo; en la sabia y bien medida ironía con que reflexiona sobre la literatura; en el inolvidable pesar, compartido por todos, que embarga al noble relator mientras espera a Soames, en ese crepúsculo de enero de 1897, tristemente convencido de lo irreversible del fracaso, en todos los sentidos, de su pobre amigo.

Cuando Soames regresa, como un sonámbulo que no sabe si está despierto o todavía sueña, le cuenta a Beerbohm que, a las dos y cuarto del 3 de enero de 1997, entró (entrará) en la sala de lecturas, extrañado de que todos claven sus ojos en él, sorprendido incluso de advertir cierto temor en sus rostros. Por fin, su mirada ansiosa descubrirá un rastro de sí mismo entre los catálogos del Museo Británico. Pero no entre los autores… sino entre los personajes de ficción, como ente imaginario creado por un escritor llamado Max Beerbohm.

Ante el reproche que asoma a los ojos de su condenado interlocutor, Beerbohm intenta protestar: alega que él no escribe cuentos, que es un ensayista, un observador. Pero el cuento que estamos leyendo se empeña en desmentirlo: ficción y realidad, sueño y vigilia, espejo y reflejo, se funden y confunden así en el final de este cuento maravilloso, mientras los dos hombres esperan al demonio que ha de llevarse a este Fausto al que ni siquiera ha quedado el consuelo de la inmortalidad, al menos tal como él pretendía.

«¡Inténtelo; que sepan que existí!», es la lástimosa súplica que Soames dirige a su interlocutor antes de desaparecer para siempre. Y como la historia de la literatura también se complace con las soluciones irónicas, Beerbohm cumplió el deseo de su pobre criatura: hizo que lo recordaran, sí, pero a un precio: el de sí mismo. Porque (gracias a Borges, a Bolaños y a tantos otros que han reivindicado este «cuento perfecto») el nombre de Enoch Soames es recordado cuando ya casi nadie recuerda el del hombre que lo creó, ese caricaturista y polígrafo finisecular que pensaba, entonces, que estaba inventando un personaje de ficción.

El último capítulo de esta historia no figura en las páginas del relato. El 3 de junio de 1997 (el 3 de junio real, quiero decir, aun con las debidas precauciones), en la sala de lectura del Museo Británico (el museo real, subrayo), sobre las dos de la tarde, muchos admiradores irredimibles del cuento no pudieron evitar acudir a ver qué sucedía. (¿Acaso Max Beerbohm lo previó y así fue como pudo describir la reacción de cuantos presenciaron la llegada de ese individuo de ropas antañonas?) Beerbohm descansa hoy en uno de los espacios más visitados del viejo Londres, en las entrañas de la mismísima catedral de San Pablo. Pero quien busque su sepulcro lo encontrará con dificultad: una mera baldosa de arcilla, con las iniciales MB, escondida en un rincón de la cripta del templo, bajo la cual descansan sus cenizas, es cuanto queda de él. Y si alguien pasea por sus alrededores, es posible que escuche un tenue, y espectral, susurro que pide a cualquiera de sus fascinados lectores, como le pidió Enoch Soames, que digamos que él, MB, Max Beerbohm, también existió.

 

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Imagen| La ilustración es una caricatura obra del propio Max Beerbohm.

Categories: Culturalmente, Leer

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José Miguel García de Fórmica-Corsi

Licenciado en Geografía e Historia (especialidad de Historia Medieval) por la Universidad de Málaga, trabaja como profesor en el IES Jacaranda de Churriana (Málaga). Es autor del blog La mano del extranjero, dedicado a la reflexión y difusión de la ficción en la literatura, el cine y el tebeo. En él, reivindica que las obras que nos hacen gozar pueden pertenecer a cualquier medio, género o autor sin necesidad de etiquetas, de Dostoyevski a Julio Verne, de la literatura existencialista al cómic de superhéroes, de los poemas artúricos al cine japonés. lamanodelextranjero.wordpress.com

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